SIN RUTINAS LARGAS

La rutina en mi caso viene como los aviones en temporada alta, con un Delayed que no le cabe en el cuerpo y que me tiene el propio (el cuerpo, digo) entre sorprendido y perplejo. A día de hoy, cuando todavía tengo resto de azúcar en los labios y me duele la mano de decirle adiós a los Reyes Magos, yo tenía que estar gimiendo en un valle de lágrimas comunes. Hoy es un día de suspiros que van al aire, unos por volver a la rutina y otros por abandonar las vacaciones y yo -para variar, por otra parte- voy a otro ritmo. Si fuera un pez sería un salmón: sonrosadita, grasa, y contracorriente. Mi desasosiego va por libre y me impide la rutina. Supongo, y es demasiada presunción por mi parte, que el día que consiga establecer una rutina lo dejaré aquí escrito, igual los demás ya están llenos de papelillos de carnaval o haciendo torrijas de Cuaresma, pero yo a mi ritmo que las prisas no son buenas.

Hoy he conseguido, eso sí, volver a mi mesa, a mis gotas, a mi café y al orden de columnistas establecido. Tratándose de mí, todo sea dicho, es un orden inexistente, pero supongo que queda mucho más profesional imaginarme pasando lista a todos aquellos que saben, pueden escribir en un periódico, blog o revista, y además lo hacen muy bien. “Gistau, no ha venido señorita, que este domingo no le tocaba en el Semanal. Jabois, ¿viene con el chándal y la crónica de deportes o no tiene gimnasia hoy?. Venga que es día de buscar artículos nuevos en Jot  Down, que tengo tres horas y cuarto libres, igual puedo acabar uno. ¿Se sabe si funciona el link de Tallón o ha entregado justificante?”

Lo curioso hoy ha sido encontrarme reflejada en un artículo de Tallón precisamente. Eso sí, salvando las distancias y un poco al modo de las quinceañeras que cuando escuchan canciones de amor, es decir, forzando al extremo para siempre sentirse protagonista, ya sea de los dramas más adultos o de las alegrías más románticas. En realidad no me he visto reflejada en el artículo, pero hace un par de días tuve una conversación en la que repetía una y otra vez lo que he leído esta mañana.

En el espejo que a veces son las charlas con amigos, repetía que para mí el reto de escribir “algo largo” es como cuando me apunté a ballet, a guitarra, a francés, a inglés, a un club de cine, al gimnasio, a gallego, a ser catequista…algo imposible porque requiere mantenerse en el espacio y tiempo. Ahí fallo estrepitosamente. Durante tres días escribo con vorágine, a veces sólo durante unas horas, no levanto la vista, visualizo sin ojos y a la vez los cierro para buscar una palabra sin dejar de teclear, me meto en la historia, me hago un traje con la piel de ese alguien que erijo protagonista, bufo si alguien me molesta, no siento dolor ni hambre, a duras penas voy por café y bendigo a los astros si además tengo tabaco. Pasada la fiebre releo, primero en silencio, luego en voz alta, borrando y cambiando signos de puntuación, ordenando letras que las prisas me hicieron escribir trastabillada. Entonces vuelvo a leer y contemplo con horror que es nefasto.

Me hundo, me castigo, me chocaría contra las paredes si luego no hubiera que pintar de nuevo, o incluso llamar a los albañiles, que Dios me dotó de gran cabeza, y no me refiero a la inteligencia, si no a un volumen corpuscular medio por encima de lo normal.

A veces, con suerte, salvo algún párrafo, que se queda abandonado en un documento dentro de las miles de carpetitas que llenan una carpeta con el genérico, y poco comprometido, nombre de “textos”. Nunca vuelvo a tirar de los hilos que dejo sueltos, es como volver a una mala experiencia, a un mal amante, a una relación nefasta de una noche.

En otras ocasiones, esos textos con alma de libro, acaban siendo una de estas gotas. Cuando las veo me recuerdo a mí misma lo frustrada que me quedé, lo triste que fui, lo incompleto que está (aunque nadie lo sepa). Entonces quiero que llegue el día siguiente para taparlas, como cuando  de pasé la hoja de la libreta en la que escribí error con hache, yo tenía siete años, la seño no me dejó arrancar aquella mancha en mi dignidad, sólo cuando la enterré entre otras hojas escritas  con perfección pude descansar un poco, casi nada, aun lo recuerdo con terror. Si tengo el día algo positivo, me digo que es mejor un buen boceto que un mal cuadro.

Pero lo más normal es que elimine el texto entero, y para no avergonzarme más de mí, vacío la papelera del escritorio de mi ordenador, y no formateo el disco duro de milagro. En ese momento  quiero borrar las huellas del crimen lo más a fondo que se pueda, con miedo a que quede un rastro que se vuelva fluorescente como la sangre con luminol y luz ultravioleta y me acuse sin piedad.

Es entonces cuando vuelvo al punto cero, o al menos dos, como los aparcamientos de El Corte Inglés, y me paso días sin volver a intentarlo sumida en una frustración dramática y exagerada. Yo es que soy muy tremenda. Y de repente leo que no sólo me pasa a mí, y lo natural sería consolarse, pero no es mi caso, yo veo la superación ajena al bache, veo el texto perfecto en los demás y vuelvo a lo que mi amiga Patricia llama la rueda de hámster, o lo que es lo mismo, me pongo a darle vueltas a mi incapacidad y me bloqueo un poquito más, si cabe.

Así que hoy he sentido que me ponían la soga al cuello mientras iba leyendo, igual no era para tanto y son mis remordimientos los que quieren ahorcarme, o mi falta de compromiso, quién sabe, lo que está claro es que no soy capaz de mantener una rutina a largo plazo, y ahora ya ni siquiera una rutina vulgar y doméstica. Esto no sé como puede acabar…

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