DESVIRTUALIZAR

Comentaba el otro día con una amiga, mientras mediaban cafés con leche de por medio y suspirábamos por no tener obligaciones (y coche) que nos impidieran tomarnos una copa, que las relaciones personales siendo las mismas de toda la vida, han evolucionado de una manera que nos hace pasar por situaciones desconocidas o, cuanto menos, novedosas.

El primer encuentro con una persona que has conocido por la red, sea con una intención sentimental o de pura amistad, lleva aparejado una excitación que no deja de ser curiosa. Es cierto que antes había matrimonios concertados y se conocían dos días antes de la boda, pero eso ocurría en pocas ocasiones y hasta entonces no dejaba de ser algo llamativo. Hablamos de encuentros por voluntad propia, no de niñas de diez años casadas a la fuerza en un país musulmán con un señor de sesenta. Hablamos de “desvirtualizar”.

Cuando quedas con un grupo de personas con las que has hablado hasta el infinito en las redes, la sensación es la de llegar a un colegio nuevo. No conoces a nadie, estás nerviosa, casi que tienes que presentarte con tu nombre y apellidos, es todo emocionante, y sin embargo sabes que vas a estar cómoda porque se repiten los parámetros de todos los grupos, y en este caso además los conoces ya. Lo que falla es que no vas con uniforme, te has pasado horas eligiendo lo que mejor te sienta, lo has pensado y repensado, estás dando tu mejor imagen, y quien diga lo contrario miente como un bellaco.

Antes de que los móviles, la cobertura, el 3G, el Facebook y el Tuiter hicieran hueco en nuestras vidas, sucedía algo parecido cuando quedabas con alguien por primera vez. El paso previo ya lo tenías, había habido un acercamiento previo, generalmente rodeada de tus amigas que te infundían valor y protección, un corrillo dispuestas a lo que hiciera falta para apoyarte en el duro trance de que te pidieran el teléfono o quedaran contigo al día siguiente por la tarde. ¡Qué momento aquel! Reconozco que cuando vi el monólogo de Dani Rovira -el de antes-  de “¿Quieres salir conmigo?”  estuve riéndome el infinito por recordar ese odioso momento, me vi reflejada al otro lado. Odioso pero feliz. Era todo complicadísimo entonces, sólo te pasaba lo mejor o lo peor, no había matices. Yo me recuerdo, adolescente, insegura, llena de complejos (vamos, como ahora pero con menos años) planteándome no sólo el qué me pongo, si no pensando fríamente en aparecer con mi normalidad más absoluta, sin buscar lo que realzara mis puntos positivos, para así desilusionar desde el primer momento a quien tuviera delante. Sí, desilusionar, que a mí no se me iba a perder un segundo de mi vida en pensar que me podía ir mal y no gustar.

Conocer a ciegas no deja de ser algo bonito. No tienes estímulos previos, no hay condicionantes físicos y sin embargo sabes que quieres a esa persona, o que te cae bien, o que es muy divertida. Sobre el papel, nada puede salir mal. En ocasiones, te presentan a uno de tus mejores amigos, en un bucle paradójico, como cuando teníamos esos pen-Friends, sólo que más inmediato y continuo. Hay personas con las que hablas a diario mucho más que si las tuvieras cerca.

Lo que es innegable es que es mucho mejor, una vez superados los nervios, el trance, el momento del impacto visual, tener a alguien a quien abrazar, besar, coger de la mano o sentirla caminando a nuestro lado o con quien cervecear sin complejos y con total complicidad porque total…es cierto…lo conoces como de toda la vida

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PUDE…

Dijo Neruda en su reconocido poema XX, quizás esa doble equis era un presagio de femeninas formas para que se convirtiera en un himno al amor, que podía escribir “los versos más tristes esta noche”. Una noche, cualquier noche, supongo, a poco que “la noche esté estrellada y los astros tiriten”, o porque la echó de menos y a sus besos. En ocasiones sólo es necesario que un pequeño estímulo para que se desencadene la tormenta. El efecto mariposa a veces llega de lugares remotos, de conductas cercanas, de momentos fallidos.

En esta mañana de frío, nubes y con la humedad calando hasta los huesos, yo podría escribir versos, pero seguro que servirían sólo para masacrar palabras. También podría pararme a dibujar con letras lo que de verdad me nace de dentro, lo que anida ahí, entre preguntas sin respuestas y razones de peso, entre la cabeza sensata y el corazón perplejo. Podría, tengo el estímulo perfecto, pero no lo haré. No lo hice nunca, ni creo que lo haga jamás, entendiendo por jamás el deseo de ser firme en mis convicciones. Hay otras veces que mis jamás se disipan rápido, duran a penas un instante, y luego me arrepiento o lo lamento, pero eso no tiene nada en común con esto, son nuncas de plastilina.

