MIEDOS

Existe un pánico irracional en las pequeñas cosas. Hay grandes miedos, por lo general muy comunes. Tiene toda la lógica del mundo. Suelen estar relacionados con la vida de los que queremos y su sufrimiento, también con la subsistencia propia. Tememos enfermedades, atentados terroristas, catástrofes naturales, muertes violentas o repentinas, y cualquier cosa que nos prive de disfrutar de la normalidad.
Hay miedos particulares que pueden complicarle mucho el día a día al humano común, el humano de toda la vida. El que sufre claustrofobia en un ascensor o en un avión, el que tiene pánico a salir a la calle, el que sufre en la oscuridad o cuando ve un animal con plumas. Hay un catálogo de fobias que impresiona, pero el miedo es libre y a ver quién es el listo que decide cuál es la singularidad que acojona al contrario.
Yo de pequeña era miedosa para cosas que hacía cualquier niño, y sobre todo tenía miedo a que le pasara algo a mi madre y me quedara “solita en el mundo”. De ahí que la canción que versionaron Enrique y Ana, “Cállate niña no llores más” me suponía una llorera inconsolable, porque seguía diciendo…” tú sabes que mamá debía morir”. Me resultaba superior a mis fuerzas y aún hoy, confieso, se me llenan los ojos de lágrimas si la oigo.
Más mayor se me pasaron los miedos, rozando la imprudencia, hasta que nacieron mis hijas. Ahí me saltó todo por los aires hasta tener que hablarme a mí misma y obligarme a racionalizar.
Nada me aterra más que pensar que puedan enfermar, que les suceda algo y yo no pueda protegerlas. Tengo una imaginación desbordante para lo bueno y lo malo, así que me doy unos disgustos horribles a mí misma.
Pero hay otros miedos pequeñitos, que parece que no están, que no afectan y que no nos suponen ningún drama, pero la verdad es que hacen que el corazón de un vuelco, se note un latido en la sien y se “paren los pulsos”.
Quien no siente pavor cuando a tres kilómetros de casa no encuentra el móvil. Es un momento dramático hasta que aparece. Yo estoy imposibilitada, pero cuando alguien va hacia el coche y no encuentra las llaves, el espectáculo es el de un rostro surcado por el terror. Yo soy especialista en sufrir pequeños infartos de miocardio cuando no recuerdo si he desenchufado la plancha. También suele ser aterrador el momento en el que envías un mensaje y te das cuenta que te has equivocado de persona…o era tan personal que solo puedes volver a respirar hasta que te llega la contestación. Habrá quien no, pero yo me reconozco entre los que comprueban mil veces los billetes y la documentación antes de salir de viaje porque me dan ataques de miedo surrealista a haberlos olvidado.
Hay otros miedos más profundos, pueden ser a no encajar, a que no te quieran, a la soledad, a no sentirse correspondido, al que dirán, a defraudar a los que nos importan, a no dar la talla, pero nada comparable al vuelco que te da el corazón si piensas que has olvidado apagar las lentejas…

GENEROSIDAD EN BALCÓN

Cuando era pequeña yo era una niña muy buena. La maldad debió de llegar justo cuando me enfundé mis primeros tacones de altura, creo. Era una niña de esas que incluso dan un poquito de tirría de lo buenas que son, que no molestan, que piden las cosas por favor y se les puede llevar a sitios de mayores y no dan el coñazo. Vamos, repelentita. Eso sí, era muy cómodo vivir conmigo.

Hice una maldad, creo que con tres años. Mi casa tenía unos balcones preciosos, de piedra, con una balaustrada por la que yo podía asomar la carita sin quedarme atrapada. Vivíamos en pesetas y se acaba de estrenar la Constitución. Estaban todos los balcones de la casa abiertos, “que entre la gracia de Dios” se dice en mi casa. Yo debí pensar que el mundo estaba mal repartido o me dio un ataque de Jueves Santo, que es el día del amor fraterno (nota para los no creyentes), así que cogí el monedero de mi madre y me fui al balcón en pijama y me puse a echar monedas por entre las rendijitas al grito de : “Toma señor, toma señor” y la gente por supuesto lo recogía.

