ATESORANDO EL RECUERDO. A JOSÉ LUIS ALVITE.

Sé que la lluvia que está cayendo en este instante es la manera en la que estás aquí conmigo, tu despedida irónica. Tu esencia melancólica frente a mi rebeldía y a mi incapacidad de comprender que el mundo en gris y lluvioso tenía unos reflejos que yo no sabía mirar. Sin embargo, quizás sólo por darme el gusto, a veces me complacías e insertabas un taxi amarillo, una costa naranja, un vestido fucsia o verde… “Escribiré con colores”, me prometías y yo los buscaba en la columna, como en un juego. Mientras te preguntaba con qué canción lo habías escrito para leerlo igual que lo escribiste tú. Un juego diario durante tres años, hasta que dejaste de escribir. “Es temporal, volveré pronto”.

No me existen palabras para poder describir el orgullo, sano y sin viso de maldad, que me provocaba que alguien como tú me nombrara su musa, y que además lo hicieras público, en cada entrevista, en cada evento. Cuando me dedicabas las columnas en el periódico o en la radio, las que llevaban mi nombre y las que yo sólo sabía que estaban tejidas para mí. No sé si estuve a la altura de tan gran honor. Me daba vergüenza, por pura timidez, y a la vez disfrutaba de mi suerte.

Tú, un genio con todas las características que tienen los que, de verdad y con humildad, son superiores a los demás, mirando a los ojos a alguien como yo, que no era más que un poco de nadie en un extenso mundo. Y no sólo eso, me permitías decirte Joselito, sin enfadarte ni nada.

Contemplo mis osadías con incredulidad.

Has sido sin duda el mejor columnista que he leído jamás. Trabajar para ti era un privilegio, un honor, una escuela, una fiesta, un placer. “No tengas tanta prisa, llevas el ritmo de un tambor, luego trabajas” y me solicitabas que pidiera otra copa, o siguiera charlando, mientras encendías (bueno, tú siempre usabas el verbo prender) un cigarrillo. “Hay tiempo, no seas tozuda” y mis horas de trabajo se convertían en deleitarme con todo lo que me contabas. Desde aquel primer día en el que me propusiste ordenar tus artículos hasta hoy no dejé de paladear cada instante, cada proyecto, cada libro. Incluso me animabas a escribir y me tenías prometido escribir el prólogo del libro que consiguiera publicar, hasta te ofreciste a editarlo. Tu generosidad no conocía límites, prueba de ello es que  me dejaste entrevistarte.

Poco antes de que enfermaras yo tenía preparado todos los textos para un nuevo libro, tal y como me pediste. Casi acabábamos de volver de la Feria del Libro de Madrid con “Lilas en un prado negro” cuando transcribí unas fotocopias medio borrosas para que naciera “Las charlas de nunca”. A la vuelta de las vacaciones comenzaríamos a pensar en la presentación del libro, me dijiste. Yo me compré un vestido precioso para la ocasión. En septiembre comenzó tú periplo por los doctores. El libro se publicó nueve meses más tarde, pero el vestido sigue sin estrenar. Es el único libro que no tengo firmado por ti. Odio ese vestido.

Hace dos meses hablamos por última vez, me dijiste que estabas regular, dolorido, cansado y yo empecé a bromear contigo hasta hacerte reír. Me dijiste entonces que pronto comenzarías a escribir, que te apetecía y que ya mismo te ibas a poner bien porque me debías un café en “la Rotonda” del Palace en Madrid.  Luego te mandé mensajes que no me contestabas y me autoconvencí de que era porque estabas mejor, tanto que te había vuelto el odio irracional al teléfono y subyacía el miedo a lo peor.

Hoy, ayer, no sé que día es ya, ha llegado lo que tanto temía. Me soltaste de la mano.

