SABER MIRAR

Soy romera. Es el nombre que se le da a los peregrinos que van al Rocío. El Rocío es un lugar donde hay una romería, pero no todo el que va a la aldea del Rocío durante las fechas de la romería, es romero. Que nadie se lleve a engaño, una romería es una celebración religiosa, y como festejo que es…se canta, se bebe y se baila, pero los que somos romeros además rezamos con devoción.Supongo que más adelante, cuando se adentre el mes de mayo en la primavera, cuando el calendario vaya tachando los días, me veré abocada a explicar los sentimientos que me traslada estar allí con Ella, porque para mí es algo inmenso. Lo lleva siendo desde que tenía dos años y eso está ya muy lejos.

Recuerdo de niña, en una aldea sin farmacia, sin tiendas, y con mucha menos afluencia de gente, detalles que aún hoy me ponen la piel de gallina y, en ocasiones, se me ahogan las palabras porque se me atragantan las lágrimas de emoción. Es verdad que soy de emoción acuosa fácil, me lo han recriminado mucho últimamente, pero eso hace que tenga siempre la mirada limpia y a estrenar, sin perjuicios visuales. Entre esos recuerdos está el de una señora que iba a la romería en silencio, era una promesa que le hacía a la Virgen, desde que salía por la puerta de su casa y se montaba en la carriola para hacer el camino, esa mujer no hablaba hasta que volvía a entrar en su casa una semana más tarde. Me parecía imposible.

Yo no soy precisamente una persona taciturna y callada. No están los silencios acompañados de mi presencia. Paso las mayoría de las mañanas solas y lo más normal es que esté cantando, leyendo en voz alta, o hablando por teléfono. Estar como aquella señora sería para mí un imposible, pero siempre he pensado que si pasara algo grave y tuviera que hacer una promesa, sería esa sin duda la que elegiría. Estar hablando no me impide observar. Será que es lo común o que yo puedo hacer dos cosas a la vez, pero lo cierto es que intento que no se me escape nada, sobre todo si estoy viendo cosas especiales.

Hay veces que lo que veo no lo puedo procesar hasta más tarde porque me he quedado tan impresionada que me falta reacción para poder abarcar la grandeza del momento. Sé que soy capaz de saber que es especial, intento quedarme con todos los detalles y luego, en reposo, lo analizo. No es algo cartesiano, es que me gusta recordar las cosas buenas (y también las malas) para tener más tiempo para disfrutarlas.

Ayer la vida me colocó en un sitio donde los ojos físicos y emocionales no me daban abasto. Casi me dejó muda, casi,  aunque luego saliera un torrente de palabras y risas, pero eso fue después. Hubo detalles infinitos que me acompañaran toda mi vida, aunque me quedo con el momento de un hombre grande, en todos los sentidos,  que miraba desde la bondad infinita y me quedo con la mirada de mi mirada.

Y esta mañana he llegado a una conclusión que parece insulsa y vacía, pero que para mí no lo es, quizás por el trasfondo que tiene para mí el darle valor a los pequeños detalles. Mi razonamiento termina en que me gusta observar  y mirar, pero también me gusta la gente que sabe mirar porque ver lo puede hacer casi cualquiera, pero mirar se hace con el corazón y eso lo saben hacer pocos.

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