OPERACIÓN BIKINI

La sonrisa se le perdió en la mañana y le duró lo que tardó en ver los números reflejados en el neón de la báscula
– ¡Maldita sea! -masculló. Se pasó la mano por la frente mesándose la melena recogida al libre albedrío al despertar y siguió farfullando una cascada de improperios que se dirigían por igual al peso y a ella misma.
En su ritual de la mañana había desterrado el momento de pasar por la tortura de la balanza porque tenía muy claro que solo le iba a dar malas noticias. ¿Para qué sorprenderse ahora? Estaba claro que la dificultad de entrar en los vaqueros, y la falda ajustadísima eran clara consecuencia de algo, no iba a ser la venganza callada y fría de la gravedad. Pero cuando la numeración se hace patente… ¡qué angustia!
Tomó un vaso de agua enfurecida y tan rápido que las sienes empezaron a latirle como si el corazón se le hubiera partido en dos y se hubiera dedicado al intrépido viaje de conocer su cerebro.
El cerebro, veamos, ella era una mujer inteligente, sensata, no se permitía ningún tipo de tontería o de pensamiento absurdo porque generalmente o costaban dinero o tiempo y ninguna de las dos cosas estaba dispuesta a perderla.
¿Por dónde iba? ¿Por qué no podía pensar con claridad?
Era inteligente si, culta, formada, e incluso tenía claro que la «belleza está en el interior» (señora Pots dixit), entonces, ¿a qué tanta preocupación? Ella jamás había condenado a alguien por su aspecto, por su talla, tenía sus gustos, no era un ser inmaculado y perfecto, pero nunca dejó de darle una oportunidad a una persona sólo por su aspecto físico, es algo que había visto muchas veces y siempre le pareció una aberración.
Y luego, con los tiempos que corren, ya comer era una suerte, aunque fueran exceso de hidratos…
Una luz interna se le encendió, una voz le llegó con su misma entonación…»Te autodisculpas» ¡Ah no!- se regañó- ¡eso nunca!. Por ahí si que no, jamás una autodisculpa, ni paños calientes para ella misma. La autocompasión es de cobardes.
No se encontraba mal y tampoco tenía ningún tipo de enfermedad de las que acompañan al sobrepeso, ni siquiera tenía claro que fuera sobrepeso, simplemente se había dejado demasiado. Las causas eran muchas y la culpa solo una, de ella.
Había llegado el momento de coger el toro por los cuernos, había engordado. Había engordado mucho y por inteligente que fuera, por claro que tuviera que era una superficialidad no quería estar así. No había más excusas. Era el día 1 y pronto volvería a resurgir.

CALAMARES EN SU TINTA Y EN PAPEL

Durante mi adolescencia, cuando aún rozaba casi la infancia leía unos libros de mi abuela. Tenía su permiso por fin para leerlos y no porque temiera que los estropeara, si no porque los consideraba adecuados a mi edad, y es que mi abuela aún me censura lo que ella cree que no debo leer, a los treinta y siete y con dos hijas en el mundo. ¡Y me encanta que lo haga!
Eran unos libros de una inocencia casi bautismal, pero de rápida lectura y de diversión adecuada para las soporíferas tarde de verano o aún peor, de ese junio en el que aun no iba a la playa pero pesaba la siesta como una losa de hierro fundido. Yo leía libro por tarde. A esa lista se añadían los Agatha Christie y los Mafalda, siempe Mafalda.
La verdad es que tenían, tienen porque siguen estando, un punto de humor inteligente que ya quisieran algún que otro bodrio de esos que te caen en las manos y te entran ganas de venderlo al peso y encima se empeñan en que es la fascinante obra de la temporada.
Eran novelas «de amores»: muchachita, generalmente solita en el mundo o con abuela o tías solteras que intenta ganarse la vida. Tienen su mérito porque estan escritas por una autora española en un época determinada donde muchas mujeres así, independientes, tampoco había… Evidentemente tiene el deje machista de la época pero no mucho más que puede ser «Lo que el viento se llevó» o similar.
Si alguien los ha leido alguna vez, la autora es Luisa María Linares, yo francamente los recomiendo por divertidos, sobretodo «Como casarse con un primer ministro» y «Esta noche volveré tarde».
En mi familia las hemos leído todas, y del mismo modo que con Mafalda, «La venganza de Don Mendo» o «La casa de la Troya» las citamos a menudo, supongo que queda mucho mejor decir que se cita al Quijote o a Joyce pero la verdad es la que es.
Hoy me ha venido a la memoria una frase, cuando ella, la muchacha, iba a tener una cita con un varonil sujeto (siempre altos y fuertes) y ella pese a tener ganas, evita unos calamares en su tinta, porque machan los dientes y es que de siempre la coquetería ha estado en las pequeñas cosas.
Así que dejando de lado la operación bikini, el colágeno, el botox, las liposucciones y el wonderbra no hay que olvidar que además del ajo y la cebolla, si tienes una cita, no comas calamares en su tinta!

