MANTEL DE CUADROS

Tengo que agradecerle muchas cosas a mi madre y a mi familia. Muchísimas. No necesito ponerme trascendental ni cursi . No hace falta que hable del aliento de la vida, ni enumerar una por una las distintas cualidades de ellos y como afectaron a mi personalidad, a mi manera de ser. No tengo que remarcar como ellos son la base de lo que soy. Sería vulgar y muy pesado.

Ayer leía una anécdota de cómo la adolescencia nos hace resabiados, prepotentes y como nos permitimos el lujo de mirar por encima de un hombro todavía por crecer a nuestros mayores, cuando tenemos tanto que aprender de ellos. Yo sin embargo necesito retrotraerme más, a mi infancia. Recuerdo una de las lecciones más importantes que me dio mi madre mucho más pequeña. Creo que no tendría ni siete años. No la he olvidado.

En mi casa los modales en la mesa eran, son, algo imprescindible. No hablo de básicos como: “no se habla con la boca llena” o “el cuchillo va a la derecha” que se dan por supuestos. Hablo del nivel profesional, de la esencia británica familiar. La nacional también vale, pero no era el caso. Puedo enumerar uno a uno los “ponte derecha”, “los codos no se ponen en la mesa”, “la cuchara va a la boca, no la boca a la cuchara”, “la boca se limpia antes de beber”, “la servilleta reposa en las rodillas” “se corta sólo el trozo que se va a meter en la boca”, “los cubiertos no tienen que oírse”, “el pan se corta en trocitos” y así hasta no se cuántas más que me pueden salir si me esfuerzo en recordar. Igual podría escribir un libro: “Las reglas básicas que debes conocer para sentarte en la mesa”: Protocolo doméstico para dummies.

Yo creía que en todas partes era así, no debía de fijarme como comían los demás cuando iba a un restaurante. Tampoco había Mc Donals todavía en mi ciudad, que es donde de verdad se ve lo mal que come la gente. Hay gatos mucho más educados frente a su escudilla.

Un día fui con mi madre a casa de unas personas extremadamente buenas y generosas. Muy humildes. Pocas personas he conocido como ellas. Llegamos pronto pero se hizo la hora de la cena. Entonces aquello se convirtió en una algarabía de voces y gente de todas las edades, todos alrededor de una mesa donde lo que había era a compartir. Recuerdo que nos invitaron a cenar. Me preguntaron si quería una sopa y mi madre me miró como mira mi madre, que es en sí una mirada con un mensaje cifrado. Entendí que me daba permiso, porque cuando tenía que decir que no me pasaba la mano por el pelo como si fuera el gato de un súper villano. Y como yo siempre fui de comer, me senté a la mesa.

Había un mantel de cuadros azules y blancos extremadamente limpio. Pero no había servilletas. En un momento dado uno de los comensales subió levemente el borde del mantel y se limpió la boca. Me quedé impactada, pero no osé a decir ni media palabra ni a que se me modificara el rictus, no sólo era prudencia,  es que me habían enseñado a no señalar los defectos de nadie. Ahí no quedó mi estupefacción. El círculo se cerró cuando vi que mi madre, de manera delicada se limpiaba las manos en el faldón del mantel. Pero seguí callada.

Después de salir de aquella fantástica cena, recuerdo aquella sopa como un manjar, y cuando ya estábamos lejos de esa encantadora familia se me atropellaron las palabras en la boca: “¡Mamá se limpiaban con el mantel y hasta tú lo has hecho!”  Entonces ella me dijo algo que no he olvidado ni olvidaré jamás: “La buena educación es darte cuenta de lo que es correcto en cada momento. Esta noche lo educado no era señalar que tú tienes mejores modales en la mesa sino agradecer su generosidad”.

Me dejó pensando mucho tiempo. No es fácil interiorizar algo así cuando se es tan pequeña, pero lo entendí y no lo olvidé jamás. Hay lecciones que vienen en mantel de cuadros.

 

UN HOMBRE TRANQUILO

Cuando Sara empezó a trabajar en aquella cafetería de la zonas de oficinas pensó que todo sería fácil y sencillo. Un horario cómodo que le permitía ir a clase por la tarde y la clientela se le suponía educada y poco aficionada a los follones. Le temía a las broncas, por eso prefería echar horas en una cafetería antes que un pub.

