A UN CIELO TERRENAL

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Igual no es un buen día para escribir.

No ocurre nada malo, ni siquiera hay nubes, vivo en colores. Me siento bien, pero se me amontonan las ideas y se me difuminan entrelazadas en los sentimientos. Está claro: hoy la escalera es de subida a un cielo terrenal.

Puede que la belleza de la decadencia sea la mejor manera de sentirme plena y reconfortada, casi feliz, rozando la utopía. La perfección no deja de ser inusual y no transmite más que lo que es, pero en lo ajado se puede observar lo vivido, lo sentido. Dentro de una grieta hay una historia.

Es la imagen que mejor puede retratar la madurez, el paso del tiempo. Quizás sea la representación perfecta de ese presunto ecuador vital -nunca se sabe dónde está pues no conocemos el final- pero sí el momento en el que se es consciente de lo que se fue, sin dejar de tener claro que se sigue siendo alguien, más sabio y menos lozano, pero con mucho por vivir y contar.

Me gusta contemplarla porque me hace recordar que soy esencia de lo que otros fueron. Veo en ella la elegancia de mi abuela, el pragmatismo de mi madre, la firmeza de mi abuelo. En mí hay mucho de aquéllos que formaron los peldaños de mi escalera antes de yo llegar, y cuento con la seguridad de que, en mayor o menor medida, mi aportación a este mundo quedará y seré parte de quienes ahora son mi refugio, mi latido, mi compañía…otros escalones posteriores…

Hoy es un día de observar, de mirar en silencio, de escuchar con los ojos muy abiertos. De aprender.

Creo que me voy al mundo…seguid sin mí.

 

CASQUETE Y MANZANILLA.

Yo siempre he sido rellenita, eufemismo simpático -los cojones, con perdón- de estar gorda, pero sin ser obesa. Yo no sé quien se dedicó a identificar estas palabras con algo que ya tiene su nombre. Entiendo la riqueza del castellano, le poder de la  lengua (en todos los sentidos), la magnificencia del sinónimo y como éstos avivan la literatura, pero que alguien me explique que “rechoncha” o “rellenita” son epítetos gloriosos para las letras. Todavía puede ser peor: “entradita en carnes”, vayamos por partes… mejor no que despotrico y no llevo ni cien palabras y ya he soltado una grosería.

Mi madre se enfada conmigo cuando digo que yo estaba gorda, ella dice que no es verdad, pero las fotos le desmienten con una frialdad abrumadora. Yo era grande, di el estirón (volvamos a las frases hechas de nulo calado literario) antes que las demás, y luego ellas se encargaron de crecer, superarme y no engordar. Es decir, cuando hice la Primera Comunión yo era de las que iban atrás y cuando hicimos la fiesta de COU yo estaba en las filas de en medio y porque había algunas muy bajitas.

Inciso: Entre mis recuerdos traumáticos está que el día de mi Primera Comunión me tocaba leer una de las peticiones. Yo estaba nerviosa y preparada para que me pasaran el micrófono. El casquete con velo -horripilantísimo- que nos obligaron a llevar se me clavaba a los dos lados de las orejas y temía no oírme, eso me atormentaba. Supongo que el tamaño de cabeza y la gran cantidad de pelo no favorecían al encajamiento craneal de la presunta dulzura inmaculada del casquete. Pues bien, llegado el momento de leer mi petición, se olvidaron de mí. Por un lado me alegré, pero por otro me frustró bastante que se olvidaran de mí de esa manera tan clara. Tanto que luego no vinieron a decirme nada, nunca. Señorita Isa, sé que estás ahí arriba, gracias por ignorarme tanto.

Inciso terminado. Drama expulsado. Reconrcito resuelto.

Pues bien, desde esa tierna infancia grande y redonda, yo era glotona. Dice un refrán que “quien no puede comer después de harto, no puede trabajar después de cansado”. Pues yo era (y soy) de esas. No tengo fondo. No tengo fin. Pasadas las horas sí puedo reconocer que estoy ahíta, pero mientras estoy en el proceso de la ingesta desmesurada, puedo comer hasta que no queden alimentos, hasta que vengan a denunciarme por avituallamiento excesivo, hasta el infarto, hasta la explosión. Es decir, yo dejo de comer porque me lo dice la cabeza, porque sé que no debo, no porque me sienta llena. Si en esas pantagruélicas comidas la hora era cercana a la de dormir, es decir, la cena, entonces el drama estaba asegurado. Dice mi madre -yo dormía en el mismo dormitorio que ella- que la conversación no cesaba en toda la noche, que tenía pesadillas y que pegaba saltos en la cama, es decir, en vez de girarme como las personas normales, lo hacía pegando brincos.

