SUMIDA EN LA IMPACIENCIA

Hubo una época, no tan lejana, de hecho aún colea, que en la que nuestras televisiones los publicistas se dejaron llevar por la corriente creativa de producto ganador en escala inexistente, es decir, «la mejor cerveza del mundo» «el turrón más caro del mundo» y así en muchos otros servicios o género. Queríamos tener lo mejor de lo mejor y por aquel entonces podíamos permitírnoslo. La publicidad sin embargo se ha llenado ahora de ofertas, descuentos, promociones y «nuevos precios» en la lucha sin cuartel de grandes firmas o pequeños establecimientos por sobrevivir a esta crisis.
No sé si existe detrás de esas frases de «lo mejor de…» algún tipo de acta notarial que de fe, que también los hay un poquito especiales que son capaces de demandar por injuria, falsedad documental, perjurio, publicidad engañosa y hasta por delito de la circulación si se lo ponen a tiro. Aunque por otro lado creo que ya no estamos para fregados judiciales con la falta de confianza que tiene el pueblo español en nuestros jueces y nuestra Justicia. Tasas «afuera parte».
Bien, pues si existe una medición llevada a tabla por puntuación con ritmo descendente, una lista con los ganadores de la impaciencia, no insistan, gano yo. Nadie que conozcan y por mucho que intenten analizar su nivel de resistencia ante la exasperación será, ni por asomo, superior a mi. Mi paciencia es nula. De hecho para sobrevivir a mí misma intento cubrir el hueco con alguna que otra virtud, por mínima que sea, de las que tengo. Una ley no escrita de la compensación o de los vasos comunicantes, de equilibrio de fuerzas, chacras o lo que sea.
Si quiero que el tiempo vuele, me obligo a no mirar el reloj y a estructurar lo mejor posible mis horas para sorprenderme hipócritamente  de «lo rápido que pasan»…y así supliendo con algo de cordura mi irracional impaciencia intento sobrellevarme.
Cuando quiero algo, lo quiero ya. No tienen que ser cosas materiales, no es cuestión de atesorar como el avaro Tío Gilito, es la necesidad de tener la lista de tareas pendientes a cero, puede darse el caso, incluso, que incluso mi impaciencia sea por finalizar con un asunto médico o con Hacienda, citas como suponen, nada edificantes.
Puedo trabajar sin descanso las horas que hagan falta, quedarme sin comer y de un tiempo a esta parte, será la edad, hasta sin dormir, pero que avance el tiempo, que terminen la espera…y luego, si lo que me tiene en vilo llega y me gusta, que se pare, se detenga (en esto no tengo tampoco suerte, no lo consigo)
Así que ya lo saben, por favor, no me den tareas a largo plazo, no me busquen en proyectos eternos y por favor…no me exasperen que como les digo…voy cortita de paciencia.

(A todos los que me sufren, a mi y a mi impaciencia)

