PASIÓN DESBORDADA

De mí se podrán decir muchas cosas, y no todas buenas, incluso pudiera darse el caso que a la hora de intentar decir algo de mí, la persona interrogada sólo acierte a preguntar «¿qué dices de quién?». Tampoco pasaría nada grave, durante toda mi vida -aunque sé que hay quien no me cree- sólo he aspirado a pasar desapercibida, ser un anodino ser, dentro de una marabunta humana. De pequeña me leí un libro que se titulaba «Historias de ninguno» y comprendí que ese era un gran don, el mejor, estar sin que se note.

De entre todas  las cosas que no se pueden decir de mí es que sea una mujer de autoestima indestructible, que soy rubia o que soy una alicaída princesita que vive con la inercia que le proporciona la desidia; es decir, no soy una frágil y etérea doncella. Lo mío es la pasión. Creo que si me dedicara a la contemplación entre frases almibaradas y sin lanzarme al fango de la vida, me castigaría cara a la pared, en el rincón de pensar o dejaría de hablarme. La pasión, sin embargo, me quita invisibilidad. No se puede tener todo.

Inciso: La cantidad de frases profundas que están sólo llenas de vacío y nada, cuando en realidad lo bueno es vivir tan apasionadamente que surfees por las palabras, y llegar a una edad que no necesites más que recordar entre sonrisas para no necesitar escribir esas frases «intensitas».

Vivo con pasión. No quiero decir que mi vida sea una constante sexual en la que el único pensamiento válido sea ese que me comentan que forma la base literaria (perdonen la sonrisa) de las famosas «50 sombras de Grey». Para mí no hay más sombra que la de Peter Pan. No es que mi guardarropa se reduzca al corpiño y que a la hora de mandarlo a lavar lo cambie por un conjunto mínimo acompañado de un sensual liguero. Que sí, pero no. Es que cualquier pequeña cosa se me vuelve imprescindible y constante, quizás no durante toda mi vida, pero mientras me dura esa pasión es mi locura y mi único pensamiento.

No importa que sea una fiesta, una ciudad, un libro, una persona…una relación, mientras dura me gusta pensarlo, imaginar historias paralelas a las reales, dedicar prólogos -y sobre todo epílogos- a lo que me obsesiona, recordar los grandes momentos que me ha dado esa circunstancia y así disfrutar el quíntuple de lo que me gusta.

Los libros son compañeros ideales para mis pasiones porque le invento otros finales, como a las películas, me meto dentro de ellos buceando como un personaje más, sufriendo y viviendo lo que le sucede a alguno de los protagonistas o, mejor aún, como un personaje nuevo y escondido del que nadie se percata pero que no se pierde ni un sólo detalle.

Con las personas es más difícil, es complicado encontrar a alguien que esté a la altura de mis fantasías, y no es una frase sobrada de autoestima o egocentrismo (ya he comentado que de eso carezco), es que sólo las que son muy especiales pueden ser buenas parejas de sueños. Este juego lo disfruto en soledad, como otros…,  porque entiendo que puede haber gente que se asuste y piense que, si me miran bien, soy una Annie Wilkes, la protagonista de «Misery», pero en realidad es que una vida me resulta demasiado simple para vivirla sin extrapolar a mundos paralelos inexistentes. No todo el mundo sirve para acompañarme en mis ensoñación, incluso si alguien me falla o no me demuestra que en realidad era tan especial, lo que más me duele es haberlo metido en mis otras vidas.

Igual si me dedicara a vivir sólo una vida, de una manera más reposada, sin la mente al borde de la ebullición constante sería más respetable, más serena, más cuerda…, pero me perdería demasiados detalles de lo que me sucede y de lo que no sucede. Como vivo en mi imaginario, creo que no me compensa, puede que sea una pasión desbordada, no lo niego, pero no concibo otra forma de vivir la vida…

FOTOS ROBADAS

Este verano y durante varios días porfié que yo no duermo nunca boca arriba y que siempre he necesitado ponerme de lado, sobre mi lado izquierdo, para conciliar el sueño y siempre, tras pasar por unos segundos o minutos sobre el lado derecho y unos instantes boca abajo. Peleé con cabezonería porque es lo que hago a diario, nadie me conoce mejor que yo. Es mi tradición, mi costumbre. Y sé que no tiene lógica alguna, pero lo hago así desde pequeña y mi madre siempre bromea con eso.

