VUELTA AL COLE

Hoy empieza el cole. Y no puedo menos que sentir un poco de envidia.

La menor de mis hijas ya entra en cuarto de primaria. Cómo pasa el tiempo, hace nada pesaba dos kilos y ahora ya empiezan a florecerle brotes de niña mayor, de mujercita que me decían las amigas de mi abuela. Me esfuerzo en acordarme quién fue mi profesora de entonces, cómo me fue a mí en aquel curso, y a duras penas consigo hilar recuerdos. Al final todos mis recuerdos escolares se convierten en una amalgama de historias que me es difícil fechar.

A mí volver al colegio me gustaba porque de las cosas que más me divierten y me hacen sonreír es estrenar. Aunque la falda fuera la misma, eterna, pese a que en septiembre todavía daban un calor infame los calcetines, aunque en Marzo no me quedara nada de ese sentimiento. Yo recuerdo con cariño y nervios la noche antes del día D en la que preparaba el uniforme para el día siguiente en mi silla del escritorio. Preparar la mochila con un sólo cuaderno «por si había que apuntar algo». Me gustaba volver.

Yo pasaba más de ocho horas ininterrumpidas en el colegio y aunque a veces era muy cansado, la verdad es que estaba con mis amigas y eso me hacía sentir una compañía y una complicidad que en casa -por falta de hermanos- no tenía. Entonces me divertía, hoy lo valoro y comprendo cuanto de bueno tenían aquellas interminables horas de falda escocesa…y baby (o babero) hasta los trece años, el mismo cuerpo que ahora y un baby encima del uniforme. Era una prenda que nos hacía amorfas bolas de cuadros verdes y blancos de cuello bebé. Lo juro.

Pero en mi casa lo que más se cuenta es el día que fui al colegio con dos años, a la guardería. El primer día de mi vida que formé parte de la escolarización. Era un chalet enorme (o a mis pies chicos se lo parecía) lleno de niños pequeños. El día fue divertido, no había horarios de estos de adaptación y ninguno sufrimos un colapso. Algunos lloraron al entrar, yo estaba encantada. Creo que fue mi madre (o mi abuelo) quien me regaló una caja de ceras de colores enorme, treintaiséis colores.  Yo tenía la cera dorada que era como sentirse ganadora por defecto.

Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó, como hacemos todas las madres, cómo me había ido el día…yo me puse muy seria y conté la verdad: «He sacado punta». Hubo un silencio como de western, la misma tensión que en Las Gaunas, la sonrisa materna se congeló en su faz. Rápidamente una ojeada a la mochila confirmó sus sospechas. Ahí, inerte, sin cinta amarilla que le protegiese estaban los restos del delito. Ya no se podía hacer nada. Era demasiado tarde. Mi madre sacó la caja con la misma lentitud que si fuera una bomba con cables rojos y azules por cortar. La puso delicadamente encima de la mesa. Ningún lápiz sobrepasaba los tres centímetros y seguramente fue porque ya se me perdía dentro del sacapuntas. No me regañaron. Tampoco me compraron más una caja tan grande.

Pero decidme la verdad, ¿hay algo más bonito que las virutas de treinta y seis  colores de cera todas juntas?

 

CITAS

Además de hablar horas interminables con amigas (y con mi madre) por teléfono o a través de las redes sociales, también quedo con gente e incluso de manera ocioso-festiva. Sé que esto no me hace especial, pero desarrollo la idea, paciencia. Usaré la palabra citas que es un término más bien anglosajón en la actualidad y que además siempre tiene veladas connotaciones sexuales, pero me arriesgo.

Las citas con amigas o amigos -en principio- siempre salen bien, gente que conoces, que sabe de ti, que tú sabes de ellos, con la que te pones al día si hace mucho que no la has visto o con la que pasar el tiempo. A veces, hasta sin querer, suceden mil anécdotas para recordarlas en citas posteriores convirtiéndolas en los clásicos que siempre vuelven. En mi caso es repetida la historia un famoso bizcocho, un perro y mis amigas del colegio cuando teníamos quince o dieciséis años…. Todavía sale a la palestra y todavía lloramos de risa. Es más, lo escribo y me estoy riendo.

Hay citas familiares que según como se planteen pueden ser divertidas, tiernas o de esas en las que te planteas el mismo infierno como mejor vía de salida. Hay citas de trabajo, por trabajo, y a veces los «sin trabajo» acudimos a una cita que se llama entrevista de trabajo, pero que como se dan cada vez menos, se están perdiendo en el imaginario colectivo.

