LAS FOTOS QUE FUIMOS

No hay Navidad que no salga un álbum de fotos o una caja de lata en casa de mi abuela. Es un clásico que no falta, como hacer un puzzle de chorrocientasmil piezas entre todos, el «Adeste Fideles» o el pudding de pan. Es básico volver a comentar los peinados cardadísimos de los sesenta, el impecable vestido y tocado de mi abuela en la boda de mi tío Carlos (allá por los años cuarenta) y reír tontamente porque nadie sabe quien es tal o cual pariente hasta que la matriarca, que bordea los cien, nos saca de nuestro error y nos dice que estamos tontos. A mí las fotos que más me gustan son las de mi abuela cuando era pequeña, sus actuaciones en el colegio de señoritas en el que estaba, o las de las comidas de mesa infinita. Son clásicos y no hay que perderlos. No es por nostalgia es por mantener la tradición.

Aparte están mis fotos de pequeña, tengo muchísimas porque yo iba para diva o princesa del hogar. Yo no sé los carretes que pudo gastar mi madre en mí. Incluso hay sobres a parte con cientos de fotos de «fotomatón» a los que era adicta. No sé si me gustaba más posar para la foto, subir la altura  del banquito dándole vueltas o que el revelado fuera instantáneo. Empecé a hacérmelas en blanco y negro y conseguí superar la adicción cuando ya se hacían las  fotos en color, que los fotomatones llevaban un poco de retardo en  esto de la foto de carnet.

Mis hijas ven los álbumes entre carcajadas, buscan parecidos, se preguntan por la moda y creo en el fondo envidian mi álbum de cromos de la Abeja Maya que sale en varias fotos. Lo peor son las preguntas que llevan añadidas, he podido contar mil veces cuando me caí dentro de una fuente al beber agua y casi me ahogo  -así de pava era-, el día que me corté el pelo más corto que un niño o me hacen rebuscar entre los recuerdos cada uno de los viajes que pasaron por la pequeña cámara de mi madre.

Inciso. Que yo era pava es verdad, que ni siquiera hay muchas anécdotas de maldades mías también, pero en lo de ahogarme tengo disculpa. Las fuentes del Parque María Cristina de Algeciras eran redondas, como un barreño o un lebrillo de piedra. Estaban puestas como en unas medias columnas y resultaban altas para los niños muy pequeños. Dentro había un fondo de piedras y desde ahí salía el chorro de agua, fresquita y limpia (lo de limpia es una suposición, pero me aferro a ella desde mi mentalidad escrupulosa). Era todo muy artístico. Creo que yo tendría tres años y me impulsé con el borde para dejar los pies al aire y al bajar la cabeza para beber me desnivelé. Eso era cabeza. La gravedad decidió y yo me di en la frente con una de las piedras del fondo y, aunque no fue grave, me dejó lo aturdida lo suficiente como para no reaccionar mientras la nariz y la boca se me llenaban de agua. Me ahogaba. Me salvó mi madre, claro, al ver que pataleaba en el aire y no volvía a ponerme de pie.

Luego llegan a sus manos los álbumes de la boda y el viaje de novios. Todo el tiempo recalcan lo jóvenes que éramos, lo guapos que estábamos y yo no quiero darme por aludida, pero creo que nos están comprando con el día de hoy con cierta decepción en el ambiente. Yo por si acaso disimulo y vuelvo a contar que el viaje fue muy divertido y pasamos mucho frío y ellas preguntan si es verdad que quité a un niño que había al lado de Mickey para hacerme yo la foto con mi adorado ratón. Esto no es más  que es una leyenda familiar, todo el mundo sabe que el niño se quedó un poco parado y yo le ayudé a volver con su mamá…

Cuando llega el turno de los suyos ya es diferente. Son ellas las que se intentan acordar. Aunque todavía hay un álbum de fotografías analógicas, la mayoría han pasado por el filtro de la cámara digital y, aunque no suele haber retoques, al menos no se han imprimido las que antes había que romper para no pasar a la posteridad con cara de boba, un pose imposible o «movida».

Ahora es difícil que alguien encuentre una foto tuya en la que salgas muy mal, salvo que sea de grupo y alguien te traicione. Porque es traición, mucho más grave que la de Brutus. Este tipo de actos realizados por parte de terceras personas deberían de estar penados por la ley: «Quien subiere, publicare, revelare o compartiere fotos de un tercero que denigre, afecte, afee a una o varias personas debe cumplir una pena eterna y compensar económicamente a los afectados». Sugiero, por ejemplo.

