ESCALERA DE CARACOL

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Me encontraste ya erosionada y con los peldaños desgastados. Perdida en un círculo vicioso de miedos y angustias que sólo me llevaban a la desesperación y el pánico. Me enredé en una escalera de caracol que me hundía en los infiernos. Me obcequé en vivir en un agujero negro como única salida, un precipicio eterno sin salvación posible.

No huiste.

Me miraste de frente, me levantaste el rostro por la barbilla con contundencia y dulzura. Me cogiste de la mano por donde casi no cabía ni una persona, y no te importó arrastra la espalda por la pared ni rozarte los pantalones por los escalones si con eso me ayudabas a cambiar el sentido de las agujas del reloj.

En vez de bajar, subimos juntos. A ratos tirabas de mí.

Me dejé hacer por falta de fuerza para pelear y bendita flojera que me hizo arrastrarme por donde tú querías. Desde entonces y hasta ahora me obligo a mirar siempre hacia arriba buscando el techo de cada momento, subiendo escaleras entre risas y sonrisas. Casi no le temo a los espejos.

Aunque me veo con fuerzas y capaz de casi todo, no te vayas lejos, no me sueltes de la mano que queda todavía mucha escalera y no quiero sentir el vértigo de la altura.

Gracias.

ROCIO 2015

Justo después de terminar la Semana Santa dejé mi alma hilvanada con palabras en estas gotas y cuando me despedí hasta hoy pensé que sería igual de fácil, pero sin embargo no soy capaz de hacerlo. Lo he intentado varias veces a lo largo del día. Mientras voy y vengo a la lavadora porque los volantes no se lavan solos, voy pensando la manera de conseguir trasmitir lo que han sido estos días para  mí. Compartirlo con todos los que me leéis porque además lo había prometido. Ha llegado el punto sin retorno de la emoción. Tampoco estoy muy segura, pero la sensación que tengo es la de un vaso ya desbordado, ya no cabe más y tampoco es relevante que el agua siga cayendo. Quien dice agua dice cerveza o bourbon, que igual la figura narrativa del vaso con agua ha tenido más protagonismo del necesario. Con todo lo que lloré de Viernes de Dolores a Domingo de Resurrección, ambos incluidos, no he conseguido vaciarme con lágrimas como otras veces, como casi siempre. Sólo derramé unas pocas en la soledad del gentío y delante de Ella, sé que no son suficientes pero confío  en que en algún momento salgan o se transformen en risas. Ha sido una romería diferente y especial. Tengo mucho que agradecer a mucha gente, empezando por mi madre que hace que cada año el sueño se cumpla. Y a mis hijas que cada vez son más mayores y más compañeras de ratos inolvidables. Ha sido una fiesta de compartir, de dar y recibir mucho más de lo que haya podido obsequiar. Quizás los nervios esperando que llegara el día de irme a la aldea han sido mayores este año, los míos y los de los demás, conocidos y por conocer, que al final esto es una gran familia en la que no te conoces y acabas siendo amigo de toda la vida. Tengo la sensación de que este año había más ganas de romería que otros años. Igual puede ser que yo este año he estado más rodeada de rocieros. De los de verdad. Me quedo con el viernes noche y un hombre de natural impoluto e inmaculado que llegaba lleno de polvo y sudor pegado en la frente, con su abrazo y nuestras lágrimas, las suyas de emoción y cansancio -supongo-, las mías de respeto y cariño. No hacían falta palabras, ni más gestos, sin embargo ese hombre le hizo un regalo a mis hijas, lo más romero que se puede hacer y ellas emocionadas y orgullosas descubrieron otra manera de ser rocieras. Gracias niño. Y también por el ratito del lunes, eso queda para siempre ya, y une más si cabe. No puedo dejar pasar a una mujer que es un terremoto de risas y complicidad, de una generosidad abrumadora y de un corazón tan grande que siempre tiene sitio para alguien más. Ella y su familia. No sé si prefiero el ratito en la hamaca de charla o el de copas cena y cante. No le voy a poner ni un pero, primero porque me salvó del atraco -económico- del parking y segundo porque no tendría derecho alguno. Gracias Inma, gracias a ti además he engordado menos este Rocío, no hay como andar por las arenas hasta el fin del mundo…Es broma. Gracias a quien se vino a vivir de manera más estrechita por compartir y además se trajo a lo más preciado. Capaz de ponerme la flor de desde lejos y cantar sin descanso. Y muchísimas gracias a quienes no sólo compartieron sino que además me llenaron el día de risas y recuerdos de los que quedan siempre. Generosos hasta el extremo de soportar mis nervios de un domingo eterno en el que me visto de flamenca soñando con quitarme el traje, el único momento del año en el que me sobran los volantes, pero ponerme los pantalones es señal de que ya está más cerca la hora de verla en la calle. Me dijo una señora mientras esperábamos el salto dentro de la Ermita que iba con guardaespaldas, no sabía ella que son guardalmas en todo caso, porque es fácil ponerte es sus manos con absoluta confianza. A fin de cuentas todo se organiza en base a una noche, a un momento sin hora fija, este año han sido las 3.03 (creo) y tengo que reconocer que ha sido aún mejor de lo que esperaba, sé que no puedo explicarlo y es difícil que alguien entienda mi necesidad de estar allí dentro, pero era imprescindible. Y pese a lo que puede parecer en las imágenes no es tanto, y además no he podido estar mejor acompañada ni más cuidada. Hay cosas que no se pueden expresar con palabras, ni con abrazos, ni siquiera con besos, quizás con una mirada cansada y emocionada, mezclada con el sudor del calor humano. La felicidad es eso. image Es imposible no estar con mi Hermandad y mi familia esperándola, verla llegar tan serena y no rezar sin romper a llorar.  El único momento en el que me brotaron las lágrimas, el resto fueron secas. Es un momento especial sobre las siete de la mañana, la veo rodeada de gente que a veces es la única vez en el año en la que nos encontramos y casi que nos ponemos al día escuchando las campanas de las otras hermandades, sintiendo la electricidad de sus nervios. Es el segundo momento, junto con la presentación del Sábado, en la que me abrazo a mi madre. image Me pasé el lunes yendo y viniendo a verla, incapaz de dormir sabiendo que Ella estaba paseando por las arenas. No pesaba el cansancio, ni el sueño, ni el frío. Recogí las cosas acompañada de una familia maravillosa y unos niños que disfrutaron esas horas como si fueran semanas. Llené mis bolsos de recuerdos y volví con la esperanza del año que viene. Gracias a todos. image

