DIN DON DAN LILA MORADO

Los recuerdos de la infancia son esas nebulosas que nos acompañan y que no tenemos claro si fueron así o si realmente lo hemos adaptado en la plastilina de la voz materna.
Algunas generaciones a duras penas tienen el apoyo de unas fotografía en un album viejo o en una lata de galletas o una película en super8 de aquel pariente moderno lleno de tecnología que asombraba en las reuniones familiares. Hoy por hoy, mis hijas, por ejemplo, casi tienen un día a día de sus vidas hechas fotografías. Los recuerdos de ellas estarán apoyados en unas imágenes y no se si dentro de unos años la niebla estará más disipada.
Recuerdo mi infancia como una infancia feliz, llena de rutinas que se volvían magia, fui mimada y nunca malcriada y pese a que era hija de una madre trabajadora, no me sentí en ningún momento ni abandonada ni desarraigada ni todas esas cosas que muchas veces, ya de adulta, yo misma y muchas otras mujeres se plantean frente a la mal llamada conciliación de la vida laboral y familiar. Iba a la guardería, al colegio, me quedaba con mi abuela y todo era normal, divertido, emocionante y acogedor.
Entre mis mejores recuerdos, – la mayoría de los niños, en condiciones normales tienen muchos – está el «din don dan lila morado». Creo que por entonces yo tendría dos o tres años, no tendría más, al colegio desde luego aún no iba. Por aquel entonces mi casa era muy grande y desde mi pequeña estatura más grande me parecía, pero mi mundo era mi madre que como es bajita era un mundo mucho más accesible. A cualquier hora, cualquier día, muchas veces, yo iba corriendo a buscarla y con el pequeño puño cerrado, fuerte y «sudaillo», con esa mano caliente y churretosa que tienen todos los niños pequeños, con muchisimo cuidado, casi sin abrir el puño, le daba mi «din don dan lila morado» se lo dejaba en la palma de su mano y ella con el mismo sigilo lo guardaba. Otras veces le pedía que me lo trajera cuando se iba a trabajar: «mami, ¿puedes traerme un din don dan lila morado?» y si ella me preguntaba qué quería o qué me apetecía, siempre le respondía lo mismo: «un din don dan lila morado».
El recuerdo me hace sonreir y muchas veces lo comentamos mi madre y yo, se lo explico a mis hijas, y hasta a veces, si me pregunta que quiero por mi cumpleaños, aun le pido «un din don dan lila morado»
A estas alturas habrá quien se esté preguntando qué es un «din don dan lila morado», pues…no lo se, nunca fue nada, era algo que yo pedía, llevaba, regalaba y disfrutaba pero…no sé lo que era, si era algo imaginario … no lo recuerdo, si era algo que sólo veía yo… tampoco tengo la memoria de su silueta, sus características…se que mi madre muchas veces intentó que se lo describiera y yo me reía y casi la miraba con displicencia…»¡¡mamá!!! ¡qué tontería! un din don dan lila morado es…un din don dan lila morado! ¿no lo ves?»

NESFASTA SOCIEDAD.