Anoche con la ansiedad futbolera cené mucho, rápido y durante mucho tiempo. No fui consciente hasta que acabó el partido. Noté una peso desconocido ya para mí. Quise hacer tiempo para que la digestión intentara realizarse pero parecía una lavadora atascada incapaz de girar. Me temí lo peor.

Esta noche, cuando el reloj marcaba las 4:27 mi voz me ha despertado. Debía llevar un buen rato hablando porque tenía la boca seca. No tengo muy claro lo que estaba soñando, sé que no era agradable, que era algo que me tenía angustiaba, supongo que era una pesadilla, pero el recuerdo no lo puede atrapar. Lo que más me ha sorprendido es encontrarme tumbada al revés, en horizontal, ocupando toda la cama. Hacía años, más de veinte años, que no me pasaba algo así. Debe ser mucho más porque la última vez estaba aún mi madre para apaciguarme o traerme una manzanilla -que yo odiaba de manera visceral-.

Ahora sólo tengo ganas de llorar en una esquinita, de morir lentamente, de solicitar un tiro de gracia. Me duele la tripita, además habré engordado muchísimo, y por raro que parezca, hay algo aún peor…no está mi mamá para traerme una odiosa manzanilla.

TRES ALARMAS

Resulta que esta mañana he conseguido apagar el despertador a la primera. Las tres alarmas. Nada puede ir mal hoy.

Suena el móvil primero que me avisa que en tres minutos tengo que levantarme, intento convencerme de que no es tan mala idea poner el pie en el suelo y cuando todavía no lo he conseguido suena el despertador ruidoso e indecente. La ventaja de este despertador es que con un manotazo se apaga, no hay que ser delicada ni encontrar el botoncito, tampoco tengo que pasar el dedito por la pantalla justo por el sitio adecuado. Mientras manoteo por la mesita de noche, suena el móvil otra vez, así que tengo que acertar rápido con el despertador para acariciar la pantalla para que calle ese maldito trasto de una vez. Esta conjunción de sonidos, esta exactitud en el tiempo, me provoca un mínimo de inteligencia -hay bichos de laboratorio más inteligentes que yo a esas horas- que me impide seguir remoloneando. Todo está pensado.

Soy de ese tipo de personas que una vez está consciente, que no despierta, ya no puede volverse a dormir. Me produce una envidia de proporciones desorbitadas aquéllos que lo consiguen. Por eso pocas veces me quedo dormida. Salvo que mi nivel de sueño modo piedra me haya impedido escuchar las tres alarmas, lo normal es que acordándome de los ancestros (y descendestros, que diría mi hija) de quien inventó un horario así, yo me levante enseguida. Supongo que para sufrir este castigo, esta falta de don del sueño en segundas nupcias, en otra vida fui terriblemente mala: un dictador sin complejos, una cucaracha, un asaltador de caminos, una caloría. Sólo en casos extremos, pongamos por ejemplo cuando todavía hay cierto movimiento etílico o si me acompaña la fiebre, puedo darme la vuelta y seguir durmiendo. Y así mejor no.

Con semejante buen augurio mañanero no me ha importado haberme dejado una ventana abierta, quitar el lavavajillas y que uno de los vasos me chorreara el pie, poner una lavadora, recoger la ropa para aumentar el infinito -y siempre constante-montón de ropa por planchar, hacer desayunos y meriendas para el colegio, quemarme la lengua con el café, mirar mis cuentas y comprobar que no sólo no me ha devuelto Hacienda lo que es mío (entendiendo la propiedad como núcleo familiar en lo universal) si no que mi solícito Ayuntamiento se ha cobrado los impuestos locales…todo eso ha dado igual. Tampoco me han sofocado las nubes, ni el suelo húmedo que me prepara para la lluvia o la niebla cuando yo ya tenía el bikini preparado.

Poco ha importado que al lavarme los dientes mi fuerza higiénica me haya destrozado la encía cuando se me ha desbordado el ímpetu. Tampoco ha calado en mi ánimo haber engordado un kilo y medio, eso sí, he amenazado de muerte a la báscula. Ni siquiera que al desenredarme el pelo se me saltaran las lágrimas. Incluso cuando me he acordado que hoy se resuelve con artimañas democráticas el futuro de mi tierra, he seguido sonriendo.

Sonrío aún. Nada me borrará la sonrisa. Hoy juega el Real Madrid contra el equipo de fútbol más guapo del mundo. Lo es sin duda ahora, no se daba algo igual desde que desde que coincidieron en las filas blancas Zidane y Beckham (hasta si me apuran añado a Figo). Hoy sé que ganamos y además que me alegro la vista. Espero además un partidazo. Lo sé desde que apagué a tiempo las tres alarmas.

¡Hala Madrid!

CAJAS DE MUDANZA.

