LA SONRISA DE ASUNCIÓN

No quedaban sonrisas como la de ella. Debía ser la última de la especie. Era una sonrisa diáfana, sin doblez ni maldad. No se podía escudriñar más allá de la simple complejidad de su sonrisa plena. Cuánto decía en un solo gesto. Ya no había personas tan transparentes, tan llenas de luz. Quizás quedara algún resquicio de candidez pura en los niños, pero sólo en aquellos que no tenían velado el día por la ambición de los adultos.

Ella miraba siempre con placidez y sonreía entre palabras. A lo mejor, sólo era que el hablar se le intercalaba en sus sonrisas. Cuando comenzaba a relatar con su voz dulce y pausada, no había manera de encontrar a alguien a la que no se congelaran las penas en ese mismo instante, y a la que no hiciera olvidar las tragedias por mundanas o graves que fueran. Era un remanso de paz que se mecía al compás de su mecedora. Ensanchaba el alma. Creaba esperanza. Consolaba siempre. Y es probable que ni lo supiera, ni fuera consciente de su don sanador.

Estaba pequeña y arrugadita, no se adivinaba que hubiera sido una belleza, pero se la intuía aunque sólo fuera por un reflejo de su interior. En cada uno de sus surcos de su rostro se podía leer una historia. Seguro que jamás en su coquetería doméstica usó alguna crema que le hiciera resultar joven. Sus arrugas eran vida escrita. Y si no se sabía interpretar, lo contaba rebuscando en el doble fondo de los recuerdos. Pese a no tener una vida fácil no había ni un ápice de drama en sus historias y por dura que fuera la anécdota del pasado, su relato era optimista y alegre. Había días en los que hasta reía, de una manera discreta, como reviviendo el momento.

Por contra, a veces sus ojos se llenaban de lágrimas, pero no de pena, quizás los tenía cansados de tanto mirar o le sobrepasaba la vida por el lacrimal. Algunos vulgares dirían que padecía de cataratas. Pero ella sólo tenía la profundidad de la sabiduría en la mirada. Era casi un llanto seco, no resbalaba a la barbilla, no dejaba churretes como en los niños que juegan en el parque. En su mente algún instante.

En ocasiones, cuando llegaba el medio día, pedía que pusieran su hamaca al lado de la cristalera hasta quedar atrapada en un rayo de sol, a ratos dormitaba y en ocasiones, hablaba como sola, gesticulando incluso, sonriente y cómplice de quien estuviera a su lado. Que los demás no lo vieran no significaba que no ella no se estuviera dirigiendo a alguien. El problema lo tiene el que no sabe mirar. Pero si te acercabas no se disculpaba con esa otra persona. Igual hablaba consigo misma sin disimular, gesticulándole a la conciencia como a una vecina de las que formaban parte de la familia.

Asunción no recordaba bien su nombre y en ocasiones se olvidaba de los nombres de sus nietos, jamás recordaba la medicación que debía tomar y, antes de tragar el último bocado, ya había olvidado que había almorzado ese día, pero tenía fresca su juventud, su ayer era el día corriente con la experiencia y sobre todo, con la sonrisa. Una sonrisa inocente, de las que ya no quedan…

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