TALLÓN Y ONETTI

Perseguir a un hombre está muy mal visto desde tiempos inmemoriales y ahora empieza a estar mal visto que un varón beba los vientos, ergo, siga la senda de una mujer. El romanticismo se pierde en el universo de las individualidades a respetar y en los derechos civiles. Algún día quizás veamos que es un error, o por el contrario lo consideraremos un gran avance.

Yo reconozco que he perseguido a un libro. Lo necesitaba más que nada en ese instante y me nació una urgencia inexplicable. No es que mi estado normal sea el de un remanso de paz, todo lo contrario, es que este libro adelantó a todos mis libros soñados, que son los tengo apuntados en un papel que intento no perder, para que formen parte de mis estanterías después de haber dejado su impronta, buena o mala, tras haberlos leído.

Me negué a leer reseña alguna y me prohibí imaginar el contenido a través de su título. Tampoco es que pudiera adivinarse mucho: «El váter de Onetti», el autor Juan Tallón. Lo dejé ahí latente. Quería leer sin referencias, sin pulso ajeno. Sigo su blog, consigo leer sus artículos y ya había reído con el «Manual de Fútbol», prometía. Esperaba encontrarme lo que ya conocía sólo que esta vez me parecía un trabajo más grande al que prestarle incluso más atención. Puestos a aprender que sea de autores con sello identitario.

El autor no deja de ser un gallego de los que han copado el panorama editorial en España desde hace bastantes años, eso sí, con todo el derecho. Y lo de la procedencia lo digo como adjetivo calificativo positivo. A mí me llegó por un regate y una prórroga del Mundial de Brasil, ese en el que perdimos todo, pero en el que yo gané un autor porque lo hice mío. Literariamente hablando. Claro.

Al final, después de mirar por todos los cauces que estaban en mi mano desde mi castillo y conociendo lo escueto de mi presupuesto, asumí que tendría que armarme de una paciencia que no tengo. Pero la vida a veces se pone el traje de la generosidad y me llegó el libro a mi buzón y firmado por su autor. Jamás publicaría una dedicatoria de un libro, soy una auténtica devota del secreto de confesión de la página número 5, pero sonreí.

El libro llegó hace tres días, y por un cúmulo de sucesos nada habituales, no lo he podido terminar hasta hoy. Ahora me siento un poco huérfana. Parece que se me ha muerto el director espiritual. Me niego a hacer un resumen, los libros hay que leerlos, no sirve de nada que te los cuenten. Lo cierto es que me ha entusiasmado. Me ha parecido tan necesario en mi vida -justo ahora- que no sé si considerarlo un libro de autoayuda. Incluso creo que en el fondo, el libro me ha encontrado a mí. Es imprescindible para cualquiera que ame la literatura, no sólo por el estilo de escritura -sagaz, descreído, pulsado, irónico- sino porque los libros son el centro de la historia.

Me he visto leyendo sobre mí -salvando las distancias- y he llegado a sentir escalofríos por encontrar uno de mis diálogos favoritos del cine (diría que el que más) en su página 132. Justo después de mi perplejidad por encontrar las referencias a un Jack el Destripador que no hace tanto traje a estas gotas. Pero sobre todo me contesta preguntas que me llevo haciendo tiempo. Lo que no tengo claro es si me gustan las respuestas.También reconozco que me ha hecho gracia encontrar a una protagonista con mi nombre, no suele suceder. Otra señal.

Es un libro de fácil lectura, que engancha por su lenta rapidez, lleno de sinceridad descarnada y cotidiana y sin embargo repleto de frases brillantes. Podría sacar mil citas de entre sus páginas incluso, contra mi costumbre, he subrayado muchas de sus líneas, sin embargo hoy me quedo con: «No tenía que ir hacia la literatura. En la medida en la que perseverarse en su busca, se escondería con mayor afán que si le diera la espalda».

No sé si soy una mujer de fiar, creo que sí, pero lo que es seguro es que tengo un gusto excelente -feo está que yo lo diga-. Háganme caso y dense el capricho de descubrir a Tallón si aun no lo han hecho. Me lo agradecerán.

GOTAS ¿CON O SIN GAS?

El curso pasado, estrenando la primavera, tuve un arranque de positividad sospechosa en mí. Se durmió en el limbo de las columnas que nunca han sido publicadas mi última reflexión sobre la señora Underwood y creí que era la señal inequívoca de que tardaría en calzarme unos Louboutin de diabólica suela y de que había que tomar una decisión de hondo calado.

Pensé que estas gotas podrían ver la luz en un libro y que incluso alguien lo compraría.

