QUIÉN DIJO MIEDO…

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No hay duda que la vida nos pone a veces a porta gayola y no hay más remedio que ajustarse la taleguilla, encajarse la montera y dejar que la torería forme parte de nuestra epidermis, sudando el miedo.
Persignarse furtiva e íntimamente. Encomendarse al de Arriba, confiar en la ayuda de la cuadrilla, sabiendo que alguien, lejos, confía más en nuestra capacidad que en la suerte. Que no se desdeña.
Va por ustedes señores.

PÁJAROS

Desde que cambié las gaviotas por los olivos, hace sólo un ramito de días, he vuelto a madrugar. Madrugar en un verbo que nunca gusta, en ningún tiempo verbal. Lo difícil es abrir los ojos, poner el pie en el suelo, salir del confortable calor en el que se hiberna seis horas -a veces menos-. Después, lo complicado es adaptarse al medio sin tropezar. Una vez visitado el baño ya no queda nada más que asumir que la hora de desconcierto ha terminado.

Los amaneceres son mi compañía y donde mojo el café, o viceversa. La trazada línea de claridad se va abriendo hasta que al salir de la ducha tengo una luz de horizonte completo. Todos los días estoy tentada de fotografiar el instante y a veces lo hago, y después de hacerlo me siento ridícula, la luz en una imagen fija no llega jamás a la belleza de la natural y ni siquiera puede ser el asterisco que me lleve a la nota a pie de página de la sensación. Es algo que sucede, se siente y es mejor que se escape por los poros de la piel.

Esta mañana amanecía en rosa. Me vestía con urgencia y no por llegar tarde, si no por no morir de frío, y tarareaba » La vie en rose» en un ataque de originalidad. Si no hubiera temperatura polar igual hubiera podido recrearme en la vista y, como otras veces, embobarme con la lentitud de la luz que se empeñan los físicos en decirme que es rapidísima, y saborearlo hasta que se me hiciera tarde, aunque esté en ropa interior o con un calcetín sólo.

Al salir, en hora y sintiendo el frío en la nariz como si fuera un puñal, hemos visto una bandada de pájaros detrás de otra, la relativa cercanía con el Parque de Doñana y el ecosistema propio hace que mis olivos sean pasajeros conocidos, siempre en tránsito, o casi siempre que yo tampoco sé mucho de estas cosas, puedo distinguir entre pájaros y aves. Ya, ya sé que no es demasiado. Se arremolinan en el orden, yo creo que vivo en una rotonda o algo así, que tampoco sé si existe.

Mi hija miraba al cielo y me contaba la migración que le habían enseñado en el cole mientras yo subía los cuellos del chaquetón y guardaba rápido las manos en los bolsillos otra vez. Le dije que estaría bien ser pájaro. Se calló un instante, que para ella es una eternidad, y me dijo que lo de ahuecar las plumas para no tener frío está muy bien, y vivir en verano constantemente pude ser la solución a mi frío intenso. No me pareció nada mal eso que ella llama vivir en verano y mientras lo imaginaba ella seguía hablando enumerando ciudades que al no saber colocar bien en el mapa no sabe en que estación están. Al final decidió que quería irse a Sudáfrica, con las cebras que adora, pero si íbamos volando teníamos que ir todos juntos sin que nadie se quedara atrás.

Y me gustó su facilidad para decir grandes cosas: «todos juntos y en verano», al final puede que sólo sea así de fácil, buscar un verano con los que quieres, aunque fuera arrecie la lluvia, el viento, nieve, o atenace el miedo. Y sin necesidad de levantar el vuelo…

LAS RELIGIONES

Si algo va rápido en el mundo son las redes sociales, han hecho que nuestro metabolismo tenga que ir a otro ritmo, nuestros sentimientos tengan que precipitarse y no haya ni el más mínimo resquicio para la reflexión. No es que no se piense por culpa de Facebook o Twitter, no es eso, es que el comentario que hacíamos en casa viendo las noticias pasa inmediatamente a ser tecleado desde cualquiera de los soportes que nos invaden. Benditos sean, por otra parte.

Ayer la realidad me pilló dedicándome al avituallamiento familiar, así que cuando por fin me enteré de lo sucedido en París ya estaban la mayoría de los análisis hechos, las barbaridades dichas y la demagogia manoseada. Conseguí hacer desaparecer las opiniones y quedarme con la información, como reza esa gran frase tuitera «Información no opinión» que supongo que tuvo su origen en lo deportivo, pero quién sabe, si nos ponemos a escarbar en los porqués de las coletillas tendríamos ocupado un tiempo que no sé si lo disponemos.

