LA EXCURSIÓN

Ayer mi hija pequeña, que ya no lo es tanto, fue de excursión. Las excursiones de ahora no son como las que hacíamos nosotros en la egebé, primero porque yo nunca llegué fuera del horario escolar y segundo porque ahora existen los grupos de madres de Whatsapp, esos que te pasas todo el curso odiando fuerte y que no saber como huir de él, esos con los que te reconcilias los días en los que salen de viaje porque te van dando la tranquilidad absoluta de que los niños están bien, mandan fotos y van avisando si tienen algún retraso sobre la hora prevista de recogida.

Hubo retraso, nos avisaban cada rato de que estaban cerca, pero había inquietud. Era ilógico tener ese sentimiento de preocupación pero había corrillos de padres bromeando con nervios sobre si nos los iban a devolver o no, sobre si se iban a quedar a vivir en el cole, sobre si ya los recogíamos mañana a las dos. Todo muy distendido, muy jocoso, pero con el trasfondo de ansiedad reflejado en los ojos que iban una y otra vez a las pantallas de los móviles.

Llegaron y hubo suspiro de alivio, risas y carreras a casa que era tarde y venían cansados y sucios como para entrar en la lavadora con prelavado. Camino a casa a velocidad intensa porque empezaba el partido de Champions del Real Madrid -hay cosas que son sagradas- me imaginé esa situación sin saber nada desde las nueve de la mañana y con un regreso al centro con hora y media de retraso, creo que me hubiera dado un ataque de nervios.

Por mucho que quiera controlar mis pensamientos negativos, mis historias paralelas, cuando están mis hijas por medio dejo de ser racional. Nada me asusta más que sufran o les ocurra algo. Yo no era tan cobarde, no es que fuera una niña intrépida y nerviosa, tampoco una adolescente demasiado arriesgada y problemática ( un poco sólo y creo que se notaba más porque había sido una niña muy buena), pero me he convertido en una madre miedosa. Sé que no debo trasladarlo y disimulo todo lo que puedo, intento que mis miedos no les pasen a ellas, y como en el anuncio de Hemoal, sufro en silencio.

Cuando estoy sola en casa soy capaz de cualquier cosa, duermo profundamente y hasta me dejé un día las llaves por fuera de la puerta. Cuando están ellas cierro todas las puertas y ventanas como si fuera Alcalá Meco y duermo en un entresueño profundo y alerta, no tiene mucho sentido porque ya son mayores, saben pedir ayuda, pero no soy capaz de dejar de tener un piloto mental encendido, “por lo que pueda pasar”.

No sé que cosas pueden pasar, la estadística (esa gran mentira) me dice que lo usual es que no pasen cosas graves, que no tiene que pasar nada malo, que llevan muchos años a mi lado  y, gracias a Dios, no ha sucedido nada, pero no lo puedo remediar. No soy una super madre, estoy llena de defectos y de errores, eso lo tengo clarísimo, pero cada vez valoro más que sean independientes y sigan su ritmo, jamás les he leído el diario o me he inmiscuido en sus conversaciones de whatsapp, sigo intentando ser madre sin ser amiga, tener su confianza sin imponérsela, y no dejar de lado que tengan unos mínimos de educación y valores en los que reconozco que me vuelvo más madrastrona, pero lo que no puedo evitar es el miedo irracional a que les pase algo y yo no pueda salvarlas.

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