No tenía muy claro qué pasos dar porque nunca había pensado tan a fondo algo tan grande relativo a mí misma. Pregunté a algunas voces acreditadas de las que no dudo y comencé a caminar. Fue cuando vino esta nueva página, la pérdida del apellido Nervocalm para quedar en un genérico contable. Nació como expósito un niño de buena familia.

Lo primero que decidí hacer fue copia de las entradas blog. Era un principio que no me parecía mala idea. Con trescientas entradas más o menos entonces, a duras penas tenía doce guardadas en un carpeta perdida en mi ordenador. Sólo estaban en la etérea virtualidad, algo inaudito.

No pude evitar reírme de mí y acordarme de Alvite y su locura de pen drive en el que llegó todo su archivo, lo que sufrí organizándolo y lo que protesté de la desidia con la que trataba a sus hijos literarios. «Todo lo que se critica, cae», se dice en mi pueblo.

Mientras copiaba y repasaba los textos comencé a escribir una historia que todavía no ha visto el final. Era la opción B dentro de la opción A. Un AB que acabaría siendo el grupo sanguíneo de mi obra. O bien podía ser el colofón de estas historias cortas o bien ser ella misma un relato corto que publicar.

Pensaba títulos, imaginaba portadas y me planteaba quien podría captar mi idea. Elegí quien quería que me hiciera una foto en caso de que hiciera falta para una contra portada o para una web. Empecé a darle vueltas a todo y a molestar a amigos y conocidos con mis ideas.

En un acto de suficiencia, también indigno de mi ser más íntimo, pensé en auto editarme, saltarme el paso del rechazo editorial. Podría darse el caso de un profundo abatimiento y entonces sólo escribiría en manteles de papel. La cobardía se apoderó de mí y fui incapaz de ver otra solución.

En una vorágine de releerme y avergonzarme, de pulir textos de hacía años o descartar lo más acotados en el tiempo, seguía dándole vueltas a esa historia que me bullía sin que me terminara de hablar. Fue entonces cuando llegaron los presupuestos y mi efervescencia de Moët Chandon pasó a ser de Casera negra sin gas.

Llegó el verano y decidí parar a pensar. Tendría que reflexionar y sincerarme con mis posibilidades y aptitudes. Tendría que saber que hacer con todo esto mientras seguía contestando solicitudes de empleo de cualquier calibre. Pero ni las solicitudes han llegado con un contrato bajo el brazo, ni he tenido tiempo para encontrar al yo que escribe entre mis otros yo y tener una charla.

Ahora, como siempre, voy a contrarreloj obligándome a tomar una decisión que sólo tiene el tic tac que yo misma me he impuesto. No sé si hacer una magnífica bola virtual con todo lo que hay y hacer canasta en la papelera, si seguir como si nunca hubiera habido planes o volver a retomar ese texto u otro nuevo. La indecisión está calando hondo. Para variar, no sé que tengo que hacer…

PUNTO DE INFLEXIÓN

Hoy por hoy, y puedo estar equivocadísima, creo que las cosas suceden porque hay un punto de inflexión que las hace variar. Es difícil encontrarlo mientras se está viviendo y es muchísimo más complicado forzarlo. Pero con perspectiva, mirando con los ojos grandes y echando la vista atrás (sin remontarnos a los Reyes Católicos, en principio) podemos encontrar lo que hizo que determinada senda preestablecida como A, acabara convirtiéndose en la G. He dicho senda y no punto, que nos vamos conociendo.

No es que tenga afán de buscadora de oro, tampoco creo que todo esté escrito y que la Historia -la más remota- es la que mueve nuestros pasos, pero sí que es cierto que una decisión, por ejemplo: «me duelen los pies, hace frío, no pienso subir esta cuesta para llegar a tal local, me quedo en este bar», hace que conozcas al hombre de tu vida o acabes con antecedentes policiales. Ambas cosas van a marcar tu vida.

A mí, que ya se sabe que soy rarita, me gusta buscar los porqués. Disfruto encontrando el dónde fue el paso que se cambió, cuál fue el traspapelo físico o emocional que me llevó a un momento del presente. Además no lo hago de manera consciente. Igual con esto demuestro fehacientemente que soy una inconsciente que sobrevive a base de equivocaciones, pero a estas alturas creo que eso ya no es un secreto. Mis búsquedas no tienen que ser demasiado complicadas.  A veces sólo es demostrarme a mí misma que estoy comiendo hamburguesas porque he vuelto a quemar las lentejas.

Hay días, sin embargo,  en los que intento bucear en la política, en la religión o lo más importante para un ciudadano medio: en el fútbol. Eso son discusiones con afán provocador. Es una tensión conmigo misma o con otros y no necesito llegar al final de un hilo argumental. Son los días que me gusta dejar las puntadas a medias. En ocasiones me gusta llevar la contraria, tanto que me lo hago a mí misma. Aunque suene raro u onanista.