Es cierto que durante el verano tener el pelo largo incomoda bastante el descanso, sobre todo si no quieres dormir con la melena recogida. En mi caso es que me produce dolor de cabeza. Lo descubrí tarde y después de mucho sufrir, así que ahora prefiero morir asada que de dolor de cabeza. Ese calor infernal del mes de julio con noches de veinticinco grados,  cambia el humor, los hábitos y deja de ser uno mismo. Porque el calor de verdad es el de la última semana de julio, lo de agosto ya es el final. (Cómo echo de menos el calor…)

Como única defensa a mi empecinada ristra de argumentos me hicieron una foto dormida durante la siesta. Fue una traición en toda regla. Me callaron de golpe. Ahí estaba yo, profundamente dormida, boca arriba (¡boca arriba!) como Isabel la Católica en la Capilla Real, con las manos cruzadas sobre el abdomen, con mi vestido minúsculo, el pelo hacia arriba ocupando la almohada y liberando mi nuca. Como diría Sheldon Cooper me soltaron un «Bazinga», o lo que se tradujo como «zas, en toda la boca» .

Yo siempre he sido defensora de que las mejores fotos son aquellas en las que no somos conscientes de que nos las están haciendo. Las fotos naturales de verdad, sin el como – «ponte como normal»- , en las que no hay una postura impostada o imposible, como las de algunas modelos que no sabes si está sentada en un sillón o cayó desde un quinto y tuvo la suerte de tener debajo una chaise longe. Especial mención a las fotos en las que acabamos cayendo en la sonrisa forzada que son esas en las que sacamos un perfil de psicópata que no somos – no solemos ser-. Cuando un (buen) fotógrafo nos hace una foto mientras estamos distraídos me parece que capta mejor como somos de verdad, aunque salgamos con michelín, con papada o con los labios en su modo y forma natural y no como si los hubieran hinchado con el bombín de la bici. Es cierto que a veces es muy crudo verse de verdad. Por eso supongo que nacieron los filtros y el «fotochó».

Yo reconozco, y ahora confieso públicamente, que más de una vez he tirado de selfie sólo para encontrarme los fallos. Que son muchos. Autofoto a cuerpo entero, de la cara, y hasta del pelo. Es una actividad que entretiene bastante, en función de los errores, y quizás no sea muy sano mentalmente, pero a mí no se me podrá negar un gran poder de autocrítica.

Lo que ocurría en mi foto yacente es que no sólo estaba distraída es que estaba cuasi inerte, casi inconsciente. Era yo, pero no me parecía a mí. Me faltaba vida. Y con los ojos cerrados parece que estoy muda. Si yo hubiera sido Aurora, la Bella Durmiente, habría entendido perfectamente que el Príncipe hubiera pasado de besarme, dormir eternamente no está tan mal y los dragones pueden ser muy útiles. Era un espectáculo dantesco, estaba horrible. El Conde Drácula tenía mucho mérito para salir tan elegante en su ataúd. Si no fuera porque la borré avergonzada cuando pensé que se podría dar el caso de que me robara el móvil un clan de malhechores que además luego me intentaran chantajear con publicarla y yo tuviera que vender las joyas de la abuela para evitar la mofa internacional, la pondría, porque total, no tengo vergüenza, pero de verdad que daba miedo.

Así que concluyo que está muy bien que te hagan fotos naturales, sin poses, de manera «robada», pero hay un límite…estar consciente. Y si no me creéis, haced la prueba.

