SALA DE ESPERA

Creo que pocos lugares nos pueden llegar a desquiciar tanto a las mujeres como la consulta del ginecólogo. Seguro que ahora va alguien y  me dice que para ella es como pasear en barquita por el estanque del Parque del Retiro. Pero yo me mantengo en mis trece, mantengo mi opinión, ¡voto a bríos!. Por mentalizadas, modernas y responsables que seamos, el momento de llegar a aquella sala de espera donde todas sabemos qué va a pasar y de qué manera, es dificilito y todas perdemos levemente los nervios. Unas disimulan más que otras.

Este blog no hace ni hará apología de la deserción de la obligación médica. Hay que ir, desde aquí animo a que no dejéis de acudir a las revisiones y si sois varones que animéis a vuestras parejas, incluso las acompañéis, es importante ir al menos una vez al año. Es desagradable, pero hay que hacerlo. Evita males mayores. Reconozco que en mi caso también está el dentista como torturador de la era moderna, tiene herramientas que hacen daño y ruido, pero el ginecólogo es peor porque además es silencioso, no lo oyes venir.

Algún día espero que algún dentista me explique por qué se empeñan en hablarnos mientras tenemos la boca abierta, nos están trasteado en ella con cosas que acogotan de miedo y además con un tubito colgando para aspirar la saliva, que sólo de pensarlo da un asquito horrible. No sé como esperan una respuesta, si es que todas sus preguntas son retóricas o si llevan un monologuista dentro. Destacaré que la succión de la baba es de las cosas más desagradables que se pueden oír. Yo propongo que además de la servilletita de papel, en las consultas nos faciliten un par de tapones para los oídos y un inhibidor de olores porque no creo que con la boca abierta de semejante manera se pueda prescindir del uso básico de la nariz, respirar.

La ginecología no permite puertas abiertas, pero a cambio la media luz se hace recomendable para así ver mejor la pantallita del ecógrafo y eso que la ciencia ya ha avanzado una barbaridad y el mundo ya no es lo que era. Pero al llegar allí, la esencia sigue siendo la misma. «Desvístase de cintura para abajo, aquí tiene esta sabanita» y tú mientras te vas desvistiendo miras a esa media camilla, mezcla de sillón abatible y trono real, con esos dos elementos de pseudotortura como orejas al viento o manos que intentan atraparte, y ves los árboles del bosque de Blancanieves. Ahí están agitándose, esperando que llegues para atraparte y que tus piernas encajen bien, que nunca encajan. Cuando has llegado a ese punto ya estás desnuda tal y como te han mandado, con una sabanita sujeta tras la espalda con la mano que te hace parecer idiota, es más, te sientes profundamente idiota y mientras caminas sin querer dar la espalda a ese médico (sea hombre o mujer) que no conoces de nada, o peor aún, que te ha visto crecer, vas contemplando las opciones de fuga.

«Arrastra el culete un poco más para abajo». No conozco a nadie que no se lo tengan que decir. Incluso cuando tú ya crees que esta vez te has colocado convenientemente, hay que hacerlo, y ese momento de arrastre de las partes nobles, donde la espalda pierde su honorable nombre,  tirando del papel (o la sábana) de la camilla, forma parte de los ritos vergonzosos antes de que la consulta, por fin, comience. Me ahorraré los detalles porque tampoco hay que decirlo todo, pero desde mi absoluta falta de perspectiva y visión espacial, aprovecho para confesar que por mucho que me señalen una y otra vez cada una de las partes de mi más íntima intimidad, yo no veo absolutamente nada en el monitor. Me lo creo, como tantas otras cosas, porque soy un alma crédula, pero yo no veo absolutamente nada, por moderno que sea el aparatito y por bien que me lo expliquen.

El otro día tuve que pasar por el trance, no es algo que haya que ocultar, se va, se pasa el mal ratito y ya está, no hay que hacer más drama aunque se me ponga la piel de gallina sólo de pensarlo. Pero estando en la sala de espera, mirando los rostros que me acompañaban, me sentí una más. Sin embargo había una señora que era como los irreductibles galos, estaba cómodamente sentada y  comía pistachos con una alegría inusitada, sin ningún tipo de ansiedad pre-potro (esa media camilla infernal suele llamarse potro, intuyo que por símil al de tortura). Al poco tiempo se puso a ver vídeos en el móvil, a todo volumen y sin pensar que los demás podíamos no interesados en la homeopatía frente a la artrosis, que era lo que estaba viendo. De vez en cuando lo paraba y lo comentaba con su acompañante entre susurros. El murmullo me desconcertaba, si ya estaba con el volumen del vídeo a todo trapo, por qué luego bajar la voz para hablar.