Las mudanzas llevan aparejado reencontrarse con el pasado indeseado. O por lo  menos con el pasado olvidado a fuerza de querer no recordar. Llega una caja por hacer -o por abrir- y te encuentras con aquel momento de tu vida y vuelves a tener aquella edad y te sientes como entonces, generalmente mal. Vienen olores, besos y momentos a la mente.Y nada puede impedir el vértigo de esos días, la necesidad de huir, la película mil veces visionada, las respuestas que ahora darías y no te atreviste a dar…

Fue un domingo por la tarde, llovía torrencialmente y no había nada mejor que hacer que quitar una de esas cajas que se apilaban en uno de los cuartos sin usar. Aparecieron libros de texto del instituto con el nombre de el “él” de turno en los márgenes, dos mecheros de gasolina olvidados, un par de pañuelos y la camiseta de un grupo de música que ahora se avergonzaría de reconocer que fue fan gritona de primera fila. Reconoció al instante la caja y le entró un sudor cobarde que a poco le hace salir de casa sin paraguas. Al fondo de la usual caja de limpia hogar Kiriko, que le servía de recipiente para trasladar su vida con olor a limón, una caja forrada de tela rosa, sin lazo, pero llena de cartas.

Abrió temblorosa lo que ya sabía que sería un golpe de nostalgia y melancolía, de dolor y lágrimas. No necesitaba quitar la tapa para saber lo que había dentro, pero lo hizo. La primera de todas, la última que escribió y no mandó…Se arrepintió en el último momento y después de tantos años aún no sabía si esa censura fue lo mejor que pudo hacer o todo lo contrario. Cedió a la tentación de encontrarse con ella misma en aquellas letras, las conocía casi de memoria, las tenía en el subconsciente desde el momento que decidió que era mejor olvidarse de todo aquello.

El sobre había envejecido poco. Desdobló los tres pliegues del papel delicado y comenzó a leer..

Querido mío:

Te parecerá quizás un poco antiguo que quiera escribirte una carta. Es algo bello que me gustó recuperar para ti, para nosotros.

He optado por dejar mis letras naufragando en busca de tus ojos al leerlas. Lo cierto es que me apetece muchísimo decirte que te quiero. Ahora mismo quisiera susurrártelo al oído, acurrucada a tu lado, con mi mano en tu pecho, justo en medio, en ese hueco que parece que se creó para mí, y sin mirarte a los ojos, pero sintiendo tu respiración, contarte como me siento. Despacio, sin prisas, como si tuvieramos por delante toda la vida, como si el reloj no fuera a avisar, indecente y estúpido, de que debemos separarnos.

Soy feliz entre tus brazos, atrapada en tus labios, seducida por tu voz que me cuenta historias que me embelesan… sobre todo porque son tuyas, y jugar con mis dedos en tu piel mientras hablas y eres el único sonido de mi tiempo.

Quiero contarte que eres mi pensamiento recurrente del día, y que no te lo digo para que te asustes. No soy una loca, ni una obsesa, pero eres mi pasatiempo favorito. Te evoco, te pienso, te disfruto en soledad y busco los instantes en los que no hay nadie para compartirlos contigo, aunque no estés. Y si hay alguien, me evado de las realidades aburridas y densas para disfrutarte. Traerte a mi lado sin que lo sepas, besarte despacio o con la pasión que acostumbramos, dejarme llevar por ti sin que te hayas movido de donde estás. No sé si supones lo que eres en mi vida, en la rutinaria y en la que vuela sin fronteras ni ataduras con la libertad que otorgan los sueños.

Quizás este ansia de ti, esta locura adolescente, sea porque ya pensaba que nada podría sorprenderme. Cuando tenía claro que apenas podría diferenciar un día de otro, apareciste para poner boca abajo mi vida y bendigo aquel momento cada vez que lo recuerdo. Me resulta increíble que la suerte se conjurara para provocar que nos conociéramos.

Pero es duro no tenerte cerca, muy duro. Las distancias son eso que los demás ven como una anécdota, incluso intentan convencerte de que es algo positivo, que desgasta poco del día a día y que cada encuentro es una fiesta en la que no merece la pena ponerse a discutir, y todo junto sólo es un cúmulo de satisfacciones. Nunca entendí ese razonamiento, a mí los kilómetros me aterran. Cada uno de ellos me parece una zancadilla que si bien no es insalvable, es dolorosa y constante. No puedo pensar que los días se suceden sin estar contigo, sólo intento conseguir que vuelen hasta el momento de estar a tu lado, donde entonces ruego, que el tiempo se detenga. Y no lo consigo. Reconozco que me da miedo que me olvides, mucho miedo.

