EL GRUPO DE WHATSAPP

A veces me siento indecisa y aunque no me cabe duda de la deuda que mantengo con el lector y asumo con normalidad que debo pagarla, en cervezas, por supuesto, me planteo si debo repetir alguno de los puntos de partida al empezar este diálogo monologuista. Me parece que puedo resultar pesada, pero el no controlar quien me lee hace que me vea en la “obligación” de poner sobre aviso a los que pisan esta humilde morada. Como la de la mamá de Marco.

Pues allá voy. Yo soy una mujer de pensamiento complejo, demasiado, para lo simple que soy, y entre otras cosas -tampoco vamos a sacar trapos sucios ahora, con la que está cayendo, y con un pie en el fin de semana- soy seguidora de todas las redes sociales, o de casi todas, me suelo bajar aplicaciones al móvil que luego ni uso, pero no me siento sola porque la mayoría de mi agenda telefónica -que no es que sea muy extensa pero tiene más de dos cifras- también está en Telegram. Por poner un ejemplo.

Como casi todo el mundo uso Whatsapp, hasta el año pasado mi vida era placentera y cómoda. Lo usaba con una frecuencia relativa, más para mandar un mensaje que para mantener una conversación. No prestaba demasiada atención aunque la consideraba imprescindible. Era una relación cómoda y egoísta, por necesidad. Un amante circunstancial, algo que valoraba, sí, pero que no era el fin último de mis pulsos.

El año pasado llegó el progreso al colegio de mi hija pequeña, íbamos con retraso, pero yo era feliz. Como suele suceder, yo no había valorado lo que tenía hasta que lo perdí. Lamenté no haberle cuidado más, debería haberle hecho sentir más cuidado, más querido. Llegó el principio de curso y apareció en mi vida el grupo de whatsapp de madres. El infierno en la tierra. La primera plaga de Egipto, adelantando a todas las demás, es esta.

Asumo que las faltas de ortografía se pueden dar, no puedo mirar este factor desde la superioridad de alguien que ha tenido la suerte de estudiar, eso es extrapolable para cualquier red social, aunque también considero que hay pocas ganas de aprender y rectificar. Pero la constante repetición de temas, la súper protección de los padres (han llegado a protestar porque el profesor no mandaba un correo electrónico con los objetivos del examen, y se lo decían sólo a niños ¡de nueve años!), las cadenas estúpidas, los mensajes de frases coelhianas para dar los buenos días, los vídeos reivindicativos y las consignas políticas me están tocando las narices.

Además, como si fuera una relación dañina y autodestructiva, no lo puedo dejar porque a veces dicen algo útil en ese maremágnum de tonterías. Algo más allá de que vuelve a haber piojos en clase. Y que la culpa de todo es de Rajoy.

Yo creo que en ese grupo estoy infravalorada, cada vez que hablo (que es poco o nada) cierro un tema. Es mi súper poder. Lo usual es que me tengan hasta las narices y que estén dejándome sin batería, así que cuando por fin digo algo, ya estoy un poco hasta el moño y pese a mi corrección, educación y perfecta ortografía, debe ser que se nota que estoy exasperada. Con todo y con eso, mi madre no hubiera durado ni una semana si llega a estar en mi época. Seguro. Soy una valiente, una paciente mujer en olor de santidad.

Recuerdo con cariño una “bronca” brutal, pronto hará un año, que se dio entre las madres de los niños que no iban a religión porque, según ellas, las madres que sí llevamos los niños a religión no estábamos apoyándolas y defendiéndolas de manera suficiente. Por lo visto, tras mi lectura acumulada, estaban dolidas porque sus hijos no salían en la función de Navidad (la que recrea un nacimiento de un Dios en el que no creen). Por tres veces lo leí, por si no había entendido bien la lucha furibunda de las madres de alternativa. Yo sólo puse: “Que canten ‘Imagine’ mismo, o bailen ‘Paquito Chocolatero’ pero por favor, sed consecuentes”. Así con el imperativo y todo. Se hizo el silencio. Se escucharon los grillos  cri, cri, cri, y durante tres benditos días nadie dijo nada en ese grupo, hasta que una madre protestó porque el profe había dicho mierda, culo y que iban a ser unos inútiles si no estudiaban. Ahí se evaporó toda mi magia y otra vez volvió la presión.

Las voy a acabar denunciando por mobbing a Carlos, el Community Management de la Policía, seguro que me comprende. Que me paguen una indemnización que me permita contratar a alguien que lea por mí ese maldito chat y me mande sólo lo que es importante. Yo ya no puedo más.

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