LECCIONES BÁSICAS EN FEMENINO (I)

Durante varios capítulos intenté dar unas «Lecciones básicas» sobre los hombres. Esto me llevó más de una reprimenda y, sobre todo, a una vorágine de polémica que en el fondo me gusta muchísimo. Reconozco que no seguí por una mezcla de cobardía y aburrimiento, pero a poco que se me cruce el cable o me lo soliciten con insistencia, volveré a las andadas. Que a mí me tocan las palmas y me dejo llevar con una facilidad pasmosa.

Pero hay también hay que ser autocrítica, sincera y enredarse en la bandera de la honestidad. Ha llegado el día en el que las «Lecciones básicas» sean sobre nosotras, mujeres. No sólo hablo en primera persona si no que lo haré en nombre de todas aquellas que -con o sin alcohol de por medio- fueron capaces de sincerarse y además yo estaba delante para tomar notas mentales. Por supuesto también cuento con la opinión de ellos.

Lo primero que hacemos mal, muy mal, rematadamente mal, es intentar entrar en las cabezas masculinas. Es un error de primero de relación hombre-mujer pensar por ellos. Y lo hacemos. Hay que reconocerlo, cuál de nosotras no se ha sorprendido diciéndose: «seguro que piensa que…», «a lo mejor está esperando que yo diga que…», «le da vergüenza decírmelo pero seguro que quiere irse ya»… Y la más temeraria de todas esas reflexiones que tenemos usurpando la mente del varón, cuando a nosotras mismas o a la oreja confesora que tenemos cerca le decimos: «yo creo que pasa de mí, o tiene miedo al compromiso, o lo que toque». En ese «yo creo» está el demonio que nos hace tambalearnos, y la culpa es sólo nuestra.

El segundo error, común y no por ello menos vertiginoso, es cuando interpretamos los mensajes o las conversaciones. Queridas mías, sé que es difícil, a veces casi imposible, pero no analicéis cada mensaje que aparece en vuestro móvil, en el correo electrónico, en las redes sociales. Intentadlo por duro que sea, ofreced resistencia hercúlea cuando os veáis tentadas a repasar las conversaciones que habéis tenido y, en vez de disfrutadlas, las desmenuzáis como si fuera una merluza para ensalada. El varón ha dicho lo que ha dicho, ya está, nada más, no le busquéis tres pies al gato.

Esto me lleva a enlazar con el tercer error. Pensamos de más, le damos mil vueltas a las cosas, las mareamos, rehogamos, flambeamos y hasta las carbonizamos de tanto empeño que ponemos en mirar las cosas desde tres mil ángulos distintos, con trescientas hipótesis diferentes, cambiando las variables para llegar al punto de origen, eso sí, cansadas, exhaustas, y si encima los hemos hecho partícipes, ellos están mareados a la par que cabreados…y con razón. Conclusión: No pensar.

Y entonces llegamos al siguiente punto, ante la desesperación del varón -por este u otro tema- avanzamos sin remedio hacia nuestro momento estelar de «drama queen». Con un poco de suerte este drama lo pasamos en silencio, como las hemorroides. Sufrimos una barbaridad, y casi al cien por cien, de manera innecesaria. En ocasiones nuestro ataque de tragedia lo compartimos con una amiga que por supuesto se solidariza con nosotras, que para eso están las amigas y para todo lo demás Master Card. Pero, y aquí ya viene el error garrafal, si hacemos partícipe al ínclito varón de nuestro drama inútil…os aviso, sólo puede acabar en tragedia. Yo ya os lo he dicho, allá vosotras.

Por pinganillo me apuntan que las mujeres somos muy preguntonas, que hacemos una infinidad de preguntas que ríete tú del Mossad, con esto amigas mías, solo se crea desasosiego y se cultiva una sensación desconfianza que es lo que más daño puede hacer. Yo reconozco que soy poco de hacer interrogatorios, odio dar explicaciones así que las pido poco o nada.

