UNA DE RECORTES

He intentado no manchar el blog de pesimismo, de actualidad, de dolor y estrecheces pero me temo que ya no tengo más remedio.
Las redes sociales son un clamor y la calle se torna violenta sin sentido, ¿acabaremos siendo Grecia? Después de que llevemos tres años diciendo que eso no será así, ni es, parece que nos helenizamos y de la peor manera posible, pues no aprendemos de los errores ajenos, a ellos no le sirvió más que para que los partidos nazis hicieran su entrada en el gobierno, se atacara a los inmigrantes, y hubiera menos recursos para arreglar lo que antes estaba bien.
¿Podemos permitirnos otras elecciones? ¿Hay soluciones?
Estoy convencida de que el margen es pequeño pero hay resquicio, hay posibilidades y no entiendo porque no se están tomando esas decisiones que clamamos entre todos, una y otra vez repetimos en todos los foros que: hay que acabar con sueldos vitalicios de ministros, que el Senado tiene que reformarse y que la casta política tiene que bajarse los sueldos, que tienen que acabar las subvenciones a partidos políticos, organizaciones empresariales, y sindicatos (algunos anda ahora como pollo sin cabeza, queriendo aparentar que sirven, que son la voz del pueblo, cuando han sido durante años mudos y sordos), que no es normal que aún no se hayan disuelto las 600 empresas públicas coladero de dinero y atrincheramiento de amiguismos, que las autonomías entendidas como hasta ahora no pueden ser, que las televisiones y radios públicas autonómicas son una locura, que gastos de representación, dietas, coches oficiales, moviles, visas y demás gastos de la administración pública tienen que recortarse al máximo o desaparecer, que si suben los tipos impositivos no pueden también recortarse los sueldos…
Está todo trillado, lo hemos dicho todos en barras de bares, con teclados de pc, con móviles en busca de Wi-fi gratuito, en cartas abiertas, en pancarta…se que hay soluciones que tocarían la Constitución y serían de difícil implantación pero…¿Es necesario que la bolsa de pobreza de España siga creciendo?

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DESPERTAR EN SECANO

Ya no sabía cuántas veces había rodado por la cama buscando un hueco que no estuviera ardiendo, incluso mojado, tenía la absoluta sensación de que estaba durmiendo en una pala de pizzero, esas gigantes palas de madera que manejan con destreza mientras abren un horno plano y gigante, una boca que se abre. Así estaba ella sólo que en vez de abrirse la puerta del horno, empezaba a entrar el fuego por su ventana.
Pasadas las horas del amanecer cuando refrescaba levemente y podía dormir por fin, a penas un par de horas pues empezaba a aparecer el sol por el horizonte y aunque las persianas estaban cerradas como si fueran un ataúd el calor comenzaba a reverberar y aunque lo último que deseaba era levantarse estaba claro que dando vueltas solo podría ponerse aún más nerviosa.
El café se volvía un suplicio necesario que despertaba, despejaba y hacía sudar como si lo estuviera tomando sentada dentro de una chimenea a pleno fuego en el mes de enero en Reykjavik, a partir de ese momento sólo un horizonte, la ducha.
Agua casi fría y el mismo pensamiento estúpido de todas las mañanas, si pudiera retener este momento, esta sensación de frescor, si esto durara todo el día. Casi sin secarse para engañarse a si misma, para que quede mojada la ropa, no hay nada más doloroso que saber que hay que enfrentarse a la calle, ya no era temprano, seguramente ardería el pavimiento, y vería en el horizonte esa deformación que las personas piensan que solo se ven en el desierto de Arizona, en las carreteras de Las Vegas.
No hay más remedio se dice, cierra la puerta de la casa, abre la puerta del portal y la primera oleada …
¿Porqué costaba tanto andar por la ciudad con este calor?

