DERRETIR HIELOS

Unos hielos, una copa, el sonido del alcohol rompiendo la frialdad, un leve crujido. Algo de limón y el destape libidinoso de esa bebida transparente y discreta que nadie sabe bien de donde viene y como llegó a ser parte inequívoca de los hoy afamados gin-tonics.
El Gin-tonic se ha vuelto una bebida de moda -le comentaba- ahora hay grandes tratados, expertos vanidosos y experimentos a veces irracionales. Prefiero lo clásico -continuó- concediendo siempre el beneficio de la duda a cualquier ginebra y más si es inglesa.
Ella sonreía entre levemente divertida y perpleja, jamás una copa le pareció tan interesante y simplemente hacía tintinear los hielos de su whiskey, solo, en vaso corto, ancho, un clásico al estilo europeo, nada de aquel vaso pequeño donde de un golpe se bebían en el Oeste ese extraordinario matarratas.
Él continuaba su disertación sobre las marcas que habían llegado al país y la cantidad de tónicas que había en los estantes ahora de los hipermercados, de como antiguamente a penas estaba la Rives y la Larios y ella atrapaba el instante sabiendo que el tiempo es único en el momento que sucede. No se repetiría, no habría un instante igual, puede que parecido pero nunca el que vivía en ese compás del reloj.
Ahí estaban, frente a frente hablando de banalidades en el bar inglés de aquel elegante hotel, realmente el trasfondo era serio, bronco y hasta cierto punto febril pero les pudo la educación, los tiempos pasados, los silencios no ocupados a conciencia. Llegaría el momento, quizás después de la primera copa o rozando la tercera en que habría que terminar en los porqués para acabar comprendiendo los cómo. Aunque quizás en realidad no hubiera trasfondo alguno. La incertidumbre era lo que estaba cierto.
¿Cuánto hacía que no se veían? Cuatro…no…casi cinco años ya, ella había hecho lo imposible por estar impecable, jamás reconocería las horas que había tardado en arreglarse esa tarde. El resultado había sido aceptable. No había podido borrar los cinco años, ni los golpes emocionales que había sufrido desde entonces, empezando por el que provocó su separación, pero le parecía que había conseguido convertirlo en una especie de desencanto elegante. A él se le notaba el paso del tiempo, algo más rellenito, un poco más calvo quizás, pero se le veía feliz.
Instintivamente miró sus manos buscando una alianza, o la huella de ella, la verdad es que tenía el aspecto de un feliz casado, le sorprendería porque conocía su opinión sobre el matrimonio, pero nada es más cambiante para un hombre que esa firme convicción delante de la mujer adecuada. Aún así, se dijo, puede que viva en pareja, es lo que desprende…
Siguió su pequeña pesquisa observadora, camisa bien planchada, cinturón elegante, y un reloj demasiado bonito. Pudiera ser un regalo familiar pero tenía más el perfil del regalo de Navidad del principio de una relación.
¿Estaba nervioso? No, mantenía el aplomo, pero lo tuvo siempre, pocas veces lo vió fuera de sí, había que conocerlo, y mucho, para distinguir cuando sus nervios estaban floreciendo.
Se dió cuenta de que le había preguntado algo y ella no estaba prestando atención, difícil papeleta. Sonrió y disimuló como pudo, “la plancha, de repente he pensado que no sabía si la había desenchufado, ya sabes como soy”… de repente vió claro que le había dado la excusa perfecta, el momento adecuado…
Se dió cuenta de como se le iluminó la cara, entre aliviado y feliz. Ahora, se dijo ella.
Él comenzó a balbucear algo sobre alguien que planchaba siempre los domingos y había que volver siempre a casa a asegurarse de si estaba desenchufada y ella tomó aire expulsándolo despacio.
“Se te ve muy bien, me alegro mucho por ti” -susurró ella- frases escuetas, concesión sincera, pensó, la mejor manera de salir del atolladero.
Él se atropelló aún más, comenzó la cascada de incoherencias y tópicos…quise llamarte, tú estás genial, cuéntame de tu vida…
Ella siguió en la dinámica de las respuestas cortas y ciertas, nada íntimo, mientras intentaba auto analizarse, la verdad es que no esperaba nada y jamás hubiera vuelto a retomar una relación con él, pero escocía, pese a todo había una parte de ella que no quería aceptar que el tiempo pasaba, si para ella estaba olvidado ¿por qué no quería que él la hubiera olvidado y hubiera conseguido superar la separación? No sabía contestarse, un punto de orgullo, de vanidad, quizás.
Con las cartas sobre la mesa, una pregunta, ¿qué querías hablar conmigo? y tras esa pregunta se puso serio, volvió el hombre que conocía y con las que tantas horas había hablado, un hombre culto, sensato e inteligente.
Al ritmo de la segunda copa comenzaron las confesiones, ella escuchaba atenta, interesada, abandonando cualquier tipo de impostura entre el glamour y el distanciamiento obligado con el que comenzó la velada.
Y en un momento dado, camino del baño, se dio cuenta de que había recuperado un amigo. Y eso le hizo feliz.

