Y con la sonrisa que me deslumbraba desde la primera vez que se cruzó en mi pupila, se puso las gafas de sol que en la mesa dormían. Se quedó tranquilo, sonriéndome y tras sus cristales perdí la intención de su mirada. Conociendo sus pensamientos, me ahogué en el recuerdo de tres horas atrás, en la playa, cuando sus manos siguieron el compás de mi espalda.
Entendí entonces que el valor no se oculta, como un dulce embarazo. Que el amor es el riesgo y el placer de soslayo. Y que el mundo, que podría cambiar en un segundo, no admite veredas, ni tramos ocultos. Pero si se tiene el corazón por bandera, no hay temor, ni escondrijo, ni compases de espera.
Ahí estaba, sereno, mirando el desenlace de un amor incorrupto, por prohibido, imberbe, un amor…disfrutado con pecado profundo.
Ayer estrené color de pelo, como la que estrena blusa o zapatos de finísimo tacón. Cambiar de color de pelo es voltear de ánimo, siempre, la duda es que quede bien. Si queda mal, el humor se desplaza al suelo justo en el sitio adecuado del pisotón, la basura y las ratas. Es difícil remontar un estado emocional provocado por un mal día en la peluquería. Tengo la suerte de que a mí me haya quedado bien, al menos de mi gusto, que ya es más que suficiente. La suerte y el buen oficio de mi peluquera, claro. Las peluqueras siempre van en posesivo, no decimos mi carnicero ni mi zapatería -salvo que seas dueña de una- , la posesión es por la entrega total que hacemos al dejar nuestra cabeza en sus manos. En lo físico y en lo mental, un mal corte de pelo puede ser peor que un dolor de muelas. Ayer mismo había una criatura de más de veinte años al borde de las lágrimas porque para sanearse la melena tenía que pasar por un corte de pelo más allá de las «puntas».
Yo voy a la peluquería por devoción, por ajuste mental y por necesidad. Me crece mucho el pelo y las canas que peino dibujadas en tinte se dedican a mostrarse más rápido de lo que mi escueto bolsillo se puede permitir. Este es mi drama. Así que durante equis tiempo -más del que debería- mi peinado se convierte en arte y arquitectura del disimulo. En los hombres está la versión Luis Aguilé o Anasagasti para esconder la calva o los tintes de nuestro antiguo Rey que siempre le quedaban color cucaracha.
Mi siguiente párrafo comenzaba…»Luego dicen que el dinero no da la felicidad…»
Estaba en esa reflexión cuando me di cuenta de lo superficial que me estaba quedando la reflexión, pero es cierta, eso me llevaba a pensar que soy hueca. Es bastanta desagradable pensar eso de uno mismo, pero no es cierto, creo que al final nos adaptamos al medio como los camaleones y lo que son los problemas del primer mundo quedan ridículos fuera de nuestro hábitat natural. Pero nos fastidian en nuestro día a día, graves no son, pero incomodan.
Es cierto que quedarse sin batería en el móvil, perder las llaves, olvidar el pin de la tarjeta de crédito, sufrir un atasco que nos haga llegar tarde a trabajar, o mi «drama capilar» no son nada comparado con no tener agua, sufrir la malaria o ser mujer en un país donde son tratadas como mulas de carga, perros y trozo de carne para satisfacer deseos sexuales o de reproducción. Pero, me parece, que igual que es un error grave intentar descontextualizar los sucesos históricos, tampoco debemos fustigarnos más de la cuenta por dar la categoría de problema a lo que en realidad no lo tiene.
A la hora de la verdad, cuando nos llega el fango a las rodillas porque aparece un virus nuevo, una enfermedad, una mala racha.., y nos sitúa de golpe en esa nueva circunstancia, damos la talla y se nos olvida la superficialidad. Con todo y con eso, es probable que ni por esas estemos al nivel de lo que se puede llegar a sufrir en otras partes del mundo más pobres…
En el fondo el ser humano no es tan estúpido. La mayoría. Casi todos. Algunos. En fin.