EN EL NOMBRE DE DIOS

Ayer los islamistas fanáticos de ISIS hicieron público un vídeo editado como una película de Hollywood, según las televisiones estadounidenses. En él se puede ver como un joven piloto jordano y musulmán ve llegar una lengua de fuego y éste acaba consumido por las llamas.

Esta imagen en cualquier serie de ficción o película de acción me hubiera hecho volver la cabeza, accionar a tontas y a locas cualquier botón del mando a distancia o, como mínimo, subir el cojín a la altura de mis ojos. Esta vez no puedo echarle la culpa a los guionistas, ni siquiera puedo decir que «se han pasado» y la trama «es poco creíble». Con este vídeo se hace real la trillada frase de «la realidad supera la ficción».

Llegaban datos posteriores durante la tarde. Si había sido asesinado hacía un mes, si tenía que ver con que las autoridades jordanas estaban en Estados Unidos, si en Twitter se usó un «hashtag» para decidir el tipo de muerte que debía sufrir este pobre hombre, si debían emitirse las imágenes, si Jordania tomaría represalias y asesinaría a dos de sus presos vinculados a la organización terrorista…Y sí, todos eran datos importantes, pero la única verdad era que esta criatura estaba muerta. Y de una manera horrible. Tan horrible como las decapitaciones que están realizando, como los homosexuales que son tirados desde edificios altos y si sobreviven los rematan a pedradas,  como los cristianos de Irak masacrados y expulsados, como las bombas que ponen en los mercados…casi lo mejor que puede pasar es que te den un tiro para acabar pronto con el sufrimiento.

Durante bastante tiempo nos han querido convencer de que Al-Qaeda e ISIS querían un estado islámico. Nos han intentado vender con sus macabras técnicas de marketing que Alá es la base del conflicto, hay que creer en él, aceptar su doctrina, acatar sus normas, asumir sus principios y negarlo conlleva a la muerte. Y todo esto no según el Corán, sino según la interpretación que ellos le dan a tan sagrado libro. También se muere por dibujarlo. Pero es mentira, caen víctimas mortales del lado de los musulmanes creyentes y practicantes, eso sí, estos mahometanos son personas cuerdas y capaces de respetar creencias ajenas y eso a los de ISIS no les interesa. Es falsa la apariencia de cruzada (esa que se remonta en los cristianos a la Edad Media, esa que avergonzó a papas y a creyentes, esa que no se debe descontextualizar de su momento histórico…tan lejano, gracias a Dios) es una excusa para sembrar el terror, al más puro estilo nazi. O superándolo. Es la imposición de  la manera más cruel, al estilo de supervillano, para dominar el mundo. Yo creo que Alá no puede estar orgulloso de que utilicen su nombre en vano y aras de la muerte.

Los de ISIS no aceptan las elegantes reglas de la guerra. Porque hasta dentro de las guerras hay unos mínimos que respetar, siempre hubo tratados, pactos, tradiciones no escritas que ellos se saltan y lo muestran con mofa. Esos mínimos tampoco se respetaron en Ruanda, por ejemplo. No me cabe ni la más mínima duda de que nos han declarado la guerra y no nos queremos enterar. Quizás es más cómodo pensar que no está pasando, que está lejos, que son pocos, que se remedia fácil, como esos padres que tras las meteduras de pata de sus hijos prefieren no ver la verdad, culpar a los demás y, en última instancia, confiar en la inercia para que todo se solucione. Y nunca se arregla, siempre va a una tragedia mayor. Quizás sea mejor pensar que son terroristas desalmados y no un ejército combatiente, la diferencia es que nosotros ponemos las víctimas. Y lo que es peor, a ellos no les importa morir matando, eso cambia las reglas de este insensato y sangriento juego.

No tengo la forma de arreglarlo, no soy tan inteligente, no soy tertuliana, tampoco entiendo cuál es el camino menos trágico para acabar con ellos, pero mirar hacia otro lado no es la solución. En una sociedad globalizada no cabe aquello que decía Susanita, la de Mafalda, al contemplar las guerras en  los diarios: «Por suerte el mundo queda tan lejos». No. Ya no.