Está la temida cita «por compromiso», yo la odio especialmente, no sólo porque es el grupo que abarca a las visitas a hospitales, las revisiones del dentista o los pésames en los tanatorios, si no porque se me hacen un desierto sin agua, no veo el final, el horizonte siempre es el mismo, el tiempo pasa lento y además son los momentos en los que más encantadora hay que ser. Que yo lo soy de serie, como los airbags en los coches nuevos, pero hay que esmerarse especialmente.

El ser humano tiende a socializar cara a cara, sé que hay gente que prefiere vivir en soledad, pero por lo general apetece tomar unas cañas con alguien.  O un colacao. Las citas, a fin de cuentas, no son más que fechas en el calendario, horas en la agenda, ubicaciones en tiempo y forma para empezar algo que puede darse de manera espontánea si te encuentras a esa misma persona por la calle y dispones de tiempo para parar a tomar algo o a sentarte en un banco de un parque. Sin embargo, y esto es nota al margen, cuando es algo sin planificar, muchas veces acabamos pasando una hora de pie intercalando de vez en cuando expresiones como «me están esperando» «llego tarde» o «ya hablamos con más tranquilidad».

Lo que no me ha sucedido nunca es que alguien no llegue a una cita. Esa experiencia la desconozco. Han llegado tarde, me han hecho esperar, pero nunca me han dado plantón. Que no lleguen a la hora convenida me sienta un poco mal, ya lo dejo dicho, porque yo suelo ser muy puntual. Además porque no sé muy bien que hacer en ese tiempo y si no tienes batería suficiente en el móvil, la espera suele ser desesperante. Sólo la supera el hecho de que la cita sea en la calle. Mi timidez (que nadie cree) y mi falta de autoestima hace que me sienta violenta y sobre todo, visible. Quizá nadie me mira, pero yo siento millones de ojos clavados en mí.

Tampoco he plantado a nadie, por mucho que en el fondo me apetezca imaginarme un plano secuencia de una  abarrotada esquina, a los pies de un semáforo, y un caballero perfectamente vestido con un ramo de flores en la mano esperando por mí. O fantasear con el contar de las horas en un local donde la cena para dos se convierte en atracón de soledad para uno, y ser yo la que no llega. Esto no es de buena persona, pero que le voy a hacer, tengo mis malos momentos.

Si algún día alguien no va a acudir a una cita conmigo, por favor, que antes hayamos quedado en un sitio elegante. Al menos así, mi nueva experiencia la podré relatar rodeada de esa cantidad de pequeños detalles que me hacen la vida un poco más feliz y que tanto se prestan a la descripción. Y por si acaso, ¿quedamos en Delmonico’s a las ocho?

ENCONTRARON A JACK

En 1888 la Policía Metropolitana de Londres estimó que había 1200 prostitutas y 62 burdeles en Whitechapel, en el East End londinense. Eso son, aproximadamente, veinte trabajadoras por burdel. Ignoro si son muchas o pocas y me veo incapacitada para compararlo con la actualidad porque no tengo datos.

Lo que sí es cierto es que el territorio que comprendía ese barrio (parroquia) no era tan extenso como para tanto prostíbulo. O puede que sí, que desde el principio de los tiempos es un negocio que funciona por la ley de la oferta y la demanda. La demanda debía ser muy alta teniendo en cuenta que para la conservadora sociedad victoriana el sexo era el peor de los pecados, el más perseguido  y por tanto – con la lógica del deseo y lo prohibido por bandera-  muy solicitado en la clandestinidad.

Por aquel entonces llegaron a Londres grandes cantidades de inmigrantes que se establecieron a modo de gueto; dice la RAE que se escribe así y en su primera acepción habla de «judería marginada dentro de una ciudad» y fueron éstos y muchos europeos del Este los que recalaron en tal barrio sobrepoblándolo.  Whitechapel se convirtió en un lugar paupérrimo y en una sociedad de tanta desigualdad social (de la de verdad) pronto comenzaron revueltas de determinados colectivos, grupos de delincuencia y para las mujeres quedó la última salida, la más antigua, la de siempre: la prostitución.

Ese año, 1888 fue en el que Jack el Destripador comenzó a hacer de las suyas. Entre once y cinco mujeres murieron en sus manos. Se habla de los «cinco canónicos» para diferenciar a los que con casi total seguridad fueron del mismo asesino dejando a las otras seis en una duda razonable. Después de ver mucho CSI y muchos capítulos de «mentes Criminales» podríamos decir que son las víctimas con las que el sujeto desarrolló el mismo patrón.

Las discrepancias sobre la realidad, sobre lo que estaba ocurriendo, ha llegado hasta nuestros días y no hay manera de establecer siquiera cuál es el número real de víctimas. Ni siquiera desde el ya entonces prestigioso Home Office se consiguió. La prensa fue víctima y verdugo, por un lado sensacionalista y por otro justiciera pidiendo más agilidad policial,  pero lo cierto es que aquellas pobres chicas prostitutas murieron de manera salvaje a manos de un sangriento asesino. Cundió el pánico y nunca se detuvo al culpable aunque hubo muchos sospechosos y un incesante revuelo -lógico- en los vecinos de Whitechapel.