A veces me siento indecisa y aunque no me cabe duda de la deuda que mantengo con el lector y asumo con normalidad que debo pagarla, en cervezas, por supuesto, me planteo si debo repetir alguno de los puntos de partida al empezar este diálogo monologuista. Me parece que puedo resultar pesada, pero el no controlar quien me lee hace que me vea en la «obligación» de poner sobre aviso a los que pisan esta humilde morada. Como la de la mamá de Marco.
Pues allá voy. Yo soy una mujer de pensamiento complejo, demasiado, para lo simple que soy, y entre otras cosas -tampoco vamos a sacar trapos sucios ahora, con la que está cayendo, y con un pie en el fin de semana- soy seguidora de todas las redes sociales, o de casi todas, me suelo bajar aplicaciones al móvil que luego ni uso, pero no me siento sola porque la mayoría de mi agenda telefónica -que no es que sea muy extensa pero tiene más de dos cifras- también está en Telegram. Por poner un ejemplo.
Como casi todo el mundo uso Whatsapp, hasta el año pasado mi vida era placentera y cómoda. Lo usaba con una frecuencia relativa, más para mandar un mensaje que para mantener una conversación. No prestaba demasiada atención aunque la consideraba imprescindible. Era una relación cómoda y egoísta, por necesidad. Un amante circunstancial, algo que valoraba, sí, pero que no era el fin último de mis pulsos.
El año pasado llegó el progreso al colegio de mi hija pequeña, íbamos con retraso, pero yo era feliz. Como suele suceder, yo no había valorado lo que tenía hasta que lo perdí. Lamenté no haberle cuidado más, debería haberle hecho sentir más cuidado, más querido. Llegó el principio de curso y apareció en mi vida el grupo de whatsapp de madres. El infierno en la tierra. La primera plaga de Egipto, adelantando a todas las demás, es esta.
Asumo que las faltas de ortografía se pueden dar, no puedo mirar este factor desde la superioridad de alguien que ha tenido la suerte de estudiar, eso es extrapolable para cualquier red social, aunque también considero que hay pocas ganas de aprender y rectificar. Pero la constante repetición de temas, la súper protección de los padres (han llegado a protestar porque el profesor no mandaba un correo electrónico con los objetivos del examen, y se lo decían sólo a niños ¡de nueve años!), las cadenas estúpidas, los mensajes de frases coelhianas para dar los buenos días, los vídeos reivindicativos y las consignas políticas me están tocando las narices.
Además, como si fuera una relación dañina y autodestructiva, no lo puedo dejar porque a veces dicen algo útil en ese maremágnum de tonterías. Algo más allá de que vuelve a haber piojos en clase. Y que la culpa de todo es de Rajoy.
Yo creo que en ese grupo estoy infravalorada, cada vez que hablo (que es poco o nada) cierro un tema. Es mi súper poder. Lo usual es que me tengan hasta las narices y que estén dejándome sin batería, así que cuando por fin digo algo, ya estoy un poco hasta el moño y pese a mi corrección, educación y perfecta ortografía, debe ser que se nota que estoy exasperada. Con todo y con eso, mi madre no hubiera durado ni una semana si llega a estar en mi época. Seguro. Soy una valiente, una paciente mujer en olor de santidad.
Recuerdo con cariño una «bronca» brutal, pronto hará un año, que se dio entre las madres de los niños que no iban a religión porque, según ellas, las madres que sí llevamos los niños a religión no estábamos apoyándolas y defendiéndolas de manera suficiente. Por lo visto, tras mi lectura acumulada, estaban dolidas porque sus hijos no salían en la función de Navidad (la que recrea un nacimiento de un Dios en el que no creen). Por tres veces lo leí, por si no había entendido bien la lucha furibunda de las madres de alternativa. Yo sólo puse: «Que canten ‘Imagine’ mismo, o bailen ‘Paquito Chocolatero’ pero por favor, sed consecuentes». Así con el imperativo y todo. Se hizo el silencio. Se escucharon los grillos cri, cri, cri, y durante tres benditos días nadie dijo nada en ese grupo, hasta que una madre protestó porque el profe había dicho mierda, culo y que iban a ser unos inútiles si no estudiaban. Ahí se evaporó toda mi magia y otra vez volvió la presión.