TRUENOS DE AÑORANZA

Llovía gris.
El horizonte se había perdido entre sombras verdosas con tintes negros, presagiaba un futuro incierto. El paisaje era apocalíptico como el que se definía en las sagradas escrituras y en las películas de serie B. Un rayo partió el cielo por la mitad y retumbó un trueno, tembló el cristal de la ventana donde estaba apoyada, un mirador lacrimoso y helado.
Se acurrucó en sus propios brazos y subió el cuello de su chaqueta.
Nunca se acostumbraría a las tormentas. Le daban miedo, un irracional y absurdo miedo, un pánico impropio de su edad, sus conocimientos, sus malos ratos vividos.
El viento zumbaba por cada rincón de la casa y un perro aulló en la lejanía, «malos presagios»- decían las antiguas, «suena a muerto»- decían otras. Suponía que la realidad era tan simple como que el pobre animal estaría aterido de frío, solo y perdido en medio de tan tremendo temporal. Pero la explicación sensacionalista y llena de superstición parecía por entonces muchísimo más lógica.
Le gustaban las tradiciones, los dichos, los refranes y los protocolos de siempre,  pero había unido su vida a un hombre de ciencias, cerebral y cuadriculado que no atendía a folclore alguno. Recordaba con una sonrisa cuando su abuela decía alguna de esas frases que conformaban el hilo del recuerdo de su infancia «no presientas que eso es de viejo o de perro» «tanto va el cántaro a la fuente…» «quema romero, santo romero…» y su marido miraba al cielo en una suplica a un Dios en el que no creía o en grito desesperado ahogado por la buena educación y el respeto a quien tanto hizo por ella.
Su abuela. Pese a echarla tanto de menos siempre su recuerdo le traía paz, calor de hogar, olor a jabón y puchero en la olla. Trabajó incansable como nadie, hasta el final, sin una queja o un reproche, dulce y firme no sólo llevó por buen camino a sus hijos sino que también se hizo cargo de los nietos, les dejaba consejos que eran sentencias y enseñanzas en forma de caricias.
Ahora, como adulta, pensaba que hacía magia para dar de comer a tantos, para que no le faltara un detalle a nadie, y para ayudar cuando alguno necesitaba gafas o había que pagar la cuenta del dentista…o de los zapatos.
La claridad de un relámpago hizo la luz en el patio y pudo ver a lo lejos una chaqueta de uno de sus hijos que debió olvidar, estaba empapándose, salió rápida a rescatarla con el recuerdo vibrante de su abuela, y su cara se humedeció de lluvia o de nostálgica soledad del cobijo infantil.

