EL FINAL DE LA CALLE. @danirodmu

Dani Patri_edited

Todavía resuenan las risas que dejamos atrás, no hace tanto y parecen siglos. Si el tiempo se midiera en suspiros, lágrimas y buenos ratos, han pasado tres o cuatro eternidades desde que tú y yo corríamos jugando por aquí.

Ahora camino rozando con la punta de los dedos las paredes, como si en su frescura de piedra me trajeran la caricia de tu piel. Recuerdo como si fuera ayer como cambió el jugar “al esconder” a los primeros besos. Mi mejor amigo, mi compañero de juegos infantiles, mi primer amor. Nadie comprendió este paso, pero era una transición inevitable.

Y llegaron los días en los que el azahar fue lo que prendías en mi pelo, moñas que tú hacías para mí y con las que yo roneaba. El olor de tus manos se traspasaba a las mías cuando, juntos y enlazados, paseábamos más allá de nuestra frontera del callejón. Tardes de calor buscando la sombra para que fuera la única testigo de nuestros planes y proyectos. Cuánto imaginamos…

Pero la vida se empeñó en separarnos de la manera más cruel. Mientras resuenan voces alegres mis ojos se llenan de lágrimas y  tengo miedo de avanzar. Mis pasos se han anclado al suelo. Sé que al volver la esquina, al llegar a la brillante luz , cegadora en el reflejo blanco, no estarás tú. Llevas tanto tiempo sin estar pero acompañándome… desde que te fuiste.

Vuelvo a esta calle cada vez que llego a la ciudad y jamás llegué al final. Hoy tampoco.

 

EL SUEÑO (II)

Pocas cosas pueden evitarse más que un “luego te cuento”. Si entre que se dice esa frase y se da la ocasión de poder contar eso que se mantuvo en suspenso, se plantea alguien la posibilidad de arrepentirse, desde ahora, es bueno conocer un gran secreto: es imposible. Una vez que se da la primicia, el avance, el heading ya no se puede volver atrás. Hay que confesar, la verdad o no, eso depende de la capacidad de cada uno de ser convincente en la mentira.

Delante del desayuno la pregunta era inevitable: ¿qué tienes que contarme? Por un momento sintió algo de vergüenza, pudor, era íntimo, su historia, su sueño, se había regodeado en algo que no existía. Pero también quería darle voz, que formara parte del mundo real aunque fuera a base de palabras. Se decidió por contar la verdad.

“Verás, es una tontería, en el fondo. Es que he soñado una cosa muy bonita. Bueno, no sé si es bonita o sólo me ha gustado soñarla, y me he quedado tan extasiada recordándolo que se me ha hecho tarde. Así, como te lo cuento. Perdí el bus y ya si tengo que coger el siguiente, me atraso.

He soñado que iba de viaje a Barcelona, ya sabes, como nos mandan a veces, pero algo de última hora que me hizo correr más de lo normal. Los vuelos estaban completos, así que volaba directo hasta allí pero tenía que volver vía Madrid y desde allí en AVE, algo rarísimo. Tenía que hacer noche en Barcelona, que sabes que lo odio, y no sé que pasaba que al final tenía que reservar yo el hotel y me decían que luego me lo pagarían con la factura, que diera el CIF de la empresa. Ya ves, como si alguna vez se fiaran de nosotras.

El caso es que llegaba a Barcelona y nada más bajar del avión y cuando me iba corriendo a buscar un taxi para ir al hotel, una señora, sin venir a cuento, sin mediar palabra, me daba una torta que me cruzaba la cara y me rompía el labio y yo suponía que el tímpano. Además ella gritaba cosas sin sentido para mí. Llegaba la policía del aeropuerto y me decían que sí, que tenía razón para estar desorientada, que me curarían sin falta, pero que por favor no denunciara a la señora. Por lo visto era una loca de confianza. Yo perpleja.

Me iba aun conmocionada y medio sorda al hotel, sintiendo la humedad pegajosa en la piel, y durante el trayecto pensé que sólo quería volver a casa. No quería estar allí. Quería estar en mi cama, rodeada de mi normalidad, huyendo de locos a los que no se podía ni denunciar. Llamé a la oficina y dije que no iba, que lo lamentaba mucho pero que no pensaba ir a trabajar, que se enfadaran, me sancionaran, pero que me volvía a casa. ¡Imagínate! Me hubieran despedido del tirón.

Cuando llegué al hotel iba a decirle al taxista que nos íbamos, pero me entró el pánico de que cargaran en mi tarjeta esa noche de hotel. Sería la estocada final de mi cuenta corriente. Así que me veía suplicando que por favor no me hicieran el cobro, que tenían razón, pero que había tenido un accidente. Lo conseguí con dificultad y volví al aeropuerto a llorar en otra ventanilla. Ahora sólo quería un vuelo con el que irme a casa. Lo pedí todo, estaba dispuesta a volar vía Estocolmo, lo que fuera, pero quería salir de allí con la loca aún merodeando. Finalmente conseguí un vuelo que llegaba de noche, muy tarde, a Madrid.