OREJA DEL MUNDO vs CERVEZA

Desde que era muy joven, desde que iba en el autobús urbano hasta la playa, yo debía tener unos catorce años como mucho, de las primeras veces que iba sola a algún sitio, a mi me han contado cosas.
A veces las confidencias eran operaciones, ya que el autobús incluía un agradable recorrido en el que había una parada en el hospital, de hecho creo que tengo la posibilidad de operar “demenisco” y de “visícula” sin haber pasado por facultad alguna y muchísimo menos por el Mir, y acierto a diagnosticar con los ojos cerrados la hiperglucemia, la hipertensión y el tratamiento a seguir.
En otras ocasiones la conversación la dirigían a las críticas de familiares, quisiera yo conversar o no con la criticona. Si algunas nueras o suegras supieran lo que se puede llegar a decir en diez minutos…yo creo que se quedarían perplejas o puede que no se quedaran tan impresionadas como yo porque también son capaces de hacerlo…En realidad para ellas es como repetir un guión, como si en sus cabezas lo hubieran dicho tantas veces que a la hora de verbalizarlo sale  a tropel, como si abrieran unas compuertas. La cantidad de barbaridades al minuto no era nada desdeñable y porque ya me las sabía, pero era el mejor aprendizaje de insultos y palabrotas que he oido en mi vida, en el más castizo de los andalucismos.
También oía muchas penas de amores, las que menos porque ahí les costaba un poquito más, pero si el viaje se alargaba…caía, seguro, pero más de una, de dos y de treinta si que he oido.
Esto no cambió cuando dejé de coger el bus urbano, me siguió sucediendo en consultas de médicos (un gran foco), en la peluquería, en la cola del banco, en los centros de la administración pública, en los comercios, en los trenes, y hasta en los aeropuertos…donde todo el mundo parece tan impersonal y poco dialogante.
De ahí que pasara a autodefinirme como “oreja del mundo”. Soy una persona que oye, que asiente, que sonrie y que a veces y a ciegas intenta decir una frase que reconforte a la persona que te cuenta algo que necesita soltar, que le angustia, le apena ¡y a veces hasta le alegra!, recuerdo una señora que la llamaron al móvil y a duras penas podía cogerlo, no veía “delcerca” y se lo descolgué yo…¡¡y su hija le decía que iba a ser abuela!! nos emocionamos muchísimo claro, ella por supuesto le contó que yo le había ayudado y que estaba esperando para ayudar a colgarlo. Y esperé, y colgué y supongo que será una abuela estupenda.
Otro día, y palabra que no miento, en El Corte Inglés, una señora me preguntó si me gustaba un vestido para su nieta, contesté que era muy mono, algo cortante, me la veía venir, me enseñó seis, opiné, busqué lo que quería….y luego me dijo, ¿me lo cobras?, su cara cuando le dije que no trabajaba allí era un poema, me reí mucho, pobrecita, ahí había estado yo escuchando la gran carrera “de maestra de niños mayores” que estaba estudiando su nieta, lo guapa, lo lista, lo trabajadora que era…He elegido pendientes para hijas, hasta me he probado una vez un vestido, ¿te importa muchacha, es que es más o menos como tú?
Mis amigas también me cuentan sus cosas, como es lógico, los hijos, los padres, los nietos, las enfermedades, las desilusiones, los fracasos, los problemas…y comprendo que tengo que estar, que es justo, y si se sienten levemente reconfortadas pues aún mejor y si puedo ayudar en lo que sea me siento más tranquila, sabiendo que apoyo a alguien en sus malos momentos. A veces son horas al teléfono, al ordenador o tardes de café y lágrimas, no me gusta ver a nadie triste, deprimido, sufriendo y sé por experiencia que una mano tendida ayuda más que un pie en la cabeza.
Muchas veces me pregunto a qué puede deberse, y mi madre siempre dice que la gente ya no va a hablar con los curas, y los psicólogos están muy caros, y el ser humano sigue siendo un ser social y las penas compartidas son menos penas, y al contarlas parece que pierden fuerza, como la coca cola.
De eso no me quejo, lo llevo como si fuera un superpoder, un don divino, de lo que me quejo y aprovecho, ya que estamos, es que cuando las cosas vienen bien dadas y lo que se cuentan son alegrías, a nadie se le ocurre decir…”Niña, que te invito a una cerveza”

(No os enfadéis, sabéis que sigo siendo “la oreja del mundo”)

VERANO

¡Qué fácil se me hace traer a mi recuerdo algún pasaje de mis infantiles veranos!
Veranos de libros, muchos libros, siempre los libros, al despertar, después de comer, jamás dormí la siesta…¡qué cosas!, durante la fresquita de la tarde esperando un anochecer, siempre como una tradición todos los Agatha Cristhie, las “pecaminosas” novelitas de Luisa María Linares, todos los Mafaldas, y los Astérix, y abriendo el verano… “El Camino” de Delibes.
Y durante algunas semanas, vacaciones estivales de viajes culturales, creo que no valoré en su justa medida el esfuerzo materno por enseñarme a aprender de piedras, caminos, museos, lugares de España y del extranjero. De hecho me recuerdo protestando por ir otra vez a Santiago de Compostela donde auguraba que el Santo me abrazaba a mi en vez de yo a él. Hoy veo como ella le enseña a mis hijas igual y me doy cuenta del privilegio que tuve y que gracias a Dios siguen teniendo ellas, solo que ahora yo les señalo la suerte que tienen, no quiero que no lo tengan en cuenta. No todos los niños pueden aprender tanto ni in situ.
También, evidentemente, eran veranos de playa, viviendo en una ciudad de costa formaba parte de la normalidad, todos los días a la playa, otro punto que no valorabamos en su justa medida, había gente cociéndose en según que sitio de nuestra geografía y sin embargo nuestra cotidianeidad nos hacía tomarlo como algo natural…todo el mundo, para nosotros, tenía derecho a la playa.
La playa…curiosamente la playa de mi infancia no fue la playa de mi adolescencia. Catorce o quince años y la playa con las amigas, las risas, muchísimas risas, el calor, jugar a ser grande sin perder la inocencia de la que acabé desprendiéndome a base de tropiezos, lo que algunos dirían experiencia…¡Cuántas veces echo de menos esa blancura de alma, esas risas, esa vida en la que la máxima complicación era saber a que hora quedábamos! Siento como si fuera ahora mismo el calor de piel tras la tarde en la playa, el sabor a salitre, el crujir de mi pelo, y las charlas sentadas en algún portal comiendo chuches o algún dulce….primeros corazones rotos.
Y ¿ahora? Ahora toca otra vida con otras vidas, otra etapa, otro mundo, otros recuerdos, distintos, nuevos, igual de intensos pero sin la inmaculada sensación de que los días sucedían por el calendario sin más temor que el quince de septiembre y la vuelta al colegio.
Feliz Verano.