REFLEXIÓN FONDEADA.

El cuerpo le pedía no meditar más, dedicarse a la irreflexión incontenida, vaciarse en los apetitos, fueran del tipo que fuera, no perder el tiempo valorando los pros y los contras y mucho menos escribiendo en un papel las cosas buenas o malas que podían sucederle antes de tomar una decisión. Por otra parte estaba convencida que eso del papel no lo hacía nadie.

Se estaba acomodando en pensar. En la efímera adolescencia y en la alocada juventud jamás pensó dos veces una acción. A duras penas lo lograba meditar una vez lo había hecho y habían surgido las conclusiones. Cumplió años y se encontró un día en la etapa madura de su vida, más que por aceptación fue por reflejo en las señales propias y las ajenas de su misma generación, había llegado a esa edad que se intenta disipar entre partidos de pádel, cremas hidratantes ridículamente caras y tecnología punta.

Fue entonces cuando, al ser consciente de su mundo adulto, se dio cuenta que había aprendido a pensar. Se había vuelto una persona serena y paciente, sólo en algún momento podía encontrarse en sus ojos la chispa de quien fue. Ese hallazgo, descubierto tras una profunda introspección, le desorientó tanto que por un momento tuvo una crisis de identidad. Mil veces se dijo que era la propia naturaleza la que le iba orientando y que estaba bien ser quien era. Quizá se auto convenció.

El día se convertía en una eterna valoración y la mayoría de las veces, cuando iba a ejecutar lo que había sido su decisión, ya era demasiado tarde, estaba fuera de lugar o el tren había pasado. Entonces se arrepentía, pero el mundo no espera ni por ella ni por nadie. Necesitaba dejar atrás algo de su reflexividad sin perder la serenidad, debía buscar un equilibrio, algo que no le hiciera caer en el virtuosismo ni en la sordidez de la desesperada inmadurez que veía tantas veces.

Lo estaba haciendo para dejar de hacerlo. Era el suplicio del último cigarro, el helado gigante de antes de una dieta, la última comida en el corredor de la muerte. Igual ser sensata se le había pegado demasiado al ADN. Sonrió, no pensaría más, bueno sí, solo una vez, se suplicó una prórroga. Necesitaba madurar que haría con su desastrosa vida sentimental. Podía dejarla fuera del nuevo plan y convertirlo en la excepción que conformaba la regla, seguro que era factible dejar la audacia fuera de los temas del corazón.

Seguía siendo una ilusa que creía en el amor y no se veía capaz de traspasar la frontera de la locura. Las pocas veces que se había liado la manta a la cabeza le había dejado un regusto de angustia en su paladar emocional. También es cierto que de eso hacía mucho. Quizás debía de dejar de pensar que existía un hombre perfecto para ella. Era más probable encontrar un unicornio al final de un arco iris. Tampoco pedía tanto. Sólo quería un hombre normal.

El problema estaba a lo mejor en pedir, o en esperar, dejaría de pensarlo, lo que tuviera que ocurrir ocurriría y si luego tenía que recomponer los cachitos que quedaran de ella misma, lo haría. La duda es si sería capaz de conseguir un cambio tan radical pero necesitaba vivir una vida que ahora fondeaba férrea en un eterno pensar, era el momento de avanzar sin miedo a naufragar.

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