«Las cosas pasan porque suceden» acaba siendo mi reflexión de perogrullo el día que intento ponerme trascendental. Y cuando sólo son las pequeñas cosas, que cantaba Serrat, me gusta ver que casi siempre soy una perfecta desconocida, hasta para mí misma, que nunca sabe como va a reaccionar para así, avanzar en mi historia, con minúsculas, la que no cambia el mundo ni interesa a casi nadie, pero que a mí, como comprenderán,…me tiene muy entretenida.

GOTAS CONGELADAS

Esta mañana me levanté con una idea. Estaba en mi cabeza nítida y azul. En mi ventana la niebla bailaba el vals en ramas de olivos plateados («el olivo/ de volumen, plateado» que versó Neruda) y mi mente reía por la comparación. Hoy todo estaba claro brillante, esa londinense bruma nacida del Guadalquivir nada tenía que ver conmigo. Sólo el temor a una cabeza encrespada después de tres horas de peluquería me nubló la sonrisa.

La idea estaba ahí e iba camino de un papel donde dejarla esperando con paciencia a poder ser desarrollada. La primera frase quemaba en mis manos como la taza de café que viaja en las mañanas por todas las zonas de mi casa. Necesitaba apuntarla y me daría pie, como los apuntadores  en el teatro.

No había duda de que hoy las Gotas tendrían un aire nuevo, de estreno y hasta positivo. Quería contrarrestar la pena de ayer sin caer en la pendular opción de la risa gratuita. Pese a lo difícil que es hacer reír porque la risa de verdad, sin el gracioso oficial investido de patéticas gracias, está sólo al alcance de unos pocos.

Camino de mi mesa donde, como dice Tallón, están esas pequeñas mierdas que forma parte de nuestra identidad y a la que no estamos dispuestos a renunciar, no sonó mi móvil porque vive en silencio, pero encendí su lucecita para ver si había algún buenos días que devolver o una noticia tuitera de calado tan importante como para derrocar gobiernos, una de esas que mañana estaría perfectamente olvidada.

Había un mensaje. Lo abrí y se congeló la sonrisa. Leí cuatro veces seguidas, cinco palabras sólo. Me tembló la taza en la mano y la idea que iba a apuntar se desvaneció.

Hoy las Gotas se han helado en la punta de mis dedos. Disculpadme. Mañana habrá más.

11S

Hay días que nacen para ser odiados. Dudo si el que tiene el reparto del calendario allí donde se distribuyen los años sabe que va a ser así o puede que sea algo que va surgiendo por mor de la casualidad o a las distintas casuísticas, pero la cuestión es que cuando amanece un día en algún lado del planeta Tierra ya lleva impregnado en la piel del amanecer, un ocaso sin pinceladas de naranjas. Se puede hacer de noche en apenas unas horas. Aún no ha llegado la placentera hora del almuerzo cuando se ha ennegrecido el aura del día. Y ese día no vuelve a brillar.

La oscuridad como parte del alma, esa que entre perpleja y asustada derrama lágrimas prisionera en una sombra constante. Miedo y desazón, una mezcla que deja monocromática a la Humanidad que se siente abandonada, desamparada, y a la vez acompañada en un sólo bloque. Ser y estar, pero a duras penas parecer un hombre (o una mujer). Buscar en la soledad el consuelo de iguales, y pese a encontrarlo, no perder el vacío de la individualidad aterida de horror. Saberse reconfortado al borde de un precipicio por el que caerás sin remedio.

Dolor sin rabia. No aún. No todavía. Dolor sordo y también mudo. Palabras que se funden en los labios sin ser dichas, suspiros convertidos en hipidos. Amargo desconsuelo en el paladar, salado dolor de llanto más constante, más un agrio resquemor con algo de herrumbre sanguinolenta. Y va surgiendo la necesidad de justicia, sin poesía y sin leyes, visceral y sin fronteras. Buscar culpables.

Tendemos a recordar los cumpleaños, los aniversarios y celebramos onomásticas con cierta soltura. Pero los días odiados quedan también en nuestros corazones. Puede que cicatricen, poco a poco, con días grises y hasta días con tonos rosas sin brillo, pero cuando llega el día, cuando vuelve a llegar el mismo amanecer días más tarde, vuelve el dolor y el perplejo sentimiento de pregunta sin respuestas.

Hoy es 11-S y no se olvida. No los olvidaremos. Tres mil víctimas. Seis mil heridos. Infinitos héroes.

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