GOTAS ¿CON O SIN GAS?

El curso pasado, estrenando la primavera, tuve un arranque de positividad sospechosa en mí. Se durmió en el limbo de las columnas que nunca han sido publicadas mi última reflexión sobre la señora Underwood y creí que era la señal inequívoca de que tardaría en calzarme unos Louboutin de diabólica suela y de que había que tomar una decisión de hondo calado.

Pensé que estas gotas podrían ver la luz en un libro y que incluso alguien lo compraría.

No tenía muy claro qué pasos dar porque nunca había pensado tan a fondo algo tan grande relativo a mí misma. Pregunté a algunas voces acreditadas de las que no dudo y comencé a caminar. Fue cuando vino esta nueva página, la pérdida del apellido Nervocalm para quedar en un genérico contable. Nació como expósito un niño de buena familia.

Lo primero que decidí hacer fue copia de las entradas blog. Era un principio que no me parecía mala idea. Con trescientas entradas más o menos entonces, a duras penas tenía doce guardadas en un carpeta perdida en mi ordenador. Sólo estaban en la etérea virtualidad, algo inaudito.

No pude evitar reírme de mí y acordarme de Alvite y su locura de pen drive en el que llegó todo su archivo, lo que sufrí organizándolo y lo que protesté de la desidia con la que trataba a sus hijos literarios. “Todo lo que se critica, cae”, se dice en mi pueblo.

Mientras copiaba y repasaba los textos comencé a escribir una historia que todavía no ha visto el final. Era la opción B dentro de la opción A. Un AB que acabaría siendo el grupo sanguíneo de mi obra. O bien podía ser el colofón de estas historias cortas o bien ser ella misma un relato corto que publicar.

Pensaba títulos, imaginaba portadas y me planteaba quien podría captar mi idea. Elegí quien quería que me hiciera una foto en caso de que hiciera falta para una contra portada o para una web. Empecé a darle vueltas a todo y a molestar a amigos y conocidos con mis ideas.

En un acto de suficiencia, también indigno de mi ser más íntimo, pensé en auto editarme, saltarme el paso del rechazo editorial. Podría darse el caso de un profundo abatimiento y entonces sólo escribiría en manteles de papel. La cobardía se apoderó de mí y fui incapaz de ver otra solución.

En una vorágine de releerme y avergonzarme, de pulir textos de hacía años o descartar lo más acotados en el tiempo, seguía dándole vueltas a esa historia que me bullía sin que me terminara de hablar. Fue entonces cuando llegaron los presupuestos y mi efervescencia de Moët Chandon pasó a ser de Casera negra sin gas.

Llegó el verano y decidí parar a pensar. Tendría que reflexionar y sincerarme con mis posibilidades y aptitudes. Tendría que saber que hacer con todo esto mientras seguía contestando solicitudes de empleo de cualquier calibre. Pero ni las solicitudes han llegado con un contrato bajo el brazo, ni he tenido tiempo para encontrar al yo que escribe entre mis otros yo y tener una charla.

Ahora, como siempre, voy a contrarreloj obligándome a tomar una decisión que sólo tiene el tic tac que yo misma me he impuesto. No sé si hacer una magnífica bola virtual con todo lo que hay y hacer canasta en la papelera, si seguir como si nunca hubiera habido planes o volver a retomar ese texto u otro nuevo. La indecisión está calando hondo. Para variar, no sé que tengo que hacer…

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