MIEDO

Llegó la noche y un montoncito de algodones húmedos y emborronados en negro se amontonaban a la derecha de su mano. La línea de debajo de las pestañas era concienzuda y nunca se iba del todo, eran ojeras impostadas en prevención de las que estaban por llegar. Sólo era un anticipo sincero de lo que sucedería. Era muy tarde y tendría que madrugar.

El maquillaje se borró tras lavarse la cara y en crudo volvió a reconocer a quien no solía disfrazar ni rostro ni sentimientos. Siempre era ella, perladas las pestañas de rímel o recién levantada, sólo que su rostro había perdido el adorno que fomentaba su mayor o menor belleza.

Ya no era tan joven, ni tenía la piel tan tersa, algunas arrugas se iban añadiendo como muescas de vaquero, unas veces eran de reír y otra de tragar lágrimas. En el peor de los casos era un descolgamiento facial de aburrimiento. Pero seguía pudiendo encontrarse dentro de la chispas de sus ojos, aunque ahora estuvieran un poco más hundidos. Y en eso se concentró. Era donde se encontraba mejor a su yo más íntimo.

Ahora que había conseguido ver la dignidad junto a ella cuando se miraba al espejo, tocaba sincerarse con lo que estaba pensando, con esas ideas que suelen apartarse porque no se tiene tiempo para diseccionarlas o porque se tiene miedo a lo que se pueda encontrar. Esta vez no debía huir, poder podía, era el momento de cerrar los ojos y al poner la cabeza en la almohada, lo más probable era que se quedara inmediatamente dormida, no había muchos problemas que le quitaran el sueño. Casi ninguno. Su cuerpo cansado podía más que su mente inquieta.

Se había encontrado con una nueva faceta de su manera de ser que le tenía perpleja. No sabía qué significaba y si siempre sería así, pero cuando antes había asumido los temas del corazón como blancos y negros, como algo que debía vivir intensamente o que el corazón le rechazaba desde el primer momento, se encontraba que había matices de color y estaba sorprendida.

Era posible asumir maneras de querer diferentes, no era difícil. No había tabúes en su manera de amar, ni jamás justificó una opción sexual, no había que hacerlo, la intimidad tiene esa faceta, que es privada y propia, nadie debía de juzgarla. Ni pedir explicaciones. Pero y cuando era el sentimiento lo que cambiaba, cuando era la base lo que se le removía, no sabía como actuar, eso le tenía desconcertada.

No estaba todo escrito del amor, ahora se daba cuenta, no había autoayuda ante el mundo que se le abría. Ni en libros ni en su experiencia personal, claro, era todo tan nuevo que no tenía donde acudir. No sabía qué hacer y lo que es peor no sabía identificar lo que le estaba pasando. A partir de ahí no sabía actuar, estaba paralizada. Y no hacer nada jamás fue su opción. Necesitaba saber por dónde debían pisar sus pasos para llegar a donde fuera que estuviera la meta, que tampoco lo sabía.

No sabía si debía llorar y lamentarse, si reír y sentirse afortunada, si esconderse y huir. Quería ser feliz y le estaba dando miedo serlo, o quizás era una trampa del destino para sentirse la más desgraciada de las mujeres a corto plazo. Nunca había una decisión sin riesgo, sin embargo estaba asustada. Quizás no fuera amor. Y si era sólo ganas de amar. Y si tenía miedo de amar.

Esa era la única verdad, tenía miedo a lo desconocido. Estaba aterrada con ella misma. Mejor dormir.

 

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2 comentarios en “MIEDO

  1. Me ha gustado mucho Rocío. En este registro íntimo te salen unas narraciones que, al menos a mí, me meten en la historia. Si ese es el objetivo, bien hecho.

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