Por último os pido, no queráis que piensen como vosotros, no esperéis que reaccionen como vuestra imaginación quiere que lo haga, a lo mejor no es de decir cosas bonitas, o de tener detallitos románticos, pero eso no significa que no os quiera. No pasa nada por hacerle saber que os gustan, pero controlad el nivel de indirectas, dejan de serlo a la tercera…

Yo, como me veo reflejada en muchos de estos fallos, con esto ya tengo tarea por delante… El tema da para más, volveré en otra ocasión, por lo pronto empiezo mi acto de contrición…

ACANTILADOS DE PESADILLA

Hoy es uno de esos  días en los que se me pone cuesta arriba escribir. Me planto delante de la hoja en blanco y no tengo claro ni de que hablar ni que decir. Intento mantener un cierto nivel, ni mejor ni peor pero el mío propio, y con eso ir dejando regado de gotas la escalera. Las gotas siempre fueron de Nervocalm, como saben los seguidores más antiguos, que es aquella medicina que recetaban sin tapujos en las tiras de Mafalda. Yo creo que desde que le quité el apellido al blog, no perdió la esencia, pero ganó en otras definiciones de líquido acuoso, sobre todo de lágrimas. Y las lágrimas pueden deberse a infinidad de causas.

Una noche difícil deja las ideas un poco embotadas, como si vivieran en una habitación acolchada para personas con problemas mentales, y aunque queden rastros de una inquietud nocturna, me esfuerzo en sonreír, estar animada y aferrarme a las cosas que me pueden hacer feliz. No hay milagros.

Sé que el tiempo que he dormido, ayudada por la química, he soñado. A eso de las cinco de la mañana me desperté de un salto porque las pesadillas habían llegado a asustarme. Es triste despertar aterrada y que no haya nadie para consolarte, la ventaja -por pensar en positivo- es que no había tormenta, en cuya caso el pánico me habría desbordado.

La verdad es que no lo recuerdo muy bien, tengo un bloc de notas en la mesita de noche para escribir lo que sueño o las ideas que me surjan, pero fui incapaz de moverme, me escondí al fondo de la cama, me tapé hasta la cabeza, e hice como cuando era pequeña, pensar las cosas más bonitas que se me pudieran ocurrir para ahuyentar el regusto que me había dejado esa pesadilla.

Sé que iba caminando sola por un sendero, cerca de un acantilado, estaba todo muy verde y tenía cierta semejanza al camino que hacía de adolescente desde la casa de mis amigas al Faro. Se parecía pero no era igual. También podría ser el acantilado donde fue juzgada y decapitada Milady de Winter, la bella mujer perversa -y siempre admirada por mí- de «Los tres mosqueteros». O aquellos acantilados de Dover tan filmográficos. Era el perfil de una costa cualquiera, quizá irlandesa, gallega o inglesa. Yo iba asustada, intentando no tropezar, ver bien por donde pisaba, pero la niebla me cubría. Tenía frío y el pelo mojado de la humedad. El atardecer estaba acabando y yo tenía prisa por llegar, donde fuera que fuese, para que no me atrapara la noche. Pero caí, noté mi cuerpo ingrávido y asustado, el corazón se me puso a mil, lo siguiente que notaba era el viento en mi cara y el sonido de una lancha rompiendo las olas. Un sonido como de contrabandista cruzando el Estrecho. Se supone que estaba a salvo, pero para entonces ya volvía estar despierta, aterrada y sudando.

Si alguien sabe o que significan los sueños estaría bien saberlo, aunque tampoco soy muy de creer en esas cosas.

Al final lo que queda de anoche es que he podido pasar por aquí y dejar parte de mí como hago a diario, esta vez la más íntima, la del subconsciente, ya queda poco que no se conozca de mí. Siempre hay recovecos, pero son pocos. Gracias por la paciencia de los días menos claros…

PIROPO DE ROTONDA

La rutina es, in my humble opinion -que diría mi abuela-, aquello que se aborrece hasta que falta y se echa de menos. Hay auténticos hooligans de las vidas monótonas que sueñan en silencio con vidas llenas de aventuras, pero la cobardía o las circunstancias les cortan las alas. Hay quien se pasa la vida esperando el día con la bayoneta cargada, sin saber que va a venir, que sueñan con una racha de normalidad, sofá y mantita. Y luego estamos el grueso -que no gordo- que cuando llevamos una racha de días iguales estamos deseando que todo cambie y de un vuelco, los mismos que cuando se van acabando las vacaciones empezamos a desear un poco de orden en nuestras vidas.