CALIFIC-ARTE

Cuando discuto con alguien me queda el retrogusto de la duda. No soy tan inflexible como para no aceptar que estoy equivocada y mi empatía (innata y a veces demasiado incómoda) me lleva a intentar ponerme en el lugar del razonamiento del otro, hasta en los más raros, hasta en los más peregrinos, yo intento verme en traje ajeno.

La idea que me defendían ayer es que sólo eres fotógrafo si tienes un estudio y escritor si vives de la literatura. Casi nada. Yo no me siento aludida porque soy una junta letras con un espacio que existe en la etereidad de la red invisible. Pero me resulta incomprensible el razonamiento.

En pleno siglo XXI, donde la información es inmediata, los teléfonos son móviles y con cámara, donde la música, el cine, la literatura es de consumo instantáneo y prácticamente gratuito resulta que tienes que vivir íntegramente de esto para que alguien te otorgue esa categoría. Categoría, ni que decir tiene, que es absolutamente prescindible. Lo veo difícil, complicado y hasta pelín iluso.

Grandes artistas de la pintura de hoy se dedican a dar clases para poder pagar la factura de la luz y he conocido a más de  uno que se ve montando empresas que no tienen nada que ver con el mundo del arte, para poder dedicarse a su don sin que peligre su sustento. Adoro a uno -ojalá tener un día uno de sus cuadros- que abrió una empresa de artes gráficas y otro que se dedicaba al mundo de la inmobiliaria. Cuando venden un cuadro es una alegría inmensa, pero no es algo que dé para vivir. No todo el mundo es Antonio López.

No me tengo que remontar a que Cervantes nunca fue escritor. Ni a la disoluta vida de Bukowski en la que cuadra poco una vida real de cartero. Muchos escritores actuales son maravillosos y trabajan de profesores de universidad (María Dueñas), docentes en institutos (Jerónimo Tristante lo es de biología), médicos (Conan Doyle algo más lejano, lo era. Lo es Carlos Herrera), cajeros de banco (Alvite lo fue hasta la edad de la prejublación), abogados (Lorenzo Silva), letrados del Consejo de Estado (Gomá), publicistas (Ruiz Zafón) y muchos periodistas. Ser periodista no es ser escritor, la coincidencia es amplia pero no va implícito. Pero el periodismo, hasta mal pagado, es una ayuda más para sobrevivir en el mundo de las letras. Gistau, periodista de columnas magistrales, no terminó la licenciatura -dice la Wikipedia- y ha escrito tres libros. ¿Es escritor? ¿Es periodista? Pues para mí, es un genio del lenguaje, no necesito calificarlo.

Hay que tener mucha suerte, muchísima, para ser un superventas y para que la unión de ese diez por ciento que se queda el autor de cada venta de un ejemplar de para vivir. Escribir, a veces, cuesta dinero. Algunos llegan, como Pérez Reverte, como Zafón, como María Dueñas, pero son los que menos.

Lo de los fotógrafos con estudio -me sonó a bodas, bautizos, comuniones y fotos para el DNI, con todo el respeto del mundo al gremio- me hubiera hecho reír si no me hubieran pasado muchos rostros amigos por la cabeza. Grandes profesionales que a duras penas se pueden pagar autónomos como para que además del equipo tengan que sufragar los gastos de un local. Estoy segura que todos estos amigos, y otros grandes desconocidos, que se dedican a otras cosas (desde poner cafés hasta trabajar en una cadena de montaje) son tan fotógrafos como si tuvieran un estudio maravilloso en cualquier lugar de la ciudad. Ignoro si Robert Capa tuvo un lugar más allá de las trincheras, pero sé que no lo tuvo Vivian Maier, y no creo que nadie sea tan osado para decir que no fue una brillante fotógrafa y le habría venido estupendamente vivir de eso. Antoni Arissa era editor y trabajaba en una imprenta familiar y la exposición en la Fundación Telefónica en Madrid ha sido un éxito póstumo, pero un éxito.