Leemos titulares de prensa anestesiados, no terminamos de abarcar la profundidad de lo que nos informan e incluso a veces, por desgracia, es el titular el que no se corresponde con la noticia, no se desarrolla con datos certeros y clarificadores o está manipulado.
Cada vez conozco más personas que ven la cabecera del telediario, informativo, noticias, parte, como se quiera decir, y después lo apagan hartos de ver «más de lo mismo». En incluso se vuelven intolerantes a la cara de los políticos como si fueran alérgicos a la lactosa. Evidentemente la lactosa tiene más densidad que cualquiera de los que están en el Congreso de los Diputados.
La crónica del día a día en España es un continuo de datos macroeconómicos y noticias de tribunales que indignan y desesperan a un tele espectador aburrido de ver lo barato que sale robar en este país porque aquí nadie devuelve nada, el dinero no vuelve de los paraísos fiscales y después de dos añitos a la sombra en régimen de todo incluido, se recoge lo sembrado (vulgo, trincado) y desde algún sitio sin extradición se sonríe, e incluso algunos, muchos, varios, se quedan aquí con la chulería de quien se sabe timador y ganador.
Las violaciones, palizas, lesiones a duras penas tienen condenas moralmente justas.
Y lo barato que sale matar…es inconcebible para muchísimos de los países mal llamados desarrollados que aquí un terrorista tenga un funeral de estado (si son nación, será de Estado, vamos, digo yo) y por matar a dos hijos caigan un puñado de años, que encima se ven acortados por eso supuesto buen comportamiento. Es más, hemos llegado a proteger tanto tanto al asesino, incluso confeso, que se puede permitir el lujo de fanfarronear y vacilar a todos los cuerpos de seguridad y tribunales, provocar un gasto a las arcas públicas que nunca volverá, y aún asi, protegerlo de esa sociedad que lo condena. Ojo, no estaré yo jamás de acuerdo con el escarnio público o la pena de muerte.
Pero hoy leo un titular, «muere una niña de cuatro años en India tras ser violada» y entonces, blanco sobre negro, sale a la luz la miseria humana que somos, el nefasto mundo que hemos construido, y surgen muchas preguntas: ¿no nos duele esa niña si no es de nuestro país? ¿no hay tribunales internacionales que juzguen, condenen, a seres así? ¿dónde están los colectivos defensores de los niños, de las mujeres, de los derechos humanos si aun se permiten estas cosas? ¿cómo es posible que se nos haya atrofiado el alma?
Y lo peor, apenas hace unos días fue otra niña de cinco años, hoy le toca a ella y no será la última, murió de un ataque al corazón, ¡con cuatro años! y no se como podemos mirarnos al espejo si permitimos, todos, estemos donde estemos, que el corazón de una niña sufra tanto que finalmente se pare y así por fin, sea libre.

EL INSOMNIO DE SOFÍA

No hacía ni tres años, quizás un poco menos, que cuando Sofía decía que no podía dormir lo que en realidad sucedía es que tardaba dos minutos en conciliar el sueño y no llegaba en estado cadáver antes de poner la cabeza en la almohada. Sus sufrimientos no debían de ser importantes porque esos eternos ciento veinte segundos eran todo lo que ella, y su biología, consideraban suficiente para purgar las penas y reflexionar sobre sus angustias.
Madrugaba mucho, trabajaba fuera de casa, y nadie «de fuera» le ayudaba con sus quehaceres domésticos, su vida se condensaba en una jornada de ocho horas largas más dos de trayecto entre la ida y la vuelta, y se le añadía ir a la compra, hacer comidas, poner lavadoras, ayudar a los niños con los deberes, fregar baños y finalmente…caer rendida en la cama con el arrullo de la televisión, la radio, o la compañía de un libro que inevitablemente recogía del suelo por la mañana.
Su preocupación máxima eran sus hijos, sin duda, pero tenía la suerte de tener unos buenos chicos, más o menos responsables y conscientes de las circunstacias colaboraban y aunque alguna que otra vez tuviera que poner firme a su pequeño regimiento, la verdad es que su cuartel se movía en una cómoda y agotadora rutina.
Eso era antes, luego llegó el despido. Tantos años de estudio y esfuerzo, de horas de trabajo, experiencia adquirida, idiomas, y sacrificios familiares, un finiquito ridículo y la calle. Cobró la prestación si, y aún le llegaba la ilusión para ir de un lado a otro, las mismas ocho horas entregando curriculums, formándose aún más, y sobre todo aprendiendo a no decaer, a mosotrar la sonrisa fuera y dentro de casa. «Todo se arreglará, todo pasa por algo, saldremos adelante» y mientras la ingenieria financiera doméstica dejaba fuera algunos privilegios…gimnasio, el tabaco de papá, fuera televisión satélite, cervecitas con los amigos, se acortaron los días del verano y el periodo estival se convirtió en fin de semana…
Pero ya no había prestaciones, y a duras penas se permitía el lujo de protestar…era tan fácil ver a alguien mucho peor alrededor, personas, familias enteras viviendo de la caridad de los familiares, dejando de lado el orgullo y verse en la cola de la parroquia de su barrio, a la que nunca fue desde la Primera Comunión de su hijo el pequeño, a que Cáritas le diera un costo de comida para poder ir engañando al hambre…¡Cómo iba a quejarse! se repetía una y otra vez, al menos en su casa entraba un sueldo. Pequeño, pero algo seguro todos los meses.
La ingenieria finaciera volvió y los recortes llegaron al pescado fresco, a los filetes de primera, la luz se tornó lujo y la gasolina oro líquido, en algunos momentos hubo que tirar de los pocos ahorros que tenían porque el gasto de las gafas ni el dentista podían salir del sueldo. Imposible.
Y entonces Sofía sonreía a todos, evitaba preocupar a los suyos y mientras veía una utopía volver al mundo laboral aprendía esa nueva vida doméstica y acogedora tan desconocida para ella y se repetía que ahora sus hijos la disfrutaban más y viceversa, que había vuelto a recuperar el amor por la cocina (y sus equilibrios nutricionales y económicos) y que incluso tenía tiempo para ordenar fotos, libros, y tantas otras cosas que siempre postponía…
Lo que no había conseguido nunca más es que el insomnio durara sólo dos minutos.
(A todas y cada una de esas seis millones docientos mil setecientas personas, a las familias que arriman el hombro, a las personas generosas que ayudan a los demás, a los que sonríen en estos malos tiempos, a los que le queda esperanza y dan prestada. En especial a Paco Lara, un amigo de verdad) 