No me engaño, yo sé que para ti no soy lo que tú eres para mí, no es recíproco ni en forma ni en intensidad. Para ti soy algo entretenido, fugaz, apasionante si estamos frente a frente, y para mí lo eres todo. Sonrío con tristeza cuando me doy cuenta de lo injusto del sentimiento. Me gustaría tanto que te sintieras como yo… que te llenaras de amor sólo con pensarme, que el recuerdo de mis caricias te abanicara la ternura, pero sé que no es así. Incluso dudo que mi imagen acuda a tu recuerdo si no me hago notar. Por eso interrumpo tu rutina, por eso me adentro en tu normalidad en forma de mensaje, no quiero dispersarme en la niebla de tu recuerdo.

No sé si podría soportar que se me queden sin cumplir tantos sueños que tengo pendientes de vivir contigo, y que la maldita distancia y nuestras circunstancias me hacen imposible acometerlas con la rapidez que yo quisiera. Es cierto amor, lo quiero todo de ti. Aunque también, a veces, tiemblo al pensar que una vez superados los anhelos pendientes, tengas previsto el final. Me consuela pensar que yo siempre quiero más y que si de mí depende, siempre habrá un momento mágico preparado para ser vivido.

No quiero ponerme triste pensando cosas que me asustan, no quiero pensar en puntos sin retorno, prefiero recordar momentos compartidos. Me afano en repetir en mi imaginación los momentos buenos porque, además, casi no tengo malos a tu lado. No tengo ningún instante que me haga sufrir cuado estoy pegada a ti.

Lo único doloroso respecto a ti, me la procuro sola, soy la única culpable, pero no puedo evitar imaginarte en brazos de otras mujeres o siendo la base de los suspiros enamorados de aquéllas que seguro sucumben frente a ti. Y no puedo hacer nada, las circunstancias son así. Pero me duele pensarlo. No debería hacerlo, pero hay momentos en los que se me atraganta el pavor y sólo viene a mi rescate… la inseguridad.

He osado a veces preguntarte por lo que sientes y siempre has sabido encontrar la palabra adecuada que no te comprometiera del todo, has matizado las frases de la manera correcta para no darme la plenitud de la tranquilidad. A ratos ni siquiera sé si te parezco guapa. Es una tontería, lo sé, me lo has dicho muchas veces, pero le veo cierto perfil de cumplido, de rutina ensayada de hombre de éxito con el sexo contrario, y reconozco que me produce desazón.

Pero yo no quería avivar miedos, ni que éstos sonaran a reproches, yo quería decirte que pasaría la tarde pegada a tu piel y que me dejaría llevar por el amor. Sí, lo sabes, estoy locamente enamorada de ti, sé que no te sorprende. Te diría una y mil veces que te quiero, aunque mis palabras no tuvieran el eco de las tuyas y soñaría con dormir a tu lado aunque sé que la vida nos priva de este privilegio.

Como no puedo hablarte de otra manera, te mando estas letras en las que me he vaciado. Ojalá te hayan estremecido o hayan provocado una sonrisa y un recuerdo. Ojalá al leer, hayas pensado en mí y la distancia se hay hecho más corta que un suspiro.

Te echo de menos. Te necesito. Te quiero.

Temblaba y lloraba. El final de la carta le dejaba sin aire. Era más por el vuelco de la emoción, por como desnudó su alma,  que por el destinatario. Recordaba que la carta le sirvió para desahogarse, racionalizar y comenzar a dar pasos en la dirección opuesta a la que le pedía el corazón. No fue instantáneo casi que no fue queriendo, pero fue el principio. Gracias a esta carta comenzó a abrir los ojos. Gracias a estas letras fue capaz de mirar más allá y encontrar lo que sin saber estaba buscando. La felicidad empezó en esta angustia.

Dejó de llorar y desistió de colocar aquellas cosas. Volvió a meterlo todo de nuevo en aquella caja. Lo haría otro día. En otro momento. Quizás en otra vida. Quizás lo mejor sería tirarlo todo directamente y sin mirar atrás. Tampoco ocuparía más tiempo de su vida en pensarlo. Una voz le interrumpió sus pensamientos…

– Cariño, ¿estás bien?

– Feliz cielo, mejor que nunca…

SIN NORMAS

niña

Quizás cometí el error de no dejarlo claro. Puede que lo cortés no minara mi valentía, pero sí mi contundencia. Jamás pensé que pudiera pasar por nada parecido.

He tardado en descubrirlo. Quizás siempre lo supe, sólo era cuestión de asumirlo. Seguro que nunca es tarde y confío en que jamás nunca sea un para siempre.

No me pongas normas.

No me ates.

No quieras que sea otra persona.

No sigas mis pasos e intentes controlar mi vida.

No hables por mí.

No creas que pienso igual que tú, ni distinto, ni semejante. Prefiero que creas que no pienso, que soy idiota, antes de que quieras poner tus ideas en mi vida.

No me prohíbas nada.

No decidas lo que me conviene, lo que quiero o a quien debo querer.

Déjame libre porque si no, sólo conseguirás que me llene de glamour y te lleve la contraria o ni siquiera eso…