Lo de ir a clase era a largo plazo, todavía no se había matriculado y no sabía si tendría ganas. Antes de hacer un gasto que la dejaría con las tarjetas del banco pidiendo auxilio, tendría que comprobar como era el trabajo.

El primer día llegó nerviosa. Vestida de negro, como le habían solicitado, y con el pelo recogido. Intentaba aprender como funcionaban las máquinas y sonreía con soltura, como si hubiera nacido debajo de una máquina de café último modelo. Demasiados botones, la palanca no encajaba como debía. Tensión. Empezaba a pensar que no había valorado lo suficiente a todo aquel que a lo largo de su vida le había puesto el desayuno en un bar.

Se enfrentó a la tarea como si de seis morlacos se tratara. Dieron las siete, respiró hondo, se acomodó los pantalones, se ajustó un delantal verde pistacho con el que se completaba su uniforme y vio como se abría la persiana del local. Puede que incluso levantara el mentón y se pusiera levemente de puntillas. Torera.

La mañana fue nefasta, agotadora. Había doscientas maneras de pedir un café y otras tantas para el acompañamiento. Las combinaciones a la hora de pedir una tostada eran infinitas. En un acto de piedad cuando las lágrimas le nublaban los ojos, y se sentía nerviosa, desdichada y frenética, sus compañeros le relegaron a servir las mesas. Fue todo mejor, al menos no gripaba la cafetera, ni las naranjas se quedaban atascadas, ni se quemaba intentando sacar un croissant de la tostadora. Incluso no manchó a nadie. Casi no se armó un lío con los números de las mesas.

A las doce del medio día, cuando acababa su media jornada, mientras se deshacía el lazo del delantal, sólo podía pensar dos cosas: una, que cuando ya no llevaba lazos había aprendido a hacerlos y a quitárselos sin recurrir a nadie, y la segunda …que le iban a despedir. Se quedó esperando, sin saber si tenía que llevárselo a casa a lavar, si le dirían que lo dejara ahí para siempre o si debía salir resuelta y decir “hasta mañana” como si nada hubiera pasado.

Por suerte le rescataron a tiempo y la tranquilizaron diciéndole que todo había ido bien, que no se preocupara, “poco a poco”. Sara entonces musitó una despedida y se fue corriendo a dar la esquina para llorar a placer. Había superado  exámenes dificilísimos, situaciones tensas en su vida, enfermedades de seres queridos y hasta su partida definitiva, cómo era posible que se dejara amilanar por poner  unos cafés…

El día siguiente fue más de lo mismo y al otro consiguió salir del local sin una quemadura. Algunos clientes empezaban a removerse incómodos en la silla, pero hasta la fecha ninguno se había quejado. Por suerte.

En un acto de locura se matriculó otra vez en la Universidad, cuando la despidieran -en breve- tendría ocupado el tiempo en una segunda licenciatura.

Al poco tiempo se fijó en uno  de los habituales. No le hacía bromas, ni siquiera le llamaba por su nombre. Ella lo llamaba íntimamente “el hombre tranquilo”. No debía ser muy mayor pero tenía la paciencia de un anciano. Jamás levantaba la voz, siempre desayunaba solo y no les metía prisa porque sólo tenía unos minutos para desayunar como hacían los demás. Intentaba ir cuando no había demasiada acumulación de clientes y siempre se sentaba en la misma mesa, o lo procuraba. Manía o rutina, no lograba adivinarlo.

Cuando consiguió hacerse con todas las máquinas y hasta le dieron las llaves para abrir, él seguía allí. Inamovible, impertérrito. Meses sin más conversación que la “comanda”, la cuenta y los saludos de rigor. Lo veía entrar y se ponía nerviosa. En un mar de trajes de chaqueta ella se había aprendido su rutina de corbatas, y si se la saltaba le entraban ganas de preguntar qué había pasado con la del jueves para llevar la del martes, sin previo aviso. Pero se callaba.

Él, como ella, trabajaba los sábados, lo que le hacía pensar que igual pertenecía al departamento de administración de alguna tienda de centro comercial. Tampoco sabía si iba a desayunar los domingos, ese era el día que ella libraba. Siendo de ideas tan fijas seguro que iba allí también. Se le cruzó una idea por su cabeza y la atrapó con picardía. Ese hombre le había llamado la atención más que ningún otro en mucho tiempo y no iba a dejar pasar la oportunidad.

