GOTAS CONGELADAS

Esta mañana me levanté con una idea. Estaba en mi cabeza nítida y azul. En mi ventana la niebla bailaba el vals en ramas de olivos plateados («el olivo/ de volumen, plateado» que versó Neruda) y mi mente reía por la comparación. Hoy todo estaba claro brillante, esa londinense bruma nacida del Guadalquivir nada tenía que ver conmigo. Sólo el temor a una cabeza encrespada después de tres horas de peluquería me nubló la sonrisa.

La idea estaba ahí e iba camino de un papel donde dejarla esperando con paciencia a poder ser desarrollada. La primera frase quemaba en mis manos como la taza de café que viaja en las mañanas por todas las zonas de mi casa. Necesitaba apuntarla y me daría pie, como los apuntadores  en el teatro.

No había duda de que hoy las Gotas tendrían un aire nuevo, de estreno y hasta positivo. Quería contrarrestar la pena de ayer sin caer en la pendular opción de la risa gratuita. Pese a lo difícil que es hacer reír porque la risa de verdad, sin el gracioso oficial investido de patéticas gracias, está sólo al alcance de unos pocos.

Camino de mi mesa donde, como dice Tallón, están esas pequeñas mierdas que forma parte de nuestra identidad y a la que no estamos dispuestos a renunciar, no sonó mi móvil porque vive en silencio, pero encendí su lucecita para ver si había algún buenos días que devolver o una noticia tuitera de calado tan importante como para derrocar gobiernos, una de esas que mañana estaría perfectamente olvidada.

Había un mensaje. Lo abrí y se congeló la sonrisa. Leí cuatro veces seguidas, cinco palabras sólo. Me tembló la taza en la mano y la idea que iba a apuntar se desvaneció.

Hoy las Gotas se han helado en la punta de mis dedos. Disculpadme. Mañana habrá más.

11S

Hay días que nacen para ser odiados. Dudo si el que tiene el reparto del calendario allí donde se distribuyen los años sabe que va a ser así o puede que sea algo que va surgiendo por mor de la casualidad o a las distintas casuísticas, pero la cuestión es que cuando amanece un día en algún lado del planeta Tierra ya lleva impregnado en la piel del amanecer, un ocaso sin pinceladas de naranjas. Se puede hacer de noche en apenas unas horas. Aún no ha llegado la placentera hora del almuerzo cuando se ha ennegrecido el aura del día. Y ese día no vuelve a brillar.

La oscuridad como parte del alma, esa que entre perpleja y asustada derrama lágrimas prisionera en una sombra constante. Miedo y desazón, una mezcla que deja monocromática a la Humanidad que se siente abandonada, desamparada, y a la vez acompañada en un sólo bloque. Ser y estar, pero a duras penas parecer un hombre (o una mujer). Buscar en la soledad el consuelo de iguales, y pese a encontrarlo, no perder el vacío de la individualidad aterida de horror. Saberse reconfortado al borde de un precipicio por el que caerás sin remedio.

Dolor sin rabia. No aún. No todavía. Dolor sordo y también mudo. Palabras que se funden en los labios sin ser dichas, suspiros convertidos en hipidos. Amargo desconsuelo en el paladar, salado dolor de llanto más constante, más un agrio resquemor con algo de herrumbre sanguinolenta. Y va surgiendo la necesidad de justicia, sin poesía y sin leyes, visceral y sin fronteras. Buscar culpables.

Tendemos a recordar los cumpleaños, los aniversarios y celebramos onomásticas con cierta soltura. Pero los días odiados quedan también en nuestros corazones. Puede que cicatricen, poco a poco, con días grises y hasta días con tonos rosas sin brillo, pero cuando llega el día, cuando vuelve a llegar el mismo amanecer días más tarde, vuelve el dolor y el perplejo sentimiento de pregunta sin respuestas.

Hoy es 11-S y no se olvida. No los olvidaremos. Tres mil víctimas. Seis mil heridos. Infinitos héroes.

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VUELTA AL COLE

Hoy empieza el cole. Y no puedo menos que sentir un poco de envidia.

La menor de mis hijas ya entra en cuarto de primaria. Cómo pasa el tiempo, hace nada pesaba dos kilos y ahora ya empiezan a florecerle brotes de niña mayor, de mujercita que me decían las amigas de mi abuela. Me esfuerzo en acordarme quién fue mi profesora de entonces, cómo me fue a mí en aquel curso, y a duras penas consigo hilar recuerdos. Al final todos mis recuerdos escolares se convierten en una amalgama de historias que me es difícil fechar.

A mí volver al colegio me gustaba porque de las cosas que más me divierten y me hacen sonreír es estrenar. Aunque la falda fuera la misma, eterna, pese a que en septiembre todavía daban un calor infame los calcetines, aunque en Marzo no me quedara nada de ese sentimiento. Yo recuerdo con cariño y nervios la noche antes del día D en la que preparaba el uniforme para el día siguiente en mi silla del escritorio. Preparar la mochila con un sólo cuaderno «por si había que apuntar algo». Me gustaba volver.