HUELLAS DE ATRACTIVO

Camina por la calle con la espalda derecha, sin vacilación, firme en el paso pero sin marcialidad en el andar. El viento juega con su pelo desordenándolo como si fuera el resultado de una cálida noche de compañía intensa y entonces sube los brazos casi como las alas de un cisne, como una dulce bailarina de ballet clásico y lo recoge en un gesto rápido, conocido y eficaz, con la seguridad de que durará poco y será un peinado efímero, continúa su paso. Es un camino a alguna parte, no pasea, sin embargo algo hace que parezca que flota por entre los adoquines de la ciudad.
Quien la observe desde lejos comprenderá cuanta sutileza femenina destilan sus movimientos, se le nota pensativa y dispersa y esos ojos vivos demuestran que su inteligencia va mucho más allá de la actividad neuronal, es inteligencia sensorial. Conductividad de pensamiento en la piel.
Lleva tacones altos al final de unas piernas eternas, el maquillaje tenue para la mañana, no es una mujer especialmente guapa, ni fea, la ropa que lleva no es de firma pero le sienta bien, elegida entre la comodidad y el buen gusto, sin embargo esto no es lo que le da la sensualidad, hay algo más, es esa manera intensa de no mirar, la boca entreabierta como si fuera a hablar, y los gestos cuidados de manera aprendida desde la infancia, sin imposturas, sin manual, inconsciente.
Finalmente llega a su destino, un par de niños como con churretes de agua se le cuelgan del cuello y se aferran a sus manos. Le cambia la sonrisa, se ilumina su mirada y escucha atenta y a la vez dos conversaciones distintas mientras avanza despacio, tironeada a ratos por esas manos pequeñas pero sin perder un ápice del equilibrio o la compostura.
¿Hasta que punto una mujer es consciente de que posee el erotismo como una rutina? ¿Es ese desconocimiento lo que le hace atractiva? ¿Qué es en realidad lo que provoca que las miradas se vuelvan, los caminos se ensanchen y las conversaciones enmudezcan? ¿Es amenzante estar en su presencia por la comparativa? ¿Los hombres bravucones en manada se sienten cohibidos en la singularidad? ¿Es la mezcla de dulzura y seguridad bien removida y no agitada la que atrae?

