PERDIDA

Sé que estoy un poco perdida. Sé que no es justo que abandone mi escalera como si sus peldaños no fueran parte de mi vida y toda mi historia. Es cierto, está mal lo que estoy haciendo. La cuestión es que me estoy encontrando. Mientras todos los demás me suponen en un lugar gris y sombrío, yo estoy volviendo a ser la de antes. No la niña que fui, que esa siempre vive en mí, no la adolescente rebelde, tampoco la mujer de hace tres meses…estoy encontrando a mi yo más auténtico, moldeado por los años, con algunas cicatrices y más canas…pero una Rocío con menos penas y con más ganas de vivir. Me he encontrado en mensajes lejanos, en los ojos de mis hijas, en páginas pasadas, en abrazos espontáneos, en cafés de medias historias porque sobran los detalles, en olvidos a propósito, en manos tendidas, en mi espejo, en el silencio de mi madre, en cervezas cómplices, en mi propia sonrisa que la había perdido…
Prometo mañana una entrada celebrando la Feria de Abril de Sevilla y desde ya me comprometo a no ausentarme tanto tiempo seguido.
Gracias por la paciencia.

SABER MIRAR

Soy romera. Es el nombre que se le da a los peregrinos que van al Rocío. El Rocío es un lugar donde hay una romería, pero no todo el que va a la aldea del Rocío durante las fechas de la romería, es romero. Que nadie se lleve a engaño, una romería es una celebración religiosa, y como festejo que es…se canta, se bebe y se baila, pero los que somos romeros además rezamos con devoción.Supongo que más adelante, cuando se adentre el mes de mayo en la primavera, cuando el calendario vaya tachando los días, me veré abocada a explicar los sentimientos que me traslada estar allí con Ella, porque para mí es algo inmenso. Lo lleva siendo desde que tenía dos años y eso está ya muy lejos.

Recuerdo de niña, en una aldea sin farmacia, sin tiendas, y con mucha menos afluencia de gente, detalles que aún hoy me ponen la piel de gallina y, en ocasiones, se me ahogan las palabras porque se me atragantan las lágrimas de emoción. Es verdad que soy de emoción acuosa fácil, me lo han recriminado mucho últimamente, pero eso hace que tenga siempre la mirada limpia y a estrenar, sin perjuicios visuales. Entre esos recuerdos está el de una señora que iba a la romería en silencio, era una promesa que le hacía a la Virgen, desde que salía por la puerta de su casa y se montaba en la carriola para hacer el camino, esa mujer no hablaba hasta que volvía a entrar en su casa una semana más tarde. Me parecía imposible.

Yo no soy precisamente una persona taciturna y callada. No están los silencios acompañados de mi presencia. Paso las mayoría de las mañanas solas y lo más normal es que esté cantando, leyendo en voz alta, o hablando por teléfono. Estar como aquella señora sería para mí un imposible, pero siempre he pensado que si pasara algo grave y tuviera que hacer una promesa, sería esa sin duda la que elegiría. Estar hablando no me impide observar. Será que es lo común o que yo puedo hacer dos cosas a la vez, pero lo cierto es que intento que no se me escape nada, sobre todo si estoy viendo cosas especiales.

Hay veces que lo que veo no lo puedo procesar hasta más tarde porque me he quedado tan impresionada que me falta reacción para poder abarcar la grandeza del momento. Sé que soy capaz de saber que es especial, intento quedarme con todos los detalles y luego, en reposo, lo analizo. No es algo cartesiano, es que me gusta recordar las cosas buenas (y también las malas) para tener más tiempo para disfrutarlas.

Ayer la vida me colocó en un sitio donde los ojos físicos y emocionales no me daban abasto. Casi me dejó muda, casi,  aunque luego saliera un torrente de palabras y risas, pero eso fue después. Hubo detalles infinitos que me acompañaran toda mi vida, aunque me quedo con el momento de un hombre grande, en todos los sentidos,  que miraba desde la bondad infinita y me quedo con la mirada de mi mirada.

Y esta mañana he llegado a una conclusión que parece insulsa y vacía, pero que para mí no lo es, quizás por el trasfondo que tiene para mí el darle valor a los pequeños detalles. Mi razonamiento termina en que me gusta observar  y mirar, pero también me gusta la gente que sabe mirar porque ver lo puede hacer casi cualquiera, pero mirar se hace con el corazón y eso lo saben hacer pocos.

BESOS EN LA FRENTE

Yo tengo una teoría que no sé si es cierta y he estado comentándola en estos últimos días y me han intentado convencer de que mi teoría es errónea. No es que yo sea cabezona, que lo soy, pero es que creo que mis argumentos son sólidos y están bien razonados.