Yo pasaba más de ocho horas ininterrumpidas en el colegio y aunque a veces era muy cansado, la verdad es que estaba con mis amigas y eso me hacía sentir una compañía y una complicidad que en casa -por falta de hermanos- no tenía. Entonces me divertía, hoy lo valoro y comprendo cuanto de bueno tenían aquellas interminables horas de falda escocesa…y baby (o babero) hasta los trece años, el mismo cuerpo que ahora y un baby encima del uniforme. Era una prenda que nos hacía amorfas bolas de cuadros verdes y blancos de cuello bebé. Lo juro.

Pero en mi casa lo que más se cuenta es el día que fui al colegio con dos años, a la guardería. El primer día de mi vida que formé parte de la escolarización. Era un chalet enorme (o a mis pies chicos se lo parecía) lleno de niños pequeños. El día fue divertido, no había horarios de estos de adaptación y ninguno sufrimos un colapso. Algunos lloraron al entrar, yo estaba encantada. Creo que fue mi madre (o mi abuelo) quien me regaló una caja de ceras de colores enorme, treintaiséis colores.  Yo tenía la cera dorada que era como sentirse ganadora por defecto.

Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó, como hacemos todas las madres, cómo me había ido el día…yo me puse muy seria y conté la verdad: «He sacado punta». Hubo un silencio como de western, la misma tensión que en Las Gaunas, la sonrisa materna se congeló en su faz. Rápidamente una ojeada a la mochila confirmó sus sospechas. Ahí, inerte, sin cinta amarilla que le protegiese estaban los restos del delito. Ya no se podía hacer nada. Era demasiado tarde. Mi madre sacó la caja con la misma lentitud que si fuera una bomba con cables rojos y azules por cortar. La puso delicadamente encima de la mesa. Ningún lápiz sobrepasaba los tres centímetros y seguramente fue porque ya se me perdía dentro del sacapuntas. No me regañaron. Tampoco me compraron más una caja tan grande.

Pero decidme la verdad, ¿hay algo más bonito que las virutas de treinta y seis  colores de cera todas juntas?

 

CITAS

Además de hablar horas interminables con amigas (y con mi madre) por teléfono o a través de las redes sociales, también quedo con gente e incluso de manera ocioso-festiva. Sé que esto no me hace especial, pero desarrollo la idea, paciencia. Usaré la palabra citas que es un término más bien anglosajón en la actualidad y que además siempre tiene veladas connotaciones sexuales, pero me arriesgo.

Las citas con amigas o amigos -en principio- siempre salen bien, gente que conoces, que sabe de ti, que tú sabes de ellos, con la que te pones al día si hace mucho que no la has visto o con la que pasar el tiempo. A veces, hasta sin querer, suceden mil anécdotas para recordarlas en citas posteriores convirtiéndolas en los clásicos que siempre vuelven. En mi caso es repetida la historia un famoso bizcocho, un perro y mis amigas del colegio cuando teníamos quince o dieciséis años…. Todavía sale a la palestra y todavía lloramos de risa. Es más, lo escribo y me estoy riendo.

Hay citas familiares que según como se planteen pueden ser divertidas, tiernas o de esas en las que te planteas el mismo infierno como mejor vía de salida. Hay citas de trabajo, por trabajo, y a veces los «sin trabajo» acudimos a una cita que se llama entrevista de trabajo, pero que como se dan cada vez menos, se están perdiendo en el imaginario colectivo.

Está la temida cita «por compromiso», yo la odio especialmente, no sólo porque es el grupo que abarca a las visitas a hospitales, las revisiones del dentista o los pésames en los tanatorios, si no porque se me hacen un desierto sin agua, no veo el final, el horizonte siempre es el mismo, el tiempo pasa lento y además son los momentos en los que más encantadora hay que ser. Que yo lo soy de serie, como los airbags en los coches nuevos, pero hay que esmerarse especialmente.

El ser humano tiende a socializar cara a cara, sé que hay gente que prefiere vivir en soledad, pero por lo general apetece tomar unas cañas con alguien.  O un colacao. Las citas, a fin de cuentas, no son más que fechas en el calendario, horas en la agenda, ubicaciones en tiempo y forma para empezar algo que puede darse de manera espontánea si te encuentras a esa misma persona por la calle y dispones de tiempo para parar a tomar algo o a sentarte en un banco de un parque. Sin embargo, y esto es nota al margen, cuando es algo sin planificar, muchas veces acabamos pasando una hora de pie intercalando de vez en cuando expresiones como «me están esperando» «llego tarde» o «ya hablamos con más tranquilidad».

Lo que no me ha sucedido nunca es que alguien no llegue a una cita. Esa experiencia la desconozco. Han llegado tarde, me han hecho esperar, pero nunca me han dado plantón. Que no lleguen a la hora convenida me sienta un poco mal, ya lo dejo dicho, porque yo suelo ser muy puntual. Además porque no sé muy bien que hacer en ese tiempo y si no tienes batería suficiente en el móvil, la espera suele ser desesperante. Sólo la supera el hecho de que la cita sea en la calle. Mi timidez (que nadie cree) y mi falta de autoestima hace que me sienta violenta y sobre todo, visible. Quizá nadie me mira, pero yo siento millones de ojos clavados en mí.