Mi rutina la marca el curso escolar de mis hijas, hay cosas que se hacen con puntualidad británica con ganas o sin ganas porque así está establecido y no se puede uno zafar ni queriendo, todo lo más arañar unos minutos al reloj para sentir el vértigo de la impuntualidad y sus consecuencias, o ganar tiempo para ir paseando a los sitios.

Yo todos los días cruzo por una rotonda mínimo cuatro veces, una a las ocho y media de la mañana y la vuelta un poco más tarde, y la otra a las dos y diez con la vuelta ligerita que hay que comer, aunque siempre es según tráfico. En este último viaje por el paso de cebra siempre veo a «mi yonkie», ni es mío ni sé a ciencia cierta si es yonkie, pero tiene esa estética desgastada y delgada de los años ochenta. Se parece a Antonio Vega. Es ese tipo de hombre delgado, solitario, con el pelo algo raído y más largo por detrás, de pantalones estrechos y camisetas enormes. Es el prototipo de «tirao». Sin embargo siempre va limpísimo incluso cuando lleva unos vintage pantalones blancos, refulgen más que el sol. Supongo que detrás hay una madre que se ocupa de él, no creo que trabaje, tampoco lo sé, pero tiene más pinta de cobrar alguna paguita que de doblar el lomo. Está siempre sentado en un banco, con las gafas de sol puestas y mirando su móvil y cuando yo paso ya se está fumando su porrito, me mira y no me dice nada. Cuando no está, me preocupo. Así todos los días del curso.

Por las mañanas es más divertido. Debe ser que el ingenio está más fresco, o las ganas, o el café recién tomado. Hoy por ejemplo me han dicho un piropo, un guapa asomado por una ventanilla de un coche que esperaba a que yo llegara al otro lado de la acera, a esas horas de lunes, sin maquillaje alguno (a carita lavá), con gafas y rodeada de nubes, ese piropo es un regalo valiosísimo digan lo que digan las feministas.

Hubo un día que un chaval me piropeó cuando yo empezaba a cruzar, no fue obsceno ni desagradable -que de todo hay-, en cuanto pudo aceleró y casi me vuelvo para acordarme de su familia y las generaciones venideras porque pasó rozándome, pero entonces comprobé que lo que había hecho para dar la rotonda a toda velocidad y así volver a estar en el paso de peatones mientras yo cruzaba…y volver a decirme un «a la segunda eres más guapa todavía» . Volvió a dar la rotonda y se fue…Con hombres así por fuerzas te tienes que reír.  Por muy digna que quieras parecer, al final sonríes y qué demonios, te han alegrado y además gusta que hay de malo por hacerlo saber…

La nueva versión de mi vida es que me piropeen en plural porque mi hija viene conmigo. Eso de primeras no es fácil de aceptar, sale una leona de dentro que quiere cuidar a sus cachorras, por mucho que sepa que es preciosa y lo merece, o crea que es un halago inocente, la verdad es que entran ganas de liarse a zarpazos, luego soy consciente de que el tiempo pasa y es lo más normal del mundo, pero ese piropo a mí se me atraganta.

Tampoco me gustó nada, y me dio hasta cierto miedo, el día que me hicieron una foto. Supongo que es legal, pero no deja buena sensación. No apetece sonreír por mucho que lo que digan sea bonito, en teoría.