Detrás de esta anécdota mi madre siempre cuenta que me cogió de un pellizco, me metió para dentro y dio gracias al cielo de que cogí el monedero de la chatarra y no la cartera con los billetes. Con  lo bonitos que eran los billetes de veinte duros. Esa fue mi revolución comunista. Dedicarme a compartir…lo ajeno. (aquí dejo una indirecta que no sé si está bien dejarla, pero bueno).

Lo cierto es que en mi casa siempre me enseñaron a compartir, sin llegar a esos extremos, me mostraron infinidad de veces lo afortunada que era y después yo se lo he hecho llegar a mis hijas. No sólo tenemos una vida cómoda (unos ratos más estrecha que otra) si no que además tenemos gente que nos quiere, y nos quiere bien.

Ya he contado, y lo hago porque estoy muy orgullosa, que mis hijas son voluntarias de Cáritas durante sus vacaciones, preparan la comida que se reparte, ordenan y transportan los alimentos que se donan, y no es de una manera simbólica, no, lo hacen trabajando como cualquiera y a más mayores son, más trabajan. Si no me equivoco llevan ya seis años. La pequeña era muy pequeña y ordenaba los estantes bajos.

Cuando hay una donación grande, -que siempre se queda corta-, lo primero que dicen es “hay que decírselo a las niñas”-, porque están concienciadas y si le ven posibilidad a alguien son capaces hasta de contar su historia para que ese alguien se rasque el bolsillo. “Es que claro, no estamos quedado sin leche y hay que ir a comprar y es tan cara y son tantas personas…” A mí me tienen desplumada.

Hay muchas familias pidiendo ropa o alimentos, muchas que no están cómodas viendo llegar los macarrones, no es plato de gusto ir a pedir. Una ínfima parte puede que lo hagan por ser gratis, pero lo cierto es que ni es agradable ni es un trago cómodo de pasar. Además de que se pide documentación para contrarrestar las historias.

Ayer, me cuentan, llegó una pareja muy joven, los dos en paro y con un bebé. Sobreviviendo o mal viviendo, no lo sé, pero humildes y con ganas de valerse por ellos mismos. Son extranjeros, no tienen a nadie aquí, supongo que pensarían que podían acceder a un futuro mejor. La vida tiene estos recovecos. Allí estaban pidiendo un poco de ayuda, de trabajo, de lo que le pudieran ofrecer. Como tantos.

Mi madre es muy abuela, aunque es cierto que le han gustado los bebés de toda la vida. Sobre todo le gusta cogerlos en brazos, mis peleas me ha costado, y le preguntó a esa madre si le dejaba cogerlo. “¿Me la prestas?” que es lo que solemos decir nosotros. Le dio a la niña encantada. Dice mi madre que la niña se reía, que era muy bonita, que iba bien abrigada y estaba sequita (¿sabéis lo que cuestan los pañales?…pues eso).

A la mamá del bebé se le llenaron los ojos de lágrimas y le dijo: “Quitando su padre, es usted la primera persona que coge a mi hija”. No se puede estar más solo. Es realmente triste.  Y en esta tierra mía donde cualquiera te dice que la cojas de otra manera, que le ponen bien el vestido, o cualquier excusa para tener un bebé en brazos  o cuando te lo quitan de las manos  a penas te juntes con dos amigas o entres en casa de un familiar…

Por supuesto mi madre le dijo que cuando quisiera abuelas postizas, allí había muchas mujeres dispuestas a ayudar y a mal criar, que no se sintiera sola.  Ella prometió hacerlo. A veces la generosidad no tiene nada que ver con dinero, y menos por los balcones, sólo es cuestión de mirar hacia los lados y ofrecer un poco de cariño y tiempo…

LISTA DE TAREAS PENDIENTES

La alegría de despertar a oscuras para disfrutar de un sol perezoso y gamberro que vuelve de una fiesta al otro lado del mundo. Me provoca tareas por hacer. Igual tengo que hacer una lista para que no se me pase ninguna:

