LA FERIA Y LA BONITA

A estas alturas yo solía estar organizando un viaje a Madrid, eran momentos de presentaciones de libros, de firmas en casetas bajo las inclemencias del tiempo (calor de asfixiarse o lluvias torrenciales) y si no, eran reuniones para nuevos proyectos. Era el momento de gozar de la capital desde las letras y yo disfrutaba como una niña pequeña en la mañana de Reyes.

Lo que yo pude aprender en esos viajes es impagable. Recuerdo conversaciones en las que me dejaban con la boca abierta, sin metáforas, con la literalidad del mentón caído, mientras escuchaba a la vieja guardia del periodismo español. Las comparaciones son odiosas, pero si ahora se venden menos diarios no sólo es por culpa de internet. Las anécdotas de entonces son algo impensable hoy en día

El año pasado, por estas fechas, comenté con una rotundidad incierta: “El año que viene estás firmando “Las Charlas de Nunca”, seguro”, pero no ha podido ser. A las casetas de Madrid les faltan muchos, pero para mí falta alguien, el mejor, el que estará allí arriba sin ningún tipo de prisa, paladeando humo y gin tonics (hasta el cielo tiene un barman rendido a sus pies, seguro), sonriendo de medio lado y con una algarabía femenina alrededor. Lo imagino pensando que eso de morirse no es tan malo si puedes librarte de la promoción del libro.

A mi jefe, Alvite, había un texto que le gustaba especialmente, sé que era su favorito y por eso lo traigo hoy aquí, porque al acordarme de él me ha venido a la memoria Teresa, la bonita.

LA BONITA

Se llamaba Teresa, como su abuela, pero le decían “La Bonita” porque desde que nació lo era, una niña casi perfecta, de ojos grandes y pelo negro que hasta en la pelusa de recién nacida se adivinaba la melena larga, ensortijada y azabache que le flanqueaba hoy la cara. Su madre le dijo siempre que hasta la paraban por la calle para decirle lo guapa que era su niña, y su padre, ay su padre, que tenía el silencio de los hombre de bien siempre tuvo una palabra y una caricia para su Teresa. De eso habían pasado años, ella tenía ahora esa edad indeterminada entre los diecimuchos y treinta y pocos que tienen las mujeres de su raza.

Seguía teniendo unos inmensos ojos que hacían casi inexistente la presencia de la pupila, algo más cansados de mirar y de ver, y siempre subrayados por el negro de su lápiz, compañero de siempre y único atisbo de maquillaje en su rostro. Por las mañanas, agua y jabón, la línea continua de su mirada y el día comenzaba.

“La Bonita” tenía el desparpajo propio de una mujer del sur y una cautivadora palabrería que no sólo conocía de sus mayores, sino que no dudaba en utilizarla. Era desconfiada e inocente a la vez. También era madre de tres niños. Y viuda. Se casó hace muchos años sin más papel que la prueba de un pañuelo ensangrentado y fue feliz hasta el final. Su marido, su gitano, nunca le puso la mano encima, en contra de lo que dicen por ahí, y sólo estuvo en un lugar equivocado a una mala hora y no se pudo hacer más.

Ella sola sacaba ahora a sus niños para adelante, no faltaban a la escuela y nunca hubo nadie que le pusiera la cara colorada porque sus niños fueran sucios, sin las tareas hechas o sin el material. La escasez y las lágrimas sus hijos no la verían, eso sería por encima de su cadáver, me contaba, pero tampoco le daba alas a las locuras que tienen otros chiquillos.

Ella vendía en el puesto de una prima, y algo se llevaba, y el resto era de “arreglitos” que hacía por ahí, no le pregunté y ella se sonrió, “no es de droga, te lo juro, que ví caer a muchos y supe de donde venía lo malo, por bien que se estuviera un tiempo, que no les faltaba de ná, el final era el que era y además -se encogió de hombros- ahora está la cosa mu vigilá”

Yo sabía que su palabra estaba escrita a fuego en un bloque de hielo, porque liarme sabía hacerlo, o lo intentaba, pero la verdad es que pasaba tabaco de contrabando, “destraperlo” y en los tiempo que corren hasta podía entender, justificar y aceptar algo tan inocente como dos cartones de tabaco a la semana.

Se bebió su café, en vaso, negro con mucha azúcar y se puso de pie, “paga tú y otro día te convío yo, voy a hacer unos mandaos y voy a tirar pa la casa, los niños habrán terminado ya los deberes”

La paré sujetándole levemente de la mano, “¿te hace falta algo Bonita?” Suspiró y me dijo, “son tantas cosas las que me hacen falta que si empiezo no termino, pero mientras no me falten dos manos para trabajar y un trabajito que hacer y mis niños tengan salú…gracias morena, yo se que puedo contar contigo y aunque no te lo creas, estos cafelitos me saben a gloria y me dan la vida, así me aireo, no es orgullo, sabes que si le hiciera falta a mis niños pediría hasta en la puerta de la Iglesia, aunque allí no va mucha gente ya…” Sonreía.

Y yo me quedé allí mirando como se iba y como los hombres se volvían a mirarla al verla pasar y ella, entre distraída y coqueta salía canturreando del bar ya lejos de donde estaban sus pies.

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