CARIBEÑA REALIDAD

La piel morena, tersa, brillante. Joven, pero pasada la niñez y la adolescencia hacía tiempo, no demasiado. Desde lejos, sin tocarla, se veía que era una dermis suave y cálida. Para los hombres que se sentaban a la puerta de sus casa o que fumaban un cigarrillo en una pausa de trabajo, ella era una refrescante alegoría del deseo de sudar a su lado. Caminaba despacio, con cadencia, balanceando sus brazos, y arrastrando sus pies sin que pareciese una abuela, tampoco una derrotada, más bien era el paso de una dejada candidez sexual. Sus caderas estrechas envueltas en unos pantalones mínimos penduleaban de izquierda a derecha, con compás, como si en su cabeza sonara la música que tanto gozaba bailar.
Era bien temprano y aun así ya empezaban a perlarse las frentes de gotas de sudor. Calor húmedo, pegajoso, intenso. Mientras los hombres ni usaban camiseta  -los envidiaba pensando que sentían menos la abrasante tropicalidad- ella vestía una camisa anudada bajo el pecho, las mangas cortadas hacía tiempo y su cabello, largo, negro y rizado,  iba recogido con un improvisado lápiz de color que le salvaba algo del infierno y  hasta le consentía la mínima brisa en su nuca, si la había. 
Maravillosa, exquisita y generosa era su tierra con los foráneos pero para los autóctonos era una lucha entre el calor, la miseria y las ganas de vivir. Las aspas de un ventilador ajado, viejos coches y comida fresca a veces escasa, sin perder la necesidad de reír, cantar, vivir. Eso nadie se lo iba a quitar a su pueblo, las ganas de seguir adelante, mientras hubiera algo de música que bailar, una muchacha bonita, y un ron dulce y tostado para acompañar.
Muchas de sus amigas de la infancia estaban en una cuneta, se llenaron de drogas o sucumbieron al peligro del dinero fácil de la prostitución, otras simplemente eligieron mal la calle para volver de trabajar y nunca llegaron a casa…Ella consiguió con mucho esfuerzo y trabajo un titulito de enfermera que le daba para no trabajar los domingos ni descuidar a los suyos, también para procurar algo mejor para su hermana pequeña, su linda, su bonita, a la que crió como propia a falta de su madre que no resistió el parto. Le enseñaba lo que costaba el dinero y la verdad de la vida, dándole todo pero sin consentirla y así consiguió que se enderezara cuando parecía que los “malos” iban por ella.
Ahora todo iba bien, recordaba tranquila, fueron muchas noches sin dormir, asustada y a la vez alerta, por ella y por los suyos. Días difíciles, semanas eternas, pero ya pasó. Aún podía oír retumbando en su memoria, la voz de aquel traficante que murió poco después lleno de balas una sensual tarde de calor, cuando tras escuchar sus planteamientos le espetó su negativa a ser su pareja, su amante o su cómplice, y él se quitó las gafas de sol, la miró con cierta reverencia, casi con respeto y le dijo: “Anita linda, eres dura, no solo eres guapa, también eres peligrosa. Ten cuidado.”

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