Entonces lo entendí todo, los pistachos, el vídeo de homeopatía en una consulta médica, los cambios de volumen, su tranquilidad pese a que seguían llamando pacientes y pronto le debía tocar a ella…o no sabía donde iba, o estaba desequilibrada, o quizás se dio un golpe y había perdido la memoria, o venía del espacio exterior, porque nadie, nadie, está tranquila en la sala de espera del ginecólogo y no me lo desmintáis, que no me lo creo…

 

 

COSTUMBRE EN DISPERSIÓN

Somos animales de costumbres. Es innegable y cierto que no es necesario mucho tiempo para que tomemos una rutina por costumbre y nos adaptemos a ella. No importa que sea una dieta horrible, una vida laboral a turnos o vivir en zona de guerra, al final el ser humano se adapta a su entorno a base de paciencia o inteligencia, que son dos dones que no suelen ir unidos, salvo que el sujeto sea investigador. En ocasiones la adaptación es por huevos, permítanme la licencia burda y hasta grosera.

Por ejemplo, yo creo firmemente que un clima de nubes bajas, lluvias y días grises acabaría con mi espíritu, bajaría a los infiernos de la depresión y no sería capaz de levantar cabeza. Ni que decir tiene que sería el fin de mis risas y me vería incapaz de caminar con paso firme y contundente como el que suelo llevar. «¡Pisa fuerte!», es de las cosas que más veces me han dicho, con un recuerdo especial a un «¡Pisa fuerte niña, que paga el Ayuntamiento!» que me gritó un representante oficial del piropo, un obrero de la construcción .  Pese a que mi abuela me ha intentado educar en que a una señorita no se le debe oír antes que ver, reconozco que, con zapatos de tacón de por medio, la enseñanza cae en saco roto. Lo siento Yiya. En fin, que me disperso como los gases nobles. Concluyo: hasta sabiendo que ese clima me afectaría a mi esencia del ser, mis chacras, mi alma y mi adn, reconozco que al final me adaptaría porque hay que seguir viviendo.

En mi costumbre está dormir acompañada. Desde hace muchos años mi cama siempre ha estado compartida. Ni es mejor ni es peor. Es mi costumbre. No me siento superior por dormir con alguien ni creo que quien goza de cama completa sea más que yo. No es el manido debate de solteros frente a casados o asimilados. Lo he sufrido en más de una conversación y no me sabe a nada. Yo duermo acompañada aunque ha habido épocas en las que durante la semana laboral dormía sola, pero de eso hace demasiado tiempo y en verano, que también ocurre, al no ser «mi» cama, no me desoriento tanto.

Esta noche he dormido a cama vacía, no estaba sola en casa y pese a que algo de miedo siempre tengo a flor de piel, no estaba asustada. El miedo me nació el día que me dijeron que estaba embarazada y desde entonces está siempre ahí, agazapado y constante, sin ser una obsesión pero sabiéndome responsable de mis hijas, dos vidas, las que más quiero en este mundo. La angustia de que les pase algo y yo no sea capaz de reaccionar a tiempo o salvarlas me suele acechar sobre todo cuando no hay nadie con quien compartir mi desasosiego o la carga de salvarlas.

La verdad es que no he dormido. Por eso las gotas hoy están perdidas y temblonas como bajando por un cristal. Estaba acostada, a oscuras, pasaban los minutos pero el sueño no venía y cuando sonó el despertador fui consciente de que me había dado plantón. Me ha dado tiempo a pensar en muchas cosas, algunas demasiado, conseguí por fin no tener los pies helados, he lidiado con un leve dolor de cabeza y he recurrido a todos los recuerdos buenos que se me ocurrían para ahuyentar los malos pensamientos. He a despertado de no dormir, sin la resaca de una mala noche pero algo cansada y, por lo que ven, dispersa. Espero que me perdonen, pero no me parecía justificación suficiente para no dejar aquí mis gotas…

 

 

Habitacion secreta. Anders Hellman

Habitaciones secretas.

Derecho a mentir o a no decir la verdad.

Hueco privado donde ni los más cercanos tienen derecho a entrar.

Elegir un lugar, un suspiro, una lágrima que sea tan íntima que nadie sepa de ella.

No hay que saberlo todo, ni darlo a conocer.

Mejor guardar un resquicio en el que sólo entre la conciencia que no deja de ser un yo pedante.

Monólogos de espejo.

Huir de quien quiera conocer los secretos inconfesables, pues lo son porque le dimos esa categoría y nadie debe presionar por saber. Ni quitarles la etiqueta.

Atesorar risas y llantos, alegrías y decepciones. Aprender.

Esconder la llave, morir llenos de experiencias y secretos.

Ganar al juego de la vida.

…desde mi habitación secreta.

