NO ME TRAGO EL SAPO

Hay cosas por las que no se puede pasar. Líneas rojas. Es más, hay líneas rojas que te parecen bermellón a los veinte y de tono rosado cuando sumas el doble de años en el calendario.

Hay cambios en la vida de una persona. Las circunstancias, las expectativas, los caminos que son inescrutables, las cositas del diario, el pan nuestro de cada día, el famoso entorno… la experiencia vital, que dicen los intensos,  todo eso nos va modelando.

Hay una película argentina que no he visto pero de la que me recomendaron un fragmento (gracias Su) y que busqué en YouTube, la frase, el monólogo con la cadencia y el acento argentino,  es así:  “La persona puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios; pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de equipo de fútbol, no puede cambiar de una pasión”.

Aceptemos que esa pasión no se puede cambiar. Aceptemos que es cierto y hasta creo que lo es. Pero hay más cosas. Pocas, es verdad. Pero hay más cosas que no podemos cambiar.

No hay epifanía ni poder divino. No hay medicación ni enfermedad. No hay nada ni nadie que me haga tragarme el sapo del perdón de Otegui y mucho menos verlo por un hombre de paz.

Me he criado en una familia militar. Estoy casada con un militar. Defensores del deber cumplido. El valor no se lo supongo, lo confirmo. A mi no va a venir nadie a hacerme cambiar de idea. No hay argumentos que me hagan girar y tener otra opinión.

No voy a prestar atención a las palabras de un asesino aunque sea desde una tribuna. No hay un segundo de mi vida que quiera perder con los argumentos de semejante malnacido y sus congéneres. No les doy ni mi tiempo.

Las víctimas tienen mi recuerdo. Las familias mi apoyo. Los enfermos mi solidaridad. Los que lucharon contra el terror mi admiración y eso es lo que no voy a cambiar. Esa es mi línea roja. Me quedan pocas en la vida. Y esta es inamovible.

Ni olvido, ni perdón.

MEMORIA

Mi memoria no es lo que era. Creo que lo conté más de una vez en esta casa, que es la de ustedes (me encanta el ustedes andaluz entre lo respetuoso y el compadreo). Y si me repito más que el salmorejo, pues ya saben por lo que es.

Las personas se imaginan viejitos y arrugados, al compás de la mecedora, contando historias lejanas con todo tipo de detalles y sin poder recordar que acaba de almorzar.

Tendemos a pensar que se nos apagará la memoria acumulando años en un balance cósmico sideral de conteo vital.

A mi se me apagó antes de los treinta a raíz de una medicación que tenía más efectos secundarios que beneficios y que, sobre todo, tomaba religiosamente a raíz de un diagnóstico erróneo. Además me tuvo varios años bebiendo cerveza sin alcohol. Eso no se me olvida.

Mi memoria dejó de atrapar mis recuerdos. Deben estar ahí, mofándose de mí, formando parte de un yo inconsciente apagado o sin cobertura. Digo que deben estar ahí porque, a veces, a raíz de una conversación, consigo agarrar un hilo y llegar a la madeja de la historia, como los gatos antiguos de las casas de bien donde las agujas de punto se entrechocaban para hacer jerselitos para el frío y no era algo que se pronuncia en inglés y vale para todo menos para su fin primigenio.

A lo que iba. A veces recuerdo. A veces me disperso como los gases nobles. Otras veces me doy cuenta que tener la información a mano hace que no memoricemos. Ya no hay sobremesas largas de discusiones fraticidas, ya no se puede dejar de hablar a un cuñado a costa de información popular, siempre hay alguien que saca el móvil y acaba con la discusión y deja al cuñado.

Sólo me sé dos números de móvil, el de mi madre y el de mi marido. No me sé el de mis hijas. Hace un año me cambiaron el número de teléfono fijo, es un número que tengo que mirar en el móvil para saber cuál es, pone “casa”, pero no lo reconozco como mío. Podría llamar sin saber que me va a descolgar mi familia, si lo hacen, ya no solemos hacerlo porque detrás de esa llamada sólo hay teleoperadores hastiados (nada en contra de los teleoperadores ni de los hastiados, que conste)

No tener memoria te deja sin rencor que es una cosa muy cómoda. El rencor es un chino en un zapato (supongo que hoy esto también está mal visto y tendré que decir que es como una pequeña piedrecilla o guijarro en un zapato). No tener rencor no es no tener maldad, es no acordarse de tenerla. Es ser una bruja desmemoriada.

Cada vez me cuesta más recordar y encajar sentimientos que no sé de dónde vienen porque no puedo llegar a su raíz. A veces desconcierta, hasta me pongo un poco nerviosa, pero la mayoría de las veces lo ignoro con un poquito de urgencia para que no me vuelva loca.