Me quedo con tu capricho de que yo fuera quien le echara el azúcar en el café y lo pasara al vaso con hielo, con el día que me lanzaste al ruedo porque el editor perdió el avión, con tus ojos azules entre el humo, con las dos muertes de Lorraine y el gato del Savoy, con tus remordimientos, con el arroz con leche en barreño, con las sevillanas en “El Corzo” y el “New York, New York” que me hiciste bailar. Me quedo con tus gintonics sin mariconadas, con el dinero sin cartera, con Teddy Pendergrass, con los malos ratos, y con tu forma de vivir a placer. Me quedo con el lenguado como raqueta de pádel, tu “pronto” gallego, tu generosidad, la bandera del Waldorf Astoria y tu intolerancia al calor. Me quedo con el amor a tu familia y la devoción a tu profesión, con tu música, tus historias y tus quejas. Me quedo con tu forma de mirar.

Me quedo, sobre todo, con cada una de tus palabras

Sé que estás aquí porque sigue lloviendo y porque me niego a asumir que el mundo pueda seguir girando sin ti. Me resulta un desperdicio que no estés ribeteando el día con alguna de tus frases y que tu voz y tus manos hayan callado para siempre. No puedo asumir que te has ido.

“Odio las despedidas, nunca digo adiós, sólo desaparezco”…me lo tenías avisado Jefe, y no te creí, pero eso no significa que esta noche -y las que quedan-  siga velando tu memoria… atesorando el recuerdo.

SÓLO CON PENSARTE

¿Sabes encanto? Me hubiera gustado conocerte en otro lugar, de distinta manera. Un hombre como tú, que disimula el vicio entre las miradas irónicas, y una mujer como yo que va pecando hasta en la manera de andar. No nos merecimos algo tan vulgar como que nos uniera el trabajo. Eso es tarea de mediocres contables de vidas cartesianas o de aburridos vendedores de seguros. Sí, lo sé, luego pusimos todo nuestro empeño en cambiar un mal principio y creo que lo conseguimos. Sólo es cuestión de modificar el orden de las cosas y que el inicio sea algo con tan poca importancia como para colocarlo donde queramos. Y yo quiero colocarlo en el punto justo donde servimos la primera copa sin barman.

Supongo que tuvo que ser así, sin expectativas, con el clima del aburrimiento sobrevolando un futuro inminente y el calor interno disimulado entre absurdas conversaciones laborales. Reconócelo, en el fondo tenías tanta necesidad de cambiar la historia como yo. Estoy segura que te aterraba que alguien como nosotros tuviera una relación tan anodina. Lo presentía, lo anhelaba y sin embargo al demostrarme que no estaba equivocada, no dejaste de sorprenderme. Jamás te lo reconoceré mirándote a los ojos, pero lo hiciste.

Comprendo que las mujeres que llevan implícito el cartel de peligrosa, no reflexionan tanto, pero ya sabes, encanto, que no soy lo que esperan de mí. Para algunos soy una santa a la que con el tiempo le descubren vida más allá de ellos . Para otros soy una libertina sin corazón a la que de repente le encuentran sentimientos y reflexión. Se empeñan en encasillarme como a los malos actores y yo soy difícil de encajar en una definición genérica y en un mal vestido.

Cuando un hombre te hace bucear demasiado en los recuerdos para tener la certeza de volver a sentir el mismo escalofrío y el mismo compás de un corazón acelerado, es que ese hombre merece más de ti. Sé que no me equivoco contigo porque siempre quiero saborearte con bourbon, justo después de despedir al barman… sólo con pensarte.

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FIESTA QUE FANTÁSTICA, FANTÁSTICA, ES LA FIESTA.

En este mundo hay de todo, hasta ornitorrincos, y el sumo hacedor (inserten aquí lo que su creencia, ideología o razón acepten como propia) llenó el mundo de contrastes. Yo he llegado a leer a gente diciendo que la Alhambra les parece fea.

Hay, incluso, personas a las que no le gustan las fiestas. Estos seres participan de mi ecosistema para que se tome buena nota de que yo vivo y disfruto cada oportunidad que tengo de pasarlo bien, y eso también incluye fiestas populares, incluyendo el tenebroso y arriesgado momento de bailar el españolísimo pasodoble “Islas Canarias” en la plaza de un pueblo, pudiendo provocar todo tipo de dimes y diretes.

Antes de que la política se pusiera tan enfangada, yo soñaba con ser concejal de “Tapitas, ferias y festejos” otorgando a la tapa el lugar que en nuestra vida se merece.