A PIE DE PISCINA

El porche era fantástico, suspiró de felicidad, disfrutó de su copa con un pequeño sorbo, y posó delicadamente el vaso bajo y corto encima de la mesa de cristal y bambú.
No podía tener ni la más mínima queja, había conseguido su casa ideal. Pensaba disfrutarla eternamente y recordaría cada segundo de su vida lo que le gustaba. Las columnas blancas flanqueaban la entrada de la vivienda con su inmaculada puerta y sus ventanales inmensos. Las terrazas del piso superior eran maravillosa: las de la parte delantera sólo podían ser superadas por la de la parte trasera, y desde donde estaba sentada, podía observar la plácida piscina, diáfana y con color de mar, que iba a morir en ese jardín de césped alfombrado en el que los árboles eran el complemento justo y necesario.
Recostada en su chaise longe veraniega la imagen no podía ser más atractiva. Sus mocasines planos rojos a los pies abandonados sin pasos, odiaba descalzarse pero era preciso, y no había nadie más con ella, su pose era de portada del Vogue, se quitó una imaginaria pelusa de sus pantalones azules largos perfectamente planchados y se ajustó el cuello de su maravillosa camisa blanca. Tomó su copa y volvió a dar un largo trago. Reflexionó banalmente: en una camisa era donde se notaba la clase, el estilo y la elegancia de una mujer. Sobre todo si estaba bien confeccionada, aunque por buena que fuera una camisa o una blusa, si la persona que la llevaba no tenía estilo, le sentaba como un mantel de picnic. Le vino a la mente la imagen de su cuñada Bridget…y su último estilismo el día de Acción de Gracias. Sintió un escalofrío.
Sonrió para sus adentros desechando tan desagradable recuerdo. Lo cierto era que durante muchos años de su vida mantuvo que la mejor prenda para una mujer es la camisa del hombre que está en su cama. Y tenía pruebas de sobra para reafirmar su teoría.
La elegancia, seguía divagando, era saber vestir correctamente en el momento adecuado, sin estridencias pero tampoco apostando por ser una sombra beige, y sin dejar de lado una cierta predisposición natural, a la elegancia había que fomentarla, sin duda, y ella aunque estuviera en los Hamptons y fuera una casa de fin de semana, de veraneo, jamás dejaba de estar perfecta aunque supiera que ni iba a salir de casa.
Cerró los ojos y volvió a sentirse afortunada, por fin estaba en la casa de sus sueños, tenía cerca del trabajo un remanso de paz y tranquilidad. Al verla ahí tumbada nadie pensaría que era una agresiva mujer de negocios, pero lo era, supo gestionar bien el dinero que ganó su padre durante la ley seca, fue arriesgada cuando su juventud se lo pedía y multiplicaba rápida los activos, y ahora, que las cosas no iban tan rodadas como antes, para nadie, para ningún sector, le venía bien ser ahora tan conservadora como la habían apaciguado los años.
Terminó su copa y cogió su teléfono móvil, lo había puesto en silencio y ahora tenía casi cuarenta mensajes y doce llamadas: la cruel realidad. La oficina, su asistente, su cuñada…Y de repente lo vio claro, su lucha, su trabajo, sus horas en la oficina, esa maravilla de casa, su impresionante loft en Manhattan. Y ella tan sola. Siempre sola. Cuando ella no estuviera iría a parar todo a manos de su hermano y de sus sobrinos, los adoraba sin duda, claro que si pero…
¿Cómo no lo había pensado antes? Maduraría su idea, intentaría ser una mujer templada y sopesaría bien los pros y los contras pero su decisión era firme. Los tiempos habían cambiado, iría a una clínica y tendría un hijo … o quizás lo adoptaría, o ambas cosas… Había llegado el momento, sería madre.