Las voy a acabar denunciando por mobbing a Carlos, el Community Management de la Policía, seguro que me comprende. Que me paguen una indemnización que me permita contratar a alguien que lea por mí ese maldito chat y me mande sólo lo que es importante. Yo ya no puedo más.
Hay gente que va un escalón por delante de la Humanidad, o se lo creen. Personas que de tanto ir encogidas de hombros por la vida al final siempre tiene que mirar por encima y no es porque lo merezcan, si no porque es la única manera que tienen de interaccionar con los demás. Se les nota. Diría más, hay muy pocos seres humanos que tengan pleno derecho para poder mirar a los demás por encima del hombro, y esos suelen ser los más humildes. En ocasiones, los más bajitos, como Madre Teresa.
Puedo acostumbrarme a estos personajes porque tiendo a no prestarle mucha atención a quien dispara con balas de fogueo y reparte sentencias por el mundo. Los del pensamiento único y la verdad exclusiva me provocan una pereza que linda con la desidia absoluta. Salvo en una cosa.
No puedo soportar a quien desprecia a los que somos felices en un buffet libre de desayuno. Es no comprenden la idiosincrasia de quien disfruta desayunando a diario y ahí además puede (y debe) dejar de lado sus complejos y la dieta para reivindicarse como disfrutón del placer máximo: comer a primera hora.
El buffet no tiene sentido práctico en otras comidas, bien porque suele perder calidad, bien porque es demasiado para que el descanso sea adecuado, pero en la comida más importante del día -como nos repiten hasta el infinito- se da la medida justa para este tipo de formato. Si existe algún club de fans de este tipo de desayuno merezco estar en él. A fin de cuentas mi lado británico se reivindica, sólo que sin riñones ni beans,
Yo comienzo bebiendo agua porque lo hago todos los días de mi vida y luego con zumo natural, y lo hago porque yo en casa lo tomaría si no fuera un engorro tener que hacerlo. Luego voy con lo salado a ser posible huevos, queso y bacon, algo que en ocasiones especiales he cocinado en casa porque reconozco que me gusta. Lo que no tomo es fruta o pepino, algo que nos extranjeros en España aprovechan hasta el último resquicio de sandía.
Me gusta probar los panes de «cosas» con más queso o algún embutido que llame mi atención y siempre termino con un segundo (o tercer) café que acompaño con algo de chocolate, alguna pieza de bollería, o incluso con un trocito de pan con mermelada. Y tan feliz.
El mejor Buffet que he pisado, consumido y disfrutado ha sido en el «Meliá Castilla» en Madrid, ninguno como él. La última vez que estuve, hace tiempo, después de haber ido eligiendo bien y disfrutando sin prisas de mi desayuno, el camarero vino a informarme de que iban a empezar a retirar las cosas, por si quería coger algo más. Si llego a tener vergüenza, en ese momento me hubiera querido convertir en moqueta, pero en vez de eso aproveché para pedir otro café.
Lo cierto es que en casa no se desayuna igual, pero hacerlo fuera, sea por trabajo o por vacaciones, tiene el plus de no tener que cocinar, ni fregar la taza y sobre todo compensa lo impersonal que puede ser una habitación de hotel. Aunque como lo que más odio en la vida es hacer la cama, a mí con no tener que hacerla también me ganan.
No considero que quien elige la tristeza de un café solitario en el edén de los desayunos sea superior a mí, y menos con felicidad extrema que me procura semejante momento, abusando del buffet, olvidando la dieta, ya luego llegará, pero durante ese gozoso momento la que mira por encima del hombro, soy yo.
Habría que definir qué es una persona maniática y qué es una persona con manías. Al menos por contraprestación, exponiendo sus diferencias. Yo creo que no es lo mismo, y después de lo desprestigiada que está -con razón- la Real Academia de la Lengua, mejor dejar el significado al libre albedrío. Seguro que da mejores resultados. En mi humble opinion (mi abuela siempre lo dice en inglés, traduzco por si acaso, en mi humilde opinión) la persona maniática es la que hace se hace la vida imposible, a ella y a los demás con sus particularidades, mientras que la persona con manía o manías, tiene pequeñas conductas que no afectan a la vida de los demás y a duras penas, a ella misma.