Todo esto me surge a raíz de la portada de El Mundo hoy con una foto doméstica de Teresa con su perro, ella enferma con ébola y el perro en el punto de mira. La foto es de aquellas que antes se rompían en cuanto la recogías de la «casa de fotos» y casi de las que provocaban que hicieras trocitos con los negativos, sin embargo está ahí. No sé si la filtró un familiar, el marido, o si -como dicen- la han cogido de su perfil de Facebook (¿Quién sube esa foto de sí misma?), sea quien sea supongo que tenga consecuencias legales cuando no algo más grave. De verdad que no es para menos. Yo no voy a poner la foto porque me parece que al no añadirla le hago un favor a esta mujer (que espero que se cure y se reponga lo más pronto posible).

Reconozco que tampoco lo hago por si acaso ve la luz algún día mi ley y al final pase como con las fotos de Jennifer Lawrence….

 

QUEDAR CON BUKOWSKI

La B de Bukowski con la A de Auster, cerca y sin embargo tan lejos. Lejos de mí. Y no quisiera.

Ayer leía que hay quien tiene apuntado los libros que han pasado por sus manos, como otros enumeran en papel sus conquistas, yo no tengo apuntado ni lo uno ni lo otro. Para lo primero voy tarde, para lo segundo no necesito papel, la memoria todavía retiene enumeraciones cortas. Sí tengo la de los de los libros que necesito, que me son imprescindibles y no tengo, esos que siempre sufren la zancadilla de un ejemplar más llamativo, más barato o más urgente. Mi lista de literaria de la compra crece a un ritmo desorbitado y mi ritmo de lectura ha decaído desde mi absorbentes años de la adolescencia. Mis jornadas de diario me dejan agotada a la hora de coger un libro. Lo que antes era mi tiempo favorito de lectura se ha convertido en dos frases y un porrazo del ejemplar en el suelo. La edad no perdona, ni el sueño.

Deberíamos preguntarnos cómo llegamos a los libros: por ellos o por los autores. Qué fue lo que nos hizo tener ese determinado libro en la estantería, justo al lado del que nos regalaron y pegado al sujeta libros en el que se posa el polvo. Cuál fue la llamada a su selva literaria. Habrá quien compre porque le gusta un título llamativo o una portada colorista. Puede que muchos se fíen de un determinado personaje televisivo o del premio que recibió esa novela. Otros será por recomendación de un amigo, una nota de prensa, una entrevista, un comentario en una red social…porque lo leía la mujer de enfrente en el metro, porque alguien se lo dejó en un parque, porque estaban en un mercadillo.

En mis pocas excursiones a la Feria del Libro de la capital, la más grande del país, descubrí que las colas infinitas se daban cuando firmaba ejemplares algún famoso de la televisión. Sólo un producto adolescente y algo mercantilista podía competir con aquellas ventas. Recuerdo una señora con un carrito de bebé bajo la lluvia -el bebé metido en la pecera de plástico como un paquete de chopped con abre fácil- que aguantaba estoica buscando la firma de Mario Vaquerizo y miraba el reloj nerviosa para que no se le escaparan Jorge Javier Vázquez y Risto Mejide (¿o era Mercedes Milá?). Era fácil saber por qué compraba libros esa señora.

También he visto vender libros por metros, lo prometo, una colección que tenía un color en la portada que le iba bien a las cortinas.

Miro mis estanterías y puedo saber como llegaron cada uno a mi vida, como un amante fiel o un amigo solícito, un canalla de la noche o una amiga en un día de helado y lágrimas. Me han divertido, acompañado, asustado, y cada uno de ellos me ha hecho pensar. Aunque el pensamiento haya sido sobre el dinero estúpidamente gastado en semejante mierda. Porque esto hay que decirlo. Cuando alguien muere no pasa directamente a ser santo para los que quedan respirando, un enfermo no se convierte en inteligente o en buena persona, y los libros no son siempre buenos. Se ataca con más fiereza a una película que a un libro, y hay libros que no valen ni el papel impreso.