HASTA EL MARTES…

Mi lista de temas se va agotando y tengo el vértigo del alcohólico frente al último trago. Es una pena que yo no sea capaz de recordar en mi último trago que ya no hay más, me pierdo la oportunidad de decirlo o al menos de pensarlo. No es igual decir “me queda un buchito” que “este es el último trago”. También es verdad que para que luzca, y sea una frase sincera, la copa no debe tener hielos porque si no, en un breve espacio de tiempo, te deja por mentiroso.

Pero lo cierto es que mi tabla de salvación en forma de libreta rescatada de las fauces del desprecio -soy una Indiana Jones de las libretas olvidadas- cada vez tiene más tachones y debe ser que las musas no quieren nada conmigo porque no me silabean en el oído historias nuevas que contar. Igual me han organizado una huelga con alguna reivindicación que desconozco. Es conocido el abandono, pero las huelgas no, pero lo sospecho.

Me queda en mi lista hablar de la lealtad. De la importancia que le doy, que es toda, de lo leal que soy y de lo que implica la pérdida de confianza en alguien, que siempre va más allá de lo que parece y pringa a más gente de la que en principio entran en el fango. Y se vuelve incómodo. Aquello del papel que se arruga que por mucho que lo estires ya nunca volverá a ser lo que fue. Tengo en mi lista hablar de cuál es el número de veces que hay que poner la mejilla izquierda o la derecha y sobre todo la espalda, para llevarte puñalaitas traperas en forma de desdén o de traición. Incluso en un margen, con una letra que a duras penas entiendo yo, tengo apuntado hablar de los que consideran que estás obligados a hacerles favores, que han nacido con una estrella más grande que los demás y no sólo los pide, si no que además estás obligado a hacérselos y además por ciencia infusa. Quise un día hablar de los desagradecidos.

Pero he tachado todo eso. Y luego he arrancado la hoja. No quiero hablar de rencores, ni de egoísmos. No quiero hablar de falta de empatía ni de sensibilidad. No quiero extenderme en quien sólo se acuerda de ti para las penas. No quiero llenar de sombras esta escalera que ya tiene las ventanas abiertas para que entren las claras del día (que me pediste y te di). Estos peldaños ya tienen los aires limpios que ventilan habitaciones y corazones. Y, además, no le voy a dar la importancia que quizás tenga pero que no merece porque llega la vida y te enseña una noticia triste que sólo te hace pensar en lo afortunada que eres, y le das gracias a tu Dios o a tu suerte. Y olvidas todas esas cosas que duelen.