Podría contar que anoche, deseando que acabara el día y presa del desencanto, conseguí ilusionarme con un libro de Ana María Matute, “Luciérnagas”, y puedo decir que los cinco primeros párrafos son de una belleza que me erizó la piel, me hizo olvidar cualquier preocupación o daño y sobre todo me sentí como cuando era pequeña y leía sin descanso mientras los demás dormían la siesta, con el calor de la playa aún en la piel, y con la imaginación preparada para volar, casi feliz. Me sentí tan bien, que asustada porque pudiera cambiar el estilo o el nivel de aquella maravilla que estaba leyendo, cerré el libro muy rápido y con esa dulzura en los ojos conseguí dormir. ” El día estaba lleno de oro, de un oro ardiente que inundaba los ojos, la boca”. Es difícil de superar.

He estado tentada de poner una foto que reivindicara mi estado de ánimo ayudada por un pequeño texto, pero entre que debo pedir permiso para utilizarla y que tengo un dolor de cabeza que me hace difícil hasta respirar, lo he dejado para más adelante, quizás mañana. En realidad no sé que sería de mi vida si no pudiera pensar que hay un mañana que me deje solucionar todo lo que no me apetece arreglar hoy. Para todo lo demás soy impaciente, inquieta, casi infantil.

Pero lo que sí quería aprovechar, como hice en años anteriores, aunque quede redundante, es reivindicar el derecho de los padres, esos que quieren ejercer y no les dejan, esos que son tan importantes como las madres, a los que les exigieron un compromiso diario y que, por desencuentros de pareja, se ven relegados a fines de semana alternos. Quienes sufren de verdad son los hijos, que nadie piense que apartándolos de su vida les hacen un favor.

Y en realidad, hoy no me cabían más palabras que las que se me están estrangulando justo al principio del alma. Estoy abusando de vuestra comprensión y vuestra paciencia. Perdonadme una vez más. Pude escribir….pero no me sale

LECCIONES BÁSICAS EN FEMENINO (I)

Durante varios capítulos intenté dar unas “Lecciones básicas” sobre los hombres. Esto me llevó más de una reprimenda y, sobre todo, a una vorágine de polémica que en el fondo me gusta muchísimo. Reconozco que no seguí por una mezcla de cobardía y aburrimiento, pero a poco que se me cruce el cable o me lo soliciten con insistencia, volveré a las andadas. Que a mí me tocan las palmas y me dejo llevar con una facilidad pasmosa.

Pero hay también hay que ser autocrítica, sincera y enredarse en la bandera de la honestidad. Ha llegado el día en el que las “Lecciones básicas” sean sobre nosotras, mujeres. No sólo hablo en primera persona si no que lo haré en nombre de todas aquellas que -con o sin alcohol de por medio- fueron capaces de sincerarse y además yo estaba delante para tomar notas mentales. Por supuesto también cuento con la opinión de ellos.

Lo primero que hacemos mal, muy mal, rematadamente mal, es intentar entrar en las cabezas masculinas. Es un error de primero de relación hombre-mujer pensar por ellos. Y lo hacemos. Hay que reconocerlo, cuál de nosotras no se ha sorprendido diciéndose: “seguro que piensa que…”, “a lo mejor está esperando que yo diga que…”, “le da vergüenza decírmelo pero seguro que quiere irse ya”… Y la más temeraria de todas esas reflexiones que tenemos usurpando la mente del varón, cuando a nosotras mismas o a la oreja confesora que tenemos cerca le decimos: “yo creo que pasa de mí, o tiene miedo al compromiso, o lo que toque”. En ese “yo creo” está el demonio que nos hace tambalearnos, y la culpa es sólo nuestra.

El segundo error, común y no por ello menos vertiginoso, es cuando interpretamos los mensajes o las conversaciones. Queridas mías, sé que es difícil, a veces casi imposible, pero no analicéis cada mensaje que aparece en vuestro móvil, en el correo electrónico, en las redes sociales. Intentadlo por duro que sea, ofreced resistencia hercúlea cuando os veáis tentadas a repasar las conversaciones que habéis tenido y, en vez de disfrutadlas, las desmenuzáis como si fuera una merluza para ensalada. El varón ha dicho lo que ha dicho, ya está, nada más, no le busquéis tres pies al gato.

Esto me lleva a enlazar con el tercer error. Pensamos de más, le damos mil vueltas a las cosas, las mareamos, rehogamos, flambeamos y hasta las carbonizamos de tanto empeño que ponemos en mirar las cosas desde tres mil ángulos distintos, con trescientas hipótesis diferentes, cambiando las variables para llegar al punto de origen, eso sí, cansadas, exhaustas, y si encima los hemos hecho partícipes, ellos están mareados a la par que cabreados…y con razón. Conclusión: No pensar.