Yo soy una persona con manías. Son manías folclóricas y si me las salto no me pasa nada, no me salen herpes ni dejo de sentirme cómoda, sólo es que prefiero que las cosas sean o estén de una determinada manera. Muchas veces tiene que ver con un orden establecido, mi orden, que no es que sea el mejor, es el que yo reconozco como cómodo y otras veces, es pura indecisión o falta de confianza en mis actuaciones.
Me explico. Lo más natural es que en casa sea yo la que cocine, a veces lo hace otra persona diferente pero el día a día es mío. Las cocinas no son tan grandes como antes ni siquiera se dispone de alacena o despensa como solían tener las casas antiguas, por eso, por aprovechar el espacio y agilizar el trámite de buscar los ingredientes yo tengo un «orden» en armarios, cajones y en el frigorífico. En casa se ríen de mí, como si yo fuera Jack Nicholson en «Mejor Imposible», y me mueven las cosas para que cuando vaya a ese cajón o ese estante, lo cambie de manera mecánica. Lo cierto es que lo hago, pero cuando me doy cuenta de que me lo están haciendo a propósito, resisto la tentación. En mi lógica, las latas de atún detrás de las de los calamares en su tinta y por delante del tomate frito que sirve de parapeto al maíz y las aceitunas que utilizo mucho menos. Al fondo los envases más grandes como puré, cous cous y paquetes altos y cuadrados. Así hago con todos los muebles de la cocina, el congelador y el frigorífico. No molesto a nadie y aunque no me lo reconozcan, les facilito a los demás lo que busquen, porque siempre va a estar en el mismo sitio…
Desde aquí hago un llamamiento a los creadores de comida enlatada, por favor, hagan las latas cuadradas o en su defecto metidas en cajas cuadradas, me vale que sean rectangulares. Hércules Poirot, el insigne detective belga, buscaba sandías y huevos cuadrados porque rompían la simetría. Yo no llego a tanto pero sería mucho más cómodo que los champiñones de lata, que siempre existen para necesidad extrema, vinieran envasados en latas cuadradas. No es manía, es aprovechamiento del espacio, algo así como los paquetes planos de Ikea.
Tampoco cierro la puerta de la casa sin comprobar que llevo la llave, da igual que me la acabe de meter en el pantalón, hasta que no toco el llavero no soy capaz de dar el portazo. Las veces que no lo he comprobado me han dejado fuera esperando que alguien me rescatase. Es una manía que no sólo no molesta, es que además, beneficio a los otros.
También soy incapaz de lavarme los dientes con las manos mojadas así que me lavo las manos, me las seco y entonces puedo por fin coger el cepillo y utilizarlo tal y como me enseñaron una y otra vez en el colegio, en casa, en el dentista. Alguien debería de analizar si es que somos muy torpes o es que es una de las tareas más difíciles a las que se enfrenta el ser humano, por encima de hacer derivadas, poner una sonda en Marte o llegar a dominar el esperanto.
Luego tengo otras que supongo que son costumbre: siempre tiendo la ropa de la misma manera, pongo las perchas para el mismo lado, empiezo a planchar las camisas por el mismo sitio, guardo papeles y bolígrafos «a mi forma» y hasta la libreta donde llevo una contabilidad doméstica y underground tienen un orden establecido. Pero no le hago ningún mal a nadie. O eso creo.
La única manía que me afecta de los demás y, si tengo confianza con la persona, ruego que la eviten en mi presencia, es que odio que digan adiós. Aún más, odio que me digan adiós. Es algo que me suena a para siempre, a nunca jamás, a final perpetuo, a muerte y destrucción, a luz a final del túnel. Después de un adiós no hay nada. Es que incluso me resulta mal educado decir adiós, es como si te dijeran «púdrete, no quiero volver a verte en la vida». Pocas veces en mi vida he dicho adiós.
Igual con esto estoy dejando claro que estoy un poco loca pero en el fondo…no era más que un secreto a voces…