Sucede a veces que el libro viene a buscarme. No llama a mi puerta, ni me manda flores, pero de repente todo a mi alrededor tiene que ver con él. Me van naciendo poco a poco las ganas de conocerlo y de acercarme a ese autor que el destino me está presentando una y otra vez. Si yo creyera en conjunciones planetarias diría que el Universo quiere que lo lea y me predispone a ello. No llego a tanto pero asumo esa llamada de atención. Tomo conciencia de que tengo que leerlo. Entonces va subiendo puestos en la lista de compra. Tener un ejemplar se convierte en pura ansiedad, necesidad, deseo…lo más parecido al sexo con un desconocido.

Hasta hace una semana mi último arrebato fue Tallón que además ahora saca novela nueva y me tiene expectante, pero desde una perspectiva más serena, más relajada, es como una relación esporádica pero duradera en el tiempo. Ya sé que lo que me voy a encontrar me va a gustar mucho. En este tiempo he indagado en artículos antiguos, voy pillando el estilo, ahora sólo queda esperar, será el primero de la lista en cuanto salga.

De una semana a esta parte todo es Bukowski. Artículos, comentarios, amigos, todos de repente se han puesto a hablarme de él. Incluso pensé que le habían dado algún premio in memoriam, o acababan de encontrar un ejemplar desconocido. No era normal tanta conversación repentina, pero parece que sí, así que deberé tomarlo con una señal inequívoca e insalvable.

Ayer leí algunos párrafos de sus libros y reconozco que me gusta, no es alta poesía, no encontré a un autor de excelencia literaria, pero me gustó. Leí algo canalla y oscuro. Incluso me extrañó no haberlo leído ya,  lo habré hecho en otra vida mucho más alocada y díscola porque casi tuve más la sensación de releer que de encontrarme virgen frente a ese texto por primera vez.

Ahora será mi nueva obsesión hasta que llegue otro, así de promiscua soy en mis hábitos de lectura. Es tiempo de Bukowski, he quedado con él, tengo una cita. Él ha adelantado a todos los demás

 

 

 

LA PLAZA

La Plaza de Abastos de Algeciras -lugar donde me crié y de donde me reconozco- se llama «Mercado Ingeniero Torroja», pero yo siempre creí que no tenía nombre, que era la plaza y ya está. «Tía Chacho ha ido a la plaza», «vente conmigo a la plaza», «date prisa que ya mismo empiezan a desmontar los puestos de la plaza». Nadie usó otro nombre, era complicado que lo supiera. Había dos mercados más «la plaza del pescado» en «la cuesta del pescado» donde sólo se vendía…sí…pescado. Y el Mercado de la Victoria, que ya estaba considerado moderno, en la parte «nueva» de la ciudad, creo que no he ido nunca.

Mi recuerdo es de días de verano, muy niña o de sábados por la mañana. Nunca sola.

La plaza tenía, tiene, muchas entradas así que si quedabas con alguien tenías que especificar muy bien porque era imposible encontrarse, y no había móviles. Además a su alrededor y en dos filas con un ancho pasillo en medio, se montaban puestos de verduras. A veces se hacían tapones de gente y desde mi altura la claustrofobia estaba asegurada. Yo le daba la mano muy fuerte a mi madre temerosa de que la corriente humana me arrastrase al montón de hojas de lechugas y de coliflor que amontonaban de deshecho.

También fuera se ponía un señor que vendía sombreros y gorras. Justo a su lado se solía poner un hombre con unos perritos de juguete que hacían ruido o andaban solos. Y el de los pollitos de colores. Había un señor muy mayor que vendía sillas de enea y canastos, allí la gente compraba los cestos para hacer los «moisés» de los niños que iban a nacer; a mí me daba cierto reparo saber que los bebés iban en cestos como las naranjas.

Había dos casetillas de chapa minúsculas, pintadas de verde pino, la casetilla de «Juan hace llaves», que hacía un ruido insoportable y la que más mee gustaba que era la  del señor que cambiaba las pilas y las correas de los relojes, se ponía un monóculo y tenía a la vista no más de veinte correas a elegir. O esas o nada. Pero me gustaba verlas huérfanas de esfera. Eran prótesis esperando. A veces se ponía el afilador y cuando le llevábamos algún cuchillo o tijera siempre nos decía lo mismo «vaya chapú le hicieron, a saber a quién le daría el cuchillo» y ya acompañara a mi abuela, a mi madre o alguna de mis tías siempre la misma respuesta: «a usted, a quién va ser». Y empezaba una discusión entre risas y con respeto. Porque en la plaza se hablaba de usted.