Lo curioso es que nadie de la oficina me llamaba, ni me pedía explicaciones. Yo sólo lloraba. Que digo yo que tampoco era para tanto, pero a mí me sentaba como lo peor. Me asustaba llegar a Madrid y quedarme sola, la noche sería eterna. Miraba y remiraba mi agenda de teléfonos sin saber a quien llamar. Quien no tenía familia, estaba fuera, quien no me daba vergüenza, pero al final me decidía por llamar a un amigo encantador. No me fallaría, pero me daba reparo molestarle.

Luego yo ya estaba con mi maleta en su puerta. Avergonzada y con una botella de bourbon. A punto de irme. Me había hecho la cena. Se le veía cansado del día de trabajo y me dio mucho más apuro molestarle. Me dejé cuidar. Me empujó a la ducha mientras él terminaba la cena, dijo. Tuve que pedirle una camiseta porque yo duermo sin pijama cuando salgo fuera, hace siempre demasiado calor en las habitaciones de hotel. Me dejó una enorme, negra, con las mangas cortadas. Me vi en el espejo tras la ducha y faltó poco para atrincherarme y no salir de allí. El labio hinchado, los ojos secos de lágrimas, la camiseta enorme y descalza.

Le hice jurar que yo dormiría en el sofá y él sonrió como lo hacen los señores cuando te niegan retroceder siquiera levemente de sus principios. Después de cenar nos bebimos el bourbon a morro mientras él seleccionaba música impresionante, la mayoría desconocida para  mí. Mi drama se esfumó entre vapores etílicos y reía como hacía mucho. Yo creo que dormida y toda me estuve riendo porque sentía ese agotador cansancio que da la carcajada continua. Me daba mala conciencia porque era muy tarde, él trabajaba al día siguiente y yo no podía perder el tren, aunque ya no era tan importante.

El bourbon me picaba en la herida y se acercó a mirar el alcance. Ni que decir tiene que nadie durmió en el sofá. Todavía me sorprendo, te lo prometo, qué osado mi subconsciente. A ver, no sé ni por qué he soñado con él, ni así. Pero me ha gustado. Lo que no me gustaba nada era tener que despertar, ni en el sueño ni de verdad. En el sueño él preparaba café y ha sido cuando ha sonado el móvil avisando de que ya era la hora.

Un hombre, aunque sea en sueños, que te hace café por la mañana después de una noche distinta no deja de ser un recuerdo memorable. ¿Cómo no iba a llegar tarde a trabajar?”

 

EL SUEÑO

Sentada en la cama tuvo un ataque de sonrisa, que es lo que las mujeres tienen cuando guardan el secreto de la felicidad íntima. No quiso reír y si lo hubiera hecho quizás el eco de su habitación le hubiera hecho los coros ante la supuesta diversión.

Acababa de despertar con el regusto en el paladar de la semiinconsciencia de un buen recuerdo. Lo rememoró punto por punto para no olvidarlo y si llegaba tarde al trabajo lo haría con la dignidad de quien no se sabe culpable. Por abrazar a un buen recuerdo -aunque sea de la materia volátil de la que están hechos los buenos sueños- no hay ningún tipo de remordimiento a la hora de saltarse las normas.

Cuando tuvo claro los grandes rasgos y los detalles más emocionantes de su ensoñación fue cuando buscó el frío del suelo para ser consciente, ya con absoluta certeza, de que por entretenido y emocionante que fue su la noche para su alter ego, su realidad era otra. Aún así la sonrisa seguía en su rostro pintada, un gesto entre diva del cine negro y niña traviesa frente a una tienda de caramelos durante la postguerra.

Mientras el olor del café empezaba a embriagarla como un buen beso, se entregó a los detalles del desayuno mecánicamente pues su mente estaba en los momentos que acababa de vivir; en otro plano, sí, pero vividos y vívidos, que parece lo mismo pero no es igual. Aún tenía el olor del café con el que su sueño acababa y ahora estaba hilvanándose con el café que acababa de preparar. Más sonrisas.

Tuvo tentación de dejarlo por escrito, pero entonces no habría forma de salvarse detener que recuperar horas en el trabajo y echó de menos la grabadora que siempre pensaba que debería tener para estos casos. Grabarlo con su teléfono móvil le daba cierto pudor. Pero la verdad es que era una pena perder una historia así en su ingrávida y frágil memoria. Estuvo tentada de contárselo al espejo mientras se maquillaba rápido con la destreza del día a día, pero eso era aún más ridículo.

