ACANTILADOS DE PESADILLA

Hoy es uno de esos  días en los que se me pone cuesta arriba escribir. Me planto delante de la hoja en blanco y no tengo claro ni de que hablar ni que decir. Intento mantener un cierto nivel, ni mejor ni peor pero el mío propio, y con eso ir dejando regado de gotas la escalera. Las gotas siempre fueron de Nervocalm, como saben los seguidores más antiguos, que es aquella medicina que recetaban sin tapujos en las tiras de Mafalda. Yo creo que desde que le quité el apellido al blog, no perdió la esencia, pero ganó en otras definiciones de líquido acuoso, sobre todo de lágrimas. Y las lágrimas pueden deberse a infinidad de causas.

Una noche difícil deja las ideas un poco embotadas, como si vivieran en una habitación acolchada para personas con problemas mentales, y aunque queden rastros de una inquietud nocturna, me esfuerzo en sonreír, estar animada y aferrarme a las cosas que me pueden hacer feliz. No hay milagros.

Sé que el tiempo que he dormido, ayudada por la química, he soñado. A eso de las cinco de la mañana me desperté de un salto porque las pesadillas habían llegado a asustarme. Es triste despertar aterrada y que no haya nadie para consolarte, la ventaja -por pensar en positivo- es que no había tormenta, en cuya caso el pánico me habría desbordado.

La verdad es que no lo recuerdo muy bien, tengo un bloc de notas en la mesita de noche para escribir lo que sueño o las ideas que me surjan, pero fui incapaz de moverme, me escondí al fondo de la cama, me tapé hasta la cabeza, e hice como cuando era pequeña, pensar las cosas más bonitas que se me pudieran ocurrir para ahuyentar el regusto que me había dejado esa pesadilla.

Sé que iba caminando sola por un sendero, cerca de un acantilado, estaba todo muy verde y tenía cierta semejanza al camino que hacía de adolescente desde la casa de mis amigas al Faro. Se parecía pero no era igual. También podría ser el acantilado donde fue juzgada y decapitada Milady de Winter, la bella mujer perversa -y siempre admirada por mí- de “Los tres mosqueteros”. O aquellos acantilados de Dover tan filmográficos. Era el perfil de una costa cualquiera, quizá irlandesa, gallega o inglesa. Yo iba asustada, intentando no tropezar, ver bien por donde pisaba, pero la niebla me cubría. Tenía frío y el pelo mojado de la humedad. El atardecer estaba acabando y yo tenía prisa por llegar, donde fuera que fuese, para que no me atrapara la noche. Pero caí, noté mi cuerpo ingrávido y asustado, el corazón se me puso a mil, lo siguiente que notaba era el viento en mi cara y el sonido de una lancha rompiendo las olas. Un sonido como de contrabandista cruzando el Estrecho. Se supone que estaba a salvo, pero para entonces ya volvía estar despierta, aterrada y sudando.

Si alguien sabe o que significan los sueños estaría bien saberlo, aunque tampoco soy muy de creer en esas cosas.

Al final lo que queda de anoche es que he podido pasar por aquí y dejar parte de mí como hago a diario, esta vez la más íntima, la del subconsciente, ya queda poco que no se conozca de mí. Siempre hay recovecos, pero son pocos. Gracias por la paciencia de los días menos claros…

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2 comentarios en “ACANTILADOS DE PESADILLA

  1. El significado de soñar que se cae es inseguridad o pérdida de alguna seguridad que teníamos y ya no tenemos. Lo sé porque he tenido ese sueño varias veces y lo busqué, otra cosa es que sea cierto. Me hace gracia lo peliculero de tus sueños, los míos no tienen tanto detalle.

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