Me sucede como aquél señor mayor que conocí en un pueblo de la serranía de Ronda siendo yo adolescente. El hombre estaba sentado en la puerta de su casa en una silla de madera y enea, sólo, dispuesto  a tomar el fresquito de la tarde cuando por fin el sol empezaba a desaparecer entre las montañas, allí tejía esparto. Yo no sabía lo que era y le pregunté, me explicó que era para hacer unas espuertas (capazo) pero que también valía para hacer la suela de las “andalias” y matizó…se llaman andalias porque son para andar. Fin del razonamiento, contundencia absoluta, no hay más preguntas señoría, se acepta la moción.

Puestos a aceptar idioteces la Real Academia de la Lengua, institución a la que le he perdido todo el respeto que pudiera tenerle y no era poco, yo creo que “andalias” debería ser aceptado porque está perfectamente razonado el uso y disfrute del vocablo.

Pues bien, como ya he contado más de una vez, parte de mi familia procede de Gibraltar y mi abuela estudió en un internado (para señoritas) allí, con las monjas irlandesas, la mandó su madre que era mi bisabuela que también tenía británicos modales. Es por eso que en mi casa se celebra San Patricio, porque era el patrón del colegio de mi abuela. Hay muchas cosas que se han quedado en la familia de aquel saber estar, e incluso en más de una ocasión nos los han hecho notar británicos de alta gama, como los coches de lujo. Sin embargo hay cosas que hemos ido perdiendo, y creo que para bien, entre esa manera de ser estaba la de una cierta contención en las muestras de afecto, era algo cariñoso pero sin excesos, no había grandes abrazos, ni besos, no es que no se quisieran…es que no lo demostraban así.

En contraprestación mi abuelo me daba mil besos, achuchones, mimos y caprichos.

Me consta que mi abuela me quiere mucho y yo más aun a ella, pero la matriarca me ha dado un beso el día de mi Primera Comunión, otro cuando fue mi confirmación, el día de mi boda y cuando nació mi hija mayor (su bisnieta primera), también me dio un beso otro día sin razón alguna, me quedé de pie en mitad del salón sin saber que hacer ni si pasaba algo que yo no sabía, todavía me pregunto por qué. Todos esos besos me los dio en la frente. Los pocos que recuerdo de mi bisabuela también fueron en la frente.

Pues bien, mi teoría es que los besos en la frente son de persona mayor, de contención en el afecto (o de ausencia de éste quizás, eso no lo tengo tan claro), son besos para enfermos, y de despedidas para siempre. El beso en la frente, que si es de pie tiene más sentido si la persona que lo da es más alta que la persona que lo recibe, a mí me deja muy mal cuerpo, me da pena, me llena de congoja, es como si estuviera en el lecho de muerte, como si ya fuera el fin de todo, como si no hubiera más oportunidades ni esperanzas. Yo no sé si estoy condicionada por los británicos modales de mis antecesoras, es cierto que los de ellas no me resultaron ni me resultarán tristes, pero cuando me dan un beso en la frente siempre pienso que me están diciendo adiós…y eso, no tiene vuelta atrás.

LA EXCURSIÓN

Ayer mi hija pequeña, que ya no lo es tanto, fue de excursión. Las excursiones de ahora no son como las que hacíamos nosotros en la egebé, primero porque yo nunca llegué fuera del horario escolar y segundo porque ahora existen los grupos de madres de Whatsapp, esos que te pasas todo el curso odiando fuerte y que no saber como huir de él, esos con los que te reconcilias los días en los que salen de viaje porque te van dando la tranquilidad absoluta de que los niños están bien, mandan fotos y van avisando si tienen algún retraso sobre la hora prevista de recogida.

Hubo retraso, nos avisaban cada rato de que estaban cerca, pero había inquietud. Era ilógico tener ese sentimiento de preocupación pero había corrillos de padres bromeando con nervios sobre si nos los iban a devolver o no, sobre si se iban a quedar a vivir en el cole, sobre si ya los recogíamos mañana a las dos. Todo muy distendido, muy jocoso, pero con el trasfondo de ansiedad reflejado en los ojos que iban una y otra vez a las pantallas de los móviles.

Llegaron y hubo suspiro de alivio, risas y carreras a casa que era tarde y venían cansados y sucios como para entrar en la lavadora con prelavado. Camino a casa a velocidad intensa porque empezaba el partido de Champions del Real Madrid -hay cosas que son sagradas- me imaginé esa situación sin saber nada desde las nueve de la mañana y con un regreso al centro con hora y media de retraso, creo que me hubiera dado un ataque de nervios.

Por mucho que quiera controlar mis pensamientos negativos, mis historias paralelas, cuando están mis hijas por medio dejo de ser racional. Nada me asusta más que sufran o les ocurra algo. Yo no era tan cobarde, no es que fuera una niña intrépida y nerviosa, tampoco una adolescente demasiado arriesgada y problemática ( un poco sólo y creo que se notaba más porque había sido una niña muy buena), pero me he convertido en una madre miedosa. Sé que no debo trasladarlo y disimulo todo lo que puedo, intento que mis miedos no les pasen a ellas, y como en el anuncio de Hemoal, sufro en silencio.