Tampoco he plantado a nadie, por mucho que en el fondo me apetezca imaginarme un plano secuencia de una  abarrotada esquina, a los pies de un semáforo, y un caballero perfectamente vestido con un ramo de flores en la mano esperando por mí. O fantasear con el contar de las horas en un local donde la cena para dos se convierte en atracón de soledad para uno, y ser yo la que no llega. Esto no es de buena persona, pero que le voy a hacer, tengo mis malos momentos.

Si algún día alguien no va a acudir a una cita conmigo, por favor, que antes hayamos quedado en un sitio elegante. Al menos así, mi nueva experiencia la podré relatar rodeada de esa cantidad de pequeños detalles que me hacen la vida un poco más feliz y que tanto se prestan a la descripción. Y por si acaso, ¿quedamos en Delmonico’s a las ocho?

ENCONTRARON A JACK

En 1888 la Policía Metropolitana de Londres estimó que había 1200 prostitutas y 62 burdeles en Whitechapel, en el East End londinense. Eso son, aproximadamente, veinte trabajadoras por burdel. Ignoro si son muchas o pocas y me veo incapacitada para compararlo con la actualidad porque no tengo datos.

Lo que sí es cierto es que el territorio que comprendía ese barrio (parroquia) no era tan extenso como para tanto prostíbulo. O puede que sí, que desde el principio de los tiempos es un negocio que funciona por la ley de la oferta y la demanda. La demanda debía ser muy alta teniendo en cuenta que para la conservadora sociedad victoriana el sexo era el peor de los pecados, el más perseguido  y por tanto – con la lógica del deseo y lo prohibido por bandera-  muy solicitado en la clandestinidad.

Por aquel entonces llegaron a Londres grandes cantidades de inmigrantes que se establecieron a modo de gueto; dice la RAE que se escribe así y en su primera acepción habla de «judería marginada dentro de una ciudad» y fueron éstos y muchos europeos del Este los que recalaron en tal barrio sobrepoblándolo.  Whitechapel se convirtió en un lugar paupérrimo y en una sociedad de tanta desigualdad social (de la de verdad) pronto comenzaron revueltas de determinados colectivos, grupos de delincuencia y para las mujeres quedó la última salida, la más antigua, la de siempre: la prostitución.

Ese año, 1888 fue en el que Jack el Destripador comenzó a hacer de las suyas. Entre once y cinco mujeres murieron en sus manos. Se habla de los «cinco canónicos» para diferenciar a los que con casi total seguridad fueron del mismo asesino dejando a las otras seis en una duda razonable. Después de ver mucho CSI y muchos capítulos de «mentes Criminales» podríamos decir que son las víctimas con las que el sujeto desarrolló el mismo patrón.

Las discrepancias sobre la realidad, sobre lo que estaba ocurriendo, ha llegado hasta nuestros días y no hay manera de establecer siquiera cuál es el número real de víctimas. Ni siquiera desde el ya entonces prestigioso Home Office se consiguió. La prensa fue víctima y verdugo, por un lado sensacionalista y por otro justiciera pidiendo más agilidad policial,  pero lo cierto es que aquellas pobres chicas prostitutas murieron de manera salvaje a manos de un sangriento asesino. Cundió el pánico y nunca se detuvo al culpable aunque hubo muchos sospechosos y un incesante revuelo -lógico- en los vecinos de Whitechapel.

Llegaron las presuntas cartas del asesino que tampoco han pasado el filtro de la verdad extrema. Y todo se convirtió en literatura, en cine. La pasión desbordada por un crimen sin resolver en una época tan atractiva…ha sido una constante y unos crímenes se convirtieron en clásicos de nuestro arte.

Pasaron los años, muchos, 125 y resulta que el culpable sale a la luz, al menos de la cuarta víctima de los «cinco canónicos». Una prueba policial que se subasta (?), un adinerado que gana la puja, unos análisis de ADN y se acaba el misterio. Por fin se le ha puesto nombre a Jack el Destripador: Aaron Kosmisnki, un peluquero polaco, judío o de etnia judía para ser más exactos, que fue considerado en su momento como posible sospechoso por haber sido visto en uno de los lugares del crimen, las notas policiales de entonces detallan que era un  «probable esquizofrénico paranoico con alucinaciones auditivas y propenso a la masturbación» . Tenía 23 años cuando todo sucedió y murió en un centro psiquiátrico donde fue recluido después de la vigilancia a la que fue sometido tras los crímenes. Quizás por eso Jack el Destripador dejó de actuar.

El descubridor del hallazgo está feliz, en términos generales es bueno encontrar al culpable de los hechos, pero a mí me queda el amargor de que destrocen un mito literario, cualquier día nos van a decir que no existen los BigFoot, que en el lago Ness no habita nadie o que los Reyes son los padres…