 

 

 

 

HEMLIGA RUM (By Anders Hellman)

HIPOTECAR LA LIBERTAD

Yo esta mañana, con el primer café de las seis y media, recostada en mi cama, como una señora (que tiene de marido a un señor encantador) me planteaba de que iba a escribir hoy. Lo pensaba off the record, mientras leía un magnífico artículo de Jabois y a la vez que lo releía por segunda o tercera vez, me intentaba quitar de encima la presión del ambiente. Me decía Alvite, y lo ha dicho en público más de una vez, que dejó de leer a muchos excelentes columnistas porque se te pegan a la mano que escribe. Y es cierto. A veces lees algo tan enorme como el artículo de hoy, u otros tantos, y te notas embriagada y a la vez embargando tus propias letras de pura empatía.

Decidí escribir de un par de versos de una canción que me lleva obsesionando desde hace varias semanas, y no es tanto por su música como por su letra. «Prometo casi siempre sonreír/ Prometo no fruncir el ceño/Prometo no contarte la verdad de la lascivia de mis sueños». Porque es cierto que el inconsciente cuando se vuelve lascivo puede dar sorpresas y es sabido que los sueños dan sorpresas cuando deciden cumplir su función de ir por libre. Y ante esa noche tórrida en la cara B de nuestra vida sólo se guarda silencio, con o sin vergüenza dependiendo del partenaire. El tema me resultaba muy interesante y lo podía exprimir bien. Los sueños eróticos siempre son agradecidos para escribir de ellos.

Lo que ocurre es que llegué a tuiter y empecé a enfadarme por diferentes asuntos. Primero fue el egocentrismo de cierto ex director de periódico que se ha enarbolado en la libertad de prensa, que estaría fantástico si no la personalizara en él mismo como la última víctima, verdugo, muerto en el entierro y novia en la boda. Me agotan las personas que sólo se miran el ombligo. Hay vida y prensa más allá de este señor, y si no hay más es porque personas como él la han vilipendiado, exprimido o vendido…presuntamente.

Detrás de eso una foto de otros dos periódicos nacionales. Los otros dos grandes de lo poco que queda en papel. Uno en portada con la noticia de dos, varias veces, exministros, expresidentes de la Junta de Andalucía, exsecretarios generales de uno de los grandes partidos de España, expresidentes de ese mismo partido, diputado y senador actualmente, es decir, aforados, que van a ser investigados por el Tribunal Supremo. El otro gran periódico con una pequeña reseña en portada, es sí, a la izquierda.  Seguro que es fácil adivinar cuál es cada periódico. Y esa es la vergüenza. Se habla de un desfalco a los españoles de novecientos millones de euros, intenten imaginar lo que son novecientos millones de euros, en campos de fútbol ni me pidan la cuenta, y por clientelismo uno lo pone y el otro no. Este caso es así, otras veces es al contrario. Lo lamentable es que haga más ruido una multa de tráfico de una señora que tuvo grandes responsabilidades políticas, sí, pero no comparemos…

Así que, como me vi la comisión de los ERE por saber y conocer lo que se cocía, a diario y sin cobrar por ello, porque me duele cada uno de «los dineros» que se han gastado en «malboro y yintonics» o en «putas y coca» a mi costa, igual que me duelen los viajes de los presidentes a las islas afortunadas por amor, me he puesto a despotricar en tuiter. Correctamente y sin insultar que yo respeto a las formas, a la presunción de inocencia, a la ley y sobre todo a los followers que a fin de cuentas es gente que me lee (nos leemos) porque me eligieron.

Al final, lamentando el poco caso que se le hace a una de las estafas -presuntas, sin presunción, o por donde vaya la cosa- de este país, me acordé de cuando llegué a Twitter, sin candado y abierta en canal, diciendo mis opiniones a bocajarro. Entonces hubo quien me recriminó -quizás fuera un consejo- que siendo tan sincera y mojándome en todos los temas me estaba creando enemigos, sobre todo en lo que se refiere a la hora de escribir y si tenía pensamiento de acceder alguna vez a algún medio de comunicación me estaba cerrando puertas. Lo pensé, lo cierto es que lo pensé. Sopesé abrir otra cuenta, cerrar la que tenía, pero luego decidí no hipotecar mi libertad. Nada tengo -salvo este blog que me da tantas alegrías- y es difícil que lo tenga, no me veo firmando columnas de opinión aunque yo quisiera hacerlo, pero sí que puedo decir lo que pienso, y coartar mi libertad, censurarme por lo que pueda pasar, sí que me parece un precio demasiado caro…

SOLA ANTE EL PELIGRO

Yo aprendí a leer por desconfianza. A los dos años. Pensaba que mi madre acortaba los cuentos para que me durmiera antes e intuía que me ahorraba un sinfín de palabras. Tengo que reconocer, en honor a la denostada verdad, que me gustaba mucho más cuando en vez de un libro físico -soy tan mayor que eso de los ebook no existía-, me contaba una «historia inventada» que era el tecnicismo con el que le suplicaba que dejara de lado el papel. Ahora, un montón de años más tarde, me doy cuenta de que la pobre acababa de llegar de trabajar y maldita las ganas que tendría de ponerse a inventar una historia, pero claro, de eso soy consciente cuando no tiene remedio.

