EL INSOMNIO DE SOFÍA

No hacía ni tres años, quizás un poco menos, que cuando Sofía decía que no podía dormir lo que en realidad sucedía es que tardaba dos minutos en conciliar el sueño y no llegaba en estado cadáver antes de poner la cabeza en la almohada. Sus sufrimientos no debían de ser importantes porque esos eternos ciento veinte segundos eran todo lo que ella, y su biología, consideraban suficiente para purgar las penas y reflexionar sobre sus angustias.
Madrugaba mucho, trabajaba fuera de casa, y nadie “de fuera” le ayudaba con sus quehaceres domésticos, su vida se condensaba en una jornada de ocho horas largas más dos de trayecto entre la ida y la vuelta, y se le añadía ir a la compra, hacer comidas, poner lavadoras, ayudar a los niños con los deberes, fregar baños y finalmente…caer rendida en la cama con el arrullo de la televisión, la radio, o la compañía de un libro que inevitablemente recogía del suelo por la mañana.
Su preocupación máxima eran sus hijos, sin duda, pero tenía la suerte de tener unos buenos chicos, más o menos responsables y conscientes de las circunstacias colaboraban y aunque alguna que otra vez tuviera que poner firme a su pequeño regimiento, la verdad es que su cuartel se movía en una cómoda y agotadora rutina.
Eso era antes, luego llegó el despido. Tantos años de estudio y esfuerzo, de horas de trabajo, experiencia adquirida, idiomas, y sacrificios familiares, un finiquito ridículo y la calle. Cobró la prestación si, y aún le llegaba la ilusión para ir de un lado a otro, las mismas ocho horas entregando curriculums, formándose aún más, y sobre todo aprendiendo a no decaer, a mosotrar la sonrisa fuera y dentro de casa. “Todo se arreglará, todo pasa por algo, saldremos adelante” y mientras la ingenieria financiera doméstica dejaba fuera algunos privilegios…gimnasio, el tabaco de papá, fuera televisión satélite, cervecitas con los amigos, se acortaron los días del verano y el periodo estival se convirtió en fin de semana…
Pero ya no había prestaciones, y a duras penas se permitía el lujo de protestar…era tan fácil ver a alguien mucho peor alrededor, personas, familias enteras viviendo de la caridad de los familiares, dejando de lado el orgullo y verse en la cola de la parroquia de su barrio, a la que nunca fue desde la Primera Comunión de su hijo el pequeño, a que Cáritas le diera un costo de comida para poder ir engañando al hambre…¡Cómo iba a quejarse! se repetía una y otra vez, al menos en su casa entraba un sueldo. Pequeño, pero algo seguro todos los meses.
La ingenieria finaciera volvió y los recortes llegaron al pescado fresco, a los filetes de primera, la luz se tornó lujo y la gasolina oro líquido, en algunos momentos hubo que tirar de los pocos ahorros que tenían porque el gasto de las gafas ni el dentista podían salir del sueldo. Imposible.
Y entonces Sofía sonreía a todos, evitaba preocupar a los suyos y mientras veía una utopía volver al mundo laboral aprendía esa nueva vida doméstica y acogedora tan desconocida para ella y se repetía que ahora sus hijos la disfrutaban más y viceversa, que había vuelto a recuperar el amor por la cocina (y sus equilibrios nutricionales y económicos) y que incluso tenía tiempo para ordenar fotos, libros, y tantas otras cosas que siempre postponía…
Lo que no había conseguido nunca más es que el insomnio durara sólo dos minutos.
(A todas y cada una de esas seis millones docientos mil setecientas personas, a las familias que arriman el hombro, a las personas generosas que ayudan a los demás, a los que sonríen en estos malos tiempos, a los que le queda esperanza y dan prestada. En especial a Paco Lara, un amigo de verdad) 

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