El domingo amaneció con sol y con resaca. La noche anterior se les fue de las manos celebrando el final del cuatrimestre y ahora lo veía todo demasiado turbio. Estuvo tentada de apagar el despertador, dar la vuelta y seguir durmiendo. Se acordó que lo había puesto para ir a desayunar al bar y luego estudiar, si se daban mal las cosas. Lo volvió a pensar y se decidió. Merecía la pena.

Llegó cuando él ya estaba sentado, vestía de manera informal y parecía mucho más joven. No era  un hombre guapo pero tenía algo, no sabía el que, igual era el misterio o la tranquilidad. Seguro que sólo ella veía ese algo. Y si ya lo había visto otra… La verdad es que por el camino se planteó que estuviera allí como siempre, pero acompañado, esa opción no se le había cruzado por la imaginación hasta ese momento. No le gustó la idea. Con algo más de tiempo se podía haber preguntado por qué le había molestado tanto, pero ya estaba llegando y se puso nerviosa como una quinceañera. Por suerte estaba solo. Saludó a su jefe y se fue hacia las mesas de manera muy casual, como si se fuera a sentar sola…y entonces se lanzó.

– Hola. Hoy no te pongo yo el café.

– Hola, no te había reconocido. Algún día tienes que descansar, pero me gusta cuando lo pones tú.

– ¿Puedo sentarme contigo?

Lo notó tenso. Nervioso. Se le veía con el NO en la punta de los labios. Ella aguantaba la compostura. ¡Vaya situación ridícula!

– Claro, por supuesto.

– Gracias. Me llamo Sara. ¿Porqué llevabas este jueves la corbata de los martes?

El se rió por primera vez, una risa de verdad.

– Mi gato y su falta de respeto por lo ajeno

– ¿Tienes un gato? Me encantan…

Con un poco de suerte, pensó Sara, no tendría que ponerse a estudiar hoy…

 

 

RUTINA DE COLUMNAS

Cuando leo a columnistas de ayer y hoy -como las fantasías animadas- me encuentro con un denominador común a través de sus textos: les pasan cosas y las saben contar. Ahí está todo.

En mi rutina de columnas leo todo lo que puedo, a los buenos articulistas con reverencia de alumna aplicada, a los menos buenos con interés y los que considero mediocres con ojo crítico, pero constructivo. Cuanto más grandes son los autores, mejor hilan esas vivencias con otras de la actualidad o de su propio ser de escritor. Eso es así, un todo. De un tiempo a esta parte, además, no pueden faltar referencias a grandes películas o series. Ahí está “el mojo”, esa es la base de la mayoría de sus escritos, han vivido momentos más o menos antológicos y además los relatan de manera extraordinaria.

Estoy convencida de que las anécdotas para que se califiquen así y no sean simples “cosas que pasan”, tienen que tener una base de realidad y otra de saber contarla. Simplificando al máximo, un buen columnista es como ese tipo que saber contar chistes. Existe un ángel, un arte, una especie de don divino que aúna el ser imán para las circunstancias extraordinarias (o ver en lo ordinario la excepcionalidad) y saber darle el brillo adecuado para que sean aplaudidas.

Tampoco creo que haya columnistas de mi gusto que sean abstemios. Igual sí, pero gracias a Dios, lo desconozco. No sé si podría soportarlo.

De entre las últimas columnas que me hayan gustado que pueda acordarme, a vuela pluma, está Tallón ayer y su compañero de piso cagando, Gistau en el baloncesto de la NBA cuando adolescente o sufriendo una avería de su lavadora, Umbral desde el verano, Jabois siguiendo la línea de prensa en Brasil, Pérez Reverte con sus perros o Alvite saliendo de un bar, entre metáforas, arreciando la lluvia. Maravillosas todas ellas y con frases realmente buenas, de aplauso en pie.

Cuando trabajaba para Alvite lo que más me preguntaban era: ¿Pero eso que cuenta le ha pasado de verdad? La pregunta era en voz baja, en un aparte, confundiendo mi labor con la de confesora de cabecera o de santo Tomás de columnas publicadas. La mayoría asumía que todos sus artículos tenían que formar parte del imaginario, como el Savoy o el Manicomio de Restande.  Nadie creía que esa vida nocturna y dispersa -vamos a llamarle dispersa- pudiera ser contada con tal sinceridad y contundencia, por fuerza tenía que ser literatura. Como respuesta yo sonreía. Dijera lo que diera nadie me iba a creer. (Inciso: ponte bueno ya Jefe)

Entre las cosas que no le pasan a la gente que se amontona en la parada del bus y las trivialidades que sufrimos los mortales a diario, estos señores columnistas hacen un artículo lleno de sensaciones. Yo sigo preguntándome si será cuestión de “irse a Madrid” o de viajar, si hay que ser muy crápula o sólo es cuestión de observar mucho. Pero mientras tanto, y desde mi castillo, sigo aprendiendo, disfrutando y leyendo cada momento que tengo libre. Sobre todo, confieso, me gusta encontrar la frase, la que redondea o la que destila poesía sin ser cursi. Es un placer como tantos otros.