CARIBEÑA REALIDAD

La piel morena, tersa, brillante. Joven, pero pasada la niñez y la adolescencia hacía tiempo, no demasiado. Desde lejos, sin tocarla, se veía que era una dermis suave y cálida. Para los hombres que se sentaban a la puerta de sus casa o que fumaban un cigarrillo en una pausa de trabajo, ella era una refrescante alegoría del deseo de sudar a su lado. Caminaba despacio, con cadencia, balanceando sus brazos, y arrastrando sus pies sin que pareciese una abuela, tampoco una derrotada, más bien era el paso de una dejada candidez sexual. Sus caderas estrechas envueltas en unos pantalones mínimos penduleaban de izquierda a derecha, con compás, como si en su cabeza sonara la música que tanto gozaba bailar.
Era bien temprano y aun así ya empezaban a perlarse las frentes de gotas de sudor. Calor húmedo, pegajoso, intenso. Mientras los hombres ni usaban camiseta  -los envidiaba pensando que sentían menos la abrasante tropicalidad- ella vestía una camisa anudada bajo el pecho, las mangas cortadas hacía tiempo y su cabello, largo, negro y rizado,  iba recogido con un improvisado lápiz de color que le salvaba algo del infierno y  hasta le consentía la mínima brisa en su nuca, si la había. 
Maravillosa, exquisita y generosa era su tierra con los foráneos pero para los autóctonos era una lucha entre el calor, la miseria y las ganas de vivir. Las aspas de un ventilador ajado, viejos coches y comida fresca a veces escasa, sin perder la necesidad de reír, cantar, vivir. Eso nadie se lo iba a quitar a su pueblo, las ganas de seguir adelante, mientras hubiera algo de música que bailar, una muchacha bonita, y un ron dulce y tostado para acompañar.
Muchas de sus amigas de la infancia estaban en una cuneta, se llenaron de drogas o sucumbieron al peligro del dinero fácil de la prostitución, otras simplemente eligieron mal la calle para volver de trabajar y nunca llegaron a casa…Ella consiguió con mucho esfuerzo y trabajo un titulito de enfermera que le daba para no trabajar los domingos ni descuidar a los suyos, también para procurar algo mejor para su hermana pequeña, su linda, su bonita, a la que crió como propia a falta de su madre que no resistió el parto. Le enseñaba lo que costaba el dinero y la verdad de la vida, dándole todo pero sin consentirla y así consiguió que se enderezara cuando parecía que los «malos» iban por ella.
Ahora todo iba bien, recordaba tranquila, fueron muchas noches sin dormir, asustada y a la vez alerta, por ella y por los suyos. Días difíciles, semanas eternas, pero ya pasó. Aún podía oír retumbando en su memoria, la voz de aquel traficante que murió poco después lleno de balas una sensual tarde de calor, cuando tras escuchar sus planteamientos le espetó su negativa a ser su pareja, su amante o su cómplice, y él se quitó las gafas de sol, la miró con cierta reverencia, casi con respeto y le dijo: «Anita linda, eres dura, no solo eres guapa, también eres peligrosa. Ten cuidado.»

SING DANCING SWING

Le dijo su madre que era un baile obsceno y prohibido, que en la Iglesia habían dicho que tenía influencias demoníacas…y si el Reverendo O´Malley lo decía no cabía discusión alguna por mucho que quisiera rebatirlo y lo quisiera hasta argumentar. Era inútil. Por si no fuera suficiente, hoy domingo desde bien temprano, el anglicano pastor no perdió la oportunidad de repetirlo ante un público más numeroso. Crecido en la audiencia.
Después del servicio religioso su madre tuvo que acercarse a preguntar por unos detalles para el pic nic para recaudar fondos de la semana que viene y tras saludar a vecinos y parroquianos caminaron hasta casa, papá en silencio, tocando el ala de su sombrero cuando procedía saludar. Mamá cogida de su brazo, ignorándolo.
Sabía que su madre iba escudriñando ventanas ajenas, mientras se ajustaba los guantes, no le pasaba desapercibido ningún movimiento por leve que fuera. Iba cuantificando los vecinos pecadores, malvados, hijos de Satanás que no habían acudido a la Iglesia, y entre calificativo e insulto iba santiguándose y murmurando salmos.
Al llegar a casa agotada de palabras y rezos no le quedó más remedio que colaborar con el puré de patatas y el asado de todos los domingos. No sabía si era falta de imaginación o absurda tradición pero ya odiaba ese filete de carne asada oscura y crujiente por fuera, rosácea por dentro y ese peguntoso puré servido a cucharadas inmensas junto con los corredores guisantes que recorrían el plato. También ella los había desgranado, desenvainar guisantes le permitía dejar llevar su imaginación lejos y su madre que le suponía enfrascada en la tarea, generalmente callaba.
Sentarse a la mesa podía llegar a ser un suplicio, un monólogo materno en el que su padre solo acertaba a decir en los momentos justos «si, cariño». Muchas veces se entretenía en observar lo bien que su padre dominaba la escena, se le notaba lejos del tema de conversación pero con cierta magia conseguía decir «si, no, o lamentable» en el momento adecuado. Suponía que eran largos años de entrenamiento.
Tras la comida dominical se le permitía salir a dar un paseo con las amigas. Antes de atravesar el umbral de la puerta su madre revisaba su vestuario, falda de largo adecuado, con medias bien subidas y el último botón de su camisa abrochado hasta dejarla sin respiración. Recomendaciones prohibitivas todas (Katherine Mary Ann no hagas…Katherine Mary Ann no mires…Katherine Mary Ann no digas…), y por fin…¡la libertad!
No sabía que podría ocurrir si su familia lo supiera, no lo pensaba, aunque creía que no tendría remordimiento alguno. Mientras avanzaba sus labios se tornaban rojo intenso por obra y gracia de un espejito y un carmín escondido en su bolso de mano. Se desabrochó dos botones y se ajustó la camisa para remarcar su figura y esperó paciente a su amiga y cómplice.
Sólo diez minutos después de haber abandonado su domicilio y haber cerrado la puerta, abría la del club…El swing -música del demonio- le recorrió el cuerpo. Lo vio de lejos esperándole en la clandestinidad, fumando y bebiendo a sorbos pequeños un bourbon con hielo. Intuyéndola se acercó a buscarla y casi antes de poder pedir una copa ya estaba en la pista de baile dejándose llevar en sus brazos. Llevaba una semana esperando. Ahora ya, era feliz.

