PUERTA DE LUZ. FRAN SILVA

Fran Silva

No siempre tuve esta manera de entender la vida, ni siquiera me podía imaginar que había que mirar la vida, procurar entenderla, y lo que es más importante, verle un sentido. Debe ser que antes de cumplir los treinta y largos la vida es algo que pasa sin grandes reflexiones y con mucho en el debe de las cosas por hacer.

Después de mucho equivocarme un día pensé que la vida con colores es mejor. No es más que una metáfora (de segunda B o tercera, casi es un partido de solteros contra casados en el mundo de las comparaciones) porque aún no me ha dado una etapa colorista cual pintor de impresionista. Y que jamás me de por la pintura o los desprendimientos de retina serían epidemia.

Lo que decidí  fue que mirando las cosas con cierto optimismo -colores- y evitando agigantar los dramas, a los días se le quitaban varias capas del valle de lágrimas.

Esta mañana me desperté con esta foto de Fran Silva y sonreí (pese a una cierta falta de sueño y algo de resaca) porque vi en una instantánea todo lo que decidí que fuera mi leitmotiv (la RAE me hace escribir cosas de manera extraña).

Luces y puertas por abrir. Retos sin miedo. Colores, luz, futuro…

 

(La foto está hecha en la Iglesia del Salvador de Sevilla.   @__Fransilva__)

 

“SÓLO QUIERO QUE ME QUIERAN”

Churchill y Orson Wells son las personas que más cosas han dicho después de muertos. Han debido de tener médium particular o un servicio de telégrafos excelente desde el más allá, algo de calidad, de ricos, porque jamás se ha cortado la comunicación. No dejo de pensar que se han adaptado tanto a las nuevas tecnologías que whatsappean sin rubor y tienen una cuenta de tuitero superestar con nombre supuesto. Tampoco me atrevería a negar con rotundidad que ambos utilicen su nombre real desafiando las leyes de la inmortalidad.

Con Marilyn Monroe pasa más o menos lo mismo, existen miles de frases que yo no estoy segura de que haya dicho fuera de lo que le indicaba el guión de alguna de sus películas, pero como tengo adoración por esa rubia miope, las doy por buenas sin complejos. Las acepto siempre que me gusten, que sobre éstos no hay nada escrito y al respecto no acepto discusión.

Puede, insisto que fuera una de esas frases póstumas que jamás existieron, pero sin embargo a mí me cuadran en ella, se ajustan tanto a la manera de ser que yo me he formado de ella como ese adorable vestido rosa chicle con el que interpretó una verdad inequívoca: “los diamantes son los mejores amigos de una chica”.

Inciso: Vengan a mí las hordas de feministas que consideren que es mucho mejor un “pantalón cagado” de algodón cien por cien ecológico, pero mi relación con la naturaleza la siento más cercana por medio de esos adorables trozos de carbón pulido. Soy una mujer de gustos sencillos, me gustan las pequeñas cosas, pero no soy estúpida.

Cuentan que cuando en una entrevista le preguntaron por qué se casó tan joven, posó desnuda y tenía tantos affaires, ella sonrió tímida y contestó “sólo quería que me quisieran”. Hay otra corriente que sitúa esta frase durante el famoso “Happy Birthday” a JFK y lo que presuntamente dijo fue: “No quiero que me comprendan, sólo quiero que me quieran”. El mensaje es el mismo.

A veces las personas más introvertidas, más necesitadas de afecto y más miedosas, son las que parecen más abiertas socialmente llegando incluso a parecer atrevidas por ciertos sectores más mojigatos de la sociedad. Pueden resultar alegres, dicharacheras como la rana Gustavo y hasta promiscuas, -entendiéndose el promiscuas como adjetivo femenino plural que corresponde a personas, no como una cualidad netamente femenina, que yo con un palo al feminismo radical por post, tengo bastante- pero en el fondo subyace la timidez y las ganas de caer bien, de que “te quieran” como decía la Monroe.

El problema es la confusión que causa tomar esas decisiones pues los demás piensan que son personas fuertes, curtidas y capaces de solventar con media sonrisa cualquier problema o desilusión. Y es todo lo contrario. Sufren y lloran, blanditos como el muñeco de los Cazafantasmas. Y para salir del pozo de ese desamor o falta de afecto, se vuelve a las andadas culpando al refranero con sus moras verdes.

Para las féminas también vale cualquier femme fatale con un buen guión de cine negro, la Bacall ayuda en estos casos: ” Una mujer no está completa sin un hombre. Pero ¿dónde puedes encontrar a un hombre -un hombre de verdad- en estos días?” Y que además, como anhelaba Norma Jean, sólo -nada más y nada menos- te quiera. Difícil, para que negarlo…sin acritud.

