VESTIDA DE VERDE

La recuerdo como si fuera hoy cuando paseaba despacio y serena, no iba a acompaña, y sin embargo sonreía, era ella sola un universo propio en el que no necesitaba a nadie más. No intercambiaba palabras, sólo a veces le hacía alguna broma a algún niño que pasara, una caricia sin roce, una cara de payasa, y seguía su camino sin mirar atrás.

Parecía una Peter Pan perdida por las callejuelas de paredes encaladas. Era una niña a la que su cuerpo le había jugado la mala pasada de crecer, o era una adulta que había renegado de un mundo serio y formal donde las cosas hay que hacer las porque sí y además tienen consecuencias.

A veces tenía alguna relación con los adultos, la mínima, lo imprescindible. No era una pordiosera y siempre iba muy limpia, con vestidos vaporosos y una melena rizada y pelirroja con la que desafiaba a la gravedad. Nadie sabía a lo que se dedicaba, ni donde vivía, y más de una vez a las preguntas directas de algunos transeúntes, respondía con una sonrisa. Quizás no pudiera hablar o no conocía el idioma. Pero hasta su silencio era elegante, cautivador y producía más tranquilidad de espíritu que desasosiego de alma.

Parecía que quería volar, flotaba en sus pasos y el vaivén de sus manos parecía un aleteo grácil y suave, como de mariposa al principio de la primavera, titubeante y segura. Firme pero etérea. Caminaba siempre como cuesta abajo.

Un fotógrafo, que son esas personas que miran con el alma a través de una lente, la sorprendió al pie de una fuente, jugaba con el agua como se le prohíbe a los niños hacerlos cuando van vestidos de domingo. Giraba sobre ella misma y reía con carcajadas mudas. Desde lejos la fotografío embelesado por el momento mágico de una mujer bellísima vestida de verde agua, sobre el que caía una cascada de rizos rojos, girando descalza por la gran ciudad.

Empezó a surgir una verdadera relación a distancia. Él enamorándose de su risa y ella ajena a lo que le estaba provocando. Cuando llegó el momento se calzó sus zapatos como si fueran zapatillas de ballet y él le hizo la última instantánea, sentada en un banco de madera, recogida en sí misma y a la vez llenándolo todo de una paz inquieta de cosquillas y chicle de fresa.

Al día siguiente la buscó, con la cámara en la mano, arrepentido de haber dejado pasar la oportunidad de hablarle, de haber dejado correr el tiempo, de no haber sido capaz de retenerla. Lo hizo por entre los parques y los jardines, por las callejuelas y las grandes avenidas, debajo de los puentes y en las paradas de metro, en las plazas y por los comercios. Junto a los árboles. Al cabo del tiempo acudió a hospitales, centros de salud, y hasta con cierto miedo investigó los decesos. Se convirtió en su obsesión, sana y enamorada, tenía que volver a verla, acercarse, conocerla, decirle cuánto significaba para él y cómo lo había descubierto de golpe, viéndola jugar entre las aguas.

Ni lo consiguió entonces, ni lo consiguió nunca. Esas fotos fueron su tesoro. Inundaron su casa y llenaron su vida. A penas una hora de recuerdos extendida en el tiempo hasta que la edad le impidió recordar qué había desayunado y tornó el pasado en sueño.

Nunca la volvió a ver, pero es que debería saber que cuando se fotografía a un hada…ella muere…

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