LIBROS

No soy yo muy de celebrar los consabidos «Día de» porque me resultan excesivos, siempre hay alguno y creo que nos hemos excedido en este ataque de celebración y jolgorio por distintas causas y cosas.
Yo que soy muy antigua para según que cosas, recuerdo que cuando alguien me decía «hoy es tu día» solía ser por dos circunstancias, a saber, que estaba en territorio aljarafeño y que estaba en el Rocío y de repente alguien se daba cuenta que era mi santo.
Tampoco voy a caer en el síndrome antisistema, algunos de esos días si lo celebro, por tradición, conveniencia, o porque sí. Siempre celebro el día de los «Tosantos», es decir, la celebración del Día de todos los Santos (que no halloween), el día de la madre que lo celebro como hija y como madre regalando y recibiendo regalos (algún día hablaré de la mente maquiavélica de algunos centros docentes a la hora de hacer esos regalos, aunque debido a las nuevas concepciones de familia, esto se está perdiendo pues había estrés infantil por tener que hacer dos regalos o tres). 
En Granada celebraba el día de la Cruz, tradición preciosa y a no perder ni ahogar entre botellones variados. Luego el día del trabajo, por ser festivo, como el día de la Constitución, etc.
Pero de los días sin festivo anexo y sin religiosidad añadida, reconozco que el que más me gusta es el Día del Libro. En casa es tradición que nos regalemos un libro y ese día todos estrenamos un ejemplar, yo este año ya he cumplido y tengo mis regalos hechos. En papel, eso si. No soy una ultra del libro encuadernado, y acepto leer en digital, pero no puedo evitar el romanticismo que me supone ver las estanterías, abrir cualquiera de ellos por un lugar indeterminado y leer un párrafo, olerlos, sentir el tacto del papel, tanto si son nuevos como si están ajados y cuarteados como la piel de un anciano sabio por años, por experiencias y reflexiones.
Es el día que alguien te pregunte cuál es tu libro favorito, no puedo decir sólo uno, mi memoria sensitiva, sensible y personal va ligado a los libros. Hay quien recuerda su pasado por una persona, por una foto, por un regalo…yo puedo hacer mi autobiografía en base a los libros que leí en cada momento.
He sido lectora voraz de un libro al día, y he tenido la ventaja de olvidar con el tiempo lo leído, con lo cual siempre me enfrento a un libro nuevo cada vez que lo abro pero con la seguridad de saber que me va a gustar. Ahora leo menos libros más noticias pero en cuanto llega el verano, me pongo al día.
Creo haberlo contado ya, pero cuando era pequeña mi madre me castigaba a no leer porque sabía que era donde de verdad me estaba reprendiendo. Luego me he visto haciéndoselo a mis propias hijas. Es entonces, con ellas, cuando he sido consciente de cómo, cuánto y cómo leía yo, porque son como yo.
Recuerdo como el peor de los castigos cuando mi madre, despues de leerme tres veces seguidas «El Camino» de Delibes,- leía, terminaba el libro, lloraba y volvía a empezar – me lo quitaba y me decía que hasta que no pasaran al menos tres meses no lo podría volver a leer.
Todos los veranos me leía todos los Agatha Cristhie, y eso me daba para medio verano, pero hasta que no empezaba con ellos, no estaba yo en mi periodo estival. Detrás de ellos venían todos los demás…»La casa de la Troya» siempre. Y «Los tres mosqueteros».
Los «Mafalda» de Quino, genial Quino, imprescindible Quino, me los sé de memoria, si me pusieran los bocadillos de las viñetas vacíos podría rellenarlos sin ningún tipo de problemas y eso que la primera vez que los leí pregunté en casa quiénes eran los «be at les», así como se escribe, sin más…si John Lennon hubiera levantado la cabeza…
Pasé una época que leía con fruicción teatro, los Quintero sobretodo, pero Mihura, el gran Muñoz Seca, Arniches, etc. También la poesía entró en mi biblioteca pero es algo que leo de tarde en tarde y poco, no disfruto de un atracón de poesía. Es como un pastelito pequeño y muy dulce, solo uno y de vez en cuando, eso si, disfrutando al máximo su sabor. Tampoco soy hipercultísima, la novela rosa, siempre de época, tuvo hueco en mi vida, sobre todo de la mano de Victoria Holt.
De más mayor, Pérez-Reverte, Lorenzo Silva (mucho antes de su premio Planeta, vamos, desde el principio) Ruiz Zafón, Alvite, García Márquez (algunos), Isabel Allende, Terry Pratchett (gran descubrimiento), Anne Perry y tantos otros…
Si tuviera que quedarme con un libro sin duda sería «El Camino» de Delibes, otros muchos están ahí, en mi estantería, en mi piel y en mi corazón porque han configurado lo que soy, porque han sido parte de mi educación, de mi elección, de mi libertad, de mi esencia.
Feliz Día del Libro