Desde muy temprano he sabido que era un gran día y si algo durante el transcurso de las horas intenta nublarmelo, esperemos que no sea así, recordaré el sentimiento de esta mañana y conseguiré hacer un claro entre las nubes aunque sea a manotazos.
Todas las mañanas mientras preparo medio dormida un café imprescindible para conseguir abrir del todo los ojos conecto el wifi de mi móvil y miro los correos electrónicos y mientras saboreo el café o voy haciendo el desayuno de mis hijas, la merienda para el cole, quito el lavavajillas o el menester doméstico que toque, voy leyendo lo que me ha llegado durante la noche y después miro las noticias via Twitter.
Por lo general esos correos son spam, venta de outlets, vuelos baratísimos (a horas imposibles días entre semana), hoteles maravillosos más «baratos» y poco más, pero también me llegan los comentarios de este blog. Es lo primero que leo y los guardo todos, son mi tesoro, aunque normalmente el grueso de los comentarios me llegan por las redes sociales.
Esta mañana tenía dos, uno de la encantadora Luchy, mujer maravillosa y luchadora como todas y como pocas, una pintora diez. Sincera y «de frente», como buena asturiana, tiene la claridad de su mar y la frescura de sus prados.
El otro mail me ha sobrecogido, a duras penas tragué el café y he llorado, porque nunca me había pasado, sé que a los columnistas les sucede a menudo, pero a mi nunca alguien ha venido a dejarme un comentario sobre lo escrito si ese alguien es desconocido, pero ha sucedido y no tengo palabras para agradecer el detalle y el reconocimiento a un «artículo» absolutamene real sobre una mujer que nunca conocí pero que jamás se irá de mi cabeza, de mi corazón y de mis oraciones, Rocío Piñeiro, nuevamente gracias, esta vez por traer de la mano hasta aqui a tu hermano, para que tu familia sepa que somos muchos los que nos acordamos de ti y de ellos.
Este es el texto, a Rocío Piñeiro
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MALOS TIEMPOS BUENAS COSAS
Las circunstancias no se están poniendo fáciles, la sociedad en sí está cayendo rápido y en picado por un negro túnel de desolación y desamparo. Todos en mayor o menor medida están mucho peor que hace unos años y sucumbir al pesimismo sería lo más lógico, dejarse llevar y entonces sólo encontrar el lado gris y difícil de las cosas. Porque ese lado existe, no podemos engañarnos, existe un lado terrible, duro y doloroso. Eso no desaparece.
Hay personas con mar de fondo, obtusas y negadas a ver lo bueno de las circunstancias, hasta cuando son buenas, así que en estos momentos tan complicados aún menos, pero incluso cuando a duras penas hay algo por lo que sonreír existe un resquicio positivo. Siempre hay algo, por poco que sea, solo hay que abrir los ojos al recuerdo, sentir los olores…abrir el horizonte.
Es cierto que hay casos extremos en los que solo existe la opción de ayudar, sonreír, apoyar y animar porque la compasión creo que no es un buen sentimiento, tiene que ser una compasión muy noble, muy blanca y muy sincera para que detrás de ella no haya un ápice de superioridad y es lo que menos necesita alguien que esté pasando por una situación extrema: que le recuerden que hay un mundo muchísimo mejor, ¡claro que sabe que existe!, incluso puede que formara parte de ese grandioso mundo, pero ya no es así. Tampoco hay que analizar los porques, ni las causas, ni las culpas, las cosas han sucedido así y no hay más remedio que mirar hacia delante. Hay un dicho inglés que dice : «de nada sirve llorar por la leche derramada» es gráfico, y es real. Sólo podemos disfrutar de lo que tenemos y seguir.
Hay que aprender a disfrutar las cosas simples, las más sencillas, no es que no nos guste el lujo, la buena vida, los grandes viajes, las cenas íntimas, todas esas cosas que se relacionan con vivir bien y que suelen ser tremendamente caras, pero poco a poco hay que ir acostumbrándose al placer y el encanto que producen las pequeñas cosas. Y esas están en todas partes.
PRESENTACIÓN LILAS EN UN PRADO NEGRO. BARCELONA
Nuevamente una presentación, esta vez la cálida Barcelona. No hay palabras para agradecer lo bien que nos trataron en la Fnac y la categoría y el cariño de Pepa Fernández, la profesionalidad no hace falta que la alabe porque es algo sabido por todos y que demuestra cada fin de semana.
