GERE Y EL BAÑO

Cuando llegó a casa, de noche, con niebla y oscuridad rodeándola no sintió nada especial. También era mala pata. A veces pensaba que las grandes cosas ocurrían desde dentro y ella tenía un interior tan cansado que no era capaz de reaccionar a nada. Jamás tendría una vida te telecomedia americana. No habría un Richard Gere enseñándole a bailar ni a comprar sin mirar el precio. Debería intentar sentir a lo grande para que así las emociones de film se le añadieran a la vida atraídas como imán. Pero es que ser intensa era muy estresante y no necesitaba más.

Abrió la puerta sin parsimonia pues el ascensor había cumplido su función principal…la de provocar unas irremediables ganas de ir al baño. Algo había en el ambiente de esos pequeños recipientes de subida humana que provocaban una necesidad fisiológica urgente. Era una teoría paralela a la de una amiga suya que mantenía que los piojos caían de un avión, fletados por los vendedores de champús y lociones asesinas de bichos asquerosos. Vamos, el mismo razonamiento.

No vivía tan alto, pero el recorrido se le había hecho eterno, por si acaso, y con disimulo, se desabrochó el cinturón y en medio de  un bailecito ridículo, fue capaz de desabrochar el botón del pantalón y bajar la cremallera, luego lo taparía con el chaquetón por si tenía la mala suerte de tener que hacer alguna parada por el camino o había alguien esperando el ascensor en su planta. Tenía vecinos mal pensados.

Todo fue capaz de hacerlo con una mano porque con la otra guardaba, sin cuidado alguno, el móvil en el saco que tenía por bolso -saco que podía  hacerle la competencia a Papá Noel sin sonrojo- y rebuscaba en él las llaves, agitándolo al compás del baile para escucharlas y al menos meter la mano por la zona adecuada. Conseguirlas era como encontrar un tesoro, seguro que descubrir un tesoro era una sensación parecida.

Tentada estuvo de dejar hasta la puerta de casa abierta, pero pegó un tirón que acabó en portazo. Ya no había dignidad. En la privacidad del hogar a oscuras tiró el bolso al suelo y encima – o al lado, o donde fuera- las llaves y emprendió la huida hacia el baño, al que llegó exhausta y sobre la bocina, como las canastas de la NBA. Ni siquiera se quitó el enorme chaquetón que le privaba del frío. No había tiempo.

Ni encendió la luz. Conocía el terreno. Las manos estaban ocupadas en deslizar los pantalones a los tobillos, junto con las braguitas, todo en uno. El baile ya era cuasi tribal, necesitaba ese gesto para que pasaran por la cadera. La taza estaba fría lo que provocaba un escalofrío que nacía donde la espalda perdía su honroso nombre. Pero por fin pudo abandonarse y dejar de hacer ejercicios de contención.

Es un placer del que se habla poco, pero es supremo. Había tenido relaciones sexuales menos placenteras. Es más, había tenido parejas sentimentales que le habían producido menos goce. Sólo había dos excepciones en las que no había reposo ni felicidad miccionatoria: cuando el baño era público, sobre todo si no había donde colgar el bolso o existía un temporizador de luz que exigía el estrés de una una cuenta atrás de artificiero, aunque en la caso de tener vejigas un poco más grandes que las de una hormiga, provocaba movimientos de brazos extraños para conseguir luz, algo así como  los primeros homo sapiens (quizás fueron los erectus, no lo tenía muy claro) cuando lograron el fuego. La otra era cuando había que salir de una acogedora, mullida y cálida cama, en mitad de la noche helada.

Se estaba poniendo reflexiva, sentada en el inodoro, que ella siempre llamaba váter, más le valía darse prisa, lavarse las manos, y retocarse un poco el peinado, a ver si después de tanta intensidad de pensamiento, acababa llamando a la puerta Richard Gere.

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