Algo que leía una y otra vez es que se hablaba de «las religiones». Venían a decir que cuando la Iglesia Católica se equivoca, hace algo mal, muy mal, rematadamente mal, se habla de eso, de la Iglesia, de los curas, de las monjas, pero que cuando el horror viene del lado de los musulmanes se critica a las religiones en general. Es una puntualización justa y cierta. Pero seamos sinceros, cuando alguien se da cuenta de un detallito se repite hasta la saciedad, se pierde la originalidad, la frescura, incluso se convierte en una especie de virus de la gripe donde se contagia a gran velocidad como si la red fuera una zona endémica.

Como católica reivindico a menudo el derecho real, -y digo bien, real-, al respeto en la libertad de creencias. Es una de las cosas en las que más se habla de boquilla, es mentira estandarizada: «Yo respeto», pues igual el problema es que el concepto de respeto no está claro, que todo puede ser, pero hay muchos que mienten vilmente en esto, como la gente que dice que ve los documentales de la Dos y luego conoce obra y milagros de la farándula casposa. (Los que vemos documentales somos pocos pero honrados). No es raro que te miren con superioridad los que no creen y te consideren como una supersticiosa loca que invoca con velas. Algunas veces el choteo viene con cierta gracia y las más con un chiste con el humor donde amargan los pepinos. Es muy fácil hacer bromas con una religión que habla de poner la otra mejilla, pero parafraseando la sabiduría popular, Dios dijo hermanos pero no primos, así que, en lo que a mí respecta, no me busquéis a menudo poniendo la otra mejilla, salvo que sea para darme un beso.

Lo realmente de persona divertida es convertirse en un ser jocoso con la religión musulmana, supongo. Y digo religión musulmana sin esconderlo en generalidades. También puede ser súper reivindicativo  sacar las tetas pintadas como las femen en una Mezquita, bueno, eso no ha pasado nunca, claro, para eso ya no hay tantas ganas de reírse, ya no hace falta ahondar tanto en el humor, hombre, que todo el día haciendo el gracioso es cansado, hay que entenderlo…

Lo fácil sería decir que cuando unos se ofenden no ocurre nada grave y cuando lo hacen los otros hay víctimas mortales, pero entonces yo caería en la misma falta de respeto que odio para conmigo. Creo, quiero creerlo firmemente, que hay una gran cantidad de musulmanes horrorizados por lo sucedido en París, y que se sienten incluso más apenados que los demás por ser parte de una comunidad que alberga intolerantes y asesinos contra los que todo un mundo civilizado lucha. Yo me sentiría mal, lo reconozco.

El problema no es la religión musulmana, aunque en un primer momento nos ceguemos con ello (ego me acuso). El problema es de intolerantes, de locos extremistas, de cretinos que no respetan las libertades ajenas, sobre todo la de pensamiento que es la esencia misma del ser humano. El problema son  los que asesinan a quien denuncia que existen personas que matan en un nombre de Dios sin que nadie le haya otorgado ese poder. Y también, un poco, de los que se amedrentan -nos amedrentamos- con  sus reacciones.

Yo hoy no…

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SIN RUTINAS LARGAS

La rutina en mi caso viene como los aviones en temporada alta, con un Delayed que no le cabe en el cuerpo y que me tiene el propio (el cuerpo, digo) entre sorprendido y perplejo. A día de hoy, cuando todavía tengo resto de azúcar en los labios y me duele la mano de decirle adiós a los Reyes Magos, yo tenía que estar gimiendo en un valle de lágrimas comunes. Hoy es un día de suspiros que van al aire, unos por volver a la rutina y otros por abandonar las vacaciones y yo -para variar, por otra parte- voy a otro ritmo. Si fuera un pez sería un salmón: sonrosadita, grasa, y contracorriente. Mi desasosiego va por libre y me impide la rutina. Supongo, y es demasiada presunción por mi parte, que el día que consiga establecer una rutina lo dejaré aquí escrito, igual los demás ya están llenos de papelillos de carnaval o haciendo torrijas de Cuaresma, pero yo a mi ritmo que las prisas no son buenas.

Hoy he conseguido, eso sí, volver a mi mesa, a mis gotas, a mi café y al orden de columnistas establecido. Tratándose de mí, todo sea dicho, es un orden inexistente, pero supongo que queda mucho más profesional imaginarme pasando lista a todos aquellos que saben, pueden escribir en un periódico, blog o revista, y además lo hacen muy bien. «Gistau, no ha venido señorita, que este domingo no le tocaba en el Semanal. Jabois, ¿viene con el chándal y la crónica de deportes o no tiene gimnasia hoy?. Venga que es día de buscar artículos nuevos en Jot  Down, que tengo tres horas y cuarto libres, igual puedo acabar uno. ¿Se sabe si funciona el link de Tallón o ha entregado justificante?»