  • Reír porque los rayos hacen cosquillas en las pestañas.
  • Bailar al ritmo del calor, por tenue que sea, que acaricia la piel.
  • Jugar cubierta de ropa de abrigo.
  • Llenarme de luz. Apurando hasta el final. Y hasta buscar la luna prendida para regodearme en ella.
  • Asumir que masticarse las ojeras no es más que el precio de confiar en un día lleno de sonrisas.
  • Huir de los problemas para enfrentarlos desde atrás y pillarlos desprevenidos. Taparle los ojos y dejar que adivinen quien soy.
  • Ponerme en los zapatos de los demás sin quitarme los propios.
  • Ronearle al atardecer.
  • Trabajar con compás, de tres por cuatro quizás, sin importar hacerlo con una mano porque a la otra hay que dejarla volar (cojo la manzana, me la como y la tiro…) flamenqueando.
  • Entrar de cabeza en las tempestades para no bailar a dos aguas.
  • Calentarme las manos con la taza del café.
  • Mecerme al son de las palabras que recuerdo.
  • Buscarte al final de la calle y cuando no estés, evocarte y disfrutare. Sin dramas.
  • Pasear entre flores. Y ponerme una enredada en el pelo
  • Caminar por la realidad de puntillas.
  • Analizar que este frío sólo es el principio de la primavera.
  • Saborear los besos aunque lleguen desde monigotes amarillos.
  • Trenzar frases.
  • Ser un bandolero que roba cosas importantes que no se pueden tocar.
  • Leer, para aprender, pero sin llevarle una manzana a la seño.
  • Deshacer medicinas en cervezas.
  • Fumarme las obligaciones feas.
  • Ordenar, sin necesidad, los  zapatos para probármelos todos como una niña robando los tacones a su madre.
  • Ser valiente.

Y si se me quedan pendientes…da igual…mañana será otro día de sol.

DUELOS Y BAÑOS

La primera entrada de estas gotas (link) fue sobre mi epitafio, mi muerte y mis restos. Empezar por el final, como una implosión. Igual Freud tenía algo que opinar al respecto. En ese post decía, y lo mantengo en la actualidad, que me tomo la muerte desde un punto de vista más prosaico que tremendista y sobre todo, la desmitifico casi sin darme cuenta. La innata actitud para morir.

La parca me da más dolor que miedo, y no tanto el dolor físico como el emocional de dejar a los que quiero, y casi más por ellos que por mí. Aunque suene egocéntrico. Desde siempre pensé que el que sufre de verdad es el que se queda respirando. Pocos momentos más duros y trágicos en la vida que ver a quien quieres encerrado sin vida en un ataúd.

Mi educación de trazas anglosajonas me da las tablas necesarias para aceptar estas cosas con serenidad y flema británica; y mi fe me hace ver la muerte como un episodio más hacia una vida mejor. Sufro, lloro, y sobre todo recuerdo, porque soy humana y sigo con pulso en las venas, pero reconozco que mi duelo es siempre con un poso de tranquilidad.

En estos días difíciles que me ha tocado vivir recuerdo haberle comentado a alguien que no me reconocía a mí misma, que las lágrimas eran estertores, la lucidez me abandonaba y me veía incapaz de racionalizar, era como vivirme en otra persona porque yo no soy así. En las grandes tragedias mantengo la calma, en las pequeñas cosas soy un manojo de nervios, y para los duelos me doy poco tiempo porque creo que quien se ha ido prefiere verme avanzar. Jamás olvido, va a hacer veinte años que murió mi abuelo, y sigo recordándolo a diario. No soy tan rara. Para conocerme sólo hay que ir a mi cuarto de baño, y en cada medio bote de cualquier crema o cosmético se puede intuir el tipo de persona que soy, es la intimidad más íntima, algún día los terminaré todo para poder empezar una vida de cero. Cada uno es como es y busca los inicios donde le parece.

Hoy, mientras me desnudaba para entrar en la ducha, con cierto temblor por un frío que no logro aceptar como natural, miraba esa hilera de asteriscos cosméticos y me preguntaba si alguien sabría interpretar esa herencia si falleciera hoy. Esto me ha llevado a pensar en si los demás entienden mi manera de avanzar en la vida, no es que me condicione, pero me intriga, y después de entrar en calor bajo un chorro de agua hirviendo, pude llegar a una conclusión. Creo que los que me quieren bien aceptan que sea capaz de levantarme y resurgir, no miran el reloj ni el calendario como en los lutos antiguos. Están ahí para apoyarme y auparme si pudiera flaquear, sabiendo que aunque ría aún quedan lágrimas por correr en mi piel. Pero hay malas personas (ya me avisaron) que parece que mientras presuntamente te consuelan buscan hundirte más y casi te recriminan querer seguir viviendo aunque tengas familia por la que pelear. Y si buscas sogas a las que asirte con sibilina maldad, ellas intentan echártelas al cuello mientras intentan convencerte de que así estarás más abrigada.