Y entonces llegamos al siguiente punto, ante la desesperación del varón -por este u otro tema- avanzamos sin remedio hacia nuestro momento estelar de “drama queen”. Con un poco de suerte este drama lo pasamos en silencio, como las hemorroides. Sufrimos una barbaridad, y casi al cien por cien, de manera innecesaria. En ocasiones nuestro ataque de tragedia lo compartimos con una amiga que por supuesto se solidariza con nosotras, que para eso están las amigas y para todo lo demás Master Card. Pero, y aquí ya viene el error garrafal, si hacemos partícipe al ínclito varón de nuestro drama inútil…os aviso, sólo puede acabar en tragedia. Yo ya os lo he dicho, allá vosotras.

Por pinganillo me apuntan que las mujeres somos muy preguntonas, que hacemos una infinidad de preguntas que ríete tú del Mossad, con esto amigas mías, solo se crea desasosiego y se cultiva una sensación desconfianza que es lo que más daño puede hacer. Yo reconozco que soy poco de hacer interrogatorios, odio dar explicaciones así que las pido poco o nada.

Por último os pido, no queráis que piensen como vosotros, no esperéis que reaccionen como vuestra imaginación quiere que lo haga, a lo mejor no es de decir cosas bonitas, o de tener detallitos románticos, pero eso no significa que no os quiera. No pasa nada por hacerle saber que os gustan, pero controlad el nivel de indirectas, dejan de serlo a la tercera…

Yo, como me veo reflejada en muchos de estos fallos, con esto ya tengo tarea por delante… El tema da para más, volveré en otra ocasión, por lo pronto empiezo mi acto de contrición…

ACANTILADOS DE PESADILLA

Hoy es uno de esos  días en los que se me pone cuesta arriba escribir. Me planto delante de la hoja en blanco y no tengo claro ni de que hablar ni que decir. Intento mantener un cierto nivel, ni mejor ni peor pero el mío propio, y con eso ir dejando regado de gotas la escalera. Las gotas siempre fueron de Nervocalm, como saben los seguidores más antiguos, que es aquella medicina que recetaban sin tapujos en las tiras de Mafalda. Yo creo que desde que le quité el apellido al blog, no perdió la esencia, pero ganó en otras definiciones de líquido acuoso, sobre todo de lágrimas. Y las lágrimas pueden deberse a infinidad de causas.

Una noche difícil deja las ideas un poco embotadas, como si vivieran en una habitación acolchada para personas con problemas mentales, y aunque queden rastros de una inquietud nocturna, me esfuerzo en sonreír, estar animada y aferrarme a las cosas que me pueden hacer feliz. No hay milagros.

Sé que el tiempo que he dormido, ayudada por la química, he soñado. A eso de las cinco de la mañana me desperté de un salto porque las pesadillas habían llegado a asustarme. Es triste despertar aterrada y que no haya nadie para consolarte, la ventaja -por pensar en positivo- es que no había tormenta, en cuya caso el pánico me habría desbordado.

La verdad es que no lo recuerdo muy bien, tengo un bloc de notas en la mesita de noche para escribir lo que sueño o las ideas que me surjan, pero fui incapaz de moverme, me escondí al fondo de la cama, me tapé hasta la cabeza, e hice como cuando era pequeña, pensar las cosas más bonitas que se me pudieran ocurrir para ahuyentar el regusto que me había dejado esa pesadilla.

Sé que iba caminando sola por un sendero, cerca de un acantilado, estaba todo muy verde y tenía cierta semejanza al camino que hacía de adolescente desde la casa de mis amigas al Faro. Se parecía pero no era igual. También podría ser el acantilado donde fue juzgada y decapitada Milady de Winter, la bella mujer perversa -y siempre admirada por mí- de “Los tres mosqueteros”. O aquellos acantilados de Dover tan filmográficos. Era el perfil de una costa cualquiera, quizá irlandesa, gallega o inglesa. Yo iba asustada, intentando no tropezar, ver bien por donde pisaba, pero la niebla me cubría. Tenía frío y el pelo mojado de la humedad. El atardecer estaba acabando y yo tenía prisa por llegar, donde fuera que fuese, para que no me atrapara la noche. Pero caí, noté mi cuerpo ingrávido y asustado, el corazón se me puso a mil, lo siguiente que notaba era el viento en mi cara y el sonido de una lancha rompiendo las olas. Un sonido como de contrabandista cruzando el Estrecho. Se supone que estaba a salvo, pero para entonces ya volvía estar despierta, aterrada y sudando.