 

 

NOSTALGIA EPISTOLAR

Reconozco que soy una enamorada de algo tan extinguido como una carta. Ahora sólo nos escriben con facturas y a mí ni eso, que descubrí la ventaja del correo online para los malos ratos económicos. Recomiendo sinceramente esta opción por dos razones básicas, la primera es que no sientes la tensión del sobre sin abrir sobre la mesa y la segunda, es que es muy cómodo cuando -como es mi caso- cambias de casa más que de marido.

Aunque bien pensado, eso no son cartas, no es personal e íntimo, no hay una sensación de familiaridad, ellos escriben y nosotros, con cierta resignación, aceptamos el mandato del sobre alargado. No hay reciprocidad. La respuesta a la misiva es íntima, generalmente una mueca de desagrado, un gesto de dolor, una maldición al más estilo mafia hollywoodiense y, salvo herencia imprevista o devolución de la renta, pocas veces un grito de júbilo o una ancha sonrisa franca.

No puedo dejar de sentir nostalgia de escribir cartas y aún más de recibirlas. La ilusión de descifrar la letra de quien dejaba su impronta en el papel y el esfuerzo por hacer legible mi letra para el receptor. El ritual previo de elegir un papel adecuado, la mesa despejada, la mente ebulliendo con historias que contar y sentimientos que escribir y el hándicap de terminar si hacer un tachón o usar algo tan poco elegante como un tipex.

Pese a su similitud con el esmalte de uñas, que de por si podría considerarse algo con cierto estilo, el corrector en brocha (ya luego llegaron otros adelantos como en bolígrafo con tripa de gestante o cinta a presión mediante engranaje de rueda para hámster) no dejaba de ser una inmaculada mancha que demostraba tu error, incluso tu inutilidad. El Tipex, señores, era el símbolo de la vergüenza del escritor amanuense. Reconozco haber empezado de cero una carta por haber dudado entre despedirme con un beso o un abrazo, y con la duda escribir un “abeso”. Antes empezar de nuevo que dejar patente mi vacilación.

El otro día Tallón comentaba en Twitter que cuando fuera rico tendría un apartado de correos como signo de distinción. Lo es. Ante tal apertura de ojos sólo me quedó pedirle que me mantuviera informada para escribirle una carta. Bien pensado el apartado de correos es una incomodidad que te hace ir a la oficina a recoger tu correspondencia – ¡qué bonita palabra!- y sin embargo tiene un glamour indescriptible.

Durante una época de mi vida, en la que yo era joven y poco inocente, por motivos laborales unas veces y por amistad otras, estuve abriendo y recogiendo los envíos en un apartado de correos, además de los primeros números, que es como un nivel de antigüedad, como constatar que eres de buena familia de toda la vida. Está claro que cuando quedan libres números bajos se entregan al siguiente que lo pide, el último, como cuando coges número en la carnicería y se lo das a la última que llega sólo por el placer de armar la tercera guerra mundial en el rígido escalafón de “la vez”, pero en mi caso no era así.

Reconozco que cuando entraba a la oficina de correos y me separaba de los demás transeúntes para acceder a ese enjambre de puertas brillantes y plateadas, me entusiasmaba. Además lo hacía con cierta superioridad -yo confieso-, con suficiencia frente a los mortales que iban a hacer cola a las ventanillas ya fuera a recoger el pedido del Venca, a enviar un paquete o a recoger una multa. Era el momento de diferenciación absoluta: ellos y yo.

Siempre envidié, no obstante, al servicio postal inglés. De la inmensidad de novelas inglesas que he podido leer a lo largo de mi vida, de las cosas que más me gustaban es que recibían el correo dos veces al día (supongo que semejante práctica ya se ha extinguido) y diferenciaban con toda la flema británica de la que disponen, entre el correo de tarde y de mañana. Nada puede ser más elegante. Bueno sí, que la carta recibida durmiera en una bandeja de plata ad hoc, ya fuera en el recibidor de la vivienda, en el despacho del señor, o en el salón de fumar (la cantidad de cosas maravillosas que me he perdido).

La carta perdió cuando dejamos de chupar el sello y pagar con ese gesto mucho más que el precio que marcaba, era el sacrificio humano del asco infinito por el amargor de la goma lo que aumentaba el valor de la misiva. Perdimos también, la esponjita humedecida que libraba de tal mal sabor por culpa de los sellos autoadhesivos. Perdimos cuando las hojas de las cartas femeninas dejaron de perfumarse y cuando, pícaramente -no sé si eso era de mujer un poco díscola-, dejaron de despedirse con el sello de un beso marcado con el rouge de labios.