También estaban  las dos churrerías se hacían la competencia sin estruendo pero para mí era una disputa casi de derbi local, yo siempre fui de «Churros Paco», aunque el señor que los vendía se llamaba Carlos. Embarazada tuve antojo de churros Paco y no sé lo que pude llegar a comerme…

Fuera había «ilegales» que vendían chaquetes en cubos y melvas y caballas. Estaban con un ojo en la mercancía y la venta, y con el otro vigilando que no aparecieran los policías locales. También a finales de agosto se ponía el hombre de los higos chumbos, que los pelaba sin pincharse y te decía que los cogieras para ir metiéndolos en la bolsa. Nada me gustaba más que ver como al abrirlo, tan rápido, en vez del esperado fruto verde, era de color naranja o rojo.

El olor de la plaza por dentro era diferente. El olor y el sonido. La mercancía se pregonaba, había risas, conversaciones de puesto a puesto. Era (es) el pulso vivo de una ciudad.

Yo siempre entraba por el mismo sitio, la primera parada era la charcutería de «Rodera». Tenía mostradores muy altos y casi no se le veía. Había un hueco entre la vitrina de los quesos, una a cada lado porque el puesto hacía esquina. Era el mejor sitio del mundo. Cuando yo era pequeña ni de puntillas llegaba a darle el dinero así que me iba al hueco por el que entraban y salían. Mucho más tarde me puse delante de ese mostrador y me pareció increíble que yo fuera tan pequeña.

Cuando había que ir por pescado odiaba llevar sandalias porque siempre había agua en el suelo de los salpicones de hielo o del grifo donde lo enjuagaban y me daba asquito. Me gustaba un pescadero que pregonaba: «come bien, come gloria», ese hombre es imprescindible en el recuerdo de mi infancia y no sé ni como se llama. Me asustaban un poco las cabezas de los atunes y me resultaba divertido ver como se resbalaban los lenguados. El sonido de las almejas cayendo en el peso de metal me parecía como música, y magia cuando lo volcaban en la bolsa y no se les caía ni una. Todos los puestos tenían un calendario de la Virgen del Carmen pegado, a veces con esparadrapo, en el alicatado blanco.

La carne era menos divertida, pero a finales de junio siempre el mismo cartel cogido con pinzas: «Hay carne de lidia». La gente hacía colas para comprar la carne de toro que habían toreado la tarde antes, durante la Feria. Supongo que eso se habrá perdido. O no. Lo que me impresionaban eran las hachas, los cuchillos enormes y la habilidad con la que troceaban y fileteaban. Hay un cuchillo que tiene como una panza enorme que todavía me impresiona. Mi abuela le compraba el pollo «al niño de los ojos bonitos».

Luego estaban mis dos puestos favoritos. El de las especies, que olía a lujo, a una sempiterna mezcla de canela y hierbabuena. El vendedor era un hombre no tenía puesto de verdad, era como una tabla y se ponía en una esquinita, tendría mil años aproximadamente y me daba caramelos de limón que yo agradecía y jamás me comí, pobre hombre… El otro puesto al que siempre quería ir era al de los huevos. La habilidad con la que hacía el cucurucho con un papel de estraza y la destreza con la que cogía los huevos de cuatro en cuatro era algo sorprendente. Y eso que era una señora muy mayor, yo le calculaba unos cien años.

Todos los vendedores apuntaban la cuenta en un trozo de papel que luego te echaban a la bolsa. Después llegó la modernidad y los pesos tenían luces de neón, peso exacto y escupía un sabihondo papel que detallaba cantidad, precio y hasta lo que llevabas. Se perdió mucha poesía, como cuando se dejó de apuntar la cuenta de los bares a tiza en el mostrador.

En la plaza también había dos bares, de los que yo denomino de hombres. No porque hubiera puterío, que a mí a esas edades se me escaparía (no mucho) sino porque toda su clientela era de señores que hablaban fuerte y se reían contundente. El vino se bebía en vaso finito y largo. A mí me daban un poco de miedo y mucha vergüenza. Estaba deseando pasar rápido por allí. Me imponían. Ahora todos los veranos veo al chef José Andrés tomando unas sardinas recién compradas en el puesto de enfrente.

El último círculo concéntrico estaba lleno de puestos de flores. Cubos con colores y olores de verdad. En mi pueblo había una costumbre de comprar flores los viernes. No sé de donde viene la tradición y si alguien a estas alturas lo sabrá, pero todos  los viernes a los carros de la compra le nacían flores. Las familias más humildes llevaban clavellinas y las más pudientes sofisticados ramos. Nosotros íbamos a veces a comprar unos botes de líquidos extraño -«esto no se toca»- para las plantas de mi abuela.