Si bien es cierto que el trago de entrar a lo que fue una plaza de toros, yo que soy taurina, hecha centro comercial es algo difícil y encima por la puerta de la tienda del Barça, yo más madridista que el escudo….la verdad es que fue un lujo en todos los sentidos, por los asistentes, por el trato exquisito que nos dieron, por todo.
Puede que quede algo repetido, pero la verdad es que…es el mismo libro…
RECUERDA POR FAVOR, RECUERDA
¿Recuerdas? Tú sentado inamovible y sin embargo tan cómodo. Yo sobre ti, recostada en tu hombro algo inquieta, mi pelo caía por tu pecho y me leías con tu voz grave y cadente y el significado de las palabras se volvía secundario.
¿Te acuerdas? Teníamos todo por delante y nada en las manos, sólo ilusión y ganas de comernos el mundo sin más ambición que contemplar juntos las cosas simples. Escucharnos. Saber que si nada teníamos nada podíamos perder porque lo material no importaba, nos pertenecíamos por voluntad propia.
Noches en vela sin más compañía que un libro y la lamparita, a veces un café y si estabamos de fiesta una copa de vino, o de whiskey que duraba hasta el amanecer, hasta que el azul rosáceo de la mañana nos recordaba que otra vez habíamos usado la noche en lugar de dormir.
Aún te recuerdo leyendo al aire, entre calada y calada a un cigarro apurado hasta más allá del filtro:
«Regálame una rosa que no esté usada
Entrégame una vida que no se gaste
Olvídame despacio, si así lo quieres
y vuélveme la espalda de tu regazo.»
Y parabas, dejando la última palabra suspendida en el aire y aún no se si es porque necesitabas aire, estabas reflexionando, querías que lo hiciera yo o todo a la vez, pero yo no rompía el momento, nunca lo hice, saboreaba hasta tus pausas.
Era una época donde el día tenía más minutos porque habíamos aprendido a dejarlos parados a nuestra conveniencia y la derrota y el cansancio no formaban parte de nuestro vocabulario.
Fue otro momento, ni mejor ni peor, pero dime ¿recuerdas?
LA EXCLUSIVIDAD DE UNA CANCIÓN
La recordaba de rodillas, con su cubo al lado, cantando coplas mientras fregaba los suelos. «La fregona no limpia señora, eso a lo mejor para las señoritas, pero siempre fregué así y así lo veo más escamondao» y seguía frota que te frota luciendo el suelo.
Según el momento su cante era un susurro y en otras ocasiones, un desaforado «Ojos Verdes» a pleno pulmón. De tanto observarla se había ido dando cuenta de que la plata daba para melodías a media voz y los cristales merecían auténticos do de pecho, siempre pensó que hasta en sus oidos le sonaba la orquesta y cuando callaba, desde su escondite acechador, le sorprendía encontrar a la señora de la limpieza y no a una de esas bonitas cabareteras de labios rojos y escotes generosos.
Sabía que era así porque cuando acompañaba los domingos a papá a comprar el periódico, en las alas del kiosco de la prensa, había revistas llenas de colores y artistas de varietés.
Ella tenía un novio, que venía a recogerla religiosamente. Hubo un día que él se retrasó y ella le esperó en el portal, con tan mala fortuna que el conserje ya había recogido las basuras y le dió charla y ¡había que ver al señor mecánico de automóviles, era una fiera!. Así que ya no lo hacía más, esperaba sentada en la cocina, deseando que sonara el timbre de la puerta del servicio para poder por fin salir de alli.
El pensaba que se iba a cantar a un bar o a un merendero lleno de lucecitas para parejas de bailarines enamorados, pero la realidad era una madre medio ciega y un padre mayor que necesitaban la cena y la medicación.
En esos casos ya no cantaba, miraba preocupada un minúsculo reloj que llevaba colgado con una cadenita, un regalo de su novio, decía, lo único fino que le vió hacer, apuntaba para que no hubiera equívocos o lamentándose, porque en ella todo sonaba como un brote de alegría y no sabía distinguir.
Ella en la sillita de madera y cuerda, sentada en el filito, incómoda por la situación, tensa, y entonces, él se atrevía a salir del escondite y se acercaba, y era cuando maternalmente le ordenaba el pelo y le preguntaba cómo le había ido en ese colegio de señoritos donde le mandaban tan guapo y tan formalito, y luego, muy bajito, murburaba «angelito, con el frío que hace, tan chico…»
Luego sonaba el timbre y se acababa la magia y él volvía a su realidad envidiando a ese novio despiadadamente celoso al que le tenía que agradecer los minutos de cercanía que tenía con su particular cantante de revista.