No es que estén todo el día diciéndome cosas, que no hay para tanto, pero es que cruzo muchas veces y voy andando  a todas partes. Cierto es que dentro de la rutina es un lujo que te la rompan un poco a base de decirte cosas bonitas y para eso mi rotonda es una maravilla…

HABLA EL CINE

Si algo queda del cine son las frases. Estoy dispuesta a asumir una horda de indignados que me llamen hereje cinematográfica y que busquen prenderme en la colina de Hollywood o en Cinecittá. Acepto y reto a la Inquisición que forman los entendidos en la materia, soy una temeraria. Me mantengo en mi opinión. Para mí da igual los planos secuencia que tenga una película, los efectos especiales, el vestuario y hasta los actores, lo que queda después del tiempo son los diálogos que repiten  los protagonistas, que escribieron los guionistas, que aprendimos de memoria. Hay escenas que quedan como si hubieran salido del refranero popular.

Quizás además de los diálogos quede la  música, pero creo que menos, y eso que soy una admiradora infatigable de bandas sonoras. Inciso: Si bien es cierto que hay que tener en cuenta que, como en todo, me canso pronto de las cosas, así que mi presunto nivel de criatura implacable al desasosiego y a la derrota física o mental, no deja de ser una exageración. Cuando los niños están en la guardería tienen que cambiar de actividad cada veinte minutos, yo a duras penas he salido del Jardín de Infancia (que nombre más poético se le ponían a las cosas, la verdad). Por lo tanto, soy incapaz de conocer bien los nombres de los compositores, es casi imposible que recuerde si obtuvieron o no un Óscar por su trabajo, y puedo hasta confundirme con total normalidad y discutir que una canción es de una la película y estar perfectamente equivocada. Eso sí, lo rebatiré como nadie.

El otro día volví a ver «La Gata sobre el tejado de zinc», la gloria son los ojos azules de Paul Newman y los violetas de Liz Taylor, y ese vestido blanco de cintura mínima que lleva con una vaporosidad que parecen las alas de una mariposa, o la combinación con encaje con la que se desnuda más que se viste, mientras está aferrada al pomo dorada de la cama. Empecé a tuitear las frases que me gustaban, y al final tuve que dejarlo porque por rápido que escribo no conseguía llegar a tiempo. Eran diálogos magistrales uno detrás de otro. Acabé agotada y perpleja, cómo era posible hacer guiones tan maravillosos, pisando una intervención contundente con una respuesta inmejorable. Y me dediqué a disfrutar sin más…y apunté volver a verla con todos los sentidos alerta.

Al día siguiente vi «La fiera de mi niña», y además de reírme a carcajadas -como siempre- me sucedió lo mismo, era una frase hilada con otra y con otra y era todo insuperable. Me sorprendió que mis hijas rieran a mi compás y se les quedara pegado en el recuerdo que «Todo te lo puedo dar menos el amor, baby».

Igual pasa con «Vacaciones en Roma». Me entran unas ganas locas de irme a Roma, comer helados sin descanso, cortarme el pelo y contestarle a los corresponsales de ABC y La Vanguardia. Quizás esta no pueda compararse en diálogos pero los ojos de Audrey hablan solos. Hay que reconocer que el silbido de «El puente sobre el río Kwait» es todo un párrafo en sí mismo.

¿Y qué decir de los diálogos de «Casablanca»? no es cuestión de que Sam la toque otra vez, o de si será o no una bonita amistad, es que «los alemanes vestían de gris y tú de azul» y «el mundo se desintegra y nosotros nos enamoramos». Eso es invencible.

Reconozco que hay un diálogo algo más moderno, entre William Hurt y Kathleen Turner en el que él le dice:» no deberías llevar esa ropa.» Ella se sorprende y responde:»¿Por qué? Sólo es una blusa y una falda». Y él remata de la manera más gloriosa que un hombre pude: «entonces no deberías llevar ese cuerpo».