Después de reflexionar concienzudamente tengo claro que no estoy de acuerdo con los otros, que mi primera impresión era la correcta, ojalá las personas que se dedican a la fotografía, a la pintura, a la escultura, a la literatura pudieran vivir sólo de eso, pero no están las circunstancias y a poco que se quiera comer tres veces al día y tener un techo donde cobijarse…es preciso buscarse otra actividad y eso no le quita un ápice de valor a su trabajo, es más, yo creo que lo dobla y  tienen todo el derecho a poder llamarse así…si quieren.

LA SONRISA DE ASUNCIÓN

No quedaban sonrisas como la de ella. Debía ser la última de la especie. Era una sonrisa diáfana, sin doblez ni maldad. No se podía escudriñar más allá de la simple complejidad de su sonrisa plena. Cuánto decía en un solo gesto. Ya no había personas tan transparentes, tan llenas de luz. Quizás quedara algún resquicio de candidez pura en los niños, pero sólo en aquellos que no tenían velado el día por la ambición de los adultos.

Ella miraba siempre con placidez y sonreía entre palabras. A lo mejor, sólo era que el hablar se le intercalaba en sus sonrisas. Cuando comenzaba a relatar con su voz dulce y pausada, no había manera de encontrar a alguien a la que no se congelaran las penas en ese mismo instante, y a la que no hiciera olvidar las tragedias por mundanas o graves que fueran. Era un remanso de paz que se mecía al compás de su mecedora. Ensanchaba el alma. Creaba esperanza. Consolaba siempre. Y es probable que ni lo supiera, ni fuera consciente de su don sanador.

Estaba pequeña y arrugadita, no se adivinaba que hubiera sido una belleza, pero se la intuía aunque sólo fuera por un reflejo de su interior. En cada uno de sus surcos de su rostro se podía leer una historia. Seguro que jamás en su coquetería doméstica usó alguna crema que le hiciera resultar joven. Sus arrugas eran vida escrita. Y si no se sabía interpretar, lo contaba rebuscando en el doble fondo de los recuerdos. Pese a no tener una vida fácil no había ni un ápice de drama en sus historias y por dura que fuera la anécdota del pasado, su relato era optimista y alegre. Había días en los que hasta reía, de una manera discreta, como reviviendo el momento.

Por contra, a veces sus ojos se llenaban de lágrimas, pero no de pena, quizás los tenía cansados de tanto mirar o le sobrepasaba la vida por el lacrimal. Algunos vulgares dirían que padecía de cataratas. Pero ella sólo tenía la profundidad de la sabiduría en la mirada. Era casi un llanto seco, no resbalaba a la barbilla, no dejaba churretes como en los niños que juegan en el parque. En su mente algún instante.

En ocasiones, cuando llegaba el medio día, pedía que pusieran su hamaca al lado de la cristalera hasta quedar atrapada en un rayo de sol, a ratos dormitaba y en ocasiones, hablaba como sola, gesticulando incluso, sonriente y cómplice de quien estuviera a su lado. Que los demás no lo vieran no significaba que no ella no se estuviera dirigiendo a alguien. El problema lo tiene el que no sabe mirar. Pero si te acercabas no se disculpaba con esa otra persona. Igual hablaba consigo misma sin disimular, gesticulándole a la conciencia como a una vecina de las que formaban parte de la familia.

Asunción no recordaba bien su nombre y en ocasiones se olvidaba de los nombres de sus nietos, jamás recordaba la medicación que debía tomar y, antes de tragar el último bocado, ya había olvidado que había almorzado ese día, pero tenía fresca su juventud, su ayer era el día corriente con la experiencia y sobre todo, con la sonrisa. Una sonrisa inocente, de las que ya no quedan…