Cuando estoy sola en casa soy capaz de cualquier cosa, duermo profundamente y hasta me dejé un día las llaves por fuera de la puerta. Cuando están ellas cierro todas las puertas y ventanas como si fuera Alcalá Meco y duermo en un entresueño profundo y alerta, no tiene mucho sentido porque ya son mayores, saben pedir ayuda, pero no soy capaz de dejar de tener un piloto mental encendido, “por lo que pueda pasar”.

No sé que cosas pueden pasar, la estadística (esa gran mentira) me dice que lo usual es que no pasen cosas graves, que no tiene que pasar nada malo, que llevan muchos años a mi lado  y, gracias a Dios, no ha sucedido nada, pero no lo puedo remediar. No soy una super madre, estoy llena de defectos y de errores, eso lo tengo clarísimo, pero cada vez valoro más que sean independientes y sigan su ritmo, jamás les he leído el diario o me he inmiscuido en sus conversaciones de whatsapp, sigo intentando ser madre sin ser amiga, tener su confianza sin imponérsela, y no dejar de lado que tengan unos mínimos de educación y valores en los que reconozco que me vuelvo más madrastrona, pero lo que no puedo evitar es el miedo irracional a que les pase algo y yo no pueda salvarlas.

TRADICIONES Y VOLANTES

Hay tradiciones andaluzas que  no se dan en todas las casas, como supongo que no todos los catalanes bailan sardanas y habrá gallegos que no se emocionen con una gaita. Las tradiciones que llevan aparejada una emoción además. Yo sólo he visto emoción conjunta cuando los norteamericanos cantan su himno y supongo que será porque no veo a los que las barras y estrellas no les pone la piel de gallina, la mano en el pecho y en pie.

La emoción de esos pequeños rituales que aparecen cada cierto tiempo tiene que ver más con nuestro recuerdo, el propio y el que vamos creando, que con la exaltación de la tradición en sí. Al menos así es en mi caso, donde desde que me convertí en cabeza de familia fui siendo consciente de que formo parte del recuerdo, también tradicional, de mis hijas. Así lo hizo mi madre conmigo porque guardo, por ejemplo, el recuerdo de ella aceptando que con el dinero de mi Primera Comunión me comprara un traje de flamenca, o cuando llegaba el momento… cuadrándome cual miura y entrando a matar, horquilla en mano, para que la flor no se moviera de su sitio. Eso mismo y con mayor intensidad, tanta que aún me encojo si lo pienso, sucedía cuando en Semana Santa mi madre recuperaba la tradición de mi abuela y me vestía de mantilla. Hay que tener en cuenta que yo, aunque esperé a la protocolaria mayoría de edad para vestirme,  lo hacía en Algeciras y allí con el viento o aseguras bien peina y mantilla o aparece en el Perejil. Me consta que hay casas donde esos momentos de intimidad y familia se viven con un traje de nazareno o las ropas de un costalero.

Tradición en mi casa pueden ser los dulces de Navidad, la mañana de Reyes, el día del Carmen bendiciendo las aguas de la bahía montada en un barco, el himno a San Patrick a pleno pulmón el diecisiete de marzo, pero poco a poco he ido añadiendo las mías y se une la Final del Carnaval del Falla en el sofá, la romería del Rocío, el regalo del día del libro, el desfile de las Fuerzas Armadas en la televisión el doce de octubre y muchas más.

Algunas no son tan festivas o lo son en menor medida. Para mí es tradición el planchar volantes con compás y es a lo que me dedico en estos días, tres mujeres en una casa y un vicio que intento complacer. Así se me puede encontrar hasta a finales de mayo, que cuando acaba la Feria hay que lavar trajes y volver a empezar que viene la romería. A mí me gusta ver mi casa completamente desordenada por un montón de trajes colgados por todas partes, cajas llenas de flores de colores y flecos a los que se le pide bajito que no se enreden.

Hasta en los momentos en los que está la situación negra, o gris oscuro, cuando se me estrangula el corazón y se me queda suspendido el suspiro sin poder terminar de salir porque lo ahogan las lágrimas,  yo me arremolino entre telas de colores y lanzo las manos al viento y parece que consigo darle luz a lo que me angustia, por raro que parezca. Y me consuela mi primer traje blanco, rojo y azul, y el blanco de lunares rosas que vino después, y el que me compré blanco y turquesa, y el negro y verde agua que me hizo mi madre cuando ya era adolescente o el blanco entero. También el rojo con lunaritos blancos que tuvieron mis hijas, el primero y que aún está guardado en el trastero. Todos los demás, de ellas y míos ( ahora que hasta los comparto con mi hija mayor, es una tradición nueva, tremendamente emotiva) son volantes que me cobijan y me dan una alegría inexplicable pero cierta…

Hoy el día está gris y empieza a faltarme el aire, mejor me pongo a planchar volantes verdes con encajes beige…

(A quien me definió como muy andaluza sabiendo el regalo que me hacía)