EL DON

Mi hija pequeña que es niña y ejerce de serlo, -sin ningún interés feminista, machista, neutro o como sea la disculpa que tengo que tener, que luego ya se sabe…- ha seguido con pasión las historias de «Campanilla» .
Para los que no se hayan adentrado en ese fascinante mundo aclaro, el hada dicharachera de «Peter Pan» de cierto genio y celosa de la encantadora y almibarada Wendy, tomó protagonismo en un momento dado, y Disney decidió hacer un par de películas y editar unos libros donde se conocía a la pequeña hada y su vida en la «Ensenada de las Hadas», que es donde vive. Allí, se aprende que cada hada tiene un don, que es lo que sabe hacer bien, unas son recolectoras, otras son hadas del agua… Y a mi me gusta esa idea del don.
Hay personas con el don de saber escuchar y personas que tienen unas manos angelicales para la costura, la pintura, la cocina, la escultura o la música. También existen los que tienen un don para la palabra.
Los que tienen este don y lo utilizan son pocos, menos de los que creen tenerlo, que a veces algunos se llenan de ínfulas antes de tiempo…o tras muchos años. Ahora bien, cuando se tiene de verdad y se fomenta es una delicia para los que leemos. No se necesitan muchas páginas, tampoco tiene que ser un texto barroco, no hay que llenar líneas de sinónimos imposibles, ni hacernos sucumbir a la reflexión extrema.
La lectura es un placer. Hay autores que como el sabor de tu helado favorito, te gusta desde pequeña y le eres fiel por encima de cualquier cosa (bueno, casi), otros autores te van gustando con el transcurso de los años, a base de edad se van añadiendo a la lista de lectura temas y formas de escribir más complejas, en ocasiones te ligas a la obra de un autor en función del momento que vas viviendo, sucede igual que ocurre con la música, hay días que necesitas a Metallica subiéndote el ánimo, a Elvis para disfrutar de un día redondo o lo más melancólico de Barbara Streisand para regodearte en tu dolor, por poner unos ejemplos musicales cualquiera…
Personalmente hay algo que me produce mucho placer, es algo de lo que disfruto en la intimidad de mi soledad con un libro (o la pantalla) y es cuando descubro a alguien que creo que tiene el don, me emociona pero mantengo una prudencial reserva. Entonces le sigo y compruebo si es cierto y si mis pálpitos son realidad es cuando egoístamente me callo y durante un tiempo esos textos y yo tenemos una relación en la clandestinidad, conociéndolos bien, y después de haber gozado de su compañía, sólo entonces, me atrevo a hacerlo público y le cuento a los míos lo que se pierden y así tras el privilegio que me concedí comparto que he descubierto un gran autor…y quizás ese sea mi don.