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REPARTO DE CULPAS

De las cosas que más le agradezco a mi madre que me enseñara y que más interés pongo en inculcarle a mis hijas es que somos responsables de nuestros actos. Y que nuestros actos tienen consecuencias, de las que lógicamente también somos responsables.
Es cierto, y más a ciertas edades, que es cómodo y casi instintivo, intentar colocarle la culpa de nuestro desacierto a cualquiera que tengamos a mano con tal de no reconocer el error o de no aceptar las consecuencias.
El pueblo español, tan soberano, ha aprendido e interiorizado una frase que dicen los niños pequeños cuando juegan: “pío pío que yo no he sío” Y tan campantes. Siempre se busca una cabeza de turco para que sufra lo que nos toca padecer en primera persona debido a una mala elección nuestra. Y en el caso de que hubiera alguien responsable de nuestro bando, nuestra familia o nuestra ideología política…se le responsabiliza al contrario…que la moral no estorba en estos casos, por lo visto.
Pero esta vez yo quería rozar la actualidad aunque fuera de manera tangencial. Leo y releo por noticias, blogs, redes sociales, y escucho en conversaciones a pie de calle como una y otra vez se culpa a la sociedad, a los tiempos pasados, a la religión, al que dirán…y la verdad, me fastidia.
Si algo somos es libres, por encima de todo, libres para elegir y libres para decidir, libres para equivocarnos y para tomar decisiones. ¡Ya está bien de culpar a cosas intangibles de nuestros propios errores!
El día a día está lleno de elecciones, de caminos, de decisiones en las que con absoluta libertad decidimos qué y cómo hacer. Pero si nos equivocamos…la culpa no puede ser siempre de otros: del banco, de “las junteras”, de la guerra civil, de lo que digan los demás, de la Iglesia (que la mayoría no pisan desde su primera y única Comunión), o del profesor que me tiene manía, por poner unos ejemplos.
Nos hemos instalado en la comodidad, en el que vengan y me lo arreglen, en el que me den una subvención, en el que me merezco una paga…y a la vista está que el resultado no ha sido bueno.
Son tiempos difíciles si, pero todos tenemos mucha responsabilidad de lo que sucede y también tenemos mucha culpa de que las cosas no se arreglen. Seamos sinceros, hagamos autocrítica…que es eso que le exigimos a los demás pero que difícilmente hacemos. Y por favor…dejemos de ser generosos de lo ajeno…a veces especulamos con lo que nos tiene que dar, lo que merecemos recibir, lo que los demás tienen que regalar…y nosotros no damos ni las gracias.

 