Lo curioso hoy ha sido encontrarme reflejada en un artículo de Tallón precisamente. Eso sí, salvando las distancias y un poco al modo de las quinceañeras que cuando escuchan canciones de amor, es decir, forzando al extremo para siempre sentirse protagonista, ya sea de los dramas más adultos o de las alegrías más románticas. En realidad no me he visto reflejada en el artículo, pero hace un par de días tuve una conversación en la que repetía una y otra vez lo que he leído esta mañana.

En el espejo que a veces son las charlas con amigos, repetía que para mí el reto de escribir «algo largo» es como cuando me apunté a ballet, a guitarra, a francés, a inglés, a un club de cine, al gimnasio, a gallego, a ser catequista…algo imposible porque requiere mantenerse en el espacio y tiempo. Ahí fallo estrepitosamente. Durante tres días escribo con vorágine, a veces sólo durante unas horas, no levanto la vista, visualizo sin ojos y a la vez los cierro para buscar una palabra sin dejar de teclear, me meto en la historia, me hago un traje con la piel de ese alguien que erijo protagonista, bufo si alguien me molesta, no siento dolor ni hambre, a duras penas voy por café y bendigo a los astros si además tengo tabaco. Pasada la fiebre releo, primero en silencio, luego en voz alta, borrando y cambiando signos de puntuación, ordenando letras que las prisas me hicieron escribir trastabillada. Entonces vuelvo a leer y contemplo con horror que es nefasto.

Me hundo, me castigo, me chocaría contra las paredes si luego no hubiera que pintar de nuevo, o incluso llamar a los albañiles, que Dios me dotó de gran cabeza, y no me refiero a la inteligencia, si no a un volumen corpuscular medio por encima de lo normal.

A veces, con suerte, salvo algún párrafo, que se queda abandonado en un documento dentro de las miles de carpetitas que llenan una carpeta con el genérico, y poco comprometido, nombre de «textos». Nunca vuelvo a tirar de los hilos que dejo sueltos, es como volver a una mala experiencia, a un mal amante, a una relación nefasta de una noche.

En otras ocasiones, esos textos con alma de libro, acaban siendo una de estas gotas. Cuando las veo me recuerdo a mí misma lo frustrada que me quedé, lo triste que fui, lo incompleto que está (aunque nadie lo sepa). Entonces quiero que llegue el día siguiente para taparlas, como cuando  de pasé la hoja de la libreta en la que escribí error con hache, yo tenía siete años, la seño no me dejó arrancar aquella mancha en mi dignidad, sólo cuando la enterré entre otras hojas escritas  con perfección pude descansar un poco, casi nada, aun lo recuerdo con terror. Si tengo el día algo positivo, me digo que es mejor un buen boceto que un mal cuadro.

Pero lo más normal es que elimine el texto entero, y para no avergonzarme más de mí, vacío la papelera del escritorio de mi ordenador, y no formateo el disco duro de milagro. En ese momento  quiero borrar las huellas del crimen lo más a fondo que se pueda, con miedo a que quede un rastro que se vuelva fluorescente como la sangre con luminol y luz ultravioleta y me acuse sin piedad.

Es entonces cuando vuelvo al punto cero, o al menos dos, como los aparcamientos de El Corte Inglés, y me paso días sin volver a intentarlo sumida en una frustración dramática y exagerada. Yo es que soy muy tremenda. Y de repente leo que no sólo me pasa a mí, y lo natural sería consolarse, pero no es mi caso, yo veo la superación ajena al bache, veo el texto perfecto en los demás y vuelvo a lo que mi amiga Patricia llama la rueda de hámster, o lo que es lo mismo, me pongo a darle vueltas a mi incapacidad y me bloqueo un poquito más, si cabe.

Así que hoy he sentido que me ponían la soga al cuello mientras iba leyendo, igual no era para tanto y son mis remordimientos los que quieren ahorcarme, o mi falta de compromiso, quién sabe, lo que está claro es que no soy capaz de mantener una rutina a largo plazo, y ahora ya ni siquiera una rutina vulgar y doméstica. Esto no sé como puede acabar…

FELIZ AÑO

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Que nada ni nadie frene los sueños por cumplir, los deseos -puros e impuros- por satisfacer, las alegrías por disfrutar, las palabras por decir, las caricias por sentir, las miradas por compartir, las sonrisas por surcar, los abrazos por dar, los besos por gastar…
Feliz año a todos.