NO PENSAR

Mantenerse ocupada, muy ocupada, apuntarse a todo lo que pudiera costear y consumiera horas del día. Esa era la única razón. Daba igual que fuera clase de alemán, pilates, corte y confección, salsa o cocina, incluso todo junto para que no hubiera un resquicio de tiempo libre. Estrés inducido, sabiendo que no necesitaba nada de eso, sólo que consumía las jornadas. La vida estructurada perfectamente por horas y casi por minutos. Llegar a casa con el tiempo justo de organizar un poco, hacer cena, ducharse y dormirse en el sofá. El paso del sofá a la cama podría llegar a estar estipulado como una de las peores experiencias a la que podía acceder un ser humano y sin embargo, se hacía con total libertad de elección.

Igual alguien debería pensar la de cosas que hacemos sin plantearnos el poco beneficio que nos causa, o si, dicho de otra manera, el buen rato que nos procura, a corto plazo, no es más que una tragedia que podría haberse evitado. Eso requería pensar y analizar conductas humanas y la regla primordial de su nueva vida era no pensar. Nunca. En nada. Vegetar, sin sicotrópicos ni Prozac, era el camino elegido.

Antes disfrutaba y pensaba, no eran ideas negativas, era una manera de vivir feliz y plena. Sin unicornios pero llena de arcoíris. Pese a que siempre prefirió el libre albedrío, la vida sin planes ni direcciones, el no saber donde había despertado y confiar que no sería el mismo lugar en el que iba a pasar la noche, llegó el día de frenar. Si seis meses atrás le hubieran dicho que esa iba a ser la manera en la que iba a ocupar su tiempo se reiría a carcajadas. Jamás podría haberlo pensarlo. Era un ser libre sin ataduras físicas ni sentimentales. Morales tampoco, pero tenía el suficiente buen corazón como para saber que no había que destrozarle la vida a nadie por el propio beneficio y que las normas más mínimas la imponía el buen criterio y la naturaleza. Pero todo cambió.

Había conseguido que con un orden cartesiano y meticuloso olvidar su vida. Era lo que necesitaba. Olvidar y continuar respirando y acabando los días para tacharlos, como un preso de Oregón. Necesitaba no recriminarse más que se había equivocado, le había sucedido otras veces, a menudo, porque la vida es un ensayo de acierto y error, y ella se empeñaba en confiar en el ser humano, pero esta última vez fue un fallo garrafal. Volvió a confiar en quien no debía. Entregó su alma, que es mucho más que su cuerpo, a una amistad falsa. Le había cambiado la vida hasta el punto de no querer vivirla. Pero había que seguir porque la cobardía le impedía poner punto y final, así que la mejor opción era caminar zombi por esa vida que no reconocía como suya, era una manera de morir a fin de cuentas.

Estaba pensando en no pensar, era inaceptable. No ahora, no desde entonces. No iba a contarle sus historias a nadie, ni a molestar a los demás con sus ilusiones, no lo hizo nunca, menos ahora que sólo sentía que se le aprisionaba el aire. Así que si no podía vaciarse, mejor ignorar lo que le atenazaba. Y no mirar atrás. Tampoco hacer planes. Sólo seguir por imperativo biológico y nada más. Vivir ocupada…y no pensar.

 

(No estaría bien dedicárselo a una persona en concreto porque le expondría, pero sabe quien es…Ya lo sabes, no pienses, pero no dejes de vivir.)

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