La única solución que encontró fue repetirse la historia una y otra vez hasta que tuviera la oportunidad de contarla o de escribirla. No era ningún castigo. Seguro que en algún momento podría encontrar un hueco para mensajeárselo a una amiga o quizás a un amigo para reír juntos, porque en el fondo es como si hubiera soñado el guión de una película hollywoodiense, una comedia romántica de las que inundaban las carteleras con protagonistas como Jennifer Aniston o Cameron Díaz.

Entonces sí que se echó a reír, sola y divertida frente al espejo del ascensor. Cualquier parecido con alguna de las actrices que encajaban en su papel era pura, remota e improbable coincidencia. Sin embargo se ajustarían perfectamente como protagonista de la historia de su sueño, pero bueno, qué puñetas, su sueño era suyo, su historia, su recuerdo y el magnífico despertar. Seguro que ellas podrían tener lo que quisieran, en la vida real o en la ficción, no pensaba darle ni un ápice de su historia, no les otorgaría ni la simulación de pensamiento.

– Llegas tarde…¿te ha pasado algo?

– Disimula…¿se han dado cuenta?…ya luego te cuento…

GOTAS SALADAS

Creo haber dicho más de una vez -si me repito mucho como una adorable y glamourosa anciana a la que nadie contradice, háganmelo saber con delicadeza, por favor, que soy un alma sensible- que el verano es el momento en el que me pongo al día en las lecturas atrasadas durante el resto del año. Unos años soy más diligente que otros. Que disfruto relajadamente de la playa y que el lujo para mí es tener libros, espacio y viajar.

Entrar en la dinámica del verano me produce diversas sensaciones y reflexiones. Nada sesudo. Es más, creo que una de las primeras reflexiones que tengo (sin ser consciente de tenerla) es que no quiero pensar. A amigos y conocidos les recomiendo que no piensen demasiado, un poco sí, pero no demasiado. Frenar los instintos, los impulsos y las intuiciones lo considero un error en condiciones generales.

Durante el tiempo de descanso la ley de “no pensar” la llevo a rajatabla, como un mantra. Se me acerca una preocupación y como no son buena compañía, me esfuerzo por evitarla y huyo como de una fiesta de jubilados en Benidorm.

Pero hay pequeñas cosas íntimas que sí que me planteo porque saltan a la vista: por un lado me pregunto cómo puedo dormir tan poco durante el resto de los meses y soy, sin embargo, capaz de dormir mucho más durante las vacaciones. Las siestas son como comas inducidos. Y duermo en la felicidad del relente marítimo que mece la cortina del dormitorio.

Mi dieta se relaja y mis complejos físicos (los bikinis o trajes de baño son armas de doble filo en cuerpos imperfectos) se acrecientan; conclusión bipolaridad placer/remordimiento. Este año he acuñado la expresión “cuerposcombro” para definirme, pero sigo sin decirle que no a una caña con una tapa. Este año no me castigo.

Y sobre todo me lleno de ideas para escribir que quedan como escondidas detrás de los cajones, como esa camiseta traviesa que acabas pensando que se ha comido la lavadora. Esas notas mentales – éstas no las escribo- se quedan esperando a salir en cualquier día de lluvia, a una tarde de música, o una mañana de silencio escolar. Las sensaciones se guardan, las he percibido de manera directa o indirecta, pero están ahí o en eso confío.

La última reflexión light tiene mucho que ver con estas gotas saladas. Casi toda la culpa de que no esté por aquí es porque me centro en la familia, los amigos y el descanso, y pese a que pueden olvidarse de mí, creo que no está de mal darles a ustedes descanso de mí misma en estado acuoso. Como también me dedico a aprender a base de leer a grandes (asumo con plenitud aquel consejo de “lee, coño, lee”), me voy sintiendo muy pequeñita, me intimidan desde sus tipográficas letras. Pero supongo que cuando vuelva la rutina, será como montar en las veraniegas bicicletas, que nunca se olvida a montar en ellas…

 

Rómpelo

No queda más remedio que rendirse

Descartemos el revólver

Romper es uno de los gestos más tremendos y hermosos que puede acometer el ser humano en estos tiempos, y en cualquier tiempo. La rotura ejerce un efecto inmediato, habitualmente reparador, sobre los nervios de las personas. Da igual qué clase de rotura. Aunque sólo sea hacer una bola con el folio en el que estás escribiendo una nota de suicidio porque no consigues esa frase rotunda y conmovedora con la que dejar claras tus intenciones. Tal vez no sirve de nada romper, en el sentido que no es útil y a menudo cuesta dinero, ya que después hay que reponer el quebranto. Pero por lo pronto, en los primeros segundos, te deja a gusto, etéreo, casi somnoliento. Eso no tiene precio, como los intangibles.

El lunes necesité coser un botón, y después de cinco minutos tratando de enhebrar la aguja, sin resultados palpables, me frustré tanto que no tuve…

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