Ella se sentaba a mi lado y me cogía una mano y yo la escuchaba con los ojos muy abiertos, enormes y sin miopía por entonces. No pestañeaba más que lo necesario y a veces menos. Sólo cuando ella me decía que tenía que ir al baño o que la estaban llamando sucumbía a cerrar los ojos y entonces me quedaba inmediatamente dormida. Todos los días era exactamente igual, y todos los días me creía que tenía una urgencia.

El rito del cuento lo mantuve hasta bien mayor. Sabía leer porque no me fiaba de mi madre, incluso mientras la esperaba me leía el cuento para comprobar después que no me estaba engañando, pero no quería renunciar al placer de que mi madre me acompañara un ratito antes de dormir.

De mis primeros pasos en la lectura -que fueron a la carrera- hace ya treinta y siete años. Hasta ahora he leído con incierto criterio, es decir, lo que me recomendaban, lo que me apetecía o lo que me obligaban a leer. Inciso: Se suele despotricar a menudo de los libros que los profesores de Literatura exigen que lean los alumnos. Reconozco que a veces es negativo pues te obligan a leer algo que puede ir en contra de tu gusto, pero a éste -el gusto- también se le puede educar y si comemos cosas nitrogenadas no veo porque no se puede leer «La Celestina». A mí me obligaron a leer «El Camino» de Delibes y es sin duda mi libro favorito, el primero de muchos, pero el que encabeza la lista es éste.

He leído de todo en estos años, claro. Tuve una época en la que el teatro de Mihura, Jardiel Poncela, y los Quintero era mi lectura favorita. El teatro tiene pocos adoradores lectores, no así intérpretes y público, pero a mí me apasionaba (y lo sigue haciendo). Mención especial para «La venganza de D. Mendo». Pasé por la poesía clásica y romántica como correspondía por edad y revuelo de hormonas, muriendo de amor entre Bécquer, Cernuda, Machado, Miguel Hernández, Montesinos, Juan Ramón… Pero mi alimento básico han sido los cuentos, los artículos y las novelas, desde edulcoradas hasta sangrientas, del realismo mágico a los asesinos en serie.

Había un género que jamás me llamó la atención, reconozco, yo nunca había leído ensayo. Se me atragantaba. Comprendo que los que de verdad saben y entienden, las personas de gran cultura es lo que prefieren, pero a mí se me hacía denso. Ahora estoy leyendo mi primer ensayo, que es algo que recordaré como mi primer beso, toda la vida. Leo «Libros Peligrosos» de Juan Tallón, yo esperaba una novela ingeniosa y de ritmo perfecto, pero me encontré un ensayo y fue como perder la virginidad. Me dejé de llevar de cabeza, sin meditar pero con la persona adecuada -siempre es la persona adecuada, porque lo es en ese instante-.

Cuando a los pocos días de comenzar a venderse vi que había otras personas que lo habían terminado, me sorprendí, soy incapaz de avanzar con fluidez porque necesito repasar cada uno de los párrafos. Interiorizo literatura. Es un libro de texto imposible de resumir. Cada uno de esos libros peligrosos que no he leído -casi todos- me resulta una obra de arte desde los ojos escritos del autor, y cuando he leído alguno de ellos me sonrío si me reconozco en su opinión de experto y me avergüenzo si no he sentido alguno de los matices que me exponen -me gritan- desde sus páginas.

La lista de Tallón no es mi lista, ni siquiera sé si sería capaz de hacer una, pero me gusta saber lo que hay detrás de los años de lectura de los demás. También me gusta que me razonen el porqué de su sitio entre los elegidos, si cada libro tiene que estar ahí, quiero saber sus bondades y sus defectos, su particularidad, su «peligro» y el autor lo hace. Reconozco que me ha maravillado la manera de hilar un libro con otro, es impresionante. Sólo por esto merece la pena leer el libro y eso que la portada y el álbum de fotos que añade es, también, más que suficiente.

Me queda poco para terminarlo, pero tenía que comentarlo antes porque me urgía dar las gracias a quien me lo regaló (Gracias, muchas, miles) y porque estoy orgullosa de mí por adentrarme a literatura «seria», subrayando (me sigue costando) y aprendiendo mucho…despacio, sólo he tardado treinta y siete años, no vaya a precipitarme ahora…

 

TALLON