La plaza la limpiaban por la tarde porque a las dos del medio día ya estaba todo recogido. No abrían por la tarde. Se quedaba muerta y aparecía «mala gente». Sólo una tarde-noche abrían, la de los «Tosantos», el 31 de octubre, mucho antes de que existiera un Halloween patrio. Ese día los puestos sólo vendían boniatos, calabazas, frutos secos, castañas, fruta escarchada, cañas de azúcar, cocos, y alguna que otra gominola. Se llenaba de gente, y entre la multitud parabas en los puestos a llevarte unos pocos de poquitos. Me encantaba. Los años que llovía y no lo podían poner era un fracaso en mi agenda infantil. La niña gordita que fui disfrutaba entre aquellas luces como de linterna que colgaba de los puestos. Era ( y es) un día especial.

Mucho más tarde me enteré de la calidad arquitectónica. También fue en ese momento cuando descubrí que no todas las plazas de abastos eran circulares (en realidad esta es octogonal) y que el ingeniero que la construyó era tan famoso y le gustó tanto cómo le había quedado su obra que repitió elementos arquitectónicos en el Hipódromo de la Zarzuela de Madrid.

Ayer mismo leí que desde que se construyó en 1935 hasta treinta años después, el furor de los sesenta, que fue cuando se construyó el Astrodome de Houston, era el edificio con la cúpula más grande de la historia. No sé si mis paisanos sabrán este dato, presumiríamos más.

Ahora vivo en un pueblo sin mercado. Me resulta triste y hasta cierto punto desconcertante. Es verdad que hay algunas tiendas, grandes hipermercados, supermercados de todas las marcas, tiendas gourmet, pero no hay mercado y es como si al pueblo le faltara un trozo de alma. Para resarcirme, en cuanto vuelvo a Algeciras, lo primero que hago, es bajar a la plaza.

A BIORRITMO CAMBIADO

Puede que la culpa la tenga este  calor loco que agradezco, busco y dejo que me acaricie la piel. A lo mejor puede que al final el sol sea culpable, cuando yo sólo tengo palabras de regalo para él. Es humano culpar a otro, que nadie me lo tenga en cuenta que no puedo negarme en esa condición. Soy una humana y rebosante de defectos. Quizá estemos viviendo la astenia primaveral a paso cambiado. Igual la climatología se ha vuelto ácrata y nos regala una primavera que sabe a verano y así los biorritmos se han desorientados. Al menos los míos. Pero con mi miedo irracional al mundo de la entomología, he podido comprobar que no sólo yo ando despistada, pues he visto insectos de presencia anual renaciendo entre flores de primavera.

Y si no tiene que ver con el cielo azul que brilla como el charol… Puede que sea la responsabilidad mostrando su peso y ante tanta fuerza haciendo presión se me esté atragantando el pasar de las horas, que van lentas como caracoles sin prisa, y cuando quiero que el reloj se detenga en mi sueño farmacéutico, decide volar hasta el filo del despertador. A lo mejor empezó todo por un mal sueño…

La cuestión es que desde unos días tengo la pena alicatada en el alma.

De nada sirve llorar por la leche derramada («cry over split milk») y mirar hacia atrás no produce ninguna satisfacción, pero a veces no queda más remedio que dejarse llevar y jugar al que pasaría si… No es grave ni tiene consecuencias, es un juego infantil para el que se necesita tener un buen manojo de años. No es más que volver escéptica a la lechera del cuento, en soñadora pragmática a la princesa de un reino lejano, en errante árbol a un vagabundo sin nombre. Es el juego que deja pendiente de un hilo la vida para buscar los senderos que ya no se pueden recorrer porque caducaron. Es bailar con fantasmas que no existieron.

Que pasaría si no hubiera dejado ese trabajo, si no hubiera dado la vuelta a esa esquina, si hubiera seguido estudiando, si hubiera tenido un gato. Que habría pasado si la sonrisa franca no llevara añadida una sinceridad contundente, si no hubiera ido al hospital, si no hubiera quemado aquel bizcocho. Si hubiera aceptado ese regalo, si pudiera conducir. Dónde estaría si llevara el arma que quise llevar, si fuera rubia, si hubieran nacido dos, si fuera alérgica al gluten. Que habría pasado si esa ambulancia no hubiera llegado a tiempo, si aquel vestido me hubiera quedado bien, si a las preguntas que había les hubiera buscado respuesta, si existieran las fotos que no se hicieron. Que sería de mí si al salir del cine me hubieran sobrado palomitas, si no hubiera llevado uniforme, si hubiera subido todas las cuestas. Si las puertas se hubieran abierto cuando se cerraron o me hubieran dado con ella en las narices. Si hubiera habido flores. Dónde estaría mi futuro si hubiera caminado por otro pasado.