Llegaron las presuntas cartas del asesino que tampoco han pasado el filtro de la verdad extrema. Y todo se convirtió en literatura, en cine. La pasión desbordada por un crimen sin resolver en una época tan atractiva…ha sido una constante y unos crímenes se convirtieron en clásicos de nuestro arte.

Pasaron los años, muchos, 125 y resulta que el culpable sale a la luz, al menos de la cuarta víctima de los «cinco canónicos». Una prueba policial que se subasta (?), un adinerado que gana la puja, unos análisis de ADN y se acaba el misterio. Por fin se le ha puesto nombre a Jack el Destripador: Aaron Kosmisnki, un peluquero polaco, judío o de etnia judía para ser más exactos, que fue considerado en su momento como posible sospechoso por haber sido visto en uno de los lugares del crimen, las notas policiales de entonces detallan que era un  «probable esquizofrénico paranoico con alucinaciones auditivas y propenso a la masturbación» . Tenía 23 años cuando todo sucedió y murió en un centro psiquiátrico donde fue recluido después de la vigilancia a la que fue sometido tras los crímenes. Quizás por eso Jack el Destripador dejó de actuar.

El descubridor del hallazgo está feliz, en términos generales es bueno encontrar al culpable de los hechos, pero a mí me queda el amargor de que destrocen un mito literario, cualquier día nos van a decir que no existen los BigFoot, que en el lago Ness no habita nadie o que los Reyes son los padres…

 

EL DESVELO POR ELLROY

Ahora mismo se puede ver a la derecha, aunque puede cambiar pronto, una foto de mi cuenta de Instagram de un libro. De un tiempo a esta parte he fotografiado lo que me iba leyendo para compartirlo y por poner algo de literatura en ese mundo virtual comestible que es esa red social. El libro en cuestión es «El asesino de la carretera» de James Ellroy. Si se comprueba la fecha de la foto se puede ver que hace demasiado tiempo que la puse, son muchos días para un libro de lectura fácil. Lo sé.

Mi gusto literario es tan ecléctico como yo misma, sin embargo la literatura policíaca o de misterio ha sido una constante entre mis lecturas, sobre todo si hablo del verano. No ha faltado una tarde de siesta sin un Agatha Christie que llevarme a la mano, sin un Anne Perry para la noche calurosa o algún desafío patrio como puede ser el detective Víctor Ros por poner ejemplos así a vuela pluma.

Los forenses, policías, detectives, criminales, mafiosos sin escrúpulos, ladrones y asesinos han sido mi pareja de baile desde hace mucho tiempo, ni me acuerdo, y siempre me gusta que ganen los buenos, que no siempre están en el bando preestablecido. En el fondo, y en las formas, soy una sentimental.

También veo ese tipo de literatura en series de ficción, sin embargo evito ver películas de libros que ya he consumido y sobre todo si me han gustado mucho o las he leído muchas veces. No quiero ni recordar el trauma que me supuso ver a un Hércules Poirot que no se parecía nada al afamado detective belga que tantas tardes había sido mi interlocutor en mi imaginación.

Yo los libros los imagino, los hago parte de mi realidad, conforman -durante el tiempo de lectura, y a veces un poco más- mi mundo más cercano. A veces el autor se empeña en decirme que el protagonista es corto de estatura, pero a mí en ese momento me apetece imaginar que es alto y por más veces que los renglones se empeñen en demostrarme que es bajito no cambio de idea, ni siquiera el autor puede mandar en mí.

Pues este libro me está ganando. Llevo la mitad del libro y ya he tenido pesadillas. Me despierta, me desvela. Durante el día me sorprendo pensando en la maldad intrínseca que hay en el personaje. Me asusta. No quiero dejar de leerlo porque creo que no debo dejarme influenciar tanto, quizá haya algo de orgullo, pero las descripciones son tan gráficas que el pánico se apodera de mí.

El protagonista es un psicópata, uno más, y hasta donde llevo leído es un diario de su vida. Si sus crímenes están perfectamente diseñados o no, es lo de menos; si la sangre es demasiado explícita, no es el problema. La maldad que destila su mente, la psique que dirían los cursis, es lo que me aterra.

Me asusta porque lo veo factible, hay gente que es mala en el mundo, que mata por matar, sin más ideales, sin necesidad de empujones previos, sin que le obligue ninguna otra persona o fin. Existen mentes enfermas y crueles, seres sin compasión ni empatía por los demás. Nada me produce más terror y este libro lo detalla perfectamente, tanto que me cuesta creer que el autor tiene todas sus conexiones neuronales dignas de pasar la ITV psiquiátrica.

