NOCHE EN BLANCO

Había maneras de pasar la noche, no hay ni una duda de que elegí la peor.

Hace poco tiempo me amaneció a las siete de la mañana entre carcajadas carnavaleras y aproveché a penas tres horas para dormir la resaca de la risa. Recuerdo noches heladas de Jueves Santo por los empedrados húmedos de rocío buscando el amanecer a través de varales y descabezar a penas un sueño en la mañana porque había que seguir caminando por las calles. No hace tanto que volví a repetir el descubrimiento de llegar a la hora de despertar entallada en un vestido ribeteado de volantes, con los tacones en las manos y una chaqueta ajena a los hombros. Y que decir de las noches en vela de domingos de pentecostés entre arenas de marisma, la espera mantiene despierta y después no hay manera de dormir de las emociones que quedan en el alma.

Tampoco había que buscar una excusa tan llamativa. Amaneceres en la playa, horas de copas con amigos que terminan saludando barrenderos, charlas eternas con amigas en lo que antes era normal y ahora se llaman fiestas pijama. Noches de ojos abiertos sin necesidad de cerrarlos, sin ganas de dormir.

Y las deseadas noches en vela por amor…que quizás son las amorosas noches de deseos.

Anoche, llena de algo desconocido, quizás angustia, tras dejar una entrada en el blog fuera de hora y extensión (click aquí) decidí ir temprano a mi cama solitaria para abandonar la conciencia y embarcarme en el duermevela que me llevara a la pérdida de la voluntad que se produce cuando duermo. Invoqué al sueño. Pero no venía.

Y no vino, me abandonó como se deja a una novia al pie del altar, preparada, ansiosa, deseosa de su presencia y, sin embargo, en la ausencia inesperada se buscan respuestas a preguntas jamás planteadas y hasta caen lágrimas desesperadas más por agotamiento que con argumentos.

Siete horas y media dando vueltas por la cama, majándome el cuerpo, enredándome el pelo y volviéndome locas las neuronas. Y así sigo, dolorida, despeinada y abrumada. También descalza.

He soñado con los ojos abiertos conversaciones que no van a darse, he trazado planes ridículos y otros que me parecieron de una brillantez imporopia de mi edad y condición, que tras dos cafés me  han parecido más locos aún que los que ya descarté cuando cruzaron mi imaginación.

He fantaseado con perfiles de pesadillas que me han encogido el corazón sin razón sincera. He terminado frases que se quedaron suspendidas en el aire, pero siempre de la manera que más daño podían hacerme, que más podían dolerme, porque puestos a elegir, para qué voy a intentar darme una alegría…nadie es más cruel conmigo que yo misma.

Y ahora  con mucho esfuerzo he intentado volver a la escalera, la misma que ahora adorna mi salón, y en la calidez de lo conocido y amable, en casa, escondo las ojeras que surcan el filo de mis pestañas, quizás aquí sea capaz de acurrucarme y quedarme dormida, pero no son horas… Elegí la peor manera de pasar una noche en blanco, de eso no hay duda.

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