The End… No importa el final del juego porque la vida camina hacia delante, desde el miedo, la sonrisa, la huida o la inercia. Lo que suceda está por escribir, lo sé, pero ahora necesito regodearme en la astenia, la pena, el placer del dolor sin motivo. No puedo quejarme, no tengo derecho, no soy infeliz. Toca amurallarse tras películas que demuestren que el celuloide no es real, esconderse tras canciones que pongan la piel de gallina, y buscar libros que nos acerquen a esa niñez casi sin pasado. Es el masoquismo emocional de días que pasa, y pasará…como todo en la vida…

 

LA CABINA

La juventud de hoy en día lo tiene todo hecho.

Trabas insondables han sido reducidas a la nada de unos años a esta parte. No sé si algún día, no muy lejano, miraremos a nuestro alrededor y nos lamentaremos de haber hecho que nuestros jóvenes blanditos. La juventud que por naturaleza tiene que ser impulsiva, fuerte, alocada y dispuesta a saltar cualquier obstáculo ( e incluso a transgredir alguna que otra norma) ahora es una parasitaria larva de sofá.

La culpa sin lugar a duda nace en las pequeñas cosas. No tiene que ver con la desaparición del servicio militar o con la prestación social sustitutoria. No juega ningún papel la solidaridad de onegé. En ningún momento invoco a acción católica o la sección femenina. Tengo una teoría y creo que la falta de cabinas telefónica tiene mucho que ver. Eso y los móviles. Ahora lo tienen todo a golpe de whatsapp.

Las cabinas del teléfonos patrias no tenían el glamour de sus primas británicas, rojas y elegantes. Eran zafias y claustrofóbicas, que se lo pregunten si no a José Luis López Vázquez, en paz descanse.  Por no tener, en España no tenían ni un súper héroe cambiando sus calzoncillos interiores por unos carmesí de calle. Pero eran las nuestras. Si había un Bar (Bat, para ellas) Mitzvah civil, agnóstico y popular en nuestro país, era el momento de ir a la cabina de teléfono.

Primero había que tener la moneda, no era tan difícil. Después una cabina que no estuviera rota. Cuando ya tenías cabina y tono, entonces era necesario que la moneda no la escupiera la cabina. El colmo sería que después de haber juntado el valor, haber encontrado un teléfono operativo y fuera de miradas incómodas, la moneda te jugara una mala pasada. Si dramáticamente se empeñaba en devolverla – y no se la tragaba sin razón, entonces había que rozarlo con todo lo que había alrededor. El costroso teléfono,  la balda donde te apoyabas o las paredes de cristal. Donde fuera. Era cuestión  de vida o muerte.

Cuando se por fin te daba el tono adecuado llegaban los sudores. Si estabas solo cerrabas los ojos mientras notabas que el suelo se hundía. Si te acompañaban empezaban a dar grititos de nervios o de aburrimiento. Pero gritaban y tú movías la mano pidiendo silencio, con el corazón latiéndote en las sienes. Marcabas los ocho o nueve números y ya estaba todo decidido. Alea Iacta Est.

Ahí estaba todo, en esos tonos de llamada estaba tu paso a la edad madura. Sólo ante el peligro. Sin escribírselo por whatsapp. Sin tener acceso directo. Ese era el momento. No sabías ni quien te iba a coger el teléfono, quizá ese alguien vivía con sus padres, doce hermanos, tres abuelos, y siete mascotas; puede que no, pero en ese momento te parecía que mil personas podían estar habitando la casa a la que correspondía ese intermitente tono de llamada y podían interceptar el teléfono.

Sentías miedo y a la vez preparabas lo que ibas a decir, todo esto sucedía en pocos segundos que parecían años y a la vez estrellas fugaces. El tiempo se condensaba y se estiraba sin parar.

Se descolgaba al otro lado y entonces…

-Buenas tardes….¿está Fulanito?

– Sí, un momento, ¿de parte de quién? (pregunta con maldad)

– De una amiga….