Tampoco quería hacer una nueva pausa dejando como último goteo un tema tan poco agradable. Las cosas poco bonitas suceden, negarlas es una tontería, no dejan de existir por no decirlas, pero no es el tema con el que quería irme y además desde la sonrisa no se puede escribir de cosas tan feas con precisión de cirujano. Y yo sonrío y disfruto de esta semana tanto que mejor no tener de que escribir que empañar lo que llevo un año esperando.

Me voy a recolectar gotas para que lleguen de quince en quince. Abriré los ojos mucho y el corazón para tener un montón de temas nuevos que contar, negociaré con mis musas. Voy a volver al sitio que más me gusta del mundo, donde quiero vivir y donde quiero morir. Voy a comenzar un compás de espera que culmina un Lunes de madrugada. Hasta el martes…

SUCEDE QUE A VECES…

“Sucede que a veces, la vida mata”

Es un trozo de la letra de una canción de Ismael Serrano que me gusta particularmente. Es cierto que a este cantautor hay que escucharlo en la Universidad, con los ideales sin manchar, es el momento ideal. Luego, poco a poco, antes de terminar la carrera, ya sabes que la utopía apenas sirve para las canciones. Pero me gusta el verso. Y más de una canción. Lo que ocurre es que yo cambio la frase porque me resulta obvia y siempre canto “Sucede que a veces, la vida pasa”, me doy una prórroga mental aunque tengo clarísimo que para morirse sólo hace falta estar vivo.

Inciso: He pensado que no sólo quiero que me incineren cuando muera, quiero que me flambeen y que antes de entrar al crematorio me vacíen una botella de Jack Daniels por encima, y así además de todo será como muy espectacular con su llamarada grande. Luego se mantiene el plan de celebración y brindis en vaso corto.

Y es cierto, de repente un día te das cuenta que la vida está pasado tan rápido que no te das ni cuenta, y viene un adolescente a pasar la tarde con tu hija adolescente. Y tu hija pequeña ya no tiene unos zapatos pequeñitos que cabían en cualquier lado sino enormes y pestosos. Y ya no hay una foto en la que sonrías y tu cara no sea un cúmulo de arrugas. Y lo bueno es que no has perdido la capacidad de seguir sonriendo aunque pensabas que ya no te quedaban en la recámara.

“Sucede que a veces, sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel, y te rescata del naufragio”.

Y es así, llega algo o alguien y te salva de un abismo que pudiera ser que no fuera tal, pero que te tenía con el alma encogida y con el equilibrio perdido. Pero sucede y ya no hay manera de parar ese sentimiento que te tiene con agujetas de sonreír y hasta se nota al caminar un ánimo distinto, diferente. Te sorprendes escuchándote reír a carcajadas sin más, hasta que se convierte en rutina de risas, y esa cotidianeidad que no aburre porque siempre lleva implícita una sorpresa.

Y a mí me sucede que estoy viviendo y me quiero comer el mundo. Buenos días.

NIÑA CON ESCALERA.

escaleras-c382ad28-09c2-4416-bbe3-77ccec95b201Quiero volver a ser la niña que se esconde en el patio para que no la encuentren a la hora de la siesta. La que busca el refugio de la sombra bajo una escalera y lo convierte en cueva, palacio o barco pirata. No necesitar más compañía que la que me preste la naturaleza y la imaginación. Vivir en un mundo que no existe pero que se vuelve tangible y donde las postillas de las rodillas no vienen de heridas por caídas si no de contiendas heroicas.

Quiero volver a escuchar la chicharra, sentir el calor por mi nuca resbalando en gota infantil que deja olor a plastilina y risas inocentes. Saber que ese ardor del sol viene de unas vacaciones escolares que libran de la señal de los calcetines y de un madrugar por obligación, esa que hace salir de debajo de las mantas a un frío que ahora parece tan lejano.

Quiero no ver la oscuridad ni los tonos grises, sólo los colores que se muestran ufanos frente a la primavera, roneando desde el verano intenso. Quiero correr debajo de una manguera de agua, descalza, despeinada y loca, queriendo atrapar el agua con la boca y el frescor con la piel. No temerle al barro.

Quiero merendar pan con chocolate que se derrite entre los dedos por culpa de querer estirar el momento, dando grandes bocados al bollo y pequeñitos a las onzas, y luego acabar chupando cada uno de esos churretes dactilares después de dejar huellas sin querer por más de un sitio.

Quiero ser niña con escalera. Mujer con peldaños.

(A Javier por el impulso de última hora)