FUE UN DÍA

Fue el día más negro. Negro por dentro. Un sentimiento de luto estricto antes de producirse el deceso. Oscuridad previa, como aquellos nubarrones que ves venir mientras recoges rápido la ropa del tendedero. Angustia sin la banda sonora de Tiburón de fondo.

Fue el día más oscuro y aún así, quizas por el shock, pasado el tiempo seguía sin saber la fecha exacta. Tampoco tenía interés por buscarla. Ni interés ni valor. Remover las cosas, hasta cuando se han superado, no merecen la pena y puede provocar daños colaterales.

Fue, porque así es la vida, un luminoso día de primavera. Día de primeros colores y mangas de camisa. Era un día radiante que invitaba al amor, a retozar, a conocerse. Un día donde sólo podían pasar cosas buenas.

Ese día, el del contraste, podría ser el día de la zona cero vital. Uno de ellos. El drama tampoco puede hacer que se pierda la perspectiva aunque sea tentador. El derrumbe fue una voladura controlada. Cascotes, cristales rotos, hierros en extrañas posturas quedaban en su centro emocional, alguien observador podría haber notado el estruendo o la nube de polvo en forma de lágrimas, ojeras y falta de apetito, pero no fue así. La procesión va por dentro, la destrucción emocional también

Fue aquel día como podía haber sido otro. Pero fue el que fue y podría recordar cada segundo, cada momento, cada mensaje, cada lágrima, pero no iba a hacerlo. La superación es el olvido con retrogusto a lección aprendida.

No es fácil olvidar la traición, es más humano odiar -o eso le decían- pero no podía sentir más que desconcierto, dolor y quizás algo de rabia, una rabia contra sí misma, la rabia frente al espejo. El examen de conciencia posterior en el que sólo te preguntas cómo puedes ser tan tonta, cómo no lo has visto venir, cómo te has dejado engañar.

Pero todo pasa y a veces, en medio de ese hundimiento titánico, rodeada de cascotes, intentando recomponerse la vida, la dignidad, la blusa y la mirada, aparece alguien que sabe mirar más allá de lo que se ve, que se queda en el lugar adecuado, que llega en el momento justo y que no pretende reconstruir nada, ni se pone el traje de súper héroe, aunque lo sea.

No fue ese día, fue el siguiente, un día que comenzaba en el lodo y terminó como en las comedias románticas, esas que permiten soñar y a la vez repetirte «eso no pasa en la vida real». Pero pasó. Le pasó. Fue un rescate en toda regla. Fue un hombro en el que llorar, una conversación sin preguntas, un monólogo entrecortado, una caricia inocente, un beso dulce y una noche de sexo con rabia, terapéutico, de descarga. Orgasmos que ahuyentaban fantasmas.

Y ya no fue ese día, ni el siguiente, fueron años. Años de complicidad, sonrisas y mucho amor. Años de lealtad. No fue un día, es una vida nueva que nació de un fundido en negro.

(A ella, por contarme su historia)

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