Me gustaba el papel más estrecho que permitía mejor doblarse en tres, que el que obligaba a que fuera en cuatro y de manera menos bonita. Me gustaban los sobres de avión con los colores de la bandera británica, o francesa o quizás estadounidense. Me gustaba, tengo que admitirlo, escribir mis cartas con estilográfica y no con bolígrafo.

Supongo que en el fondo un blog es una carta sin destinatario cierto, algo así como la que le enviaba a los Reyes Magos. Quizás tenga algo de mensaje en una botella. Y hasta puede que alguien (y si es así por favor que me lo comunique) abra esta página como desdoblando por tres veces una hoja delgada, manuscrita con pluma de tinta violeta, después de desgarrar un sobre tricolor.

 

 

LLAVES. Austin Todd

Austin Todd llaves

Cuando vi esta foto eché de menos a las fotos de antaño, las que de verdad nos retrataban la realidad, mis favoritas. Sin embargo me gustó en seguida.

Las relaciones personales estaban ahí, danzando entre hilos de pescar. Personas alrededor de personas, unos somos llaves y otros cerraduras y sólo unos pocos encajamos entre nosotros. En plural, sí, porque creo que hay llaves maestras que funcionan en más de una puerta (o un cajón, baúl, armario o caja) y viceversa.

Lo importante es no forzar la cerradura. No tener prisa por abrir y no tener miedo por cerrar. Que una puerta pueda abrirse no significa que tenga que estar abierta, es sólo una posibilidad.

La suerte, -la felicidad incluso-  es ir encontrando todas esas llaves que abren tu puerta o encontrar las puertas que puedes abrir con tu llave…

TRES SIGLOS ATRÁS

Quizás hubiera otra manera, la verdad es que ella no lo sabía. Comprendía que existía cierto protocolo, pero tampoco entendía esas normas tan rígidas que regían por no se sabe que ley no escrita. El mundo avanza y a veces te sientes perdido en unos años atrás sin saber el por qué, se repetía. Nunca encontró la respuesta a esa pregunta y al final acabó aceptando que en ciertas cosas no se avanza, o al menos no lo hace a la misma velocidad. Conforme cumplía años estaba menos dispuesta a pelear minucias y ya eran cuarenta y seis los que le anunciaba el horizonte.

Las libertades, si es que se podían llamar así, habían ido al galope. No había una sola en la que no hubiera un avance sustancial, incluso a veces, la libertad estaba mal entendida y se podía acabar llegando al libertinaje, como tantas veces le dijeron sus mayores cuando aún llevaba esos tardíos calcetines largos. La rabia que le daba la cantilena con el juego de palabras era directamente proporcional a la que sentía ahora al comprobar que tenían razón.

Las mujeres habían llegado tan lejos como habían querido, con más o menos dificultad. Los hombres -en su mayoría- habían comprendido la injusticia de un sistema social que ninguneaba a la parte femenina de la sociedad, y habían colaborado en la naturalidad de la incorporación de ellas, siempre y cuando hablemos de sociedades occidentales.

La sexualidad femenina había dejado de ser un tabú y hasta en ciertos momentos pasaba a un estatus explícito que sin incomodar (a estas alturas de su vida, decía ella, ya estaba todo visto y nada escandalizaba) se volvía tan poco íntimo que dejaba poco al juego y a la sensualidad. De todas maneras, siempre había quien prefería una u otra opción. La diversidad no dejaba de ser algo positivo.

Lo que le hacía vivir tres siglos atrás era respecto al acercamiento entre hombre y mujer. Los pasos previos al noviazgo, el periodo en el que se conocen, que se van retando y a la vez concediendo con absoluta consciencia. Esos momentos (pueden ser minutos o meses) que pueden dar lugar a una relación (sentimental o sexual) o a una amistad simplemente. Parecía que estaba mal visto aún que una mujer tuviera las ideas claras, que tomara la iniciativa o que no respetara los tiempos que se empeñaban las antiguas que había que respetar. Muchas veces la crítica venía de las mismas congéneres. Otras ocasiones, si el círculo de amistad era pequeño o la población poco extensa, hasta podía coartar la ilusión de una mujer por el miedo al qué dirán.

Miraba a su alrededor y aún veía a mujeres incapaces de dar el primer paso, que consideraban que dejar clara una preferencia era una manera de infravalorarse. Hombres descolocados ante la sinceridad femenina y caballeros que confundían las preferencias de una mujer con un presunto  precio. Era inaudito.

No sabía si llegaría el día en el que lo viera como una normalidad, como algo que existe, se da y no provoca habladurías posteriores. El día en el que esos momentos tan bonitos, se mantengan en la intimidad por gusto y no por coacción social. Mientras tanto dejaría sus preferencias claras sin hacer demasiado ruido, no es que importara lo que dijeran los demás, pero tampoco quería asustar a más hombres…