Todo esto viene a que esta mañana yo iba a escribir de algo que se me ha olvidado. Suelo apuntarme una nota en el móvil, pero no debí hacerlo o no lo encuentro, por eso le soy más fiel al lápiz, aunque he mirado en mi escritorio y tampoco está. El lápiz sí, pero notas manuscritas que me den “norte”, no

Me gusta muchísimo la expresión “dar norte”. No sé si se usa en todo el país, quiere decir dar indicaciones, explicar donde está algo o quién es alguien.

Ayer hice una rutina de abdominales que me tiene muerta en vida. Incapaz de andar con soltura y aún menos con elegancia. Si no me funcionan las piernas no sé como pretendo que me funcionen las ideas y antes de las ocho de la mañana.

Dolorida por voluntad propia, olvidadiza por voluntad ajena y lunes. No me digan que el cuadro no es para echarse a dormir.

FUE UN DÍA

Fue el día más negro. Negro por dentro. Un sentimiento de luto estricto antes de producirse el deceso. Oscuridad previa, como aquellos nubarrones que ves venir mientras recoges rápido la ropa del tendedero. Angustia sin la banda sonora de Tiburón de fondo.

Fue el día más oscuro y aún así, quizas por el shock, pasado el tiempo seguía sin saber la fecha exacta. Tampoco tenía interés por buscarla. Ni interés ni valor. Remover las cosas, hasta cuando se han superado, no merecen la pena y puede provocar daños colaterales.

Fue, porque así es la vida, un luminoso día de primavera. Día de primeros colores y mangas de camisa. Era un día radiante que invitaba al amor, a retozar, a conocerse. Un día donde sólo podían pasar cosas buenas.

Ese día, el del contraste, podría ser el día de la zona cero vital. Uno de ellos. El drama tampoco puede hacer que se pierda la perspectiva aunque sea tentador. El derrumbe fue una voladura controlada. Cascotes, cristales rotos, hierros en extrañas posturas quedaban en su centro emocional, alguien observador podría haber notado el estruendo o la nube de polvo en forma de lágrimas, ojeras y falta de apetito, pero no fue así. La procesión va por dentro, la destrucción emocional también

Fue aquel día como podía haber sido otro. Pero fue el que fue y podría recordar cada segundo, cada momento, cada mensaje, cada lágrima, pero no iba a hacerlo. La superación es el olvido con retrogusto a lección aprendida.

No es fácil olvidar la traición, es más humano odiar -o eso le decían- pero no podía sentir más que desconcierto, dolor y quizás algo de rabia, una rabia contra sí misma, la rabia frente al espejo. El examen de conciencia posterior en el que sólo te preguntas cómo puedes ser tan tonta, cómo no lo has visto venir, cómo te has dejado engañar.

Pero todo pasa y a veces, en medio de ese hundimiento titánico, rodeada de cascotes, intentando recomponerse la vida, la dignidad, la blusa y la mirada, aparece alguien que sabe mirar más allá de lo que se ve, que se queda en el lugar adecuado, que llega en el momento justo y que no pretende reconstruir nada, ni se pone el traje de súper héroe, aunque lo sea.

No fue ese día, fue el siguiente, un día que comenzaba en el lodo y terminó como en las comedias románticas, esas que permiten soñar y a la vez repetirte “eso no pasa en la vida real”. Pero pasó. Le pasó. Fue un rescate en toda regla. Fue un hombro en el que llorar, una conversación sin preguntas, un monólogo entrecortado, una caricia inocente, un beso dulce y una noche de sexo con rabia, terapéutico, de descarga. Orgasmos que ahuyentaban fantasmas.

Y ya no fue ese día, ni el siguiente, fueron años. Años de complicidad, sonrisas y mucho amor. Años de lealtad. No fue un día, es una vida nueva que nació de un fundido en negro.

(A ella, por contarme su historia)

¿EN QUIÉN TE HAS CONVERTIDO?

Anoche llegué cansada, los tobillos eran el doble de su tamaño normal y gracias a Dios que son delgados cuando no sufren las inclmencias del tiempo o las exigencias laborales, si fuera de otra manera no habría podido quitarme los pantalones.  La cabeza me bullía con tantas y tantas cosas que acababa conectando las que no eran y sufría pequeños infartos de miocardio pensando que me había equivocado mandando presupuestos.

De repente paré, me miré al espejo -mi gran enemigo- y me dije…”estás guapa”, eso no ha pasado desde 1975, año en el que nací. Nunca me he visto guapa pero ayer lo pensé y después de pensarlo me sorprendí. Sentí pudor, “¿cómo puedo ser tan creída?” y después me contesté que no había nada malo en verse bien.

Dejé de hablar conmigo misma porque la conversación se nos estaba alargando y me veía invitándome a un café y como todo el mundo sabe un café es muchísimo menos inocente que una copa.

Tras los habituales momentos domésticos en función del horario de la luz, el hambre y las necesidades familiares, me tumbé en el sofá. En la televisión un reportaje sobre un violador con múltiples personalidades y la voz del narrador me acurrucaba sin dormirme.

