SING DANCING SWING

Le dijo su madre que era un baile obsceno y prohibido, que en la Iglesia habían dicho que tenía influencias demoníacas…y si el Reverendo O´Malley lo decía no cabía discusión alguna por mucho que quisiera rebatirlo y lo quisiera hasta argumentar. Era inútil. Por si no fuera suficiente, hoy domingo desde bien temprano, el anglicano pastor no perdió la oportunidad de repetirlo ante un público más numeroso. Crecido en la audiencia.
Después del servicio religioso su madre tuvo que acercarse a preguntar por unos detalles para el pic nic para recaudar fondos de la semana que viene y tras saludar a vecinos y parroquianos caminaron hasta casa, papá en silencio, tocando el ala de su sombrero cuando procedía saludar. Mamá cogida de su brazo, ignorándolo.
Sabía que su madre iba escudriñando ventanas ajenas, mientras se ajustaba los guantes, no le pasaba desapercibido ningún movimiento por leve que fuera. Iba cuantificando los vecinos pecadores, malvados, hijos de Satanás que no habían acudido a la Iglesia, y entre calificativo e insulto iba santiguándose y murmurando salmos.
Al llegar a casa agotada de palabras y rezos no le quedó más remedio que colaborar con el puré de patatas y el asado de todos los domingos. No sabía si era falta de imaginación o absurda tradición pero ya odiaba ese filete de carne asada oscura y crujiente por fuera, rosácea por dentro y ese peguntoso puré servido a cucharadas inmensas junto con los corredores guisantes que recorrían el plato. También ella los había desgranado, desenvainar guisantes le permitía dejar llevar su imaginación lejos y su madre que le suponía enfrascada en la tarea, generalmente callaba.
Sentarse a la mesa podía llegar a ser un suplicio, un monólogo materno en el que su padre solo acertaba a decir en los momentos justos “si, cariño”. Muchas veces se entretenía en observar lo bien que su padre dominaba la escena, se le notaba lejos del tema de conversación pero con cierta magia conseguía decir “si, no, o lamentable” en el momento adecuado. Suponía que eran largos años de entrenamiento.
Tras la comida dominical se le permitía salir a dar un paseo con las amigas. Antes de atravesar el umbral de la puerta su madre revisaba su vestuario, falda de largo adecuado, con medias bien subidas y el último botón de su camisa abrochado hasta dejarla sin respiración. Recomendaciones prohibitivas todas (Katherine Mary Ann no hagas…Katherine Mary Ann no mires…Katherine Mary Ann no digas…), y por fin…¡la libertad!
No sabía que podría ocurrir si su familia lo supiera, no lo pensaba, aunque creía que no tendría remordimiento alguno. Mientras avanzaba sus labios se tornaban rojo intenso por obra y gracia de un espejito y un carmín escondido en su bolso de mano. Se desabrochó dos botones y se ajustó la camisa para remarcar su figura y esperó paciente a su amiga y cómplice.
Sólo diez minutos después de haber abandonado su domicilio y haber cerrado la puerta, abría la del club…El swing -música del demonio- le recorrió el cuerpo. Lo vio de lejos esperándole en la clandestinidad, fumando y bebiendo a sorbos pequeños un bourbon con hielo. Intuyéndola se acercó a buscarla y casi antes de poder pedir una copa ya estaba en la pista de baile dejándose llevar en sus brazos. Llevaba una semana esperando. Ahora ya, era feliz.

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