EL DÍA DE HOY

Lo adecuado era sentir los muslos helados, el frío se volvía helor y el  pasar de las horas conseguía la insensibilidad. A veces era cuestión de minutos. Y sólo cuando llegaba el momento de salir corriendo se notaban alfileritos pequeñitos clavándose en la parte alta de las piernas, y se ponía rojos dentro de la tibia palidez amenazando a enmorecerse. Los cachetes del culo latían de puro frío.  A veces había que frenar en seco, siempre dependiendo de la urgencia en la carrera, no se podía una arriesgar tontamente, pero urgía subirse los calcetines. Ya no era cuestión de frío, es que era incómodo notar esa media de cedida bailoteando en los tobillos.

Los calcetines con el uniforme, en  mi caso, eran verde botella, que si aún hubieran hecho juego con mis ojos  no me habrían dejado tan incapaz para el color. Ahora, muchos años más tarde, empiezo a mirar de otra forma a ese tipo de verde, aunque sigo sin tener los ojos de ese tono tan favorecedor. Todavía no lo he conseguido. El reto de volver a comer albóndigas tras el paso por el comedor del colegio, lo he superado. El de la sopa indefinida y nombrada como de pescado, aún no.

La falda tableada, escocesa, bailando al compás de las carreras infantiles, el viento huracanado, y más tarde al ritmo del andar con cadera femenina, no provocaba ningún tipo de cobijo, más bien al contrario, convertía en corriente la más mínima brisa, y en imprudente destape los vientos en las esquinas.

También hubo una época, ya más mayor, que había que abrocharse los cordones de los zapatos, escolares, cuasi varoniles y esto se hacía mirando al tendido, brindando esa postura al respetable, pero eso fue más tarde. Con otra edad más canalla. Es lo que ocurre cuando el uniforme además de ser tu compañero de plastilina se convierte en tu conjunto de moda más usado aunque tengas diecisiete, dieciocho años.

Pero hoy mi recuerdo es de hace más años. Hoy hace ese frío infantil. Me he despertado como entonces, en mi cama cálida en la habitación helada, con la ventana llena de tanto vaho que se convirtió en gotas sinuosas por el cristal. He sentido que era el día. Ese que dejaba los mofletes colorados, pero en el que nada importaba, porque aunque el hielo te entrara a acomodarse en los pulmones, no podías privarte de esa carrera desesperada con las notas en la mano, sin guantes, que no había tiempo que perder, buscando ansiosa las vacaciones de Navidad.

Por fin no habría madrugones, ni casi deberes; todos los años los hacía en seguida, en cuanto llegaba, para no tener que sufrir la losa de la responsabilidad incumplida en la esplada. Podría ayudar en la cocina: hacer los roscos, el bizcocho y el pudding. Poner -a última hora como siempre- el portal de Belén, y espumillones desarbolados por cuadros y entre los libros. Ir de la mano con mi abuelo, tan elegante con su abrigo y su sombrero, a recoger los pedidos al mercado. Contemplar las luces que se encendían entonces (no un  mes antes) y disfrutar del bullicio de las calles. Estar con mamá, todo el tiempo, muy pegada a ella. Volver a ver a mis primos, echar de menos a mis amigas. Escribir la carta de los Reyes Magos, sin papanoeles. Asistir al ritual de la lotería de Navidad, y con su soniquete, tener permiso -por fin- para comerme el primer polvorón. Cantar villancicos todo el tiempo, aprenderlos en latín.

Y abrigarme, mucho, olvidarme del verde botella y de los calcetines, porque por fin hoy…es el último día de cole.

 

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