EL SUEÑO

Sentada en la cama tuvo un ataque de sonrisa, que es lo que las mujeres tienen cuando guardan el secreto de la felicidad íntima. No quiso reír y si lo hubiera hecho quizás el eco de su habitación le hubiera hecho los coros ante la supuesta diversión.

Acababa de despertar con el regusto en el paladar de la semiinconsciencia de un buen recuerdo. Lo rememoró punto por punto para no olvidarlo y si llegaba tarde al trabajo lo haría con la dignidad de quien no se sabe culpable. Por abrazar a un buen recuerdo -aunque sea de la materia volátil de la que están hechos los buenos sueños- no hay ningún tipo de remordimiento a la hora de saltarse las normas.

Cuando tuvo claro los grandes rasgos y los detalles más emocionantes de su ensoñación fue cuando buscó el frío del suelo para ser consciente, ya con absoluta certeza, de que por entretenido y emocionante que fue su la noche para su alter ego, su realidad era otra. Aún así la sonrisa seguía en su rostro pintada, un gesto entre diva del cine negro y niña traviesa frente a una tienda de caramelos durante la postguerra.

Mientras el olor del café empezaba a embriagarla como un buen beso, se entregó a los detalles del desayuno mecánicamente pues su mente estaba en los momentos que acababa de vivir; en otro plano, sí, pero vividos y vívidos, que parece lo mismo pero no es igual. Aún tenía el olor del café con el que su sueño acababa y ahora estaba hilvanándose con el café que acababa de preparar. Más sonrisas.

Tuvo tentación de dejarlo por escrito, pero entonces no habría forma de salvarse detener que recuperar horas en el trabajo y echó de menos la grabadora que siempre pensaba que debería tener para estos casos. Grabarlo con su teléfono móvil le daba cierto pudor. Pero la verdad es que era una pena perder una historia así en su ingrávida y frágil memoria. Estuvo tentada de contárselo al espejo mientras se maquillaba rápido con la destreza del día a día, pero eso era aún más ridículo.

La única solución que encontró fue repetirse la historia una y otra vez hasta que tuviera la oportunidad de contarla o de escribirla. No era ningún castigo. Seguro que en algún momento podría encontrar un hueco para mensajeárselo a una amiga o quizás a un amigo para reír juntos, porque en el fondo es como si hubiera soñado el guión de una película hollywoodiense, una comedia romántica de las que inundaban las carteleras con protagonistas como Jennifer Aniston o Cameron Díaz.

Entonces sí que se echó a reír, sola y divertida frente al espejo del ascensor. Cualquier parecido con alguna de las actrices que encajaban en su papel era pura, remota e improbable coincidencia. Sin embargo se ajustarían perfectamente como protagonista de la historia de su sueño, pero bueno, qué puñetas, su sueño era suyo, su historia, su recuerdo y el magnífico despertar. Seguro que ellas podrían tener lo que quisieran, en la vida real o en la ficción, no pensaba darle ni un ápice de su historia, no les otorgaría ni la simulación de pensamiento.

– Llegas tarde…¿te ha pasado algo?

– Disimula…¿se han dado cuenta?…ya luego te cuento…

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