BUFFET LIBRE

Hay gente que va un escalón por delante de la Humanidad, o se lo creen. Personas que de tanto ir encogidas de hombros por la vida al final siempre tiene que mirar por encima y no es porque lo merezcan, si no porque es la única manera que tienen de interaccionar con los demás. Se les nota. Diría más, hay muy pocos seres humanos que tengan pleno derecho para poder mirar a los demás por encima del hombro, y esos suelen ser los más humildes. En ocasiones, los más bajitos, como Madre Teresa.

Puedo acostumbrarme a estos personajes porque tiendo a no prestarle mucha atención a quien dispara con balas de fogueo y reparte sentencias por el mundo. Los del pensamiento único y la verdad exclusiva me provocan una pereza que linda con la desidia absoluta. Salvo en una cosa.

No puedo soportar a quien desprecia a los que somos felices en un buffet libre de desayuno. Es no comprenden la idiosincrasia de quien disfruta desayunando a diario y ahí además puede (y debe) dejar de lado sus complejos y la dieta para reivindicarse como disfrutón del placer máximo: comer a primera hora.

El buffet no tiene sentido práctico en otras comidas, bien porque suele perder calidad, bien porque es demasiado para que el descanso sea adecuado, pero en la comida más importante del día  -como nos repiten hasta el infinito- se da la medida justa para este tipo de formato. Si existe algún club de fans de este tipo de desayuno merezco estar en él. A fin de cuentas mi lado británico se reivindica, sólo que sin riñones ni beans,

Yo comienzo bebiendo agua porque lo hago todos los días de mi vida y luego con zumo natural, y lo hago porque yo en casa lo tomaría si no fuera un engorro tener que hacerlo. Luego voy con lo salado a ser posible huevos, queso y bacon, algo que en ocasiones especiales he cocinado en casa porque reconozco que me gusta. Lo que no tomo es fruta o pepino, algo que nos extranjeros en España aprovechan hasta el último resquicio de sandía.

Me gusta probar los panes de “cosas” con más queso o algún embutido que llame mi atención y siempre termino con un segundo (o tercer) café que acompaño con algo de chocolate, alguna pieza de bollería, o incluso con un trocito de pan con mermelada. Y tan feliz.

El mejor Buffet que he pisado, consumido y disfrutado ha sido en el “Meliá Castilla” en Madrid, ninguno como él. La última vez que estuve, hace tiempo, después de haber ido eligiendo bien y disfrutando sin prisas de mi desayuno, el camarero vino a informarme de que iban a empezar a retirar las cosas, por si quería coger algo más. Si llego a tener vergüenza, en ese momento me hubiera querido convertir en moqueta, pero en vez de eso aproveché para pedir otro café.

Lo cierto es que en casa no se desayuna igual, pero hacerlo fuera, sea por trabajo o por vacaciones, tiene el plus de no tener que cocinar, ni fregar la taza y sobre todo compensa lo impersonal que puede ser una habitación de hotel. Aunque como lo que más odio en la vida es hacer la cama, a mí con no tener que hacerla también me ganan.

No considero que quien elige la tristeza de un café solitario en el edén de los desayunos sea superior a mí, y menos con felicidad extrema que me procura semejante momento, abusando del buffet, olvidando la dieta, ya luego llegará, pero durante ese gozoso momento la que mira por encima del hombro, soy yo.

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