ENCONTRARON A JACK

En 1888 la Policía Metropolitana de Londres estimó que había 1200 prostitutas y 62 burdeles en Whitechapel, en el East End londinense. Eso son, aproximadamente, veinte trabajadoras por burdel. Ignoro si son muchas o pocas y me veo incapacitada para compararlo con la actualidad porque no tengo datos.

Lo que sí es cierto es que el territorio que comprendía ese barrio (parroquia) no era tan extenso como para tanto prostíbulo. O puede que sí, que desde el principio de los tiempos es un negocio que funciona por la ley de la oferta y la demanda. La demanda debía ser muy alta teniendo en cuenta que para la conservadora sociedad victoriana el sexo era el peor de los pecados, el más perseguido  y por tanto – con la lógica del deseo y lo prohibido por bandera-  muy solicitado en la clandestinidad.

Por aquel entonces llegaron a Londres grandes cantidades de inmigrantes que se establecieron a modo de gueto; dice la RAE que se escribe así y en su primera acepción habla de “judería marginada dentro de una ciudad” y fueron éstos y muchos europeos del Este los que recalaron en tal barrio sobrepoblándolo.  Whitechapel se convirtió en un lugar paupérrimo y en una sociedad de tanta desigualdad social (de la de verdad) pronto comenzaron revueltas de determinados colectivos, grupos de delincuencia y para las mujeres quedó la última salida, la más antigua, la de siempre: la prostitución.

Ese año, 1888 fue en el que Jack el Destripador comenzó a hacer de las suyas. Entre once y cinco mujeres murieron en sus manos. Se habla de los “cinco canónicos” para diferenciar a los que con casi total seguridad fueron del mismo asesino dejando a las otras seis en una duda razonable. Después de ver mucho CSI y muchos capítulos de “mentes Criminales” podríamos decir que son las víctimas con las que el sujeto desarrolló el mismo patrón.

Las discrepancias sobre la realidad, sobre lo que estaba ocurriendo, ha llegado hasta nuestros días y no hay manera de establecer siquiera cuál es el número real de víctimas. Ni siquiera desde el ya entonces prestigioso Home Office se consiguió. La prensa fue víctima y verdugo, por un lado sensacionalista y por otro justiciera pidiendo más agilidad policial,  pero lo cierto es que aquellas pobres chicas prostitutas murieron de manera salvaje a manos de un sangriento asesino. Cundió el pánico y nunca se detuvo al culpable aunque hubo muchos sospechosos y un incesante revuelo -lógico- en los vecinos de Whitechapel.

Llegaron las presuntas cartas del asesino que tampoco han pasado el filtro de la verdad extrema. Y todo se convirtió en literatura, en cine. La pasión desbordada por un crimen sin resolver en una época tan atractiva…ha sido una constante y unos crímenes se convirtieron en clásicos de nuestro arte.

Pasaron los años, muchos, 125 y resulta que el culpable sale a la luz, al menos de la cuarta víctima de los “cinco canónicos”. Una prueba policial que se subasta (?), un adinerado que gana la puja, unos análisis de ADN y se acaba el misterio. Por fin se le ha puesto nombre a Jack el Destripador: Aaron Kosmisnki, un peluquero polaco, judío o de etnia judía para ser más exactos, que fue considerado en su momento como posible sospechoso por haber sido visto en uno de los lugares del crimen, las notas policiales de entonces detallan que era un  “probable esquizofrénico paranoico con alucinaciones auditivas y propenso a la masturbación” . Tenía 23 años cuando todo sucedió y murió en un centro psiquiátrico donde fue recluido después de la vigilancia a la que fue sometido tras los crímenes. Quizás por eso Jack el Destripador dejó de actuar.

El descubridor del hallazgo está feliz, en términos generales es bueno encontrar al culpable de los hechos, pero a mí me queda el amargor de que destrocen un mito literario, cualquier día nos van a decir que no existen los BigFoot, que en el lago Ness no habita nadie o que los Reyes son los padres…

 

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