SABER MORIR

Ayer antes de las doce del medio día ya me había quedado perpleja varias veces. Teniendo en cuenta que no había madrugado, la estadística era alta.

Mi primera sorpresa, no dejaba de ser un clásico, una vez más sufría un momento de esos que te dejan los ojos grandes como los mangas japoneses. Me leía el artículo de Opinión del ABC de Gistau y me alarmaba de los dossiers filtrados por el gobierno a la prensa, siempre había ocurrido y en este país de falta de pudor, cada vez se disimula menos. Pero a la vez que me preguntaba si de verdad ya nos seguimos mereciendo todo lo que nos está pasando, me quedaba con el trasfondo de su artículo que podía resumirse en esta cita de él mismo: “El periodista no debería decidir en función de sus prejuicios qué existe y qué no, eso corresponde al intelectual”.

Ahí estaba todo. El periodista tiene que cumplir su función básica y elemental, informar, contar lo que sucede, sin opiniones, sin medias tintas ni medias verdades. Sin favores políticos, sin subvención que apareje un cargo en el debe. El periodista debe contar por derecho, de frente, con claridad, porque las cosas sólo tienen una verdad, y ésta es la que luego generará distintas opiniones.

¿Qué es noticia?  Pues supongo que se enseñará en la Facultad de Periodismo y yo no he asistido, la RAE ha dejado de ser una fuente fiable de definiciones, así que a vuelapluma diré que es noticia todo lo que ha sucedido, lo que puede suceder, lo que genera una opinión o una consecuencia, lo que sucede con relevancia suficiente, o lo que necesitan los ciudadanos conocer. Igual es más fácil, noticia es lo que ocurre y necesita saberse. Puede que la disyuntiva esté en cómo se debe conocer. Por ejemplo, entiendo que se conozca las muertes que ocasiona ISIS porque es noticia y debe conocerse para combatirse, la información es poder, lo que es innecesario es bailarle el agua de sus vídeos promocionales del terror. No recuerdo ahora (mi memoria es frágil) que cabecera de periódico internacional sacó una edición en negro con letras blancas informando del asesinato de su compañero, sin más foto, sin más alharacas. Dando donde más les duele, en la falta de publicidad.

Mi segunda sorpresa de la mañana fue la falta de empatía. Cada día descubro que hay más personas que son incapaces de ponerse en el lugar de los demás, no saben, no quieren, no les merece la pena o son incapaces de aceptar una realidad que no sea la propia. No se plantean jamás si están equivocados, no discuten desde el acercamiento de posturas si no desde la imposición de su verdad única, impasible y dictatorial. La soberbia deprecia la inteligencia. Me cuesta la vida misma comprender que hay personas que no aceptan más ideas que la que casan al ciento por ciento con las que tienen de cabecera. Lo veo y lo respeto, pero porque me he puesto en su piel, eso que ellos  no aciertan a ver.

Luego leí la noticia de una joven estadounidense que con un cáncer terminal decidió poner fin a su vida. Un suicidio asistido, eutanasia al fin y al cabo. Es legal en cinco estados de los Estados Unidos y ella se trasladó a uno de ellos para cumplir con su deseo. Pensó que no quería verse consumida por la enfermedad, que no quería pasar por ese sufrimiento y de una manera libre y aun consciente, decidió. Yo creo que no lo haría porque mis creencias me lo impiden y mi cobardía me imposibilita, pero creo que está en su derecho a acabar con su vida y a morir reivindicando lo que considera que debería de ser un derecho, porque con esta reivindicación no le hace daño a nadie. Yo no estoy de acuerdo con su planteamiento de vida, o de no vida, pero por encima de todo valoro la libertad de elegir qué quiere hacer y cómo.

En este pensamiento, poniéndome en la piel de quien decide de una manera libre acabar con su vida antes de que la vida acabe con ella, ya sea desde la cobardía o la dignidad, no lo sé, ni lo juzgo, sabiendo que hay héroes que luchan a diario contra esa enfermedad y otras tantas, me sorprendió la reflexión de quien comentaba que no era noticia el caso de Brittany Maynard, que era una muerte como otras. No, no lo es. No lo es desde el momento que muere reivindicando, es una mártir de su causa. No es una muerte cualquiera desde el punto y hora que pone de manifiesto una idea y la traslada a su país y éste lo debate. No un país de dos millones de habitantes, precisamente. No un país sin eco en sus planteamientos. Es un punto de inflexión que pude hacer que las cosas cambien hacia un lado o hacia otro, o que se queden como están, pero sea como fuere, ha existido un debate.

Volví a la reflexión número uno, volví a la idea de Gistau. Un periodista tiene la obligación de informar de lo que sucede, sin más opinión, y luego que los demás decidan si lo sucedido es relevante para su manera de pensar, si no le satisface la idea que se publica, si es incapaz de sentir algo de piedad por alguien que sufre, pero noticia es, y guste o no, todas las muertes no son iguales. No ha sido la de ciudadanos que han desencadenado leyes, cambios de mentalidad, capacidad de reacción, condena o repulsa. Y las que son significativas, sí merecen una noticia.

 

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2 comentarios en “SABER MORIR

  1. Qué paradójico que los que están dentro del periodismo lo suelan entender tan mal y algunos de los que están fuera lo entiendan tan bien. En fin. Muy bueno el post, y muy bien escrito. Este y el resto.

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