Llené mi copa de vino, cogí una onza de chocolate negro y pensé que hace dos años no era capaz de aguantar el sabor amargo de este tipo de chocolate. Y es que cuando menos te lo esperas puedes cambiar.

Se habla mucho del reinventarse, de la adaptación al medio, de la supervivencia emocional, pero creo que si se es lo suficientemente sincero y valiente, sale solo. No somos estatuas, ni aunque te rellenes de silicona. Tampoco somos árboles aunque algunos lo pretendan. Tendemos al cambio y lo bueno, opino, es dejarse llevar. El cambio a veces no es el que esperamos, la senda lógica, lo que teníamos pensado…

Mientras el violador decía que unas de sus personalidades era una lesbiana y otra un erudito serbocroata, yo me analizaba a mí misma sin ningún tipo de rigor. Me veía cenando verdura, disfrutando mientras comía fruta, planificando una ensalada de quinoa para mañana, y con el serum aún pringando la cara después de haberme maquillado. Nada de eso lo hacía hace dos años. Sonreí porque me gustó mi cambio.

Está feo sonreír mientras la personalidad que pintaba cuadros se iba de prófugo a Canadá. Ya, lo sé.

Me di cuenta entonces que había conseguido parar la ebullición de mi cabeza, que era capaz de no sentir dolor porque una conversación anterior me había hecho ver que la amistad también es una cosa que cambia, que el día a día me da más satisfacciones que el largo plazo y que los dramas se deben de quedar en la superficie. Bastante hemos sufrido como para hacerlo más.

Y entonces me pregunté : ¿te gusta la persona en la que te has convertido? Y me contesté que sí. No es un sí rotundo, hay mucho que mejorar, cosas que arreglar, aristas que limar, cariño que devolver, barreras que cimentar, retos que superar, sueños por cumplir, ¡¡tengo que aprender a correr!! …pero ser capaz de cambiar una rutina de alimentación, de acicalamiento personal (qué palabra tan antigua), de conversación con el espejo, conseguir que las cosas no me afecten y se enquisten como drama, …eso es un triunfo inmenso para mí.

Así que cogí otra onza de chocolate e intenté entender a cuál de las 24 personalidades se estaban refiriendo mientras en casa celebrábamos que había ganado el Real Madrid de canastos. Y seguí disfrutando de mi paz personal.

¿Y tú? ¿Te gusta la persona en la que te has convertido?

P.D No, correr no es fácil

P.D ² Tendré recaídas y tendré días tremendos y me quejaré y me enfadaré conmigo y con el mundo , claro, pero “Nobody is perfect”.

NOSTALGIA

No tengo claro lo que es la nostalgia, puedo buscar su significado y, en un acto valeroso y digno de épocas pasadas, entender lo que leo, y comprender el significado que me de el diccionario que ese libro gordo en desuso que ya ocupa pocas estanterías, porque -en todo caso- funciona a golpe de click. Sin embargo tengo la sensación de que la nostalgia no tiene que llevar aparejada la melancolía, por ejemplo.

Ni siquiera mirando hacia arriba, buscando la más universal de la palabra gallega, adoptando como propia la “morriña” consigo llegar a la nostalgia.

¿Puede ser que que la nostalgia lleve aparejado pena, dolor, lágrimas? ¿Por el contrario la nostalgia nos hace sonreír por dentro y nos deja el alma caliente y el corazón contento, como en la canción? ¿La nostalgia nos evoca el poso de anhelos no conseguidos o de sueños que se quedaron en el camino?

Nostalgia quizás sea el olor de mis bebés, cuando lo eran, el sonido de las cucharas entrechocar mientras mi abuela liaba croquetas, el tacto de mis libros nuevos al empezar el colegio, el primer día de lluvia aún en verano, las sábanas batiéndose con el viento de levante en la azotea, los patos del parque, el salitre en la piel, los pasteles del domingo, las tardes tumbada leyendo sin parar, el sonido de las losetas sueltas del pasillo, mi abuelo meciéndose en la mecedora… Todo bueno, reconfortante e infantil.

¿Se puede tener nostalgia de aquel sueño policial no conseguido? ¿De cuando pensé que domesticaría a la Bolsa de Nueva York? ¿De esos perros que jugarían con mis hijas y que no existieron ni existen? ¿Nostalgia de no haber escrito el libro que tanto me apremiaban?

¿Nostalgia de las cabezas de atún aterrorizándome en la Plaza de Abastos? ¿Nostalgia de encender la luz del baño abriendo solo un poco la puerta porque me daba pánico entrar a oscuras? ¿Nostalgia de la vergüenza y la angustia que me daba subir al autobús del colegio?

La nostalgia tengo claro que es algo que está en el retrovisor de la vida. Que es un presente alimentado de pasado y no sé si afecta al futuro. No llego a perfilar más…puede que sea nostalgia de cuando las palabras fluían sin problema y hablaba de corrido.