CON EPÍLOGO

Acurrucada en su abrigo caminaba entre la lluvia de las calles, miraba todos esos escaparates llenos de luces que le invitaban más a pararse delante de ellos que a entrar a comprar. Una vez dentro de la tienda, al mirar hacia atrás, lo que nos había parecido casi mágico no era más que atrezzo y lo que nos dejó perplejos y sonrientes, medio helados entre adoquines resbaladizos, no era más que cartón piedra y purpurina.
Siguió su paseo meditando un buen regalo, era este su momento favorito, pero no era fácil: algo que no fuera demasiado caro, que demostrara conocimiento de la otra persona, tolerancia a sus gustos, respeto por sus pasiones…y a la vez que le gustara a ella. Algo elegante y sutil. Para completar el regalo buscaría una frase para una simple tarjeta, nada de mensajes pre-escritos ni dibujos grotescos. Escribiría algo corto, pocas palabras y mucho por sobreentender.
Tuvo una idea, quien la observaba en ese momento se dio cuenta que sonreía. ¡Ya lo tenía! Lo complicado es que no sabía absolutamente nada de ese tema. Tendría que buscar información, pedir ayuda. Se documentó mientras tomaba un café, -bendito wi-fi-, y con el calor de la taza aun en sus labios volvió a la calle con prisa y su pequeña nota de papel donde había anotado explícitamente lo que tenía que pedir. La llevaba en el bolsillo, arrugándose tal vez, pero apretada como si así pudiera librarse de que se le escapara la gran idea. Había buscado el local ideal para comprar, estaba cerca de donde ella se encontraba y lo enviaban a domicilio…necesitaba la frase…para la tarjeta. Entonces comenzó a relentizar el paso buscando las palabras y…sucedió, lo imaginó y supo lo que querría decirle si lo tuviera enfrente mientras le daba el regalo.
El tintineo de la puerta al abrirse le descubrió ese mundo del que aún no sabía nada pero en el que acababa de introducirse. Pese a su decisión se dejaría asesorar, no querría equivocarse. Sólo había otro cliente, la atendían con mucha profesionalidad y entrega, tenían una charla cordial y comercial mientras  envolvían un regalo del que, por más que intentó ver, no fue capaz de descifrar.
Esperó, aspiró el olor a serrin con el que antiguamente las pequeñas tiendas recibían a los compradores los días de lluvia…¡hacía tanto de aquello! Ahora se daba cuenta de cómo le gustaban esos pequeños comercios, ¿porqué no iba má a menudo? siempre atareada acababa comprando en centros comerciales donde a base de prisas, tickets para cambiar y tarjetazos iba solucionando problemas. Pensaba si, ponía interés en cada regalo que hacía, pero ni punto de comparación al día de hoy..claro que le estaba dedicando toda la jornada y eso no siempre podía conseguirlo.
Una agradable voz le sacó de su ensimismamiento ético con el pequeño comercio, y ella procedió a contarle entre feliz y algo avergonzada el por qué y el para quién, los pasos que había dado, necesitaba, sobre todo, que esa dependiente que tanto sabía y que le esuchaba interesado supiera cuál era la importancia de ese regalo.
Finalmente había acertado con sus pesquisas y salió de la tienda con una bonita sonrisa, satisfecha, el regalo lo enviarían ellos, eso le dejaba un poco huérfana pero entusiasmada. La tarjeta la había escrito alli mismo, sobre el mostrador. El vendedor discretamente se había distraido sin necesidad en otras cosas para que ella tuviera la intimidad de hilvanar con su letra algo confusa y deformada esa frase con la que quería que sintiera algo parecido a la felicidad.


EPILOGO.- Seguramente en un mundo normal, el regalo no le hizo ilusión, a lo mejor lo agradeció y nunca le hizo más caso que para quitarle el polvo o moverlo de lugar….pero a veces es más bonito que el mundo fuera el que soñamos…Aún asi la belleza de los finales abiertos hacen que puedan darse cualquiera de los imaginables y así el texto entra en el prisma de los colores como luz blanca, y sólo es cuestión de elegir…