(Nota al margen: ¿por qué se dice menú degustación a lo que de verdad es un menú de tapas?)

A los humanos anti fiestas les molesta el ruido, los pequeños inconvenientes de tráfico, la gente riendo, los señores que venden globos y hasta el algodón de azúcar. Supongo que estas personas jamás han ido a un concierto de rock en una plaza de toros (tenía yo una amiga que vivía al lado de la de mi ciudad y no se perdía ni uno, siempre pensé que se haría crítica musical o coordinadora de eventos), han provocado un atasco por ir a ver al Betis, o han hecho cola en un mostrador de facturación de equipaje en un tórrido día de verano. Entiendo, no obstante, que son personas que no manifiestan su alegría en la mañana de Reyes, que nunca han tenido un sobrino jugando a la pelota en la calle, que jamás han tirado petardos, que no tocan ningún instrumento musical y que no han osado ir de cervezas o copas a una terraza.

Existe un modelo que es el que más jolgorio particular me provoca, son los que aborrecen, abominan y protestan de una fiesta, pero disculpan las que a ellos les gusta. Es muy común que haya personas en Sevilla que tengan un pliego de dramas dantescos provocados por la Semana Santa y, sin embargo, les parezca que todos esos atascos, ruidos y ajetreos desaparecen para la Feria. Eso sí, vuelve el odio en cuanto llega El Rocío. Estos deben ser los mismos que dejan “un momentito” el coche en doble fila, aparcan en el lugar reservado a minusválidos o en los vados y cuando hacen una fiesta en un chalet murmuran “que se joda” si el vecino protesta. Seguro que cuando van a Dubrovnik de veraneo no se preguntan las incomodidades que le provocan a los que viven allí.

Las fiestas (como los conciertos, las verbenas, los partidos de fútbol o los ciclos de cine) provocan ajustes en las ciudades y algunas incomodidades, es cierto, a cambio mueven la economía, baja el desempleo y aumenta el turismo. Pero es que además es algo que produce risas, satisfacciones, emociones y alegrías en un buen número de personas. Es cierto que no en todas, pero “hoy por ti, mañana por mí”.

Por ejemplo, yo abogo porque cada dueño de su mascota recoja sus excrementos sólidos sin tardar un segundo, pero también veo que los líquidos son imposible de recoger y esto provoca una insalubridad y mal olor tremendo, sobre todo durante el verano… ¿es la solución prohibir que los humanos tengan mascotas?. Pues mire no, me fastidio y no voy con la guillotina por las calles. Habrá otros que odien a los que tocan la guitarra, a los que les moleste los niños llorando o gritando feliz en un parque, la gente de tapas y la aglomeración en las playas. Sólo es cuestión de un poco de comprensión y más aún cuando esas pequeños fastidios ocupan tan poco tiempo en el calendario. Además reconozco que las ordenanzas municipales suelen ser bastante ecuánimes: te obligan a recoger la deposición humeante de tu can, no se hace nada para los pipis; se permite la feria, pero con un horario de casetas; se mantienen los festivales, las concentraciones de motos, los partidos de fútbol, pero con un cierto orden…etc.

Y si el odio a ver arte por las calles, ya sea de Salzillo o de la Roldana, la mujer vestida de flamenca, los trajes de fallera, el pobre de mi, la música en la calle, las cabalgatas del orgullo gay, o las colas para entrar en un museo o concierto, es superior a todas las fuerzas…un consejo: mejor que combatir al enemigo es unirse a él.

(Segunda nota al margen, a la señora candidata de Podemos en Sevilla que quiere acabar con la Semana Santa. Querida, si de mayorías va la cosa, verás cuando floristas, orfebres, fotógrafos, cereros, restauradores, bordadoras, hoteleros, dueños de bares y restaurantes, suministradores de ellos, costureras, vendedores de túnicas y capirotes,  tintorerías, cofrades, devotos, voten tu propuesta…ya verás ya…)

LOS HOMBRES DE MI VIDA

A lo largo de la vida vas conociendo personas que se añaden a tu lista de amigos, de conocidos, de archienemigos o de íntimos. También en estas listas hay espacio para la familia, que no tengo muy claro en que lugar colocarla. La directísima está claro, pero nunca supe situar bien al resto. Tengo parientes que quiero muchísimo  menos que a algunos amigos, y tengo parte de la familia que la quiero como si eso de la sangre fuera cierto.