Es probable que el libro pueda conmigo. Reconozco que tampoco me apetece sufrir por sufrir. Por lo pronto está ahí, mirándome en mi mesita de noche, recordándome lo frágil que es la vida y lo fácil que puede llegar a ser matar.

 

EL LOCO Y YO.

«Demasiado pronto para los Who/ demasiado tarde para los Jam» cantaba Loquillo cuando su banda eran Los Trogloditas, era 1985 y yo todavía pisaba la egebé de colegio de niñas buenas. Cuando conocí el disco -vinilo, of course- a mil y pico kilómetros de las Ramblas, puede que tuviera catorce o quince dulces y antológicos años, pero yo seguía llevando falda de cuadros, calcetines y la diferencia, quizás, es que era entonces un poco menos buena.

Puede que ese fuera el inicio de rebuscar en la música, lo hice de espaldas a la tendencia que marcaban las emisoras comerciales. Aunque reconozco que siempre estuve pendiente de la novedad musical que nos guiaba, por entonces, un despeinado Joaquín Luqui. Llegobincluso a confesar que   algunas cosas podían ser de mi agrado e incluso a partir de una de esas emisoras pude conocer, en un paisaje menos popular, a un Carlos Segarra con pelo y lejos del Mediterráneo del 88. La verdad es que  ya era lo suficientemente rara así que intenté, entonces, fundirme con el paisaje como técnica camaleónica de supervivencia social. Lo sigo haciendo.

Buceando hacia atrás descubrí que casi todo lo que había allí era bueno, como en el Génesis. Mi oído acostumbró a mis pies al Rhythm and Blues. Y una de las cuerdas que usaba para saltar de niña, se convirtió en mi pareja de baile atado a los pies de mi cama, o al cabecero, que estaba más alto y así podía pasar mejor por debajo. Tampoco había que comprometer todos los bailes con el mismo. Llamadme promiscua si queréis. Quise tener una mesa en el Cotton Club.

Después, o quizás fuera a la vez, vino el amor incondicional, fiel y eterno a Elvis. Ese durará como en el subtítulo de Ghost, más allá del amor. Y si en mi adolescencia el «Jailhouse Rock » hubiera sido mi tono de móvil, si entonces las niñas menos buenas estuviéramos localizadas por tan demoníaco aparato; con la edad encontré al Elvis Aarón, que dirían algunos, más maduro. Me gustan hasta sus películas, que me las vi todas en un ciclo que puso La2, cuando se llamaba la segunda y había algo más que elefantes y cine español o iraní. Aún deben dar vueltas por ahí las cintas VHS con mis grabaciones domésticas.

Con la distancia de los años valoro que se abriera por fin en mi ciudad una tienda de discos, Discos Grammy que tenía bolsas de plástico tamaño LP, de color naranja histérico con letras negras. Cuando dejé de vivir allí las bolsas eran tamaño CD. Seguro que es un ahorro medioambiental o algo. Era un lugar donde comprábamos entradas, pósters para nuestro dormitorio adolescente y había más música de la que sonaba en los cuarenta principales. Así yo seguí mirando hacia atrás, al jazz, al soul, al góspel y necesité un marido negro que fuera pastor o reverendo de una iglesia del Bronx o de un pequeño pueblo que tuviera una comunidad donde se regalaran tartas de manzana o magdalenas de arándanos

También quise un camión para ser feliz y una Harley. Y sin perder los británicos modales, tomar un café en un local perdido de la ruta 66. Y gastarme todo su dinero en Las Vegas, sí he escrito bien, el dinero de otro, de casino en casino. Y ver al Rat Pack en todo su esplendor. Quise ser oficial del Ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y llevar esos uniformes tan favorecedores. También hubiera estado bien ser una Pin up.

Navegué por un heavy muy edulcorado, como si los diferentes tuviéramos que unirnos sin remedio contra el avance de la música establecido. En realidad nos uníamos en los pocos locales fuera de la ley de mi ciudad pequeña, y hasta en otras más grandes… pero entonces ya era más mayor y conocía el psicobilly, el doo wop y bailaba hasta country con las botas adecuadas, que también siguen por ahí con los pettitcoat y las faldas de vuelo.

La falda de cuadros me la quité a los diecisiete años y a ratos la echo de menos, tanto como entonces la odiaba. También desaparecieron los petticoat  y las botas aunque en mi ropa de persona difuminada en la sociedad se puedan encontrar muchos detalles de mi yo de entonces, que era el yo que hubiera querido ser en otros sitios, en otros años. Comprendí pronto que era demasiado tarde para mí y entendí a Loquillo.