Ya va siendo hora de buscar alguna columna y un buen café. Buenos días.

 

PEREZA EXISTENCIAL

Hay mañanas de pereza existencial. No es sólo el sueño enredado en las pestañas impidiendo que los ojos (mis ojos) se terminen de abrir de verdad. Es algo más. Se puede deambular con los ojos abiertos, yo lo tengo comprobado, se realizan todas las tareas que esperan un día más a ser acometidas e incluso se realizan bien, pero aún no están los ojos abiertos o como se denomine la conexión neuronal que hay entre los ojos y el conocimiento. Pero no es eso.

Hay mañanas de pereza existencial que se acaban convirtiendo en días  de pereza existencial porque es algo que va más allá del despertar físico. Es una frase redundante, demasiado incluso, sobre todo para la dejadez que intento transmitir. Error de novata. Es un sentimiento que tiene que ver más con el cansancio emocional o con las pocas ganas de seguir en pie. Es el día en el que prefieres que el mundo siga su curso, bamboleante en el espacio, sin reengancharte a él.

Es un paso de todo. Dejadme en paz. No quiero esforzarme ni en mantener las constantes vitales.

No tiene que ver con pensamientos divinos, espirituales, ni siquiera tiene que ver con encontrarse a sí mismo, no entran los chacras por medio, ni la anemia ferropénica. Es una pereza que sólo provoca dejarse llevar. No es “donde el corazón te lleve” (libro que leí en su momento pero del que soy incapaz de acordarme) porque eso exigiría decidir entre lo sentimental y lo racional. Este estado civil impide razonar y decidir.

Me atrevo a aventurar que es más pereza de lunes, puede que sea sentimiento desde, -por, de, para- la resaca y, arriesgando del todo, puede que los factores medioambientales tengan que ver, me refiero a lo que yo, de manera coloquial y algo ordinaria, defino como: mierdanube y si estoy muy harta ya, cambio el epíteto por algo más contundente que tiene que ver con la madre de las nubes, si es que tienen…¿Las nubes tienen madre?, gran pregunta a las ciencias meteorológicas o me estoy volviendo más loca de lo que pensaba.

Yo estoy a lunes, la niebla me rodea y me abraza como una nube baja (mierdanube, por cariñosa que sea) y pese a que anoche no bebí más que agua, soy capaz de asegurar que tengo resaca. Así que me voy a dedicar a vegetar en una esquina, a sobrellevar el día, a subsistir hasta mañana. Nada de grandes gestas, ni relevantes decisiones, ni una sólo reflexión trascendental, sólo adoptar a esta pereza existencial como modo de vida para hoy…mañana ya veremos.

 

CITY HALL NY

Estacion City Hall metroNY

Hay muchas ciudades con estaciones fantasmas en sus líneas de metro. Esta es de Nueva York, la de City Hall, por tener dos grandes estaciones cerca fue poco utilizada, hasta que dejó de estar abierta al público en 1945. Belleza extrema y humilde disfrutada apenas cuarenta años y luego condenada al ostracismo.

Puertas cerradas con raíles perdidos que desembocan en silencio. Belleza arquitectónica sin pasos humanos ni chirridos de vagón. Tiempo pasado ninguneado por el pragmatismo y la modernidad.

Estas viejas estaciones me recuerdan a los ancianos del asilo, a los mayores que se sientan en nuestras plazas, a los que ya casi no tienen futuro y consideran cada día un regalo envenenado de pastillas y dolores. Pero estos hombres y mujeres tienen un pasado lleno de vida, de historias y de esplendor. Tanto por contar y las prisas no nos dejan pararnos a disfrutarlos, casi nos estorban.

A veces, creo, hay que pararse más en lo que ya no es útil, aunque nos parezca una pérdida de tiempo, puede haber mucha belleza en silencio deseando romper a hablar.