A PIE DE PISCINA

El porche era fantástico, suspiró de felicidad, disfrutó de su copa con un pequeño sorbo, y posó delicadamente el vaso bajo y corto encima de la mesa de cristal y bambú.
No podía tener ni la más mínima queja, había conseguido su casa ideal. Pensaba disfrutarla eternamente y recordaría cada segundo de su vida lo que le gustaba. Las columnas blancas flanqueaban la entrada de la vivienda con su inmaculada puerta y sus ventanales inmensos. Las terrazas del piso superior eran maravillosa: las de la parte delantera sólo podían ser superadas por la de la parte trasera, y desde donde estaba sentada, podía observar la plácida piscina, diáfana y con color de mar, que iba a morir en ese jardín de césped alfombrado en el que los árboles eran el complemento justo y necesario.
Recostada en su chaise longe veraniega la imagen no podía ser más atractiva. Sus mocasines planos rojos a los pies abandonados sin pasos, odiaba descalzarse pero era preciso, y no había nadie más con ella, su pose era de portada del Vogue, se quitó una imaginaria pelusa de sus pantalones azules largos perfectamente planchados y se ajustó el cuello de su maravillosa camisa blanca. Tomó su copa y volvió a dar un largo trago. Reflexionó banalmente: en una camisa era donde se notaba la clase, el estilo y la elegancia de una mujer. Sobre todo si estaba bien confeccionada, aunque por buena que fuera una camisa o una blusa, si la persona que la llevaba no tenía estilo, le sentaba como un mantel de picnic. Le vino a la mente la imagen de su cuñada Bridget…y su último estilismo el día de Acción de Gracias. Sintió un escalofrío.
Sonrió para sus adentros desechando tan desagradable recuerdo. Lo cierto era que durante muchos años de su vida mantuvo que la mejor prenda para una mujer es la camisa del hombre que está en su cama. Y tenía pruebas de sobra para reafirmar su teoría.
La elegancia, seguía divagando, era saber vestir correctamente en el momento adecuado, sin estridencias pero tampoco apostando por ser una sombra beige, y sin dejar de lado una cierta predisposición natural, a la elegancia había que fomentarla, sin duda, y ella aunque estuviera en los Hamptons y fuera una casa de fin de semana, de veraneo, jamás dejaba de estar perfecta aunque supiera que ni iba a salir de casa.
Cerró los ojos y volvió a sentirse afortunada, por fin estaba en la casa de sus sueños, tenía cerca del trabajo un remanso de paz y tranquilidad. Al verla ahí tumbada nadie pensaría que era una agresiva mujer de negocios, pero lo era, supo gestionar bien el dinero que ganó su padre durante la ley seca, fue arriesgada cuando su juventud se lo pedía y multiplicaba rápida los activos, y ahora, que las cosas no iban tan rodadas como antes, para nadie, para ningún sector, le venía bien ser ahora tan conservadora como la habían apaciguado los años.
Terminó su copa y cogió su teléfono móvil, lo había puesto en silencio y ahora tenía casi cuarenta mensajes y doce llamadas: la cruel realidad. La oficina, su asistente, su cuñada…Y de repente lo vio claro, su lucha, su trabajo, sus horas en la oficina, esa maravilla de casa, su impresionante loft en Manhattan. Y ella tan sola. Siempre sola. Cuando ella no estuviera iría a parar todo a manos de su hermano y de sus sobrinos, los adoraba sin duda, claro que si pero…
¿Cómo no lo había pensado antes? Maduraría su idea, intentaría ser una mujer templada y sopesaría bien los pros y los contras pero su decisión era firme. Los tiempos habían cambiado, iría a una clínica y tendría un hijo … o quizás lo adoptaría, o ambas cosas… Había llegado el momento, sería madre.


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