NOTORIEDAD A CUALQUIER PRECIO

Es bien sabido que las folclóricas del blanco y negro y el tecnicolor solían decir: “que hablen de mi, aunque sea mal, pero que hablen” y si no hablaban, ya hacían ellas, una contra otras, porque se diera la conversación. 
Hemos llegado pasito a pasito a una sociedad donde los egos necesitan ser alimentados a base de notoriedad.
Supongo, y es una opinión personalísima, que desde siempre el hombre, entendido como concepto y no como ente masculino que luego vienen las quejas de los lenguajes sexistas, ha querido ser alguien importante. Entiendo que se buscaba ser la mujer más bella del reino, el guerrero más aguerrido, la doncella más virginal, el caballero más noble, la señora más elegante y si me apuran, la meretriz más famosa.
Siempre destacar entre la multitud.
En esos siglos tan anteriores, se buscaban valores más o menos heróicos, pero siempre nobles, por ejemplo, Quevedo y Góngora bien que se tiraban de los pelos por ser lo más afamados literatos de la época, sin necesidad de demostrar su habilidad con la espada. Destacar por el valor, por la piedad, por la nobleza, por la literatura, por la caballerosidad… ¡Qué lujo comparado con los grandes héroes de hoy!
Hoy la portada de un diario deportivo puede ser sobre el peinado de un futbolista, el mundo puede pararse por si se opera o no se opera una chica inculta que tuvo una hija con un señor que era conocido pero no un gran figura en su trabajo pero que tenía muchas novias y por supuesto, a lo folclórico, vendes más cuanto más basura eches sobre otra persona, sea cierto o no, que no estamos para detallitos…
Pero bajando escalones en la pirámide de la popularidad nos encontramos con lo que alguna periodista definiría como el experimento sociológico que son las redes sociales. Llama la atención como personas de apariencia normal y relativamente usuales, se transforman hasta niveles insospechados por ser quien tenga más amigos o seguidores, quien más veces le comenten una foto o le alaban una publicación. Algunos, en un acto de dicotómica personalidad te dicen que en realidad le da igual lo que digan de ellos, o el caso que le hagan que lo que hace es volcar sus sentimientos, sus vivencias o lo que toque, pero hay un sector noble y casi infantil que puede llegar a comentar “es que yo quiero que me hagan caso” ¿Qué hay detrás de todo esto? Yo no soy psicóloga, ni psiquiatra y ni siquiera quisiera ser una “coach de vida” que dicen los realitys mal traducidos, no llego ni a echadora de cartas, pero me da que ese afán de notoriedad tiene un trasfondo de falta de algo…no se sí de personalidad, de cariño…no lo sé, pero el problema es el precio y no tengo claro si siempre compensa.

MALALA

Tiene más o menos la edad de mi hija mayor y lleva años luchando. La miro a ella, a mi hija, e intento verla tan tenaz, tan valiente y tan poco niña como es Malala. Me miro en el espejo e intento comprender lo que la madre, no se si vive, o su familia sienten por dentro.
En esta época en la que los valores se han depreciado más que muchas monedas y donde el ser una persona íntegra es similar a ser idiota, llega una niña y calla bocas. O debería callarlas. Ella sale en telediarios y periódicos, no es noticia en programas de corazón ni en todas las variedades de telebasura sin opción a reciclaje que pululan por nuestras televisiones. Así que muchos que deberían estar callados, no callan, porque no oyen, no leen, no aprenden, que es lo que intenta Malala.
La imagino por las mañanas, fiel a su tradición y a su religión, tapándose su pelo negro, espeso y zahíno que se adivina a duras penas por debajo de su velo. Y veo a mi hija, recogiéndose con dificultad el pelo en una gomilla llena de purpurinas con los ojos pegados y algo de sueño atrasado en las pestañas.
“No quiero ir al cole mami, déjame quedarme en casa, tengo sueño”  diría mi hija perezosamente porque aunque en realidad le guste el colegio, no le gusta madrugar.
“Mamá déjame ir al colegio, es mi sueño, y no tengo miedo a los talibán” supongo que suplica Malala
Dos niñas, dos realidades, una injusticia.
Porque Malala ha sido tiroteada y evacuada de su país antes de que finalmente esos infames cobardes le sieguen las ganas de ser, de aprender, de conseguir algo que en este lado del mundo es tan normal como que salga agua del grifo. 
Y además ella no lucha egoístamente, ella busca que el resto de las niñas puedan ir a la escuela porque ser mujer y musulmana no implica ser menos. 
Pero ella lo ha contado en internet, y ha condenado los abusos…y se ha buscado una amenaza de muerte, que dejó de ser amenaza. Y yo echo en falta a muchas de las españolas que se dan golpes de pecho desde su afamado sillón, desde su noble micrófono, desde su aguerrido ordenador portátil y me surge la duda de por qué ella, Malala, no merece que cuenten, defiandan y apoyen su historia.
Y ahora me pregunto donde están los Premios Principes de Asturias, el Nobel de la Paz y otros tantos premios que le darían voz a unas niñas valientes que sólo quieren ser como otras niñas más…