Si alguien sabe o que significan los sueños estaría bien saberlo, aunque tampoco soy muy de creer en esas cosas.

Al final lo que queda de anoche es que he podido pasar por aquí y dejar parte de mí como hago a diario, esta vez la más íntima, la del subconsciente, ya queda poco que no se conozca de mí. Siempre hay recovecos, pero son pocos. Gracias por la paciencia de los días menos claros…

PIROPO DE ROTONDA

La rutina es, in my humble opinion -que diría mi abuela-, aquello que se aborrece hasta que falta y se echa de menos. Hay auténticos hooligans de las vidas monótonas que sueñan en silencio con vidas llenas de aventuras, pero la cobardía o las circunstancias les cortan las alas. Hay quien se pasa la vida esperando el día con la bayoneta cargada, sin saber que va a venir, que sueñan con una racha de normalidad, sofá y mantita. Y luego estamos el grueso -que no gordo- que cuando llevamos una racha de días iguales estamos deseando que todo cambie y de un vuelco, los mismos que cuando se van acabando las vacaciones empezamos a desear un poco de orden en nuestras vidas.

Mi rutina la marca el curso escolar de mis hijas, hay cosas que se hacen con puntualidad británica con ganas o sin ganas porque así está establecido y no se puede uno zafar ni queriendo, todo lo más arañar unos minutos al reloj para sentir el vértigo de la impuntualidad y sus consecuencias, o ganar tiempo para ir paseando a los sitios.

Yo todos los días cruzo por una rotonda mínimo cuatro veces, una a las ocho y media de la mañana y la vuelta un poco más tarde, y la otra a las dos y diez con la vuelta ligerita que hay que comer, aunque siempre es según tráfico. En este último viaje por el paso de cebra siempre veo a “mi yonkie”, ni es mío ni sé a ciencia cierta si es yonkie, pero tiene esa estética desgastada y delgada de los años ochenta. Se parece a Antonio Vega. Es ese tipo de hombre delgado, solitario, con el pelo algo raído y más largo por detrás, de pantalones estrechos y camisetas enormes. Es el prototipo de “tirao”. Sin embargo siempre va limpísimo incluso cuando lleva unos vintage pantalones blancos, refulgen más que el sol. Supongo que detrás hay una madre que se ocupa de él, no creo que trabaje, tampoco lo sé, pero tiene más pinta de cobrar alguna paguita que de doblar el lomo. Está siempre sentado en un banco, con las gafas de sol puestas y mirando su móvil y cuando yo paso ya se está fumando su porrito, me mira y no me dice nada. Cuando no está, me preocupo. Así todos los días del curso.

Por las mañanas es más divertido. Debe ser que el ingenio está más fresco, o las ganas, o el café recién tomado. Hoy por ejemplo me han dicho un piropo, un guapa asomado por una ventanilla de un coche que esperaba a que yo llegara al otro lado de la acera, a esas horas de lunes, sin maquillaje alguno (a carita lavá), con gafas y rodeada de nubes, ese piropo es un regalo valiosísimo digan lo que digan las feministas.

Hubo un día que un chaval me piropeó cuando yo empezaba a cruzar, no fue obsceno ni desagradable -que de todo hay-, en cuanto pudo aceleró y casi me vuelvo para acordarme de su familia y las generaciones venideras porque pasó rozándome, pero entonces comprobé que lo que había hecho para dar la rotonda a toda velocidad y así volver a estar en el paso de peatones mientras yo cruzaba…y volver a decirme un “a la segunda eres más guapa todavía” . Volvió a dar la rotonda y se fue…Con hombres así por fuerzas te tienes que reír.  Por muy digna que quieras parecer, al final sonríes y qué demonios, te han alegrado y además gusta que hay de malo por hacerlo saber…

La nueva versión de mi vida es que me piropeen en plural porque mi hija viene conmigo. Eso de primeras no es fácil de aceptar, sale una leona de dentro que quiere cuidar a sus cachorras, por mucho que sepa que es preciosa y lo merece, o crea que es un halago inocente, la verdad es que entran ganas de liarse a zarpazos, luego soy consciente de que el tiempo pasa y es lo más normal del mundo, pero ese piropo a mí se me atraganta.

Tampoco me gustó nada, y me dio hasta cierto miedo, el día que me hicieron una foto. Supongo que es legal, pero no deja buena sensación. No apetece sonreír por mucho que lo que digan sea bonito, en teoría.

No es que estén todo el día diciéndome cosas, que no hay para tanto, pero es que cruzo muchas veces y voy andando  a todas partes. Cierto es que dentro de la rutina es un lujo que te la rompan un poco a base de decirte cosas bonitas y para eso mi rotonda es una maravilla…