Si acoto el listado y lo reduzco a hombres importantísimos en mi vida, me quedo con dos. El padre de mis hijas, indiscutiblemente, porque por encima de ser marido, amigo, compañero y todas esas cosas en las que apoyarte, es la persona que hizo posible que yo tenga lo que más quiero en este mundo -esto si lo tengo clarísimo-, mis hijas. Y el otro hombre es mi abuelo. No se llegaron a conocer, pero creo que se habrían caído bien. Se parecen en muchas cosas, por eso creo que mi abuela le tiene tanto cariño.

Mi abuelo era especial, el hombre más íntegro que he conocido, y aunque sus últimos años estuvo en una silla de ruedas y casi no podía hablar, jamás perdió la compostura, la ilusión y la fe. Cuando me preguntan si ser creyente ayuda siempre me acuerdo de mi abuelo y esa mezcla de resignación y alegría con lo que le había sobrevenido, lo que ocurre es que nunca lo explico porque es complicado de hacerlo entender. Genio seguía teniendo, que yo tengo a quien salir, no es por generación espontánea.

Es curioso que al final los grandes hombres de mi vida sean tan pocos. Todo esto lo pensé abriendo un tarro de mermelada de fresa, ayer por la mañana. El bote se me resistía y pese a que, por regla general, yo soy la que tiene el “mojo” adecuado para abrir los recipientes que se ponen tozudos, no podía ganarle a éste y las tostadas se me enfriaban. No quise pedir ayuda masculina en un acto de orgullo impuesto: si voy a tener que estar un tiempo sin varón, lo mejor es adaptarse desde antes. Fui incapaz, se me enganchó el drama al aire y ya fue inútil, al final clavé un cuchillo en la tapa, se rompió el vacío y esparcí, por fin, la mermelada en el pan.

Lamentando que ya estuvieran frías, acometí la tarea de engordarlas y proseguí la reflexión que procuran los desayunos a solas y con tiempo. (nota: si hay que engordar que sea por cosas que gusten mucho, engordar por algo que no me apasiona me da muchísimo coraje).

Estoy convencida de que cualquier tarea que hace un hombre la puede realizar una mujer, y creo que yo podría hacer casi todas las rutinas domésticas que normalmente cedo a mi “con suerte”, pero es que no las hago, de la misma manera que él es capaz de hacer todo lo que yo hago, pero no lo hace porque no está en su reparto de tareas, que no está escrito en ningún sitio, pero que la costumbre lo ha convertido en la rutina de trabajo. Durante quince años hay cosas que nunca he hecho y ahora de repente me he dado cuenta y se me entremezcla la ternura con el llanto, no porque sufra, si no por nostalgia.

Y de repente me acordé de mi abuela. En mi casa siempre ha habido gente, ya fuera porque antes eran muchos, porque  luego vinimos los pequeños, porque después  mi abuelo enfermó y le hacíamos compañía, la casa nunca se vaciaba… Si mi abuela salía a la calle era con mi abuelo o sabiendo que había luego alguien en casa para abrirle la puerta. Cuando él murió, la encontré a los pocos días sumida en un atardecer nublado, sentada en su sillón, con todas las luces apagadas, llorando como llora ella, sin lágrimas. Empecé a encender luces, y le pregunté por lo que le pasaba, con cierta mano izquierda porque suponía por donde le venía la tristeza. Mi miró con sus ojos claros casi transparentes y me dijo: “No tengo llaves de casa, nunca he tenido, las tenía tu abuelo y ahora no sé que hacer”…

QUIÉN DIJO MIEDO…

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No hay duda que la vida nos pone a veces a porta gayola y no hay más remedio que ajustarse la taleguilla, encajarse la montera y dejar que la torería forme parte de nuestra epidermis, sudando el miedo.
Persignarse furtiva e íntimamente. Encomendarse al de Arriba, confiar en la ayuda de la cuadrilla, sabiendo que alguien, lejos, confía más en nuestra capacidad que en la suerte. Que no se desdeña.
Va por ustedes señores.