PLACERES INTIMOS

Hay placeres íntimos, momentos inigualables, circunstancias que se dan y se aprovechan al cien por cien, sin dejar un resquicio sin saborear, sin sentir.
Hay días en los que de repente y porque sí apetece, y si además los hados se conjuran, las meigas se ponen de tu parte, los planetas se alinean y tienes tiempo…entonces, solo queda el disfrute.
Con ese regalo del tiempo disponible que es más que un tesoro, se cuidan los detalles, se recrea lo que tantas veces se ansía y no puede lograr, ese momento tantas veces fantaseado…La imaginación es poderosa y minuciosa con las pequeñas cosas.
Se desconectan los teléfonos, se baja la pantalla del ordenador y se atesoran todas las velas para beneficiarse al máximo de todos los sentidos, no sólo la vista.
Una música tenue, dulce, la lista de reproducción de jazz a un volumen casi de braille que las notas entren por la piel, ni siquiera llevando el compás, que esa melodía forme parte del momento pero como por casualidad.
El vino antes descorchado para que se oxigene se decanta suave, como si un lazo de un burdeos subido se acomodara en el fondo de una copa ancha, sutil, translúcida. Un pequeño movimiento agita el contenido y los efluvios alcohólicos penetran por las fosas nasales y un estremecimiento del placer que estar por venir acompaña el primer sorbo. Excelente. Guardaba esa botella para un momento importante, señalado, distinto y se había autoconvencido de que era sin duda este.
Con paso delicado, despacio, gozando de los preliminares, retardando el instante en el que todo comience se adentra en la habitación, apoya cuidadosa la copa de vino y resbala su bata por la piel expectante. Por fin ha llegado el momento  y se adentra en un merecido caliente baño de espuma

ROCIO

Soñé contigo tres años antes de que nacieras y eras exactamente igual, tan igual, que tu habitación la pinté y la amueblé conforme estaba en mi sueño para seguir en ese misterio de la subconsciencia que describí aquel día nada más despertar.
Varios doctores dijeron que no podría tener hijos o que había riesgo de que finalmente no nacieras, y se equivocaron, no nos conocían, no tenían que conocernos, pero somos tenaces. Fueron nueve meses duros, de reposo y viajes antes de tiempo al hospital. Mi estado de nervios era convulso y tu abuela y tu padre se ganaron en esos días una parcela de las grandes del cielo. Nunca he rezado más que entonces.
Aseguraron que nacerías por cesárea y también volvieron a equivocarse, todos menos tu bisabuela: «¡los médicos que saben!» me repetía una y mil veces, «se pondrá en su sitio, y nacerá «como Dios manda».
Naciste como si hubiera sido hace dos siglos, sin epidural, sin anestesias, sin calmantes, exactamente igual que como tantos niños en la historia. Eran las siete en punto de la mañana y mientras dos comadrones se preguntaban que elegirían para desayunar pues les finalizaba el turno, tú llegaste con los ojos abiertos y las manos heladas. Todavía no se te han calentado.
Te veo ahora, más alta que yo, con unos ojos inmensos que bailan entre el azul oscuro y el verde brillante y no me puedo creer que seas esa niña pequeñita de dos kilos y medio que me pusieron en brazos y metieron en mi cama al salir de paritorio porque había llegado una patera con muchas subsaharianas embarazadas y no quedaban apenas camas, y ninguna cuna.
Doce años y como diría Mafaldita: «Hablando de títulos, nos graduamos el mismo día». No sé cuál será mi nota, pero la tuya es un cum laudem, una niña generosa, responsable, inocente y buena. Demasiado inocente y demasiado buena para los tiempos que corren aunque no eres nada tonta. Sé que eres distinta y que no te dejas llevar por modas o tendencias, me enorgullezco de ello a la vez que algo íntimamente me avisa de que vas a sufrir por defender lo que crees que debes ser, ir contracorriente no es fácil pero tú tienes la suerte de tener una gran autoestima.
Pero tienes que saber algo, por mucho que me hayas alcanzado en centímetros y aunque finalmente consigas ser corresponsal en París y escribir libros como es tu sueño incluso por muchos años que cumplas, siempre, siempre serás mi niña.


¡Felicidades princesa!