Seamos sinceros, no hay diálogos como aquellos y por eso repetimos una y otra vez que «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión…» como el que dice algo contundente, y deja mucho que desear. Aunque yo soy más partidaria de «¡Oh, capitán capitán!» o de las frases del Rey León, pero éstas no les llegan ni al filo del león que bosteza al principio de la película. Es imposible compararlo con un «francamente querida, me importa un bledo» o aquel magnífico final de «El Halcón Maltés»…»está hecho del material con el que se fabrican los sueños»…

 

LISTA DE SUEÑOS

Reconozco que tengo una lista infinita de sueños por cumplir. No sé si esto me hace ambiciosa, tonta por pensar que puedo conseguirlas, o frustrada porque la mayoría de ellas no las voy a acometer. Hubo una época en mi vida en que hice una lista, iba tachando lo que conseguía y eso mismo volvía a aparecer al final si la experiencia había sido tan positiva como para repetir.

También es cierto que mi lista es tan ecléctica como yo misma. Ha habido dos palabras que me han marcado en la vida y fue porque, en su momento, no sabía lo que significaban cuando me las dijeron y no tenía un diccionario a mano para que me salvara del sonrojo y la vergüenza ante la indigencia cultural, una fue ecléctica y la otra irascible. No se me olvidarán jamás.

Lo mismo cabe en mi lista zamparme un plato alpujarreño, tarea ardua pero conseguible, porque como dice mi abuela «con una buena baranda, todo se anda», es decir, si a ese plato se le riega bien de vino o cerveza, sólo es cuestión de tiempo y oportunidad, que entrar en un casino de Las Vegas vestida de fulana y ya sería insuperable si alguien me llamara «encanto».

No sé que click hay en mi cabeza que me hace desear cosas rarísimas, como tener unos pendientes de coral, al gitano modo -no vayamos a ponernos susceptibles con las etnias que ellos se reconocen y están bien orgullosos-, sabiendo incluso que pocas veces en mi vida los podré utilizar, o quizás no, y a ser posible con unas peinas a juego, como si acabara de salir de un cuadro de Julio Romero de Torres.

Me apetecería muchísimo surcar por las curvas de Niza o de Mónaco en un descapotable blanco de tapicería roja, ir de copiloto de un señor estupendo, con gafas de sol grandes y perder el pañuelo que llevara protegiendo mi pelo, y que éste luego volara al viento. Y luego ir a una de esas fiestas increíbles de camareros con chaquetas blancas y martinis  en bandeja, para acabar nadando desnuda a la luz de la luna en mitad del mar. Muy de película de Cary Grant.

Quiero tener un pub irlandés, hasta con olor a rancio, de barra de madera con esas toallitas desgastadas y húmedas, donde a determinada hora de la noche se canten himnos y canciones tradicionales, y tintar la cerveza de verde el día de San Patricio. Y quiero que se llene de gente pelirroja.

Me gustaría poder montar a caballo. E ir a la peluquería cada vez que quisiera.

Imagino jugar horas en una mercería antigua curioseando mil cajones, llenarme los ojos de colores, sentir lazos y botones en mis dedos y atender a las clientas que me cuenten sin prisa lo que quieren hacer y que a mí me parece magia. Acariciar encajes. Y medir tela con una de esas varas de madera.

Vivir horas de felicidad en una papelería.

Saber que se cuece en el taller de  un pintor, de un escultor, de cualquier artesano que me impresiona su trabajo con las manos ya haga toneles o sople vidrio. Ser pinche en un restaurante de nivel.

Pasear sin prisas por Nueva York, pedir un whiskey doble ( que allí siempre será un adorado Jack), y caminar descalza por el parque. Comer pasta en casa de una mamma italiana en mitad de la Toscana. Bailar toda la noche en los tejados. Un día de guitarras y compás en las arenas, hasta que llegue la hora de hacer la candela.

Y muchas cosas más, pero luego, cuando repaso la infinita lista de cosas por hacer, lo pienso despacio y en realidad no me hace falta nada de eso,  me quedo con que  mi  gente esté bien, con  un rato de compañía y risas con amigos, con una cervecita al sol, con reflejarme en los ojos de quien quiero, con unos besos y un abrazo de verdad, con un instante que se vuelve de pronto mágico…que no es poco, eso sí, no estaría nada mal que algún día me llaméis «encanto»