Mientras no olvido e intento seguir adelante, mientras sonrío pensando en quien no está -odiaba verme llorar porque “nada desarma más que las lágrimas de una mujer, y soy capaz de pedir perdón hasta de lo que no he hecho”- y sabiendo que mi conciencia está tranquila y mi dolor puede mecerse al compás del jazz, del carnaval o de los hielos de un Jack Daniels, creo que voy a identificar el bote que representa a esas personas, falsas judas y voy a tirarlos, sin más. No merece ni gastarlos…

UNA FOTO

Se me ha acabado el café y sigo teniendo frío por dentro. No consigo sentir la calidez que me hace falta para comenzar el día. Divago en pensamientos superfluos. Me pierdo volando por infinitos irreales. No me concentro. El reloj me increpa, disimulo ante su insistencia. No me apetece pensar, salvo que sea en ti. Acojo la idea con entusiasmo, eres mi pensamiento ideal, mi pasatiempo favorito. Te busco en recuerdos, imagino futuros deliciosos.

Tengo delante de mi una foto tuya, de ti. La imagen de un instante en el tiempo. Estás ahí como estuviste entonces y sin embargo me parece que sigues igual, casi congelado esperando que yo llegue para volver a tomar el pulso del momento. O que vengas tú. Me gusta verte. No sé siquiera si la foto era para mí creo que sí, también pudiera ser una al azar entre todas las que tuvieras, pero me la apropio, como si fuera una canción dedicada al otro lado de la radio. No sé si tenemos canción.

Ahí estás, inmóvil, con una mirada directa y sin esconderte, no le temes a la cámara, no tienes inseguridad ante su objetivo, estás de frente, física y emocionalmente, sin tapujos. Tus pupilas sonríen levemente, tu boca no lo hace del todo, es una sonrisa canalla. Yo sé como sonríes y tu risa suena franca, pero ahí hablas sin despegar los labios. Te oigo sin sonido. Disfruto de lo que dices en silencio.

La miro y me siento una victoriana señorita de amores epistolares y suspiros desde el corsé. Las manos en el regazo, como corresponde a una mujer de bien, entre cojines de rasos suaves, con la espalda erguida y las alfombras acogedoras entre la media luz de las lámparas por encender. Me tienta sentarme y perfumar una hoja de papel para rasgar en él apasionadas palabras de amor entre líneas, mientras escribo convencionalismos al uso para que la hipócrita sociedad no me tache de promiscua. Quizás no sea amor.

Supongo que una vez sentada, con la pluma en la mano, mojada en el tintero, no sabría que decirte y sin embargo sí que sabría lo que estoy sintiendo, me faltarían palabras. Quizás pudiera intentar explicarte como es para mí mirar tu imagen quieta, lo que me evocas, pero temería ser demasiado dulzona, y sobretodo, me daría miedo no poder hacerte llegar todo lo que me haces sentir, sólo con verte así, inerte. Me alegra no tener que hacerlo, no estaría a la altura de lo que te mereces, ni de la verdad. Con  lo fácil que es besarte…

En un beso caben todas las palabras y con ellas nace una conversación muda. No hace falta más. Ni siquiera es preciso que alguien lo traduzca, ni lo interprete, se siente ahí, justo donde vive el alma, o el suspiro o el placer. Besándote me vuelvo elocuente.

Disfruto mirando la foto porque me acerca a ti, aunque lo hagas desde dentro, que es donde te has instalado al llegar a mí y ha sido sin permiso, casi avasallando. Me atropellaron las emociones y los sentimientos. No sé hasta cuando serás el inquilino de mi pensamiento, tampoco sé como, pero mientras tanto te seguiré pensando, entre escalofríos de anhelos, eligiendo esta foto para evocar tu aliento.