CITAS

Además de hablar horas interminables con amigas (y con mi madre) por teléfono o a través de las redes sociales, también quedo con gente e incluso de manera ocioso-festiva. Sé que esto no me hace especial, pero desarrollo la idea, paciencia. Usaré la palabra citas que es un término más bien anglosajón en la actualidad y que además siempre tiene veladas connotaciones sexuales, pero me arriesgo.

Las citas con amigas o amigos -en principio- siempre salen bien, gente que conoces, que sabe de ti, que tú sabes de ellos, con la que te pones al día si hace mucho que no la has visto o con la que pasar el tiempo. A veces, hasta sin querer, suceden mil anécdotas para recordarlas en citas posteriores convirtiéndolas en los clásicos que siempre vuelven. En mi caso es repetida la historia un famoso bizcocho, un perro y mis amigas del colegio cuando teníamos quince o dieciséis años…. Todavía sale a la palestra y todavía lloramos de risa. Es más, lo escribo y me estoy riendo.

Hay citas familiares que según como se planteen pueden ser divertidas, tiernas o de esas en las que te planteas el mismo infierno como mejor vía de salida. Hay citas de trabajo, por trabajo, y a veces los “sin trabajo” acudimos a una cita que se llama entrevista de trabajo, pero que como se dan cada vez menos, se están perdiendo en el imaginario colectivo.

Está la temida cita “por compromiso”, yo la odio especialmente, no sólo porque es el grupo que abarca a las visitas a hospitales, las revisiones del dentista o los pésames en los tanatorios, si no porque se me hacen un desierto sin agua, no veo el final, el horizonte siempre es el mismo, el tiempo pasa lento y además son los momentos en los que más encantadora hay que ser. Que yo lo soy de serie, como los airbags en los coches nuevos, pero hay que esmerarse especialmente.

El ser humano tiende a socializar cara a cara, sé que hay gente que prefiere vivir en soledad, pero por lo general apetece tomar unas cañas con alguien.  O un colacao. Las citas, a fin de cuentas, no son más que fechas en el calendario, horas en la agenda, ubicaciones en tiempo y forma para empezar algo que puede darse de manera espontánea si te encuentras a esa misma persona por la calle y dispones de tiempo para parar a tomar algo o a sentarte en un banco de un parque. Sin embargo, y esto es nota al margen, cuando es algo sin planificar, muchas veces acabamos pasando una hora de pie intercalando de vez en cuando expresiones como “me están esperando” “llego tarde” o “ya hablamos con más tranquilidad”.

Lo que no me ha sucedido nunca es que alguien no llegue a una cita. Esa experiencia la desconozco. Han llegado tarde, me han hecho esperar, pero nunca me han dado plantón. Que no lleguen a la hora convenida me sienta un poco mal, ya lo dejo dicho, porque yo suelo ser muy puntual. Además porque no sé muy bien que hacer en ese tiempo y si no tienes batería suficiente en el móvil, la espera suele ser desesperante. Sólo la supera el hecho de que la cita sea en la calle. Mi timidez (que nadie cree) y mi falta de autoestima hace que me sienta violenta y sobre todo, visible. Quizá nadie me mira, pero yo siento millones de ojos clavados en mí.

Tampoco he plantado a nadie, por mucho que en el fondo me apetezca imaginarme un plano secuencia de una  abarrotada esquina, a los pies de un semáforo, y un caballero perfectamente vestido con un ramo de flores en la mano esperando por mí. O fantasear con el contar de las horas en un local donde la cena para dos se convierte en atracón de soledad para uno, y ser yo la que no llega. Esto no es de buena persona, pero que le voy a hacer, tengo mis malos momentos.

Si algún día alguien no va a acudir a una cita conmigo, por favor, que antes hayamos quedado en un sitio elegante. Al menos así, mi nueva experiencia la podré relatar rodeada de esa cantidad de pequeños detalles que me hacen la vida un poco más feliz y que tanto se prestan a la descripción. Y por si acaso, ¿quedamos en Delmonico’s a las ocho?

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